Diciembre de 2017 #3
—Así que nos has oído antes. —Se sonroja ligeramente y vuelvo a ver al niño que siempre intentaba seguir las reglas—. Me sabe fatal, no quería hacerte sentir incómoda.
Niego con la cabeza justo en el momento en el que un camarero joven y uniformado a la antigua, con camisa blanca y pantalón y pajarita negra, se acerca a nuestra mesa con dos tapas de callos que huelen a gloria bendita.
—No me has hecho sentir incómoda, te lo prometo. En todo caso, Uxía y tú me estáis facilitando las cosas. Esto es… no sé…
—¿Abrumador?
—Un poco —confieso—. Hace seis meses yo era una tía independiente, vivía con mi novio y tenía un curro que me gustaba. Y en menos de nada me he convertido en una treintañera soltera, huérfana y sin trabajo que ha regresado a la casa familiar después de veinte años. Es raro, reconócelo.
—Hombre, dicho así…
—Pero vosotros lo hacéis menos raro. Y eso es todavía más extraño. Es una locura. A veces pienso que estoy en un sueño y que me despertaré en casa con Álvaro, desayunando para irme a trabajar.
Durante unos segundos permanecemos en silencio, Indi degustando los callos, yo bebiendo cerveza. Finalmente, Indi inspira y rompe la tensión.
—No respondas si no quieres, pero ¿qué vas a hacer ahora? Me refiero… ya sé que quieres vender la casa, pero ¿volverás a la casa de tu madre en A Coruña? ¿O piensas irte a otro sitio a buscar trabajo o algo así?
Indi interpreta mi silencio como incomodidad.
—Perdona, perdona. No es asunto mío.
—¡No, no! No es eso, es solo que no lo he pensado todavía. El piso de mi madre es de alquiler. Este mes está pagado, así que pensaba volver y quedarme un tiempo, no sé —niego con la cabeza—. Pero no me veo rehaciendo mi vida allí. No siento que ese piso sea mi hogar.
—¿Y el herbolario de tu madre?
—¿Qué pasa con él?
—¿No te has planteado quedarte con el negocio?
No. No me lo había planteado. Al menos hasta ahora.
—Es un negocio muy justito; el local también es de alquiler y no está precisamente en el centro. No tengo claro que pudiese hacerlo funcionar.
—A ver, eres bióloga, de plantas, remedios y esas cosas sabes, ¿no? Y tienes las notas de tu abuela, que era una maestra de esas historias… Mi madre siempre dice que Aurora le curó las migrañas.
—Yo no soy mi abuela, Indi —me río—. No sé si he heredado su talento con las plantas medicinales.
—Tu madre sí que lo heredó.
Me encojo de hombros.
—Tal vez. No lo sé. De momento tengo que volver a A Coruña mañana para arreglar papeles y supongo que debo buscar piso; algo barato, claro, que pueda permitirme estando en el paro.
—Quédate aquí.
Lo dice con tanta seguridad que tardo un poco más de lo recomendable en tragarme los callos que había atacado.
—Aquí, ¿dónde?
—Pues en tu casa. Está más que habitable, lo único que necesita son arreglillos, bueno, quitando lo del cuarto de tu madre y eso…
Pero vamos, que puedes quedarte aquí y ahorrarte un alquiler.
Y si tienes que ir a A Coruña a cualquier trámite estás a media hora de coche.
Además, si te sale trabajo alIí, siempre puedes volverte y buscar piso, pero imagínate que te sale en Ferrol, o en Narón.
Suspiro y trago con cierta dificultad.
—¿Y eso no entorpecería las obras?
—No —Indi niega con la cabeza con énfasis—. Eso sí, tendrías que soportar el ruido, algo de desorden y a mí danzando por la casa. Prometo molestar poco.
—Encima… —me río en voz alta—. A ver si lo he entendido bien. Te ofreces a arreglar la casa por un precio ridículo, me sacas del caos que es mi vida confirmándome que no tengo que ponerme a buscar un alquiler desorbitado mientras encuentro trabajo, y como todo eso te parece poco, me pides perdón.
—Bueno, si prefieres no te pido perdón.
—Sí, mejor —no puedo evitar carcajearme, y me siento extrañamente ligera de repente—, no te disculpes.
Ni te disculpes, ni pagues ni una ronda más.
Voy a pedir otras dos cervezas y luego te invito a comer donde te apetezca.
Y no te ofrezco a mi primogénito porque no tengo intención de tener hijos. Bueno, ni candidato a padre.
—Eso sí que no me lo creo.
Su mirada es cálida y dulce como el caramelo fundido.
—Voy a por otra ronda, ve eligiendo dónde quieres comer.
Al final nos quedamos en el mismo local, enzarzados en una animada conversación en la que saltamos de anécdotas de la infancia a libros, de libros a películas, de películas a política, de política a trabajo, y de trabajo a un gin-tonic de sobremesa.
Cuando llegamos paseando a mi casa, es ya media tarde, ha oscurecido y la temperatura ha bajado bastante.
—Toma —abro la puerta y le ofrezco las llaves—. Yo me iré a primera hora de la mañana a A Coruña, así que es mejor que te las quedes tú. Así puedes ir empezando con lo que quieras.
— ¿Y cuando vuelvas cómo entras?
Me da la risa floja, mitad por las cervezas y los gin-tonics, mitad porque su pregunta me parece tiernísima.
—Volveré el viernes, probablemente. Si no estás en la casa, te llamo para que me devuelvas las llaves y listo. Ten —le paso mi teléfono desbloqueado—, guarda tu número. Te mando un mensaje luego para que te quedes con el mío. Y pásaselo a Uxía, así estaremos conectados.
