Hijas de Lilith Diciembre de 2017 #4
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Diciembre de 2017 #4

Me hace sonreír la familiaridad de la imagen y decido devolverle el detalle.

23:07 Amanda: Buenas noches. De parte de las dos.

En el centro de la imagen, Trina mantiene su posición de ovillo peludo a los pies de mi cama.

Antes de bloquear nuevamente el teléfono, guardo la fotografía que me ha enviado Indi y la pongo como imagen de su contacto.

***

Si pudiese ver el sol entre las densas nubes grises que lo cubren todo, lo encontraría en lo alto del cielo.

Pasan unos minutos de las doce del mediodía cuando meto la última caja en el coche (me duele confesar que con bastante esfuerzo y un poco a presión).

Pongo el manos libres nada más abrocharme el cinturón, y cuando enfilo Alfonso Molina, llamo a Indi. Tarda un poco en cogerlo.

—Hola —suena algo fatigado—, perdona, estaba con la pulidora y no oí la llamada. ¿Qué tal?

—Bien, todo bien, ya de camino. De hecho, te llamaba precisamente para saber si estabas en la casa o si preferías que me acercase a algún sitio a recoger las llaves.

—No, nada, estoy por aquí, si ya estás de camino me pillarás todavía metido en faena, que es temprano. —Oigo un ruido metálico y pesado de fondo—. La verdad es que creí que volverías por la tarde.

—Si quieres me doy la vuelta, eh.

—No, mujer. —Se ríe con esas carcajadas graves y escasas que dosifica casi con racanería, como si temiese que se fuesen a agotar. Indi no es de los que regalan la risa—. Trina estará encantada de volver a verte. Bueno, todos, en realidad.

Una calidez agradable y suave se me instala en el pecho. Después de cinco días de papeleos, organización y fríos trámites burocráticos en una casa vacía en la que todo es pasado, que Indi me diga que me esperan, me hace sentir que regreso a un hogar. A mi hogar.

—Pero eso sí, no creo que me dé tiempo a tener todo el suelo pulido para cuando vuelvas.

—¿Suelo pulido? No habíamos hablado de pulir ningún suelo.

—Ah, ¿no? Bueno, le hacía falta.

—No lo dudo, pero entre los de la mudanza y los imprevistos de la obra, mi presupuesto se va a ir a la mierda muy rápido.

—¿Quién dijo nada de un presupuesto?

—Indi…

—Has dicho mudanza, ¿ya has arreglado todo?

—Sí, todo. Los quince días que quedan hasta final de mes no me los devuelven, pero por lo menos no me cobran penalización por avisar con tan poco tiempo.

He contratado una empresa de mudanzas que se encargará de llevar a Fene los muebles que me quedo, he vendido a un almacén de esos de segunda mano lo demás, y me llevo el resto en el coche.

Parece que he atracado unos grandes almacenes, como me pare la Guardia Civil va a flipar.

De nuevo esas carcajadas como tañidos de campanas.

—Pues mejor no le pises. Y ojito con el radar del túnel.

—Señor, sí, señor. ¿Alguna otra orden?

—Pues mira, sí, ya que estás, podías parar a comprar pan de camino. Uxía va a venir a hacer un guiso de choupa para comer, porque tengo aquí a los chicos.

—Eso suena como una misión. No le defraudaré, capitán.

Oigo un ruido al otro lado de la línea, algo pesado que cae y durante unos minutos un pequeño barullo me aturde el oído.

—¿Va todo bien?

—Sí, tranquila, todo ok, pero tengo que dejarte. Nos vemos en un rato. Trae pan.

Indi cuelga sin esperar a que me despida y me deja pensando en el suelo que está puliendo.

Los suelos de la casa de mi abuela son una mezcla curiosa, siempre me han encantado.

La cocina y los baños son de baldosa hidráulica, cada uno diferente.

El vestíbulo y algunos de los cuartos de la planta baja son de terrazo, mientras que el salón, los dormitorios y los pasillos son de parqué.

Supongo que a esos se refiere Indi cuando habla de pulirlos.

Esos suelos desiguales y con personalidad son una de las cosas que más eché de menos cuando mi madre y yo nos mudamos a la casa que acabo de dejar atrás, un piso de los años setenta en el barrio del Ventorrillo, funcional pero no especialmente bonito, con gotelé en las paredes,

suelos de linóleo y ventanas de aluminio de doble hoja.

La agencia de alquiler no ha puesto pegas a que deje el piso, supongo que se han relamido pensando en convertirlo en un Airbnb, incluso cuando la ubicación dista mucho de ser la ideal.

Tampoco ha puesto reparos la propietaria del bajo donde mi madre tenía el herbolario.

El contrato original venció hace más de una década, por lo que, a efectos legales, nada impedía que mi madre dejase el bajo avisando con tres meses de antelación, pero Belinda, la propietaria, una señora con más años de los que le gusta reconocer y el pelo cano con reflejos violetas cardado,

ha accedido a que deje de pagar el alquiler en enero, con tal de que le garantice que, en cuanto lo vuelva a alquilar, tardaré menos de una semana en dejarlo como una patena.

La imagen que me recibe al aparcar junto a la casa, me deja boquiabierta.

Un andamio cubre la fachada, y a sus pies, junto a la entrada, dos sacos de arpillera plástica acogen trozos de azulejo, maderas y tejas.

Tardo unos minutos en reaccionar y sacudo la cabeza, a ver si soy capaz de entender lo que ocurre.

