Hijas de Lilith Diciembre de 2017 #2
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Diciembre de 2017 #2

—Supongo que querrás venirte unos días para arreglar el papeleo, atender a la gente y esas cosas —me dijo al teléfono.

La verdad es que hasta ese momento no me lo había planteado.

Fene y A Coruña están muy cerca y, además, como estoy en el paro, no tengo que pedir días en el trabajo.

Tengo otras preocupaciones, es verdad, pero justo esa, no.

Sin embargo, cuando colgué sentí la necesidad de hacer la maleta.

«Serán un par de días», pensé. También creí que me sentaría bien alejarme de una imagen que me atormentaba: del cuerpo de mi madre consumido por las llamas del horno crematorio dentro de un ataúd de pino espantosamente feo.

—El entierro está previsto para mañana a las cuatro de la tarde, en el nicho familiar —dice Anuncia mientras se sienta en uno de los sofás beis y se parapeta tras su enorme bolso de piel negra—.

Pusimos la esquela en el periódico tal y como tu abuela dejó dicho, pero no anunciamos velatorio. Ella no quería.

—La trajimos aquí porque nos pareció mucho mejor que velarla en casa, sobre todo si tú volvías. —Encarna se sienta junto a ella y saca una labor de ganchillo del bolso, primorosamente guardada para evitar enredos en el hilo de algodón.

—Os agradezco mucho que os hayáis ocupado de todo. No sé si la abuela tenía un seguro de defunción, pero, en cualquier caso, me ocuparé de todos los gastos, solo decidme a quién debo pagarle y…

—Uy, no, neniña, tranquila, eso está todo arreglado. —Anuncia me palmea la pierna y me sonríe.

—Buena era tu abuela para dejar nada al azar —añade mi otra tía.

No tengo muy claro qué decir, así que callo. Durante un ratito trasteo en el móvil y cotilleo Instagram sin demasiado interés, mientras ellas siguen a lo suyo: la una teje y la otra hojea una revista que ha sacado de ese enorme bolso de piel negra que recuerda al de Mary Poppins.

Velar un cadáver me parece extremadamente cruel.

Obligar a los seres queridos del difunto a apostarse junto al féretro y aguantar estoicos durante horas me resulta incluso violento.

Durante el velatorio de mi madre no tuve demasiado tiempo para pensar.

Entre las clientas habituales de su herbolario, los vecinos y conocidos del barrio y mis excompañeros de trabajo no tuve más de dos minutos de tranquilidad.

Pero el de mi abuela es una pérdida de tiempo.

Si no aparece en la esquela y Anuncia y Encarna no han avisado a nadie, ¿qué hacemos las tres aquí sentadas esperando que el tiempo pase?

En algún momento se me debe haber escapado un suspiro del que no soy consciente, porque Anuncia me mira con ternura.

—No te preocupes, que ya no han de tardar mucho.

Encarna consulta entonces su diminuto reloj de muñeca.

—Sí, ya deberían estar aquí.

Como si sus palabras fuesen un ensalmo o un conjuro, la puerta entrecerrada del hogar funerario se abre.

Tras ella aparecen una mujer y un hombre.

Ella tiene la melena corta, rizada y algo despeinada.

Los bucles, de un color rubio oscuro, se le agolpan en la cara mientras guarda en el bolsillo del abrigo el gorro de lana.

Él tiene el pelo castaño oscuro demasiado largo para ser corto y demasiado corto para ser largo.

Es mucho más alto y espigado que ella. No tienen ni una característica física en común y, sin embargo, algo en ellos grita «somos hermanos».

Y de repente, los ojos castaños de ella chocan con los míos y se me corta la respiración.

—Uxía…

—Ay, Amanda…

Mi amiga de la infancia se planta frente a mí de dos zancadas y me arropa en un abrazo que me deja sin respiración. Hundo mi cabeza en el hueco de su cuello y sus rizos me cosquillean la nariz. Huele a flores y a colada recién hecha. Huele a casa.

—Joder, Uxía, que la vas a ahogar.

Habría reconocido la voz de Uxía entre un millón, incluso veinte años después y aunque la última vez que la oí aún era la voz de una niña. Pero nada podría haberme preparado para el caramelo tibio y picante en que se ha convertido la voz de Indi.

—Esa boca, niño. —Anuncia lo regaña con cariño y las mejillas de Indi suben medio tono, no sé si por vergüenza o por la calefacción, que en este tanatorio está demasiado alta.

—Perdón, Anuncia. —Uxía da un paso atrás y él avanza hacia mí, sin terminar de acercarse del todo—. Hola.

—Hola… ¿cómo…?

—Los hemos avisado porque creímos que necesitarías alguien a tu lado en estos momentos. —Encarna continúa tejiendo, despreocupada.

—Alguien de tu edad —aclara Anuncia—. Los amigos son importantes, Amanda, Aurora lo sabía bien. A ella le habría gustado que no pasases por esto sola.

Durante un minuto lo único que hacemos es mirarnos entre los tres y sonreír como tontos, hasta que Encarna echa un vistazo de nuevo a su reloj.

—¿Por qué no os vais a tomar algo? Este no es sitio para la juventud. Nosotras nos quedamos aquí un ratito.

—¿No os importa? Pues si os parece, vamos a la cafetería a comer algo y vuelvo luego.

—Bueno, ho. Id al centro, a comer por ahí, a poneros al día. Nosotras nos organizamos sin problema, y mañana nos acercamos a tu casa para ir juntas al entierro.

