Hijas de Lilith Diciembre de 2017 #4
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Diciembre de 2017 #4

Tampoco sabría explicar cómo por la mañana, cuando mi madre venía a despertarme, ya no estaba.

Guardé el secreto con celo. Y ahora, mientras coloco la compra bajo la atenta mirada de esta enorme gata tricolor, me pregunto si no sería mi abuela quien colaba y sacaba a la gata.

No he comprado comida para gatos, porque, francamente, no esperaba tener que alimentar a ninguno, así que trasteo entre los armaritos de la cocina, y cruzo los dedos para que mi abuela siguiese alimentando a su pequeña colonia de «espíritus queridos».

Encuentro un saco de pienso en el armario bajo la caldera.

Lleno un cuenco, pongo en otro agua fresca, y los dejo junto a la puerta de la cocina.

Pero la gata no muestra especial interés en ellos.

En cambio, parece extremadamente dispuesta a acompañarme allá donde vaya.

Atravieso el vestíbulo camino de la escalera con esa bola de pelo y sus ronroneos enredándoseme entre los pies, y nada más pisar el primer escalón un crujido chirriante y húmedo rompe el silencio de la noche.

—Joder, va a tener razón Indi, hay que arreglar la escalera.

El pasillo de la segunda planta se ilumina como un cabaré en cuanto acciono el interruptor al final de la escalera.

Y no, la comparación con un cabaré no es gratuita.

La casa de mi abuela siempre fue, digamos, ecléctica.

La enorme araña del vestíbulo no tiene nada que ver con las lámparas de pie del salón ni con los plafones funcionales de la salita de juegos.

Pero lo de este pasillo es directamente una fiesta.

Una docena de apliques de pared iluminan el corredor.

Seis a cada lado. Y no hay dos iguales. Los de cristal de colores son importados de América, del siglo xix, y muy delicados, y contrastan con los pesados apliques de latón con tulipas de cristal opaco en forma de lirio y de tulipán, mucho más bastos.

De otros cuelgan ostentosos cristales tallados del tamaño de un pulgar y también hay simples plafones que compensan su sencillez con un relieve en el cristal en forma de filigrana.

Cuando era pequeña, adoraba sentarme al fondo de este pasillo y analizar sus formas curiosas, la manera que cada uno proyectaba la luz sobre las paredes empapeladas. Creo que podría volver a disfrutarlo.

La gata se detiene justo delante de la puerta de mi cuarto de la infancia.

—Cómo lo has sabido, ¿eh? ¿Tienes poderes o qué?

Da dos vueltas en círculo, como impaciente, y se cuela dentro en cuanto abro la puerta.

Un roce parecido a un crujido suave me obliga a mirar hacia la ventana. La lluvia arrecia y un viento racheado se acaba de sumar a la fiesta. Un sonido conocido me despliega una gran sonrisa.

El limonero.

El enorme limonero cuyas ramas crecían implacables y se colaban dentro de mi cuarto en verano, cuando las ventanas se cerraban solo por la noche. Mi madre le pidió decenas de veces a mi abuela podar aquel árbol rebelde, empeñado en invadir mi cuarto, pero ella se negaba.

—La naturaleza sabe lo que hace, Amparo. El olor del limonero espanta a los mosquitos. Y, además, a ella le gusta. ¿A que te gusta?

Y yo contestaba que sí, porque era la verdad.

Me encantaba que sus hojas verdes y olorosas formasen parte de mis tardes de estudio en el escritorio que, aún hoy, sigue bajo la ventana.

Adoraba estirar la mano y arrancar un limón enorme, exprimirlo en la cocina y mezclarlo con gaseosa.

Disfrutaba enredando los dedos entre las ramitas que sujetaban sus hojas mientras leía.

Busco alrededor mi maleta, pero no la encuentro, pese a que mis tías me han asegurado haber dejado mis cosas aquí.

Y entonces lo entiendo. Abro el armario lacado de dos puertas, cuyas molduras pinté con florecillas rosas y azules junto a mi madre una tarde de primavera, y un aroma a lavanda lo invade todo.

Anuncia y Encarna han colocado primorosamente toda mi ropa. Gruesos jerséis de lana, vaqueros y camisetas doblados en las baldas de la derecha, vestidos y blusas colgados en perchas de madera a la izquierda. Saquitos de lavanda seca aquí y allá.

En el primer cajón encuentro mi pijama, me desnudo y me deslizo en él con pereza. De repente siento que todo esto ha sido demasiado.

Arrastro los pies hasta el baño para descubrir que mis tías han colocado en la balda de cristal, bajo el espejo del lavabo, mis cremas, mi cepillo de dientes, el estuche y el líquido de las lentillas.

Me quito las lentillas, me desmaquillo y me lavo los dientes haciendo el mayor esfuerzo de mi vida por mantenerme despierta, y vuelvo a mi cuarto a tientas.

Me acurruco bajo el edredón de plumas que mis tías han traído, vestido con una funda que parece inspirada en un campo de la Provenza, y que huele exactamente como creo que huele un campo de la Provenza,

y me quedo dormida escuchando la rama del limonero acariciar el cristal de mi ventana mientras la gata ronca acurrucada a mis pies.

El sábado amanece gris, húmedo y plomizo, pero al menos la lluvia, que anoche incluso me despertó de madrugada, ha dado una tregua.

