Hijas de Lilith Diciembre de 2017 #3
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Diciembre de 2017 #3

—Ni Uxi ni nada, coño, Indi, que hace veinte años que no sabemos nada de esta tía, y te juro —dice girándose hacia mí— que cuando nos hemos visto en el tanatorio he tenido la sensación de que habíamos estado juntos ayer. Qué coño ayer, cada día de nuestras vidas.

De niña, Uxi no tenía pelos en la lengua; decía lo que pensaba claro y sin vergüenza. Suspiro aliviada. Me encanta que siga siendo la misma niña valiente.

—Tienes razón. No sé explicarlo, pero en cuanto habéis cruzado la puerta, he sabido que erais vosotros y he sentido… no sé… Como si el tiempo no hubiese pasado. Como si nunca hubiese dejado de formar parte de esto. —Hago un gesto con las manos que nos envuelve a los tres.

—Esta siempre será tu casa —responde Uxi, resuelta, mientras llena el vaso hasta el borde—, pero tía, ya te vale, ni una llamadita de teléfono.

—Ya…

—A tu madre no le hacía gracia, ¿verdad?

—¡Uxía! ¡Que acaba de enterrarla, joder!

—Ay, Indi, qué pesado eres. —Da un trago a la bebida—. Ojo, que a mí Amparo me caía genial, ¿eh? Era muy guay. Pero todo Fene sabe que se marchó de casa de Aurora dando un portazo y no miró atrás. No nos hagamos los tontos.

—No… —cojo aire antes de arrancar—, no es que le pareciese mal, es solo que estaba muy triste y enfadada cuando nos fuimos.

Al principio le preguntaba todo el tiempo cuándo íbamos a volver, pero ella me daba largas o cambiaba de tema, así que dejé de hacerlo.

Ni siquiera me atreví a pedirle que me dejase llamaros, porque cada vez que hablaba de Fene, del colegio o de lo mucho que echaba de menos nuestra vida en el pueblo se echaba a llorar o se enfadaba.

No quise hacerle más difíciles las cosas.

—Lo entendemos, Amanda. —Los ojos oscuros de Indi son cálidos y suaves, los del amigo que siempre estuvo a mi lado.

—Sí, sí, lo entendemos, pero a mí me mata la curiosidad.

Indi pone los ojos en blanco y bracea, y, en ese momento, Fernando deja sobre la mesa tres enormes hamburguesas y un plato que desborda patatas fritas.

—Ala, a disfrutar, chicos. —Luego se dirige a mí con una sonrisa amistosa—. Me alegro de que hayas vuelto.

—Gracias. Me alegro de haber vuelto. —Y me sorprende lo sincera que es mi respuesta en realidad.

—A ver, tía, veinte años sin vernos son una burrada. —Uxía mastica mientras habla e Indi niega con la cabeza en señal de desaprobación—. Haznos al menos un resumen rapidito.

—Tampoco es que haya mucho que contar. Nos fuimos a A Coruña, mi madre montó un herbolario en el barrio…

—Tus tías se lo contaron a mamá, estaban muy orgullosas —dice Indi—. Uy, perdona, no quería interrumpirte.

—No sabía que Anuncia y Encarna estaban en contacto con mi madre.

—No creo que lo estuviesen —Uxía coge una patata y la sumerge en el charquito de kétchup que ha creado en su plato—, pero tanto tu abuela como tus tías se preocupaban por vosotras. Buscarían la manera de saber que estabais bien.

Asiento mientras doy un bocado.

—Nos fue bien. Bueno, normal —reformulo—. Terminé el colegio, estudié Bioquímicas en Santiago, volví a A Coruña y empecé a trabajar en un laboratorio. Me independicé… No sé, lo normal.

—Así que trabajas en un laboratorio, ¡bien por ti! —Indi parece genuinamente contento.

—No, ya no. Me despidieron hace seis meses por recortes de personal. Un fondo de inversión compró el laboratorio y, en fin, ya sabéis cómo va eso.

—Vaya, lo siento —dice Uxía—. Son cosas que pasan.

—Y lo dice la que dejó su trabajo voluntariamente. —Indi ha querido sonar despreocupado, pero el reproche se cuela en su voz.

—No empecemos otra vez.

Él levanta las manos en son de paz.

—¿Es que eres una rica heredera y me lo habías ocultado? —le suelto yo a Uxía.

—No, imbécil.

El tono cariñoso con el que me suelta ese imbécil me calienta el corazón. Por extraño que parezca, de pequeños, Uxía lo usaba para demostrar afecto. Y había más: estúpido, cabeza de buque… Este era su favorito, aunque no recuerdo de qué serie de dibujos animados lo sacó.

—Es ama de casa. —Indi trata de sonar neutral, pero no lo consigue.

—No lo digas como un insulto. Te recuerdo que nuestra madre es ama de casa.

—Ya, pero ella no pudo estudiar y tenía dos hijos a su cargo.

Los ojos castaños de Uxía se ensombrecen y baja la mirada. Indi se levanta como una exhalación, se agacha junto a ella y la abraza.

—Perdona, perdona, lo siento, yo… joder, soy un gilipollas.

—Sí, lo eres —Uxía deja caer sus hombros pesadamente y abraza de nuevo a su hermano—; y ahora mismo eres un gilipollas dando el espectáculo en el Aturuxo, así que eres gilipollas al cuadrado.

—¿Me perdonas?

—Que te sientes, pesado. —El tono de Uxía es conciliador—. Mi marido y yo llevamos un par de años intentando tener hijos —me explica—. Dejé de trabajar cuando me casé, nos pareció que era lo ideal, pero nos está costando un poco lo del embarazo… En fin, cosas que pasan. ¿Tú tienes hijos?

