Hijas de Lilith Diciembre de 2017
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Diciembre de 2017

Huele a humedad y a cerrado. El polvo me hace cosquillas en la nariz y me irrita los lagrimales.

La luz del mediodía se cuela por los ventanales haciendo bailar las motas ante mis ojos.

En otras circunstancias, me quedaría embobada contemplando la imagen, pero volver a esta casa después de tantos años parece haber alterado la química de mi cerebro; estoy inquieta, descentrada.

—Habrá que pegarles una buena limpieza a los muebles. —La voz de mi tía Anuncia no ha perdido un ápice de fuerza pese a los años, aunque su respiración es ahora densa y lenta.

—Por no hablar de los cortinones y de las alfombras. —La tía Encarna, en cambio, suena cansada y vieja, demasiado.

En realidad Anuncia y Encarna no son mis tías, sino amigas de mi abuela, primas segundas quizá, no estoy segura. Yo no tengo tías. Mi madre fue «una hija única rebelde y desubicada», en palabras de mi abuela.

Sus figuras, desiguales hasta la parodia, formaron parte de mi infancia tanto como la de mi abuela.

Anuncia, robusta y fuerte como un roble, el cabello espeso y la cara rubicunda; Encarna, alta y delgada como un junco, la cabeza adornada con un halo de pelo que de tan rubio siempre ha parecido blanco, hasta cuando era joven.

Las recuerdo siempre de luto, siempre en esta casa, sentadas con mi abuela en la salita de lectura, en aquellas mecedoras de madera oscura, siempre charlando, tejiendo y leyendo.

Las recuerdo en la cocina, trasteando entre cacharros y preparando bizcochos y magdalenas con mermelada para la merienda.

Y las recuerdo en la puerta, flanqueando a mi abuela el día que mi madre hizo las maletas y se fue conmigo bajo el brazo, como si fuese un bulto más.

Yo tenía nueve años.

Se supone que no guardamos recuerdos fieles de nuestra primera infancia.

En algún sitio leí que la mente es muy tramposa y se empeña en construir imágenes sobre el andamiaje de las historias y los relatos que nos han ido contando a lo largo de los años.

Pero yo lo recuerdo. Y sé que lo recuerdo porque mi madre jamás quiso volver a hablar del tema.

El día que dejamos esta casa fue la última vez que mi madre habló sobre ella, sobre mi abuela o sobre cualquier cosa relacionada con el tiempo que pasamos aquí, así que es imposible que haya construido estas escenas a través de sus palabras.

Mi madre y yo abandonamos este lugar hace veintitrés años, y nunca volvimos a pisarlo.

Encarna y Anuncia se afanan en quitar las sábanas que cubren algunos de los muebles y en abrir las contraventanas para que la luz inunde el espacio mientras yo vago por la casa con la mirada perdida.

Nada ha cambiado. Lo supe en cuanto aparqué el coche frente al portalón de la entrada.

Sí, tal vez el óxido ha logrado coronar alguno de los barrotes de la reja que cerca la propiedad, el musgo y el verdín han colonizado la parte baja del murete de piedra, y los goznes de la puerta se lamentan con mayor intensidad ahora que dos décadas atrás.

El jardín salvaje de mi infancia, caótico y descontrolado, no ha cambiado y aún flanquea el sendero de piedrecitas blancas y grises que conduce a la entrada principal.

La casa granate, imponente pese a no destacar por sus dimensiones, muestra algunos desconchones en la fachada, los enormes ventanales se han opacado, al tejado le hace falta un buen arreglo y la buganvilla ha colonizado las paredes.

Sin embargo, tiene algo que la hace violentamente presente, regia, inamovible.

Si acaso, todos los signos de deterioro le otorgan un halo mágico y vetusto, casi de cuento.

—Ay, neniña, no sabes qué alegría nos diste cuando llamaste —me ha dicho Anuncia nada más verme bajar del coche.

Después vinieron veinte minutos largos de abrazos, caricias torpes en la cabeza, pellizcos cariñosos en las mejillas y letanías sobre lo guapa que me he puesto, lo mucho que me parezco a mi madre y lo que le habría gustado a mi abuela verme hecha toda una mujer.

Anuncia me ha cogido de las dos manos mientras Encarna me arrebataba la maleta, y me han guiado al interior de la casa a través del recibidor donde el tiempo parece haberse estancado.

La misma mesa redonda de madera oscura y mármol en el centro, las flores secas, el tapete de ganchillo bajo el enorme jarrón.

Me han llevado directa a la cocina y Anuncia ha preparado café en la melita y Encarna ha sacado un táper rebosante de pastas de limón de una bolsa de rafia.

De nada han servido mis intentos por encaminar la conversación hacia derroteros más eficientes.

Cada vez que he intentado sacar el tema del entierro o el funeral un «eso puede esperar, neniña» me cortaba las frases de forma insalvable.

Al parecer, saber qué tal me va, a qué me dedico, dónde vivo o si tengo pareja es más importante que los detalles del entierro de mi abuela.

Después del café, les he preguntado si querían acompañarme al hotel a instalarme antes de acercarnos al tanatorio, y he creído ver como cuatro ojos vidriosos abandonaban sus cuencas.

—¿Cómo que al hotel? No, neniña, no, tú te quedas aquí.

