Diciembre de 2017 #2
—Precio de amiga —dice, guiñándome un ojo.
—¿Y eso se traduce en?
—Los profesionales que haya que contratar corren de tu cuenta, pero lo que pueda hacer yo, me lo pagas en café y cervecitas.
Se me escapa una carcajada sincera.
—Un precio más que justo, si me preguntas —apostilla Uxía.
—Sin duda —insiste Indi—. ¿Cuándo empezamos?
—A ver… hay algo más.
—¿Algo como qué?
—Pues… no he revisado todavía el taller de mi abuela, aunque supongo que no es importante, y el cuarto de mi madre…
—¿Qué? —pregunta Uxía sacudiéndose las migas.
—¿Qué le pasa al cuarto de tu madre?
—Está… es que… creo que es mejor que lo veas tú mismo.
—Vale, vamos.
Indi deja a Trina en el suelo con delicadeza y encabeza la expedición escaleras arriba. Se detiene frente a la puerta junto a mi dormitorio y espera a que yo abra.
—A ver —digo—, por favor, no te asustes. Estoy segura de que parece peor de lo que es.
—¡Por el amor de Dios, Amanda, abre la puerta que me va a dar un ataque!
Uxía no está dispuesta a esperar más. Alarga la mano interponiéndose entre Indi y yo, gira el picaporte y abre la puerta de par en par. La tengo de espaldas, pero estoy segura de que la expresión de su cara es idéntica a la de Indi, con los ojos fuera de las cuencas y la boca abierta.
—Joder… —la voz profunda de Indi rompe el momento.
Aunque el día es más apacible que el de ayer y el viento y la lluvia han amainado, el frío se cuela por la ventana.
Me estremezco. Uxía da dos grandes zancadas para plantarse en el medio de la habitación, e Indi y yo la seguimos con algo menos de determinación.
La suciedad y la humedad lo cubren todo.
La enorme gotera gobierna el techo sobre la cama y derrama una suave llovizna helada.
—¿A qué huele? —pregunta Indi, arrugando la nariz.
—Ayer era peor, por eso dejé la ventana abierta, para ventilar.
—Pues menos mal…
—Pero… pero… —Mi amiga da una vuelta completa sobre sí misma, buscando una visión 360 del desastre—. Pero ¿cómo coño dejó tu abuela que esto pasase?
Niego con la cabeza mientras me abrazo a mí misma. En parte porque el frío es insoportable, en parte porque algo en este cuarto me produce escalofríos.
—No lo sé. Y no lo entiendo, la verdad. ¿Cuánto tiempo puede llevar esto así? Hay musgo en las esquinas, esto no puede haber pasado en quince días, ¿no?
Miro interrogante a Indi, que sigue muy quieto frente a mí. Parece que mi pregunta lo activa, porque emprende un lento recorrido por la habitación, tocando las paredes, palpando la humedad.
—Definitivamente no —dice—, este nivel de deterioro… Es como si la casa estuviese en ruinas, pero solo en este cuarto. Es… nunca había visto nada así.
—Aurora era una tía curiosa, joder. —Uxía no puede salir del estado de shock—. Una cosa es un escalón suelto, un tejado que necesita unas tejas o una fachada que pide una manita de pintura, y otra es tener un puto agujero encima de una cama. No puedo creer que ella…
—Tal vez no lo sabía…
—¡¿Cómo?! Dime, por favor, cómo es posible no enterarte de…
No doy tiempo a que Uxía termine su pregunta.
—Quizá no volvió a entrar en este cuarto desde que nos fuimos.
—Ella me mira con pena, como lamentando no haberse dado cuenta antes—.
No sé, tiene sentido, supongo. Si discutes con tu hija y ella se va de casa y no da señales de vida, no sé, a lo mejor no volver a entrar en su cuarto te protege del dolor.
—Pero tu dormitorio está perfectamente, ¿no? —Asiento en silencio—. No sé, tía, me parece raro, no tiene sentido.
—No. —Indi está junto a la cabecera de la cama, contemplando el boquete sobre ella—. No, aunque no hubiese entrado en esta habitación en años, tendría que haberse dado cuenta.
Se acerca de nuevo a nosotras y se queda mirando el suelo.
—Lo que no entiendo es que… —se queda unos segundos en silencio, con la mirada perdida.
—¿Que qué? —le suelto, impaciente.
—El resto de la casa no tiene problemas. No tiene sentido. Este deterioro solo puede deberse a años de dejadez. La humedad debería haber traspasado la pared y llegado a tu dormitorio y al de tu abuela. Semejante gotera —dice señalando el techo— habría ido deteriorando el tejado, sin embargo…
—No he encontrado más goteras —apunto.
—Exacto. Es como si el desastre estuviese retenido en esta habitación. No me lo explico, la verdad.
Durante unos segundos los tres nos quedamos en el centro de la habitación, en silencio, mirándonos unos a otros con desconcierto, hasta que un escalofrío me obliga a sacudirme y a abrazarme todavía más fuerte. Indi se dirige a la ventana y con algo de esfuerzo cierra las hojas.
—Vamos —dice—, no tiene sentido quedarse aquí.
De regreso al salón, donde Trina está poniéndose morada de miguitas sobre la mesa camilla, tardamos unos minutos en aclimatarnos. Parece imposible que esta habitación, luminosa pese a la gris mañana de invierno, esté en la misma casa que el dormitorio que acabamos de abandonar.
