Capítulo 56
—¿Y a os vais?
Liulf, quien había perdido una pierna y parte de la cara en la Batalla del Puente Rubí —como pasó a llamarse desde ese día—, presentaba un aspecto mucho menos solemne. Era el tipo de tío junto al que te sentarías en una taberna si querías oír una buena historia.
—En cuanto las demás estén listas —contestó Banon. No le miraba, todavía le costaba no sentirse responsable de las heridas de los monjes.
—¿Y tú cómo estás? Tenías un buen tajo en esa barriga.
—Me siento bien. —Se dio unos golpecitos en la armadura—. La herida desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
Era cierto. Banon había quedado inconsciente durante varios días, según le había contado el propio Liulf, y las heridas de su cuerpo habían sanado por arte de magia. Incluso el agujero que la atravesaba de lado a lado.
—Se podía ver a través de ti —rio—. Es increíble lo que el sello ha hecho contigo.
—Supongo. —Se encogió de hombros.
En realidad, no sabía si había sido cosa del sello o de Remigius, que ahora también ocupaba un lugar en su tracto digestivo. Lo curioso era que el mago estaba con su sello y, por suerte para Banon, era posible poseer a un fantasma que había poseído tu cuerpo previamente.
—¿Cómo está tu gente? —preguntó.
Banon cambió con rapidez de tema. Ahora que había visto de lo que era capaz y que había aprendido a controlarlo, prefería no hablar de ello.
Había descubierto que podía abrir y cerrar ese lugar de su cuerpo y manejarlo a su antojo, pero esa información se la guardaría para sí misma.
El Cónclave ya no existía, pero siempre podía quedar algún mago ambicioso o con delirios de grandeza.
—Nos las apañamos bien, no tenéis que preocuparos. Tenemos mucho trabajo por delante, pero ya llevábamos demasiado tiempo tomándonos la vida con calma.
—¿Os vais a quedar aquí?
—Sí y no. —Caminó hasta ponerse junto a Banon.
Se movía con bastante agilidad con las muletas—.
Ahora que no tenemos que escondernos he decidido que empezaremos a comerciar con las ciudades y a llevar la palabra de Mishekal más allá del Puente Rubí.
Puede que hagamos hasta excursiones para visitar el templo.
—Así que le vais a sacar tajada —sonrió.
—De algún sitio tendremos que sacar dinero para recuperarnos.
La isla era una mancha negra e inerte. El trabajo que los mishekalitas habían hecho durante generaciones se había ido a la mierda, pero se lo tomaban con una actitud muy positiva.
Algunos decían que era una prueba a la que los sometía su dios, para que entendieran que solo él era eterno.
Chorradas varias, como decía Noma, pero no estaban tan mal si ayudaban a que esta gente se recuperara de lo que habían tenido que vivir.
Las bajas fueron numerosas y habían tardado semanas en terminar los rituales de despedida que dictaba su religión.
Al final consistía en quemar los cadáveres, pero había mucha parafernalia alrededor que lo ralentizaba todo.
Las Hijas de la Sierpe decidieron quedarse hasta que terminaron.
Era lo mínimo que les debían después de que se hubieran sacrificado por ellas.
—Siempre podéis quedaros —indicó el monje, que se había apoyado en la mula y la acariciaba con la mirada triste—. Sois bienvenidas en el templo.
—Lo sabemos. —Banon le golpeó el hombro con suavidad. Por la pinta que tenía, podía caerse en cualquier momento—, pero tenemos nuestro propio camino que seguir. Debo continuar protegiendo el sello, pero esta vez no estaré sola.
El líder de los mishekalitas asintió y se alejó. Banon odiaba las despedidas y agradecía que este se limitara a marcharse como si fueran a verse en la siguiente comida.
—¡Próxima parada: Oradea!
Las Hijas de la Sierpe aparecieron por fin.
O, más bien, lo que quedaba de ellas. Ion sonreía como siempre, pero parecía que una jauría de lobos le había pasado por encima.
Tenía heridas por todas partes y ni rastro de sus rastas rubias.
Seguía tan calva como el día de la explosión.
Parecía que el pelo se negaba a volver. Noma, sin embargo, empezaba a tener una pelusilla rubia en la cabeza y las cejas seguían en su sitio.
