Primavera de 1590
Supo que estaba embarazada muy pronto, cuando la barriga aún no se le notaba.
Antes incluso de la primera falta. Una noche, mientras se preparaba su habitual tisana de melisa para conciliar el sueño, las náuseas la asaltaron sin piedad y Astrid tuvo que correr hasta la entrada de la casa para descargar el contenido de su estómago.
Esa misma noche se despertó, inquieta, en mitad del sueño.
Su inconsciente la había llevado hasta un lago de aguas cristalinas y profundas donde se vio bañándose, sumergiéndose despreocupada e ingrávida. Un sueño típico de las embarazadas.
Se levantó del catre y se plantó frente al espejo con la palmatoria encendida en su mano izquierda. Su piel estaba clara y sus mejillas llenas. Más llenas de lo que habían estado nunca. En su pecho, redondo y firme, se adivinaban suaves venas azuladas.
La gata gris que dormía siempre a los pies de la cama se acercó a ella y se enredó en sus tobillos, pero cuando Astrid se agachó a acariciarla, el animal retiró la cabeza con un gesto de incomodidad.
—Mi olor ha cambiado —pensó la bruja.
Y volvió a acurrucarse bajo las mantas, acariciándose el vientre junto al que la gata se había ovillado.
Astrid no sabía quién era el padre de su hija; tampoco le importaba.
Pero tenía claro que esa criatura era una bendición, como ella lo había sido para su madre, y su madre para su abuela.
Era una mujer libre, jamás había querido atarse a un hombre, pese a que muchos le habían propuesto matrimonio, y, como todas las mujeres Alén, había vivido y disfrutado su cuerpo con naturalidad desde la adolescencia.
Su hija llegaba para continuar con el linaje de las brujas Alén, y eso llenaba de felicidad sus días y su vientre, que se hinchaba con el paso de las lunas, para regocijo de Astrid y cuchicheo de las vecinas; las mismas que, después de murmurar a sus espaldas, se acercaban a su casa,
a las afueras de aquel pueblo frío del interior de Galicia, para pedirle remedios para el mal de amores, pócimas de fertilidad o hechizos a fin de que prosperasen las cosechas.
Y Astrid les daba lo que pedían a cambio de huevos, fruta y salazón que le entregaban en agradecimiento.
Era muy consciente de su suerte, pues su don, su oficio, como decía ella, no estaba mal visto en aquel pueblecito de Ourense donde la Iglesia y su Santo Oficio tenían un alcance tan visible como limitado.
Cada domingo, la iglesia se llenaba de fieles; los mismos que, tarde o temprano, peregrinaban a la casa de Astrid.
Así había sido también para su madre, y así sería para su hija.
Astrid sabía por los buhoneros que visitaban el pueblo en cada feria que, en Castilla, las que eran como ella no corrían tanta suerte.
El Santo Oficio apresaba, torturaba e incluso mataba a cualquier mujer que osara ser libre.
Mujeres sin marido, sin fe y sin protección.
Mujeres libres cuya libertad les costaba el destierro o, en el peor de los casos, la vida.
Una mañana de finales de primavera, de paseo hacia el bosque para recoger raíces, Astrid oyó el ulular de una lechuza.
Un escalofrío le recorrió la espalda y se llevó las manos al abultado vientre.
Podría haber sido una simple anécdota, de no ser por el resto de señales.
Esa misma noche, un sapo apareció bajo las mantas del catre.
Cuando Astrid salió de la casa para liberarlo, miró al cielo: una enorme luna roja se cernía sobre el pueblo.
Ignorar la providencia fue imposible. Algo malo estaba en camino.
No tuvo que esperar mucho para averiguar qué designio oscuro amenazaba su paz. El viernes siguiente, mientras compraba en el mercado, la calle principal se llenó de cuchicheos y runrunes.
—¿Qué está pasando? —preguntó Astrid al vendedor de quesos con el que estaba negociando.
—Debe de ser la comitiva del cura ese que asesora al Santo Oficio; el otro día, en un pueblo de Castilla, oí que tenía intención de venir a Galicia.
Un escalofrío recorrió el espinazo de Astrid.
—¿A Galicia? Pero irá a Ourense, o a Santiago…
Eran los destinos lógicos para un inquisidor: sedes episcopales, ciudades clericales y fuertes, no un pequeño pueblo olvidado y tranquilo. El comerciante negó con la cabeza y se llevó por delante las esperanzas de Astrid.