—Bueno, alguien necesita reenfocar este asunto, y voy a ser yo —digo—. Supongo que lo que has visto afectará al presupuesto.
Indi suspira.
—En realidad, no tanto. Habrá que contratar obra en el tejado, pero no parece que haya afectado más que a ese trozo.
Y tal vez haya que buscar una empresa especializada en fungicidas para garantizar que nos deshacemos del moho en las paredes.
Pero no te preocupes, conozco gente que nos hará buen precio.
Y el resto… me llevará un poco más de tiempo, pero puedo hacerlo yo.
—¿De verdad?
Indi asiente con firmeza y mi cuerpo recupera de nuevo una temperatura aceptable.
—Oye, son ya las doce, y por mucho que me guste esto de miraros mientras os observáis sin decir nada, tengo que irme en media hora, y estáis locos si creéis que me voy a pirar sin ver el taller de Aurora.
Reconozco que la curiosidad que mueve a Uxía lleva también dos días tirando de mí y, sin embargo, he podido resistirla.
Quise ir al taller de mi abuela el mismo día en que llegué, pero para cuando mis tías me dejaron, estaba completamente agotada.
Y después… después las cosas fueron acelerándose y supongo que lo fui posponiendo.
Lo cierto es que el taller de mi abuela me infunde un respeto casi reverencial.
Es un espacio casi sagrado con entrada restringida, en el que las normas quedaban suspendidas.
Y el sacrilegio parece menos con Uxía e Indi.
La antigua leñera está en el jardín que hay tras la casa, el mismo al que saltábamos desde la ventana del cuarto de juegos, pero en el extremo contrario.
Es una especie de anexo construido hace años que mi abuela reformó cuando yo era una niña.
Un espacio de paredes de cristal y madera con acceso directo desde el salón.
La puerta de madera oscura da a unos escalones de piedra que descienden apenas un metro.
La estancia es luminosa y fragante, inundada por el olor de las especias, y las plantas medicinales y los frutales que la rodean.
Esta vez soy yo quien encabeza el grupo. Abro la puerta y desciendo los cuatro escalones hasta el suelo de madera oscura.
—Pero ¿qué…?
La mesa de trabajo, en el centro del taller, un antiguo banco de carpintero restaurado con varios tablones añadidos, está cubierto de hierbas y semillas desparramadas sin ningún tipo de orden.
El cuaderno de mi abuela, el mismo desde que tengo uso de razón, con las cubiertas de cuero verde oscuro, está abierto, semienterrado por ramitas de lavanda y otras plantas que no identifico.
Hay frascos abiertos y una maceta hecha añicos decora el suelo junto al mueble de los cajoncitos, que tiene varios abiertos.
—Oh, mierda —Uxía empieza a amontonar las semillas y hojas sobre la mesa—, claro, debió de pasarle aquí.
Tardo un rato en entender lo que ha querido decir. El desorden, los cajones abiertos, la maceta rota.
—¿Qué debió de pasarle aquí? ¿A quién? —Indi sigue a su hermana, desconcertado, y recibe a cambio una mirada fulminante.
—El ictus, idiota. —Uxía cierra el cuaderno de mi abuela con un gesto veloz y vuelve a dirigirse a mí—. No te preocupes, nena, esto lo dejamos como una patena en cinco minutos. Indi, ve a por la escoba, ¿está en la cocina?
—En el cuartito de la entrada. Pero ya voy yo.
—Sí, eso, eso, mejor ve tú, nosotros dos recogemos todo en lo que vuelves, ve, anda.
Subiendo los escalones oigo a Uxía susurrar.
—Eres idiota, tío. Yo me tengo que ir, que Gonzalo llega en un rato.
Ve cerrando cajones y recoge por ahí, anda.
Y cuando vuelva Amanda, la ayudas a limpiar y te la llevas a tomar algo, que se despeje.
Acaba de ver el escenario del ictus de su abuela, coño.
Entretenla y que no piense, ¿estamos? Que bastante tiene.
Indi nació un año antes que Uxía, pero ella siempre se ha comportado como la hermana mayor.
Supongo que también lo ha hecho conmigo, aunque no me haya dado cuenta hasta ahora.
De repente, un pensamiento me atraviesa como un rayo: Uxía sería una madre maravillosa y que no logre quedarse embarazada es lo más injusto a lo que me he enfrentado nunca.
***
Indi sale del local con dos cervezas en una mano y un plato de aceitunas en la otra.
En cuanto Uxía se fue y terminamos de recoger el taller de mi abuela e inspeccionar la estructura —que, según dijo, está en perfecto estado y no requiere arreglo de ningún tipo—, ha insistido en ir a comer al centro.
La lluvia ha parado, aunque sigue haciendo frío, así que decidimos acercarnos dando un paseo por la senda que tantas veces recorrimos en la infancia. Indi ha elegido un local con terraza cubierta y mesas altas. Me ha jurado que la tapa de callos que sirven con las bebidas es la mejor del pueblo.
—Ahora sale el camarero con los callos.
—Gracias. —Doy un sorbo a la cerveza—. Espero que no se te haya ocurrido pagar, ¿eh? Solo falta que me invites, con todo lo que estás haciendo por mí.
—Pues claro que he pagado —parece extrañado.
—Lo sabía. Pues de la siguiente me ocupo yo. Y ya encontraré la forma de compensarte. No le decimos nada a Uxi y listo.
—¿Lo sabías? —Frunce el ceño, perspicaz, y yo sonrío divertida.
—Es peligroso desafiar las órdenes de Uxía, lo recuerdo.