Hijas de Lilith Diciembre de 2017 #6
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Diciembre de 2017 #6

Intuyo que crecer sin padre debió de ser mucho más duro para mi madre que para mí.

Ser hija de soltera en los sesenta en Galicia no es lo mismo que serlo en los noventa.

Pero en el pueblo ya estaban acostumbrados.

Mi abuela fue madre soltera. Mi bisabuela, Altea, a la que nunca conocí, pero cuya foto cuelga de las paredes del vestíbulo con su cara redonda y sonriente, su pelo recogido en un moño y su traje negro impecable, no tuvo marido alguno.

Una estirpe de madres solteras alejadas del pío camino de la iglesia no son precisamente candidatas a vecinas del año, pero es que, además, mi abuela tenía un carácter, digamos…

tempestuoso. No tenía pelos en la lengua, respondía a quienes la criticaban con su labia afilada, caminaba con la cabeza bien alta y defendía aquello en lo que creía, aunque le supusiese enemistarse con algún vecino. Incluso si ese vecino era el alcalde.

Dejamos el coche al final de una cuesta y empezamos a subir hacia el cementerio. Dos operarios esperan impertérritos bajo la suave lluvia junto al ataúd de madera oscura que contiene el cuerpo de mi abuela.

—Buenas tardes, don Benito.

—Buenas tardes, señoras.

Un hombre calvo y enjuto con la cara muy alargada, vestido con un pantalón negro y un anorak verde oscuro, saluda a mis tías con un apretón de manos algo flojo.

—Lamento mucho su pérdida.

—Gracias, don Benito, gracias. Mire, ella es Amanda, la nieta de Aurora. —Encarna me empuja suavemente hacia delante y don Benito me tiende su mano fría y blanca—. Don Benito ha accedido a oficiar una pequeña ceremonia civil y se lo agradecemos mucho.

—Sí, claro, sí —digo algo confundida—, muchas gracias.

—Tu abuela era una buena mujer, Amanda. Una mujer única, diría.

—Gracias.

Don Benito mira entonces su reloj sin disimulo, un Casio casi tan viejo como él.

—Supongo que no esperamos mucha concurrencia, ¿verdad?

—No, no —Anuncia hace un gesto de despreocupación con la mano—, ya sabe cómo era Auroriña. Vendrá alguna vecina, algún amigo de Amanda y poco más. Yo creo que podremos empezar puntuales. Esperamos cinco minutiños y arrancamos, si le parece.

Don Benito asiente en silencio, y como si las hubieran conjurado, varias personas empiezan a llegar al cementerio.

Reconozco a alguna de las vecinas que frecuentaban el taller de mi abuela en busca de un remedio para la halitosis o el reuma.

Anuncia y Encarna las saludan a todas con una cortés inclinación de cabeza.

Me reconforta ver aparecer a Indi y Uxía, que vienen directos hacia mí y se colocan a mi lado, flanqueándome.

La lluvia arrecia y don Benito arranca su responso con el repiqueteo de las gotas sobre los paraguas abiertos.

—Hoy despedimos a nuestra querida vecina Aurora, una mujer única, llena de fuerza y carácter, que nunca dudó en ayudar a quienes se lo pidieron y vivió siempre fiel a sus creencias…

—¡brUJA!

Al principio, esas dos sílabas no tienen sentido para mí, un grito inconexo en una voz de mujer, parecida al graznido de un ave, que se oye desde la escalinata que da acceso al cementerio.

Y, acto seguido, el silencio. Don Benito deja el responso inconcluso mientras las cabezas de los presentes, menos de una docena de mujeres y cuatro hombres, contando a Indi y a don Benito, se giran violentamente para localizar el origen de la interrupción.

—¡Estáis celebrando el funeral de una bruja! ¡Herejes!

Es increíble que un grito tan estridente provenga de un cuerpo tan delicado.

Aferrada con las dos manos a la barandilla metálica, y envuelta en un impermeable de plástico transparente endeble y viejo, una mujer, que de tan anciana parece un cadáver, se deja el poco aliento que le queda en llamar bruja a mi abuela.

Busco con la mirada a Anuncia y Encarna, que elevan los ojos al cielo como suplicando paciencia.

Miro a Uxía, que automáticamente dirige una mirada feroz a Indi.

Él asiente por toda respuesta y se gira hacia la escalinata, pero antes de que pueda dar un paso, una nueva voz, esta mucho más firme y pausada, se eleva desde la entrada.

—Ay, Benigna, por favor, pero ¿qué hace usted aquí, a la lluvia, tan desabrigada? ¿No ve que va a coger frío?

Por la escalinata aparece primero un primoroso paraguas gris claro con el borde rizado, cuajado de diminutos lunares blancos, y, debajo, un fabuloso cardado rubio que corona una cabeza fina y elegante.

La mujer del paraguas se sitúa junto a la de los gritos, la coge del brazo y la cubre con el paraguas justo antes de hacer una inclinación de cabeza.

Acto seguido, un hombre con uniforme de chófer aparece en la escalera, abre un enorme paraguas negro, toma del brazo a la vieja Benigna y la conduce con calma hacia la salida, mientras ella dirige una mirada triste a la concurrencia.

—Pero… pero…

—Manuel, llévala a casa, ya sabes dónde vive.

—Sí, señora.

La mujer del cardado rubio se deshace de Benigna con desinterés y continúa su ascenso contoneando sus caderas, envueltas en una falda lápiz negra, encaramadas a unos tacones de aguja que me hacen temer por su equilibrio.

—Continúe, por favor, don Benito. —Su voz es dominante pero suave.

Y don Benito obedece.