—Tomás de Lemos es primo de don Francisco, el párroco, sus madres eran hermanas, ambas nacidas en Ribadavia. Dicen que don Francisco le ha pedido que venga para ayudarlo con el tema de los judíos. No hay forma de deshacerse de esos infieles, ¿sabe usted?
—¿Ha dicho Tomás de Lemos?
El comerciante envolvió el queso en un trapo y Astrid le tendió unas monedas. El murmullo del mercado no dejaba de crecer.
—Increíble, ¿verdad? Un inquisidor tan importante y tan bien posicionado en Roma de visita en el pueblo. Se ve que la providencia tiene sus favoritos, señora.
Astrid trató de no perder la sonrisa mientras guardaba el queso en el cesto y asimilaba la noticia. Abandonó el mercado con el corazón encogido, el cesto en una mano y acariciándose el vientre grávido con la otra.
El nombre de Tomás de Lemos reverberaba en su cerebro de regreso a casa.
De sobra conocido por su estrecha vinculación a la Santa Sede, su fuerza e influencia en el Santo Oficio y su inquina contra los falsos conversos, los pocos judíos que habían conseguido escapar de la persecución en Ribadavia y en las villas colindantes y rehecho sus vidas en los pueblos de la zona.
Pequeños pueblos como el suyo, donde a nadie le importaban las creencias del vecino, donde la iglesia se llenaba cada domingo tanto como la taberna; pueblos habitados por personas que acudían a mujeres como Astrid en busca de remedios, de conjuros y hechizos sin juzgarlas ni condenarlas…
Pero que no dudarían en denunciarla frente al Santo Oficio sin con eso salvasen sus propias vidas.
Con el aliento contenido colocó la compra en la despensa y se preparó para proteger su casa: encendió el fuego murmurando las palabras secretas de sus antepasadas, colocó sal bajo los muebles y el catre,
barrió la casa hacia la puerta y comprobó que os maios pendiendo del quicio de la entrada seguían allí.
En cuanto cayó la noche, Astrid se sentó a la mesa junto al fuego, prendió una vela blanca, barajó los naipes y tiró cinco boca abajo sobre el mantel. Volteó las cartas una a una, mientras la llama de la vela escintilaba suavemente.
El as de bastos. Un camino peligroso.
El rey de espadas. Un conflicto definitivo.
El as de copas bocabajo. Un linaje en peligro.
La sota de oros bocabajo. Una herencia desaparecida para siempre.
Los dedos de Astrid temblaron sobre la quinta carta. Fuera, una lechuza ululó despreocupada. Cerró los ojos, tomó aire y la volteó con decisión.
El as de espadas. La única escapatoria, el único destino posible: la muerte.
La respiración se le cortó durante un segundo y contuvo un grito de terror. Se llevó la mano al vientre y una lágrima le recorrió la mejilla. Aquel vientre que quería proteger a toda costa…
Una patada.
No.
Dos patadas. Dos patadas simultáneas y de la misma intensidad. Una, en la parte superior del vientre. Otra, junto a la pelvis.
Asustada, posó las manos sobre las cartas para evitar el mareo y entonces lo vio. El as de espadas no estaba solo. Otro naipe se había adherido a la carta que presagiaba el fin. Un naipe oculto que solo ahora se revelaba. El dos de copas.
—Dos… —murmuró—. Son dos…
La bruja tomó entonces una decisión. Recogió la casa con calma e hizo un hatillo con provisiones suficientes para unos días, algo de ropa, hierbas y ungüentos.
Luego cogió también su cesto de mimbre, en el que guardaba tierra del camino, velas blancas y negras, agua del manantial cercano a la casita y algunas hierbas.
Y, amparada por la negrura de aquella noche de luna nueva, salió al bosque.
Al llegar al claro, se arrodilló y dibujó en la tierra un pentáculo valiéndose de una rama.
Después, rodeó el pentáculo con un círculo y se colocó en medio.
Frente a ella, puso la tierra y las velas, que prendió una a una, imponiendo sus manos sobre ellas.
Sabía que la única forma de salvar su linaje era alejarlo de la magia, pero ¿no sería eso peor que acabar con él?
Mientras las llamas de las velas danzaban, Astrid hizo arder la tierra y luego vertió el agua para que ardiese también, con una llamarada imposible, húmeda y azulada. Elevó la mirada a las estrellas y pronunció las palabras:
Sean eira élan fravren en dúa. Sean eira lux ligan a eira primel nacra.
