Hijas de Lilith PRÓLOGO
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Hijas de Lilith

Hijas de Lilith

Por Maria Nieto

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PRÓLOGO

En el origen de los tiempos, cuando todo era vacío y caos, los antiguos dioses decidieron crear el mundo.

Primero dieron forma a la luz y a las tinieblas; después, crearon el firmamento con estrellas, constelaciones, agujeros negros y galaxias, y lo separaron de la tierra, de la que hicieron brotar vegetación, ríos, montañas, mares y colinas.

Innana, diosa de la sensualidad, el amor y la guerra, impregnó entonces el planeta con su aliento.

Las plantas cobraron vida y los animales camparon a sus anchas.

Satisfecha, observó el mundo recién nacido y se dio cuenta de que faltaba algo.

«Nosotros —pensó—, faltamos nosotros». Cogió entonces barro, lo moldeó con saliva, y creó una figura a su imagen y semejanza.

—Te llamaré Lilith.

Y mientras Lilith se desperezaba y comenzaba a caminar, la diosa pensó que su pequeña creación se sentiría muy sola, abandonada. Así que cogió otro puñado de arcilla y esculpió una figura que emulaba a Tammuz, su compañero, el dios de la fertilidad.

—Te llamaré Adán.

Complacida con su creación, abandonó la tierra para retomar sus quehaceres.

Al cabo de un tiempo, Innana regresó para comprobar cómo se habían adaptado Lilith y Adán al nuevo mundo.

—¡Basta! —gritó la diosa enfurecida. Adán golpeaba a Lilith, que se defendía con fiereza—. No os he creado para que os maltratéis, sino para que os acompañéis el uno al otro.

—¿A esto llamas una compañera? —Adán se enfrentó a la diosa—. Se niega a obedecerme, discute mis órdenes, no quiere someterse. ¡Es imposible convivir con ella!

Innana se dirigió a Adán.

—No te he dado la vida para que sometas a Lilith —apuntó la diosa cargada de furia—, sino para que creéis nueva vida juntos.

—¡Pero no tiene sentido! —gritó él—. Soy más fuerte, puedo imponerme si lo deseo y ella debe obedecerme.

—¡No voy a someterme a ti! —bramó Lilith—. ¡Jamás! Soy capaz de decidir sobre mí misma. Prefiero morir a obedecer.

Innana dirigió entonces un dedo hacia Adán, dispuesta a acabar con aquel error. Entonces apareció a su lado Tammuz y le acarició el brazo para frenarla.

—Espera, amor mío, no destruyas una creación tan hermosa. La tierra es grande, ambos pueden habitarla sin volver a tropezar siquiera.

—¡Pero me quedaré solo! —protestó Adán—. ¡Necesito una compañera! ¡Una que me honre como merezco!

Innana se dirigió entonces a Lilith.

—Lilith, puedes elegir tu destino.

Ella miró a su compañero, a las manos que la habían herido, cuyas palabras la habían insultado, al cuerpo que la había forzado para someterla a su placer. Luego enfrentó a los dioses y se tocó el vientre, abultado y tenso.

—Dale una compañera que se someta a él, tal vez así, algún día, las hijas que llevo dentro encuentren en los hijos de ella al compañero que yo no tuve. Elijo ser libre. Elijo conocer cada una de las maravillas con las que has llenado este mundo y el cielo que lo cubre.

—Así será —sentenció la diosa.

Y con un gesto magnificente desplazó a Lilith al otro lado de la tierra. Después, con un puñado de barro y la saliva de Adán moldeó una nueva compañera para él, a la que dotó de vida con el batir de las alas de una mariposa.

—Esta sí será una compañera adecuada: hermosa y sumisa —se jactó Adán, satisfecho—. ¿Cuál es su nombre?

—Ten cuidado, Adán —le advirtió Tammuz, que hasta ese momento se había mantenido en silencio—, no confundas sumisión con respeto. Eva ha sido creada para someterse a ti, pero lleva dentro el alma de Innana y la fuerza de Lilith.

—Pero no se rebelará, será obediente —dijo Adán ufano.

—Créeme —dijo Tammuz—, llegará el día en que eches de menos la fuerza arrolladora de Lilith. Y tus hijos buscarán a sus hijas, porque la vida es amor, no servidumbre.

Así fue como los dioses dieron a los primeros seres humanos lo que ellos pidieron. A Adán, una compañera sumisa que le dio hijos. Y a Lilith, la libertad, y con ella, el poder de transformar y crear y también de destruir.

Adán engendró una enorme prole. Hijos dominantes e hijas sumisas que le dieron nietos dominantes y nietas sumisas.

Y aquellos descendientes díscolos, que encontraban poco satisfactoria la compañía de esas mujeres sin iniciativa ni arrojo, escaparon en busca de la leyenda que hablaba de aquella primera compañera que había elegido ser libre antes que doblegarse.

Lilith vivió en armonía con la naturaleza, con su luz y su oscuridad, y jamás se sometió a ningún hombre, aunque sí amó y deseó a muchos, valientes y herejes hijos de Eva que llegaron a ella en busca de una compañera.

Fruto de esas uniones nacieron sus hijas, que se convirtieron en mujeres capaces de crear y destruir, como la propia Lilith.

Las hijas de Lilith fueron respetadas por algunas culturas, veneradas por otras y perseguidas por todas las religiones y todos los gobiernos, consideradas una amenaza: rebeldes, díscolas, insumisas.

Pero su descendencia ha llegado hasta nuestros días convertida en un aquelarre de mujeres poderosas, independientes y salvajes.

Tal vez hayas oído hablar de ellas.

Las llaman brujas.

LA LUZ