Lo que no estaba bien era su pierna derecha.
Los monjes habían intentado salvársela por todos los medios, pero habían tenido que amputar.
Al principio la sacerdotisa se había negado entre lágrimas, pero llegado el momento hasta ella entendió que era la única salida.
Ahora llevaba unas muletas y el pantalón con un nudo a la altura del muslo.
Ion le había prometido que le haría la pierna protésica más flipante del mundo. Pero Noma ya no era la misma.
—Si es que conseguimos largarnos de aquí. Esos monjes no paran de darnos regalos —dijo fingiendo una sonrisa—. Menudos soplapingas.
—¡Dilo! —le soltó Ion, que vigilaba de cerca que esta no se cayera, pero también manteniendo las distancias, porque sabía que no llevaba bien lo de depender de los demás.
—¿Dónde está Nis? —preguntó Banon buscándola con la mirada.
—Ha dicho que tenía que despedirse de Mishekal o algo así. Está en el templo.
Banon fue a buscarla, no sin antes asegurarse de que Noma se quedaba bien sentada en el carro. Ionwen la empujó para que se marchara.
El templo no había sufrido daño alguno. Estaba algo tiznado por fuera, pero le daba un toque más épico.
La figura de la cabeza del búho seguía ahí, acechando.
Y esta sí que se había mantenido de un blanco impoluto.
Dentro, todo estaba como la última vez que lo había visto.
Aunque los monjes habían limpiado el desastre de la fiesta de despedida, habían montado una peor que la de la noche anterior al ataque.
Nisadra estaba sentada en el suelo, a los pies de la hoguera. Había vuelto a ponerse su vestido negro, pero esta vez dejaba ver su cuello por completo. La magia había vuelto a ella y tenía mucho mejor aspecto, salvo por la manga que colgaba vacía de su hombro derecho.
—Me está costando más de lo que creía —dijo sin mirar.
Banon se sentó a su lado con las piernas cruzadas.
—¿Despedirte de este lugar?
—No. —Negó con la cabeza. Su pelo había recuperado su alisado perfecto y se movía como si hubiera vuelto a la vida—. Dejar marchar el poder de Mishekal.
—Y ¿tienes que hacerlo?
—Supongo, ya cumplió su cometido. —Se giró hacia ella y le cogió la mano—. Además, prometí que dejaría la magia.
—No tienes que hacerlo si no quieres. Eres su enviada en la tierra, ¿no?
Nisadra le dio un beso suave en los labios.
—Ya no lo necesito.
Se levantó y se acercó al fuego. Introdujo la mano que le quedaba y susurró unas palabras que acompañó de algún que otro ulular.
—Listo —dijo Nisadra dándose la vuelta—. ¿Nos vamos?
—¿Y ya está? —Banon se levantó con torpeza—. ¿Ni unas llamaradas, ni rayos, ni nada de nada?
La bruja se encogió de hombros.
—Adelántate tú. Yo tengo unas cosillas que arreglar —dijo Banon.
Un rato más tarde, cuando la Hijas de la Sierpe empezaban a desesperarse, apareció Banon cargando con un fardo considerable.
—¡Menos mal! ¿Qué cojones estabas haciendo, Banon? ¡Casi me crece una pierna nueva! —gritaba Noma asomándose por uno de los lados del carro.
—Tenía algo que hacer. Ya estoy lista.
Lanzó el fardo que cayó a plomo a los pies de Noma. El fardo tenía nombre y respiraba.
—¿G el Eunuco? ¡No puede ser! ¡El líder de los Renegados! —Ion se lanzó al interior del carro y le pellizcaba los mofletes al antiguo mercenario—. ¿Estaba aquí?
—Y luchó con nosotras contra el Cónclave.
—Joder, Banon. —Noma negó con la cabeza—. ¿Y no lo vas a perdonar?
La líder de las Hijas de la Sierpe se subió a la parte delantera del carromato y les hizo señas a las mulas para que echaran a caminar. Eran muy simpáticas, Banon las había llamado Lili y Lala. Nisadra le había dicho que lo de los nombres no era lo suyo.
—¿Estáis de coña? ¿Y faltar a la promesa que le hice a un dragón? Ni por todo el oro de Oradea.