Al igual que la calefacción, la caldera también funciona perfectamente.

Dejo que el agua caliente me envuelva y me permito una ducha bastante más larga de lo habitual.

Después, me visto con un enorme jersey de lana de mi madre y bajo a prepararme unas tostadas y un café con la gata pegada a mis pies.

Desayuno sin prisa, compartiendo el jamón con Trina. No sé en qué momento he decidido su nombre, pero necesito ponerle uno si voy a quedarme aquí unos días. Tal vez un par de semanas. El tiempo que tarde Indi en arreglar la casa para ponerla a la venta.

Friego los cacharros y, después de rellenar el plato de pienso de Trina, me dispongo a recorrer la casa con calma. Fuera cae un orballo suave y manso que hace brillar la hierba del jardín incluso bajo la luz matificada de este día de diciembre.

El vestíbulo está igual que hace veinte años, como el cuarto de juegos o la cocina. La imponente sala de estar está en un estado razonablemente bueno también, a excepción de algunas humedades en el rincón junto a la televisión y algunas tablas del parqué que deberían revisarse.

En esta habitación parece no haber pasado el tiempo.

La mecedora de mi abuela sigue junto a una de las ventanas, flanqueada por los dos butacones que siempre recibieron el título de «los de las visitas», pero en los que yo solo recuerdo sentadas a Anuncia y Encarna, ambas, al igual que mi abuela,

afanadas en sus labores de punto o debullando los guisantes frescos.

En invierno, cuando el frío arreciaba, se acercaban la mesa camilla, encendían un brasero bajo las faldas y metían las piernas para calentarse.

Mi abuela instaló la calefacción poco después de que yo naciese, pero a ellas les gustaba ese ritual del brasero.

En esa misma mesa, también preparaban las castañas del magosto, jugaban al cinquillo y preparaban saquitos de flores secas y de hierbas aromáticas.

Adoraba esos saquitos, el fuerte olor de la salvia y la lavanda y el romero inundándolo todo.

Por algún motivo que jamás comprendí a mi madre la sacaban de sus casillas y se enfadaba si descubría que había escamoteado alguno para meterlo en mi cajón de la ropa interior o bajo la almohada.

—Por el amor de dios, mamá, ¿tenéis que hacer esto aquí? He encontrado uno de esos sacos del demonio bajo la almohada de Amanda.

—Ni dios ni el demonio tienen nada que ver con esto, cálmate. Sabes de sobra que nuestros saquitos no tienen mal alguno.

—Tienes todo un taller en la leñera, mamá, ¡para eso construimos ese espacio!

—Esta es mi casa, Amparo. Estoy dispuesta a cambiar algunas cosas para que no os vayáis, pero nunca te olvides de con quién hablas. Soy tu madre, esta es mi casa. Y sé lo que hago.

Mientras abro las ventanas para ventilar y compruebo que algunos de los goznes agradecerían una puesta a punto, pienso que, si bien es cierto que nunca supe por qué mi madre decidió que nos fuésemos de esta casa, siempre intuí que ella no era feliz aquí, por mucho que yo decidiera ignorarlo.

En la planta baja de la casa hay también un comedor, en el que el tiempo se detuvo en los años 70; un cuarto de limpieza y lavado en el que la humedad ha campado a sus anchas, destrozando parcialmente el estucado de las paredes; la habitación que llamábamos la salita de la tele,

que en realidad era «la salita que jamás se utilizaba», y un cuarto de costura en el que no recuerdo haber visto coser a nadie jamás.

Lo utilizábamos como una especie de almacén, algo muy conveniente, dado que una de las paredes tiene armarios empotrados hasta el techo.

También hay un cuarto de baño bastante anticuado, pero en buen estado.

He ido tomando notas de los desperfectos en el cuaderno que llevo siempre en el bolso. Cuando Indi me pase el presupuesto, ya decidiré qué asumo y qué dejo en manos de los nuevos propietarios.

De regreso al vestíbulo, me espera la imponente escalera.

Anoche comprobé que los escalones crujen, así que anoto «apuntalar escalones» en la lista, y mientras subo, aprovecho para comprobar la barandilla, una pieza de madera que de pequeña me fascinaba, llena de volutas y recovecos…

Mágica, a los ojos de una cría con mucha imaginación y muy poco que hacer.

Parece firme, aunque anoto «comprobar barandilla escalera», por si acaso.

La primera puerta del pasillo superior es mi cuarto. Aquí ya sé que todo está más o menos en orden. Enfrente está el cuarto de baño, que también parece en buen estado, pero anoche no fui más allá.

Junto a mi cuarto estaba el de mi madre, una habitación decorada con un papel en tonos rosados y beis y una enorme cama de madera de roble en el centro.

A mi abuela le encantaba decir que ese dormitorio estaba destinado a ser de mi madre porque era donde la había parido.

La puerta tarda unos segundos en ceder, sospecho que mi abuela no ha entrado demasiado en este dormitorio desde que nos fuimos.

Cuando consigo abrir, me recibe una oscuridad intensa y sobrecogedora que no había experimentado jamás.

Las contras interiores están cerradas, de forma que solo se cuela una rendija de luz.

Pulso el interruptor y, entonces, me quedo sin aliento.