—Pero ¿cómo me voy a quedar aquí, tía Anuncia?

—Pues porque es tu casa, Amanda, y cuando uno vuelve a su pueblo, se queda en su casa.

—Pero esta casa lleva más de una semana vacía.

—Pues mira que bien, así ya no lo estará nunca más.

El «nunca más» me ha sonado rarísimo, pero no he tenido tiempo de darle vueltas, porque, acto seguido, mis tías me han llevado de vuelta al recibidor y un huracán imparable de sábanas, plumeros, ventilación de estancias y parloteo alegre se ha extendido por toda la casa.

Y así es como he terminado aquí, frente a la puerta de la salita donde Uxía, Indi y yo jugábamos de críos.

Me sorprende darme cuenta de lo poco —prácticamente nada— que esta habitación ha cambiado en casi 25 años.

Aquí sigue la televisión de tubo sin mando a distancia, sobre el mueblecito de madera de pino.

Sospecho que ahí dentro encontraré el Twister, la Oca, el Parchís y el Trivial y la colección de tazos con los que matábamos el tiempo las tardes de domingo en las que la lluvia nos obligaba a jugar dentro.

Aquí sigue también la cama nido en la que nos sentábamos a leer, con su colcha de patchwork de colores absurdos y sus cojines tejidos.

En la estantería junto a la puerta descansan las colecciones de libros de mi infancia.

Por las contraventanas de madera se cuela el sol frío del invierno.

Las abro de par en par y la sensación es como sumergirse en un lago helado pero agradable.

La luz del mediodía ilumina cada rincón y siento la necesidad de abrir la ventana.

Los goznes chirrían suavemente mientras las hojas del ventanal dejan paso al aire fresco con olor a hierba del jardín trasero.

Entre la ventana y el suelo hay menos de un metro de altura, pero una reja baja protege el vano.

De pequeña, mi madre nos aseguraba que era superpoderosa y que nos protegería de caer al jardín y hacernos daño.

Uxía, Indi y yo no pensábamos que la altura fuera tan peligrosa, aun así, tardamos un par de años en reunir el valor para arriesgarnos.

Yo fui la primera en saltar desde la ventana al jardín.

Recuerdo que era una tarde de domingo de principios de junio, todavía teníamos clase, pero ya hacía calor, y los abejorros revoloteaban alrededor de la buganvilla fucsia de la pared.

Caí con cierta gracia y me sentí orgullosísima, aunque me hice algo de daño en el tobillo derecho.

Uxía fue la siguiente en lanzarse. Indi dudó, sus enormes ojos oscuros abiertos de par en par, como si temiese que la peor de las desgracias pudiese caer sobre nosotros si se atrevía a desafiar la norma de no saltar al jardín por la ventana.

—Ay, neniña, cierra esa ventana, que te vas a helar, y así no va a haber forma de caldear la casa. —Encarna aparece a mi lado como un fantasma, silenciosa y amigable, y me aparto a un lado para permitirle cerrar el ventanal.

—Hemos puesto la calefacción, tu abuela siempre tenía el tanque de gasoil lleno, así que no hay de qué preocuparse. Para cuando volvamos, la casa estará calentita, ya verás.

Anuncia habla desde la entrada, y Encarna me acompaña fuera del cuarto.

—Dejamos tus cosas en tu habitación, pensamos que estarías más cómoda ahí. Traje sábanas de casa, recién lavaditas, y un edredón de esos modernos, vas a estar muy a gusto, ya verás.

Cuando me quiero dar cuenta estoy sentada al volante de mi Fiat 500, Encarna se ha deslizado en el asiento trasero como una culebrilla y Anuncia se deja caer, con pesadez y una enorme sonrisa, en el del copiloto.

—Arranca, que yo te indico, neniña, estamos ahí en un santiamén.

El Tanatorio San Lorenzo es un edificio moderno y feo que alberga espacios extremadamente funcionales y cuidados.

Paredes de cristal limpísimas, tarima flotante en madera clara, sillones con cojines mullidos y muebles de líneas sencillas y elegantes con centros de mesa y velas ornamentales. Todo es beis. Muy beis.

Una mujer vestida con un elegante y sosísimo traje chaqueta con falda por debajo de la rodilla nos acompaña a las tres a una salita.

Al entrar, solo puedo pensar en que es el escenario perfecto para grabar un tiktok de esos de señoras americanas haciendo limpieza general en sus casas de revista en las que no hay que limpiar nada.

Mi abuela falleció ayer por la mañana, aunque Encarna y Anuncia me dijeron que se puso mal hace nueve días, exactamente el día en que murió mi madre.

—Sentimos tanto no haber podido ir a su entierro, neniña, pero no queríamos dejar sola a Aurora en un momento tan delicado.

Es la tercera vez que Encarna repite esta frase desde que llegué a Fene, hace algo más de tres horas, y sigo sin entender qué significa para ella eso de «momento delicado».

A mi abuela le dio un ictus. Cuando llegó al hospital, ya estaba en coma.

Fui a verla hace dos días, después de incinerar a mi madre, y los médicos me dijeron que lo más probable era que no volviera a despertarse.

Anuncia y Encarna no lo saben; simplemente me acerqué al Hospital de Ferrol desde A Coruña y volví a dormir a casa.

A la mañana siguiente, Anuncia me llamó para decirme que mi abuela había fallecido.