Hijas de Lilith Diciembre de 2017 #5
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Diciembre de 2017 #5

La humedad se ha comido prácticamente todo el papel pintado de las paredes.

Hay una gotera sobre la cama que ha creado un ecosistema propio en medio de la colcha de algodón.

El verdín trepa por las faldas del cobertor.

Las esquinas de la pared de la ventana rezuman hongos y podredumbre.

Entre el armario, cuya madera parece húmeda y está reverdecida, y la pared hay una telaraña de un tamaño considerable en la que varias moscas y algo que supongo que fue un grillo han hallado la muerte.

—Joder.

Me abalanzo sobre las contras para dejar que entre la luz, pero se resisten.

Consigo abrir la derecha después de forcejear un rato, pero la izquierda termina desencajándose de los goznes.

Abrir la ventana suena como abrir las puertas del infierno.

Cuando el aire fresco de diciembre por fin entra en la habitación, una ráfaga de viento agita las copas de los árboles, y el agua mansa del orballo se cuela dentro, cargada de hojas y humedad.

—Genial.

Desde la puerta, Trina observa petrificada.

—Aquí no entras, ¿verdad? Anda que eres tú tonta.

No sé ni por dónde empezar las notas sobre este cuarto, así que decido dejarlo para el final.

Dejo la ventana bien abierta para intentar renovar el aire viciado y oscuro del dormitorio y cierro la puerta del que, en mi infancia, fue un lugar seguro donde refugiarme en noches de tormenta o en las mañanas perezosas de domingo.

El dormitorio de mi abuela está pegado al de mi madre.

Nada ha cambiado, salvo la colcha de ganchillo de mis recuerdos, que ha sido sustituida por un moderno edredón nórdico.

Su cama parece ahora más mullida y acogedora.

Por lo demás, todo sigue como siempre: el tocador con el joyero, las mesillas de madera oscura y el armario imponente junto a la puerta.

En el cuarto de baño, frente al dormitorio de mi madre, hay algunos azulejos caídos, nada especialmente preocupante, y el armario de la ropa blanca tampoco está demasiado afectado por la humedad.

Me preparo un poco de pasta con verduras y queso para comer y me siento frente a la mesa camilla de la sala con el plato humeante y la libreta con la lista de reparaciones.

—Supongo que debo añadir revisar el tejado, porque esas goteras necesitan una reparación urgente, y arreglar y repintar la fachada —miro a Trina, acurrucada sobre la mecedora de mi abuela—.

De la verja y el jardín no voy a poner nada.

Tampoco es cuestión de dejar la casa como para entrar a vivir, ¿no crees?

Trina me mira con desinterés, suspira y mete la cabeza entre las patitas peludas para seguir durmiendo.

—Eso, tú despreocúpate.

Sonrío mientras anoto «tejado» en la lista.

Ya solo queda revisar la antigua leñera, un espacio grande y diáfano, parecido a un invernadero, que mi abuela adaptó para convertir en una especie de herbolario.

Recuerdo que pasaba horas allí dentro, casi siempre sola, en ocasiones acompañada de Anuncia y Encarna; rara vez con mi madre.

Me encantaba aquel espacio, con sus grandes ventanales y su madera lacada en verde oscuro, pero sobre todo me gustaba el enorme mueble lleno de cajoncitos en el que mi abuela guardaba anís estrellado, lavanda seca, ramas de canela, salvia, hinojo, violetas…

Aunque tenía prohibido entrar yo sola en aquel taller, y a mi madre no le hacía ninguna gracia, a veces cedía y me dejaba ayudar a mi abuela a llenar saquitos de semillas, mezclar especias en el mortero o escoger pétalos para secar.

Son los recuerdos más bonitos de mi infancia en esta casa, y siempre he sospechado que, en el fondo, a mi madre el herbolario debía fascinarle tanto como a mí, porque cuando nos mudamos, montó uno.

Las campanadas del reloj de pie del vestíbulo me sacan de mi ensoñación. Había olvidado ese trasto viejo. De pequeña, recuerdo que podía oír ese tañido profundo y metálico dos o tres veces el mismo día, y luego no volver a escucharlo en semanas o incluso meses.

Son las tres. Es hora de arreglarme para el entierro.

Al salir de casa, veo que Anuncia y Encarna están esperándome junto a la puerta, tal y como prometieron.

Se acomodan dentro de mi exiguo 500 en lo que empieza a ser una disposición familiar, y durante el trayecto hacia el cementerio se dedican a comentar la ilusión que les hace que esté de nuevo viviendo en la casa,

a preguntar por mi tarde de ayer con Uxía e Indi y a elogiar lo bien que me sienta la ropa que he elegido: una falda negra con florecitas moradas, un jersey negro y botas altas del mismo color.

Dudo que, en cualquier caso, nadie vaya a apreciarlo.

Primero, porque nada indica que el entierro de mi peculiar abuela congregue a demasiados vecinos, y segundo, porque estamos a menos de ocho grados y llueve, así que llevo un plumas negro largo que compré hace unos años en las rebajas y que me queda una talla grande.

El cementerio está a las afueras del pueblo, encastrado en una pendiente. Es pequeño, está algo descuidado y cuenta con nichos desacralizados.

Pese a haberme criado en un pueblo de la Galicia de los años noventa, en la que la religión católica era mayoritaria, a mí me educaron en el más ferviente agnosticismo. No fui bautizada, tampoco hice la comunión, y solo acudí a misa cuando alguno de mis amigos me invitó a la suya.

Ni mi madre ni mi abuela eran creyentes, al menos, no creyentes en el dios cristiano y católico.

Sí creían, sin embargo, en el bien y el mal, en que el karma nos devuelve lo que damos y en que hay fuerzas que no podemos controlar.

Algo que, por otro lado, en Galicia es tan común como los creyentes religiosos tradicionales.

No puedes evitarlo si vives en una región donde los espíritus, la Santa Compaña y las leyendas forman parte del día a día.

De pequeña no acababa de entenderlo. Se me escapaba cómo alguien religioso, como la madre de Uxía e Indi, por ejemplo, que iba a misa cada domingo, llevaba a sus hijos a catequesis y ayunaba en Semana Santa, creía también en los espíritus,

las ánimas y las energías de las que mi abuela hablaba constantemente.

Pero con el tiempo, mi cerebro de niña acabó normalizando lo que, en puridad, era de lo más normal en mi entorno.

Las mismas beatas que acudían a diario a la ermita, situada al final del camino de la casa de mi abuela, se lavaban luego la cara con el agua de San Juan en la mañana del 24 de junio tras dejar las hierbas infusionando a la luz de la luna,

colgaban os maios de sus puertas o se lanzaban sal sobre los hombros cuando el salero se derramaba en la mesa.

Siempre he sospechado que el agnosticismo de mi familia se debía, en buena medida, al particular matriarcado en el que me crie. Un matriarcado sin hombres.

Jamás conocí a mi padre, y mi madre nunca me contó nada de él.

No lo he echado de menos, supongo que porque no se puede echar de menos aquello que nunca has tenido, y porque, en realidad, con mi madre y mi abuela tenía familia más que suficiente.

Por supuesto, alguna vez pregunté por él, pero las respuestas siempre fueron vagas, evasivas.

«Tu padre murió cuando eras muy pequeña» era la más habitual.

Resulta que si creces en la costa gallega, eso es mucho más común de lo deseable, así que no tener padre no era tan raro.

Con los años, supe que mis padres nunca se casaron, que tuvieron una relación fugaz.

Soy hija de madre soltera, del mismo modo que lo fue mi madre.