Hijas de la Sierpe Epílogo
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Epílogo

—E sto es vida —dijo Ion.

—Sí, señora —contestó Noma.

—¡Y qué lo digas! —añadió Banon.

—No seré yo quien diga lo contrario —soltó Nisadra.

Las cuatro se mecían en la entrada de la granja.

Hacía muy buen tiempo; el sol estaba a la altura justa para no deslumbrar, pero todavía no se había marchado y calentaba los huesos.

El aire era agradable, el justo y necesario para necesitar una mantita que les cubriera los pies.

Una buena bebida caliente en las manos y sus mejores amigas a su lado. ¿Qué más se podía pedir?

La vida en la granja era perfecta. Tenían todo lo que necesitaban: comida, buena compañía y paz. El único ruido que se oía era el crujido de las cuatro mecedoras que se movían al unísono.

—No lo cambiaría por nada —contestó Banon suspirando.

—No, señora —dijeron las otras tres a la vez.

—¿Os acordáis de aquellas noches al raso, de las tabernas de mala muerte…?

—Ni lo menciones, Banon. —Negó Nisadra con la cabeza—. Aquellos días sin bañarnos… Menuda vida más loca hemos tenido.

—Sí, sí que lo fue —contestó Noma asintiendo con la cabeza. Se recolocó la pierna protésica—. Y menudos dolores nos han dejado para la vejez.

—Y no te olvides de la falta de piezas —dijo Ion riéndose y señalando a la prótesis del brazo de Nisadra—. Todavía no me habéis pagado por eso, por cierto.

—Oh, venga ya. ¿En serio nos vas a hacer pagártela? —gruñó Nisadra.

—¡Si son una chapuza! La mía ni siquiera es bonita —contestó la sacerdotisa—. Al menos la de Nis se la hiciste en plata, la mía parece sacada de chatarrería.

—Porque la tuya está hecha con sartenes. —Se encogió de hombros—. Era el material del que disponía.

Banon se rio al oírlas discutir. Había pasado un año y medio desde la lucha contra el Cónclave. La vida les había cambiado drásticamente, pero ahora eran felices de verdad. ¿Verdad…?

Banon acariciaba el colgante de la sierpe que llevaba al cuello, jugueteaba con él cuando estaba nerviosa o cuando ese tipo de pensamientos le venían a la cabeza. De pronto, la belleza de la puesta de sol fue rota por una figura al final del camino que arrastraba algo con torpeza.

—¿Qué cojones es eso? —preguntó Noma arrugando el entrecejo.

—Parece una mujer.

—¿Y qué es lo que lleva…? ¡Por las tetas de la Tejedora! ¿Eso es la cabeza de un dragón? —preguntó Ion levantándose de golpe.

—No me jodas…

La alquimista tenía razón. Se trataba de una joven cubierta de magulladuras que estaba arrastrando un carro en el que había una cabeza de dragón tan grande que era imposible que la hubiera traído hasta allí ella sola.

Las cuatro se levantaron de golpe, con una rapidez aprendida con los años de permanecer alerta. La vida de la granja no las había cambiado tanto, después de todo.

Corrieron camino abajo hasta llegar a la joven, que se desplomó en el momento justo en el que la alcanzaron.

La última en llegar fue Noma, que había mejorado mucho en el dominio de su pierna de sartenes, pero seguía teniendo ciertos problemas para moverse con agilidad.

Lo bueno era que siempre estaba Ion a su lado para echarle una mano a pesar de sus quejas.

—¡Banon! Lo he conseguido. —La muchacha señaló la cabeza del dragón con orgullo—: maté al dragón.

—¿Qué significa esto, Banon? —Nisadra estaba cruzada de brazos y con la ceja alzada.

—Marnie, ¿eres tú?

La joven asintió. Estaba tan herida y cubierta de restos de dragón que era difícil de identificar.

—Desde que te marchaste del campamento he estado buscando al dragón adecuado y luchando contra todos los que he podido. —La voz de la muchacha salía silbando entre la ausencia de paletas—. ¡Y al fin lo he conseguido! ¡Voy a ser una Hija de la Sierpe!

—Banon, ahora es cuando nos explicas de qué va toda esta mierda. —Noma la miraba con ojos inquisidores.

—Ella me ayudó a escapar cuando me apresaron las Sirenas de la Bruma y le dije que podía unirse a nosotras si… Si traía la sangre de un dragón. —Banon la miró—. ¿Y por qué has traído toda una cabeza? Te dije que solo necesitábamos la sangre.

—¿Y para qué íbamos a necesitar la sangre? Oh, sabia líder —soltó Nisadra conteniendo la risa.

—Para el ritual supersecreto de las Hijas de la Sierpe —contestó con la boca muy pequeña.

—Ah, claro —continuó la bruja—. El ritual supersecreto de iniciación de las Hijas de la Sierpe.

—¡Exacto! —añadió Marnie—. Podéis estar tranquilas, Banon me lo contó todo.

—Joder, Banon, has hecho que se cargara a un dragón. ¡Que son sagrados, tía!

—Ya lo sé, Noma. Pero no se me ocurrió nada más en ese momento.

Banon se acercó a la cabeza y le abrió uno de los ojos.

—Menos mal —dijo a Nisadra—, no es Lola.

—¿Quién es Lola? —preguntó Marnie indignada.

—Nada, una dragona amiga nuestra a la que solemos echarle de comer —contestó Noma.

—Entonces, ¿qué? ¿Puedo ser una Hija de la Sierpe o no?

Banon se encontró a sí misma acariciando de nuevo el colgante y, cuando levantó la vista, vio que el resto hacía lo mismo. Todas respondieron.

—¿Sabes qué, Marnie? —Noma le pasó el brazo por encima y dio unos pasos con ella, alejándola del carro—. Esto solo es la primera parte del ritual. Hay algunas cosas más que tienes que hacer.

—¿Y cuáles son? Estoy dispuesta a todo, de verdad.

—¿Conoces el término: «becario»?

—No, nunca lo he oído.

—¡Pues te va a encantar!

fin