Diciembre de 2017
El responso dura menos de quince minutos.
Antes de que me quiera dar cuenta estoy estrechando manos de desconocidos y recibiendo pésames algo fríos, a los que inexorablemente sigue un «Es Amanda, la nieta de Aurora» por parte de mis tías.
Tras la explicación nunca falla un «ahhhhh» entre asombrado y afectado.
En el mejor de los casos, estas personas me vieron un par de veces antes de que mi madre y yo dejásemos Fene; en el peor, hoy es la primera vez.
Agradezco las condolencias, pero yo solo tengo ojos para la misteriosa mujer del cardado rubio, que se ha mantenido en segundo plano todo el tiempo y que ahora charla animadamente con don Benito mientras dos operarios sellan el nicho de mi abuela y el resto de los asistentes desfila en este
besamanos macabro y afectado.
—Anuncia, ¿quién es ella? —señalo con la cabeza a la mujer misteriosa mientras estrecho otra mano, pero Anuncia no parece interesada en resolver mis dudas—. Vosotras la conoceréis, ¿no? Conocéis a todo el mundo.
Me intriga el silencio deliberado de Anuncia y el interés repentino de Encarna por alargar la conversación con la mujer a la que está saludando, así que repito la pregunta, esta vez más alto.
—A ver, ¿quién es la señora misteriosa, tías?
—Alguien del pasado de tu abuela, hacía años que no sabíamos de ella. —Encarna parece enfadada.
—Nadie relevante, en cualquier caso. —Anuncia sonríe ahora a un hombre muy mayor que se acerca arrastrando los pies, mientras evita el verdín para no resbalar.
No me creo nada, así que miro a Indi y Uxía, pero ellos parecen tan descolocados como yo. Indi se encoge de hombros y Uxía niega con la cabeza.
La concurrencia empieza a abandonar el cementerio y mis tías acuerdan que ha llegado la hora de marcharse.
—Vámonos antes de que se haga de noche, que luego conducir por estas carreteras es terrible.
Estamos ya enfilando la escalinata cuando don Benito se acerca con una sonrisa beatífica.
—Amanda, me gustaría hablar un segundo contigo. Necesito que firmes los papeles del entierro, será un minuto.
—Yo puedo llevar a Anuncia y Encarna —Indi aparece a mi lado como un ensalmo—, no te preocupes.
—No, hombre, no, ya esperamos a la niña.
—No diga tonterías, Anuncia, si total Indi y yo nos vamos ya, así no tienen que esperar. Nada, don Benito, llévese a Amanda a su despachito y arreglen lo que tengan que arreglar.
—Os lo agradezco, la verdad. Tías, nos vemos mañana y merendamos juntas. O el viernes por la tarde, cuando vuelva de A Coruña.
—Bueno, vale. —Encarna no parece contenta, pero claudica.
—Vamos, tengo el coche aquí mismo —dice Indi.
—Espera un momento, yo… he hecho un listado de las cosas que habría que arreglar de la casa, si puedes, quiero decir, cuando puedas, me gustaría que echases un vistazo y me dieses un presupuesto.
—Claro, sin problema. Si quieres voy mañana. O, bueno, mañana es domingo. Igual tienes planes, o quieres descansar.
—No, no, mañana sería genial, la verdad.
—¿Por qué no desayunamos juntos? —Uxía parece encantada con el plan—. Puedo preparar cruasanes, me salen buenísimos, o rollitos de canela.
—O las dos cosas —añade Indi.
—O ninguna, lambón.
—Borde.
Uxía replica sacándole la lengua. Mis tías han comenzado a descender lentamente la escalinata.
—Sería genial probar cualquiera de tus delicias, así que lo que quieras.
—Haré las dos cosas. Pero por ti, ¿eh?, no por este pedichón.
—¿Os espero sobre las diez?
—La hora perfecta para el desayuno. Además, así me da tiempo a llegar a casa antes de que Gonzalo vuelva y dejarlo todo organizado.
—Hasta mañana, entonces.
—Ciao.
—Hasta mañana.
Ambos enfilan la escalinata y yo me giro para ponerme a disposición de don Benito, pero en su lugar encuentro a la misteriosa rubia del cardado a unos centímetros. Diviso al cura unos pasos más allá, conversando con los operarios que están recogiendo el material.
—Hola, Amanda.
Me sorprende que sepa mi nombre, pero decido jugar la carta de comportarme como una adulta.
—Hola, disculpe, llevo mucho tiempo fuera de Fene y no recuerdo a casi nadie de mi etapa aquí, ¿era usted amiga de mi abuela?
—Supongo que lo fuimos en su momento, sí —responde con cierta nostalgia mientras se reacomoda el collar de perlas que decora su cuello y que juraría que es un Vivienne Westwood— aunque perdimos el contacto hace años. Antes incluso de que nacieses.
—Vaya…
—Cosas que pasan, querida, cosas que pasan.
—Sí, supongo que es normal. En fin, le agradezco que haya venido a despedirse de ella.
—Oh, no no, no he venido a despedirme de Aurora. Uno nunca se despide del todo cuando el vínculo es tan fuerte, ¿sabes? —Asiento, sin tener claro qué más hacer, porque lo cierto es que no entiendo qué quiere decir con eso—. En realidad he venido para darte la bienvenida.
—Ah, eso… eso es muy amable, pero no creo que vaya a quedarme en Fene mucho tiempo. ¿Vive usted aquí?
—Uy, no, hace años que vivo en A Coruña.
—Ah… yo no…
—No lo entiendes. Lo sé. Tranquila, ya lo harás, querida, ya lo harás.