La tarde empieza a oscurecer cuando Trina, acurrucada sobre mi regazo en la mecedora de la abuela, decide desperezarse y saltar elegantemente al suelo para caminar con pasos decididos hasta el taller.
—¿Quieres entrar?
La gata responde enredándose entre mis piernas. La he seguido hasta aquí pensando en abrirle la puerta, pero ahora soy yo la que de verdad quiere traspasarla.
La luz amarillenta de la bombilla del techo no apaga el resplandor plateado de la noche de invierno que se cuela por las paredes de cristal.
Uxía ha hecho un trabajo impecable limpiando el desastre que hemos encontrado esta mañana, pero todo sigue cubierto de una pátina de caos y desorden acogedor, como esos salones donde hay demasiadas velas, demasiados libros, demasiada vida.
Hay docenas de botecitos con ramitas y pinceles, cajas de madera y de metal, flores secas, piedras de colores colocadas en un cuidado orden y una cantidad inexplicable de velas blancas.
Sobre la mesa de madera sin pulir del centro, está el cuaderno de tapas de cuero verde oscuro de mi abuela.
Me acomodo en una de las banquetas altas que se guardan bajo la repisa de las macetas y me dispongo a echarle un vistazo.
Con suerte, tal vez encuentre algún remedio para el dolor de cabeza que me han provocado las cañas de mediodía y la tarde de lectura, pero al abrirlo, lo que me encuentro es un galimatías de letras inconexas.
Palabras sin sentido, que no pertenecen a ningún idioma que yo conozca, y así en todas las páginas.
En algunas hay, además, dibujos de plantas, flores, semillas…
ilustradas con mimo, con el trazo firme de la pluma de mi abuela.
«¿Qué demonios será esto?».
Mi pregunta no encuentra más respuesta que un maullido suave de Trina. Así que cierro el cuaderno y abandono el taller.
Pasadas las diez de la noche y ya en la cama, con la gata aovillada a mis pies, recibo un mensaje de un teléfono que no tengo agendado.
22:18 Número desconocido: Que en todos estos días no me hayas pasado tu teléfono y se lo hayas dado hoy a mi hermano me parece una ofensa que no sé si te perdonaré, te lo advierto (emoticono carita con lengua fuera).
22:19 Amanda: En mi defensa diré que tú tampoco me diste el tuyo. Espero que Gonzalo haya vuelto sano y salvo y estés disfrutando de tu matrimonio y fabricando bebés.
22:22 Uxía: ¡Qué guarra! Nunca pensé que te iría eso del sexting, ¿cómo voy a follar con Gonzalo mientras chateo contigo?
22:24 Amanda: Mira que eres literal, tía, jajajaja. Bueno, el viernes cuando vuelva, ¿me lo presentas?
22:27 Uxía: Ya veremos. Depende de si has superado la fase de querer que chateemos mientras me lo follo.
22:28 Amanda: No prometo nada.
22:29 Uxía: Descansa, nos vemos el viernes.
22:32 Amanda: Igualmente. Nos vemos (emoticono de mano saludando).
Estoy bloqueando el teléfono, cuando me doy cuenta de que no he pensado en Trina.
Me voy. Me voy una semana, y la gata que duerme a mis pies despreocupadamente haciendo ruiditos y convertida en un ovillo peludo no tendrá a nadie que la alimente, la cuide ni la mime.
Y mucho menos que le limpie el arenero que le he colocado en el cuarto de baño de la planta baja.
Desbloqueo de nuevo el teléfono y busco el contacto de Indi.
22:45 Amanda: Perdona, sé que es tarde, pero me acabo de dar cuenta de que si estoy fuera nadie se ocupará de Trina.
Y ya sé que la gata ha aparecido de la nada y que igual si me voy vuelve a su madriguera anterior, o lo que sea, pero ¿podrías echarle un vistazo mientras no estoy?
Tiene comida en el armarito bajo de la cocina, debajo de la caldera.
22:49 Amanda: Acabo de darme cuenta de que no hay arena de repuesto. Mierda, lo siento. ¿Podrías comprar arena? Dejaré dinero en la entrada. O si prefieres te hago un bizum.
22:55 Indi: Perdona, estaba con el teléfono en silencio y enganchado a una peli y no he leído tus mensajes hasta ahora. Claro, ya contaba con ella, no te preocupes.
22:57 Indi: Compraré arena y comida húmeda mañana antes de acercarme, te prometo que no notará que te has ido.
22:57 Indi: A ver, lo notará, claro, porque te echará de menos, pero que no te preocupes, que la cuidaré hasta el viernes.
22:58 Amanda: No sabes cómo te lo agradezco.
23:00 Indi: No es problema. Le has cogido cariño a la gata, ¿eh?
23:01 Amanda: Me hace compañía. Y me cae bien.
23:02 Indi: Y qué pensabas hacer, ¿llevártela a A Coruña? Anda que… menos mal que te hemos convencido de quedarte.
23:03 Amanda: Temporalmente.
23:05 Indi: Vete a dormir, anda, que mañana madrugas. Buenas noches.
Indi acompaña ese mensaje de una foto mal encuadrada en la que se ve un salón despejado y sencillo.
La televisión está encendida y sus pies, enfundados en gruesos calcetines de lana jaspeada, descansan sobre la mesa del centro, en la que reposa un plato con lo que parecen los restos de una ensalada de pasta y una botella de agua de esas térmicas.