La puerta está entreabierta, y desde el porche puedo oír el ruido de los martillazos y de la pulidora. Suspiro, me recoloco la pesada bolsa de viaje al hombro, y asomo la cabeza con algo de miedo.

—Hola.

Nadie responde, aunque un hombre más o menos de mi edad baja en ese momento de la planta superior y atraviesa el vestíbulo con total naturalidad. Lleva unos vaqueros anchos y un jersey azul marino manchado de cemento. En las manos carga con una paleta y un cubo.

—Buenas tardes —dice con educación, aunque sin prestarme demasiada atención.

Se encamina hacia la cocina, pero da un extraño rodeo.

Es entonces cuando me fijo: está siguiendo un camino hecho de cartones.

¡El suelo! El terrazo marrón del vestíbulo ha desaparecido.

En su lugar, un precioso parqué brillante de madera oscura hace vibrar todavía más la luz que se cuela por los ventanales.

Es un suelo precioso, espectacular. Y carísimo.

Avanzo por los cartones hasta la cocina, donde encuentro al hombre misterioso charlando con una chica más joven que yo, el pelo corto y negro recogido en una pañoleta de colores vivos.

—Sí, sí, no habrá problema.

—¿Estás segura? Mira que es mucha humedad de dios, tía.

—Tranquilo, Carlos, sé lo que me hago. Una vez que dejéis el tejado listo y aislado, puedo tenerlo como nuevo en un par de días.

—Perfecto, a Indalecio le va a gustar oír eso.

—Pero yo en qué idioma hablo, ¿eh? —Uxía acaba de entrar en la cocina por la puerta de atrás, tirando de un carrito de la compra—. ¡Fuera de mi cocina a partir de la una, lo dije claramente!

—Ya nos vamos, Uxi —la chica de la pañoleta se acerca y le da un abrazo—, no empieces con tus quejas, mujer, que no hemos ensuciado nada.

—Anda, tira, tira.

Uxía señala hacia la puerta que une la cocina con el vestíbulo y, en ese momento, tropieza conmigo, plantada allí, con la bolsa al hombro y una bolla de pan en la mano.

—Ay, ¿pero ya estás aquí? ¿Y has traído pan?

Le tiendo la hogaza en una bolsa de papel. Ella la deja sobre la encimera y me abraza de forma suave y cálida.

—Qué bien que ya estés aquí, así me puedes ayudar con el guiso, no te importa, ¿verdad?

—No tengo ni idea de cocinar.

—¡Eso da igual! Sube a dejar la bolsa en la habitación y vuelve, anda, que se nos va a echar el tiempo encima.

Camino hacia la escalera como una zombi, incapaz de entender lo que está pasando a mi alrededor.

Esperaba encontrarme a Indi trasegando en la escalera, pero no a media docena de personas puliendo, pintando, clavando y encofrando.

Y justo al girar el picaporte de mi dormitorio, tropiezo con la imagen más inesperada de todas.

Trina está despatarrada panza arriba, encaramada a una especie de hamaca de madera y tejido suave de borreguito situada junto a la ventana, sobre el escritorio. Una hamaca que no estaba aquí cuando me fui el lunes. Y, frente a ella, Indi le acaricia la panza con mimo mientras la gata ronronea.

—Vaya —digo soltando la pesada bolsa de viaje a los pies de la cama—, esto sí que es un recibimiento, volver a casa y encontrarte en mi dormitorio con otra.

Indi se gira con una amplia sonrisa. El sol ha logrado hacerse un pequeño hueco entre las espesas nubes y se refleja en su cabello castaño y desordenado.

—Diría que no es lo que parece, pero…

—Pero claramente es lo que parece —digo acercándome para acariciar a Trina, que se ha incorporado sobre la hamaca—. Le has construido una hamaca a la gata. No me malinterpretes, me encanta que la cuides, pero no admitiré ninguna factura de esto.

—Las obras hacen mucho ruido y estaba asustada, se pasaba el día debajo de la mecedora de tu abuela, la pobre.

Y como tu cuarto no necesita mucha cosa, pensé que lo ideal sería que estuviese cómoda aquí, ¿ves?

—dice señalando un rincón junto al armario—, le he puesto otro arenero temporal, y le subo aquí la comida y el agua.

La hamaca la he construido con unos tablones de descarte y un forro polar viejo.

Espero que no te importe, es que le encanta mirar por la ventana, yo creo que es porque los pájaros se posan en el limonero.

—Me encanta —sonrío a la gata, y luego a Indi—. Gracias por todo.

—Es un placer.

—Eso lo dudo —apunto—. Tienes todo un despliegue de personal en la casa, es una locura. Esto va a salir muy caro, Indi, y yo no…

—A ver, recibiste el presupuesto del material que te mandé, ¿no?

—Sí, claro, pero…

—Pero nada. El personal está en nómina en la empresa, tengo que pagarles igual. Así que todo arreglado. ¡Por cierto! —dice con auténtico entusiasmo—, ¿has visto el suelo del vestíbulo?

—Sí —asiento con la cabeza vehementemente—, de dónde ha salido, ¿eh?

—¡Estaba debajo del terrazo! Lo descubrimos cuando Jaime rompió una esquina sin querer. Es una joya, Amanda, ¡una joya! Esa madera es una maravilla. Y espera a que la abrillantemos al terminar, va a quedar increíble.

Su alegría es contagiosa y le chispean los ojos. De repente, su sonrisa se convierte en carcajada.

—Ay, joder, que casi me olvido. Espera, espera, ya verás.