Durante unos segundos no sucede nada más y empiezo a sentir cierto desasosiego. Esta conversación es demasiado extraña. Esta mujer es demasiado extraña.
—¿Y dices que no te vas a quedar en Fene? Vaya, la casa se sentirá algo vacía sin nadie que la habite.
—Bueno, espero que sea por poco tiempo, supongo que la pondré en venta en cuanto haga algunas reparaciones.
—¿En venta, dices? —Sus labios, perfectamente delineados, bosquejan una sonrisa. Abre el bolso y saca una tarjeta de visita—. Entonces necesitarás esto —me coge una mano y la deposita en ella con una delicadeza a juego con su perfecta manicura francesa.
—Anda… ¿estaría usted interesada en comprar? —digo algo sorprendida por el contacto.
—Oh, no, me temo que esa casa no puede comprarse, querida.
—Bueno, cuando acabe con la reforma espero que…
—Ahora debo irme. Tengo compromisos que atender y no quiero retrasarme, pero —da unos toquecitos a la tarjeta, que sigue en mi mano, con el dedo índice— cuando llegue el momento, llámame. ¿Lo harás?
No sé qué responder, porque sigo sin entender nada de esta conversación. Parezco una auténtica gilipollas.
—En fin, querida, esperaré ansiosa tu llamada.
Acto seguido se inclina, me besa en la mejilla sin apenas rozarla, y emprende el descenso al encuentro de su chófer, que la espera al pie de la escalinata.
—Perdona, me he entretenido. —Don Benito se disculpa mientras observo cómo desaparece la mujer rubia.
El cura se ha puesto a mi altura en dos zancadas y me guía escalinata abajo con una mano en mi espalda.
—Serán solo dos minutos, un par de firmas y listo —dice.
Justo antes de que abra la puerta de su despacho, en la entrada del cementerio, me guardo la tarjeta en el bolso, no sin antes echarle un vistazo rápido.
Solo figura un teléfono, una dirección del centro de A Coruña y un nombre.
Betsabé.
***
Trina salta sobre mi regazo y restriega con cariño su cabecita peluda en mi cuello.
—Ah, interesada, así que me quieres mucho, ¿no? ¿No será que quieres un trocito de rollo de canela?
—¿De dónde ha salido esta gatita tan bonita? —Indi se inclina sobre nosotras para acariciar entre las orejas a Trina.
—Pues ni idea. Supongo que será uno de los muchos gatos que mi abuela solía tener rondando por la casa. Se coló el otro día, cuando trataba de abrir la puerta de la cocina, y supongo que la he adoptado —digo pellizcando un trocito de bollo para dárselo a la gata.
—Es preciosa.
—Preciosa y consentida. —Uxía nos regaña—. ¡Que a los gatos no se les debe dar dulce!
—Mujer, si es solo un pedacito…
—Eres un blando. Anda que madrugar un domingo para cocinar y que terminéis dándole mis bollos a los gatos…
—Están espectaculares, Uxi. Te prometo que no le daré más que un par de pellizquitos. Creo que nunca he comido algo tan rico, te lo juro.
—Se me da bien, ¿verdad? —Sonríe satisfecha.
De repente, la mujer que tengo frente a mí vuelve a tener siete años. Cuando Uxía es feliz se convierte en la niña alegre y divertida que conocí, y está claro que la repostería la hace feliz.
—Se te da de lujo, llevo años diciéndotelo.
—Ya, pero eres mi hermano, tienes prohibido por ley decirme que cocino mal.
—Bueno, pues si admites críticas de alguien no emparentado contigo, se te da que te cagas —digo pegando otro mordisco al dulce trocito de Valhalla que tengo entre las manos—. ¿Dónde aprendiste?
—Estudié hostelería en A Coruña, la repostería era mi especialidad.
—De hecho, durante un tiempo se hizo cargo del obrador que estaba junto al parque —dice Indi—. Le iba muy bien.
—No me extraña.
He terminado el rollito de canela. Estoy llena, y aun así me lanzo a por un segundo cruasán.
—Gracias. —Uxía se sonroja ligeramente.
—Y ¿no lo echas de menos? Se nota que disfrutas con esto.
Una cortina gris plomizo enturbia los ojos de Uxía, y algo muy delicado que no consigo calificar se rompe dentro de mí.
—A veces sí, claro. Pero siempre he querido ser madre, y como Gonzalo ve bien hacerse cargo de los gastos, pues… Supongo que en cuanto me quede embarazada no me dará tiempo a echarlo de menos ni ese poquito.
Durante unos minutos, un silencio espeso llena el espacio, hasta que Indi decide rescatarnos.
—A ver —dice relamiéndose los restos de azúcar de los dedos—, ¿dónde está esa lista de reparaciones? Veamos qué puedo hacer por ti.
—Mmm… —Trago el último bocado de cruasán, me limpio las manos en una servilleta de papel y me levanto de la butaca frente a la mesa camilla que hemos arrimado a la ventana para desayunar, como hacía mi abuela cuando yo era niña—.
Un momento, que tengo el bolso en la entrada. ¿Queréis más café?, ya que voy…
Ambos niegan con la cabeza y yo me encamino al perchero para rescatar la libreta donde he anotado cada reparación. Indi repasa la lista con Trina en su regazo.
—¿Esto es todo? —sonríe dejando ver sus hoyuelos, aquellos que, de pequeño, lo avergonzaban tanto—. No es mucha cosa, podría hacerse en un mes como mucho. Y los materiales no son demasiado caros.
—¿Y la mano de obra?