Sean eira mor ligan a eira segrel nacra.
Que nun mestren, que nun torven, que cada sorna levan son don sen espel.
Sean eira élan fravren en dúa. Sean eira lux ligan a eira primel nacra.
Sean eira mor ligan a eira segrel nacra.
Que nun mestren, que nun torven, que cada sorna levan son don sen espel.
Por mi sangra, por mi vren, por mi nome: dividen.
Sean eira durmen ata o tempo sinal. Sean eira gardan o vieiro da Escoyta.
Cando a Escolda chegue, cando a Sangra Vella fale polo seu nome, sean élan tornen unha soa.
Se digna é, que todo lle sexa devolto:lux, mor, lembranza e poder.
Se indigna é, que o élan cale. Que o don se desfaga en po.
Que o sangue remate. Que ningunha nacra veña tras dela.
Que o nome se perda. Que a roda peche sen herdeira. Sean tal.
(Que la magia sea partida en dos. Que la luz quede ligada a la primera nacida.
Que la oscuridad quede ligada a la segunda.
Que no se mezclen, que no vuelvan a unirse, que cada cuerpo cargue su don sin reflejo del otro.
Que la magia permanezca dividida hasta el tiempo señalado.
Que guarde el camino de la Elegida. Cuando llegue la Elegida, cuando la Sangre Antigua pronuncie su nombre, que la magia vuelva a ser una sola.
Si es digna, que le sean devueltas la luz, la oscuridad, la memoria y el poder.
Si no lo es, que la magia calle. Que el don se deshaga en polvo.
Que el linaje termine. Que no nazca descendencia tras ella.
Que su nombre se pierda. Que el ciclo se cierre sin heredera. Que así sea).
Era todavía noche cerrada cuando Astrid emprendió el camino hacia Lugo, evitando por todos los medios pasar por Ourense.
Tardó casi diez días en llegar a las afueras de Lugo y otros cinco hasta Ferrol.
Durmió en cuadras y establos, se alimentó de lo que pudo cazar o de las hierbas del camino.
Guardó dos días de reposo a causa de un sangrado intermitente en una aldea cercana a Ferrol.
Una viuda que se encontró por los caminos se apiadó de ella.
Habían pasado veinte días desde que partió de Ribadavia cuando Astrid llegó a Fene.
Allí, tal y como las cenizas de la hoguera de tierra y agua habían predicho, halló un riachuelo a las afueras del pueblo, que corría paralelo a un campo de árboles frutales.
Un terreno sin dueño cerca de una ermita semiabandonada, fértil y húmedo.
Y con sus propias manos levantó una cabaña, que al cabo de las semanas ya era una casita.
La casita en la que sola, una noche de invierno, a la luz de la lumbre, dio a luz a sus gemelas.
Las niñas tenían algo más de tres años cuando Astrid, que había logrado gracias su esfuerzo y su buen hacer ganarse un nombre como menciñeira en aquel pueblo alejado del Santo Oficio y de los tentáculos de la Santa Madre Iglesia, contrató a un retratista para que hiciese un dibujo de su familia.
Su pequeño aquelarre.
—Ay, por dios, doña Astrid —le dijo aquel hombre bien plantado y de bigotes recortados, carboncillo en mano—, ¿no irá usted a hacer posar de luto a esa pequeña?
Astrid miró a Lena, sonriente y rubicunda en su regazo.
—¿Quién ha dicho que el negro está reservado al luto, don Mateo? Este negro es símbolo de vida, créame.
El retratista se encogió de hombros y continuó con su labor.
Una semana después, Astrid colocó el retrato en un cuaderno en el que había comenzado a consignar su magia y sus remedios.
Debía dejar constancia del hechizo capaz de separar la luz de la oscuridad con el que había conseguido salvar el aquelarre Alén, dividiendo el poder entre sus dos hijas.
Convirtiéndolas en brujas menos fuertes y llamativas, sí, pero sin renunciar a su naturaleza.
Bajo el retrato, con letra historiada y compleja, Astrid escribió:
Lux e mor fravren sen, lesvan ke eira lux brilan lenval, fasven ke eiras necil crean ke es obral de deos, e velren eiras morna celan, mentren sen amenazal per eira clava.
(Separadas la luz y la oscuridad, dejaremos que la luz brille suavemente, haciendo creer a los necios que es obra de su dios, y mantendremos ocultas las tinieblas, mientras sean una amenaza para el clan).