—No.

—Pero ¿quieres ser madre?

—Pues aún no sé si quiero, la verdad. Y con mi pareja no llegué a tener esa conversación en serio. Ahora ya da igual, porque me dejó tres días después de que me despidiesen.

—Joder, el don de la oportunidad el tío. Espera, ¿era un tío?

—Sí, era un tío. Álvaro.

—Es un nombre horroroso —dice Uxía con determinación.

—Ja, ja, ja, ja —niego con la cabeza, sonriendo—. Qué va, no lo es. Él sí que es un tipo un poco horroroso, supongo. En fin, ¿y qué hay de ti, Indi?

—Nop. Sin niños.

—Y sin novia.

—Uxía, joder.

—¿Qué? Es verdad. No le duran ni dos semanas, Amanda. Y es buen partido, porque, aunque sea imbécil, a ver, es mi hermano, algo de la buena genética familiar ha tenido que heredar. Míralo, feo no es. Y con esa barbita de tres días que se gasta ya no se le ve la cicatriz de la barbilla.

Bajo la sombra de la barba castaña de Indi, adivino la cicatriz que le valió el apodo más guay del colegio.

—Y además es empresario.

—Anda, ¿en serio?

—No soy empresario, soy autónomo —dice con modestia—. Tengo una empresita de reformas.

—Estudió en la Escuela de Arquitectura en A Coruña.

—¿Eres arquitecto?

—No, aparejador. Pero me dedico a las reformas. Ya sabes, arreglar techos, tirar tabiques… esas cosas.

—¡No seas humilde! —lo regaña Uxi—. Hizo la reforma de la casa de nuestra madre antes de que la vendiese para irse a Vigo, tendrías que verla. Quedó que te cagas. Si necesitas que te eche una mano con la de tu abuela, seguro que estará encantado.

—Sabes que estoy aquí, ¿verdad?

—Sí, es difícil ignorar tu careto, hermanito.

—No os preocupéis, supongo que venderé la casa.

—Si arreglamos el tejado, la escalera y la fachada te será más fácil venderla. No tengo demasiado curro en estas fechas; tan cerca de navidad está todo muy tranquilo.

—Gracias. No sé qué decir.

—Pues puedes empezar por decirnos que invitas a un gin-tonic.

—Anda, Uxi, esto sí que es nuevo. ¿No te está esperando Gonzalo en casa?

—Está de viaje hasta el domingo por la noche, no sé qué de un aniversario de la central de seguros en Zaragoza o yo qué sé.

—Estaré encantada de invitar a un gin-tonic, pero luego me acompañáis a hacer la compra, ¿vale? No tengo nada en la nevera para estos días.

Cuando por fin consigo entrar en casa de mi abuela, suelto sobre la encimera de la cocina las tres bolsas de supermercado.

Suspiro con alivio y abro y cierro la mano derecha rítmicamente para recuperar la circulación.

Me he empeñado en entrar por la puerta de la cocina, y no ha sido la más brillante de mis ideas.

La llave ha encajado sin problemas, pero no había manera de que girara, así que he tenido que pelear con la cerradura, con el peso de las tres bolsas y con los suaves maullidos de una gata, que me miraba expectante.

Al abrir la puerta, he sentido un halo de calidez que me acariciaba la cara. Es un consuelo que la calefacción funcione, porque el frío de diciembre en Galicia es traicionero y húmedo.

El roce de algo suave e inesperado en la mano me devuelve a la realidad de golpe. La gata se ha colado detrás de mí y, encaramada a la encimera, junto a las bolsas, se frota contra mi maltrecha mano derecha buscando mimos.

—Pero bueno, tía, ¿qué haces tú aquí? Venga, fuera.

Abro la puerta para que la gata salga, pero ella me mira con la cabeza ladeada, como preguntándome si de verdad soy capaz de echarla. Acaba de ponerse a llover, ya ha anochecido y fuera no debemos de llegar ni a los 10 grados. No tengo corazón para obligarla a salir de la casa.

—Valeeee…

Cierro la puerta y le acaricio la cabeza. Se inclina hacia mí y emite un ronroneo un poco raro, pero agradable.

—Supongo que tienes derecho a estar aquí, seguro que has vivido en esta casa más tiempo que yo, ¿verdad?

La gata se contonea bajo mis caricias para que le rasque el lomo y con un movimiento ágil se tumba de medio lado, dejando su suave panza al descubierto.

—Sí que coges rápido confianza, sí… —le digo mientras le acaricio la tripa.

Cuando era niña los gatos rondaban por la casa con libertad.

Mi abuela los llamaba «mis espíritus queridos», y mi madre enloquecía cada vez que uno se cruzaba en su camino mientras bajaba la escalera, o se encaramaba a la encimera cuando ella cocinaba.

No logró impedir que campasen a sus anchas en la salita donde jugábamos, pero nunca transigió con que la gatita negra que me seguía a todas partes durmiese en mi cuarto.

Recuerdo que aquello fue motivo de no pocas discusiones entre ella y mi abuela.

Pensaban que no las oía, pero sus gritos a media voz se escapaban a través de la puerta entreabierta del salón.

No recuerdo exactamente qué es lo que decían, pero sí que cuando llegaba la hora de acostarme y emprendía el ascenso al segundo piso, la gatita negra me miraba con tristeza desde los brazos de mi abuela, a los pies de la escalera.

Al principio lloré mucho, pero mi madre no cedió.

Una noche, en mitad del sueño, sentí que algo cálido y suave me rozaba la cara, y al abrir los ojos, me encontré a la gata.

Nunca supe cómo logró colarse en mi cuarto, cerrado a cal y canto, pero a partir de entonces encontró el camino hasta mi cama cada noche.