—Pero estamos lejos y os he traído en mi coche…

—Nos viene bien andar, Amandiña, tú no te preocupes. —Anuncia es tajante—. Marchaos, anda, o no encontraréis ningún sitio decente abierto.

El Kia de Indi está aparcado a solo un par de plazas de mi Fiat 500.

—¿Nos sigues? —dice Uxía con una sonrisa mientras se pone el gorro de lana sobre la mata de rizos—. Así aparcamos por el centro y nos acercarnos al Aturuxo, seguro que todavía nos ponen unas hamburguesas.

De repente Uxía se queda paralizada con medio cuerpo dentro del coche y se gira hacia mí.

—Porque sigues comiendo carne, ¿verdad?

—Uxi, tía, eso no se pregunta así. —Indi parece sorprendido por la pregunta de su hermana, pero a mí me ha hecho gracia.

—¿Y cómo voy a saberlo si no lo pregunto, listillo?

—Sigo comiendo carne.

—¿Ves? —Uxía le saca la lengua a su hermano, y de pronto siento como si los últimos veintitrés años hubiesen sido un intermedio de mi vida real.

El local al que me llevan Indi y Uxía está medio vacío, lo normal a las cuatro de la tarde de un viernes. Hay pocas mesas ocupadas, la mayoría ya apurando los cafés antes de volver a sus trabajos.

—Don Indalecio, qué alegría verlo por aquí.

Un hombre, con una barba oscura bien recortada veteada de canas, saluda a Indi por su nombre completo desde la barra y me hace sonreír.

Cuando éramos pequeños, Indi odiaba su nombre.

Un nombre que nunca fue del todo suyo, porque antes fue de su padre, y antes de su abuelo, y antes de este, de su bisabuelo.

Una reliquia familiar salvaguardada en el registro civil muy poco apropiada para un niño tímido y callado criado en los noventa.

El recordatorio de una estirpe que, francamente, no lo hizo muy popular en la escuela infantil.

Durante años insistió en que lo llamásemos Inda, con éxito relativo, pero entonces Uxía cogió la varicela, e Indi se contagió.

Yo tardé solo un día más en mostrar síntomas, un plazo de tiempo muy largo teniendo en cuenta que los tres éramos inseparables.

Nuestras madres instalaron una especie de campamento base en el cuarto de juegos de la casa de mi abuela.

Abrieron la cama nido, colocaron mantas y cojines, nos colocaron manoplas de nieve para evitar que nos rascásemos y durante cinco días aquel cuarto se convirtió en una mezcla de prisión y refugio.

Para hacernos más llevadero el encierro, mi madre alquiló un montón de películas en el videoclub. Entre ellas, la saga de Indiana Jones.

—Deberíamos llamarte Indi —dije con aplomo.

—Amanda, Inda no se parece nada a Indi. —Uxía trataba de rascarse con las manoplas rosa chicle y lidiaba como podía con la frustración mientras fuera caían chuzos de punta.

—Pues yo creo que se parecen mucho. —Me costaba traducir en palabras la sensación, más bien la convicción, de que Indi era el nombre correcto para su hermano. Hasta que, al cabo de unos minutos, di con la respuesta—: ¡Tienen la misma cicatriz!

Señalé la barbilla de Indi, donde una pequeña hendidura le recordaba a diario la tarde en que perdió el control de la bici en la cuesta que lleva a la casa de mi abuela. Dos puntos fueron el trofeo que le granjeó el derrapaje en medio del camino de gravilla.

Volvimos al colegio unos días después, y en menos de una semana habíamos conseguido que todos nuestros compañeros le cambiasen el diminutivo.

—Señor Sotelo para ti, Fernandito.

—¿Y en qué puedo servirle, señor Sotelo? No pretenderá usted que le dé de comer a estas horas, ¿no?

En la barra, Indi y el camarero se estrechan las manos con cariño.

—No dejarás que tres amigos de la infancia pasen hambre, ¿no?

—Anda, anda, Uxía, que tenéis más cara que espalda. Marta me va a matar.

—Pues dile a Marta que Amanda Alén no puede enfrentarse al velatorio de su abuela con el estómago vacío.

Fernando se gira para encararme, su boca cómicamente abierta en una sonrisa de sorpresa.

—¿Amanda? Joder, tía, no te habría reconocido en la vida. Estás…

—Adulta —ataja Indi—. Está adulta.

—Siento mucho lo de tu abuela.

—Gracias —murmuro.

No recuerdo a Fernando. Quiero hacerlo, pero no tengo ninguna referencia en mi memoria para este señor alto y moreno con barba pulida y elegante.

—No te preocupes —Uxía me susurra al oído—, es normal que no lo recuerdes, iba a clase de Indi, un curso más que nosotras. Y, además, no es que fuésemos íntimos.

Le sonrío, reconfortada.

—Sentaos ahí. —Fernando señala una mesa junto a la pared—. ¿Le digo a Marta que os prepare tres hamburguesas con patatas? De postre tenemos tarta de queso, le queda buenísima, Amanda, ya verás.

—Gracias, Fer —Uxía canturrea su respuesta.

Ya sentados, Fernando nos sirve tres Coca-Colas de lata y tres vasos con hielo, deja sobre la mesa un salsero lleno de sobrecitos de kétchup, mayonesa y mostaza, y se encamina a la cocina.

Durante unos segundos, el silencio se cierne sobre nosotros, hasta que Uxía lo rompe con su voz cantarina.

—Vale, ¿soy la única que piensa que esto es rarísimo?

—¡Uxi!