Hijas de la Sierpe Capítulo 55 #3
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Capítulo 55 #3

Nisadra estaba tumbada a pocos pasos de ella; seguro que había intentado protegerla.

Sangraba a borbotones por el miembro que le faltaba.

Su brazo derecho estaba tirado a un lado con las uñas perfectamente arregladas.

La mirada estaba vacía y perdida, pero Banon la sentía clavada en ella.

Ionwen parecía una muñeca de trapo desencajada por la forma en que había caído en el suelo.

Aún respiraba. Noma estaba todavía más cubierta de sangre, pero esta vez era la suya.

Tenía un agujero enorme en una pierna, muy cerca de la ingle.

El color de la sangre que salía y el ritmo al que lo hacía no eran una buena noticia.

Y todo era culpa suya. Banon no había hecho nada por salvarlas. ¿Acaso habría podido? No. No habría podido, porque era una inútil que no había aprendido a usar el poder del sello.

—¿Sabes qué, Banon? Me caes bien —explicó la maga, que caminaba a su alrededor a pasos lentos y sonoros—. Y por eso, te voy a dejar vivir un poco más. ¡Ya habrá tiempo de buscar el sello en tu cadáver! Te voy a hacer un regalo de despedida.

Dejó de dar vueltas para acercarse al cuerpo de Nisadra. La bruja recuperó la consciencia como si sus sentidos le hubieran avisado de que su peor enemiga estaba allí.

—Pobre Nisadra. —Negó con la cabeza—. Estabas destinada a ser una reina y te has quedado en prostituta de un puerto cualquiera.

—Prefiero eso que reinar a tu lado —contestó con la voz rasgada y trató de escupirle, pero el proyectil se quedó a medio camino y se le deslizó por la barbilla.

Drakta se echó a reír.

—Tú lo has querido. —Sacó una daga de su cinturón y se agachó para pegársela al cuello—. ¿Últimas palabras?

Nisadra miró a Banon con el poco movimiento que le permitía su cuerpo malherido. No parecía triste, al contrario, estaba sonriéndole.

—Nos veremos al otro lado —susurró con un hilo de voz y los ojos cubiertos de lágrimas.

¿Y ya estaba? ¿Ese iba a ser su final después de estar diez putos años sacrificándose para proteger el sello de Asgio? ¿Eso era lo que le deparaba el destino como premio?

—Y una mierda —consiguió decir más para sí misma que para los demás.

—¿Qué has dicho? —preguntó Drakta, incrédula de que todavía pudiera hablar.

Banon levantó la cabeza y se aferró a la lanza que todavía la mantenía clavada en el suelo.

—He dicho: ¡y una mierda!

Partió la lanza en dos y se puso en pie. Los enemigos a su alrededor se alejaron aterrorizados ante la visión de la mujer empalada.

Banon suplicó a sus propias entrañas que la ayudaran; a Remigius, esclavizado dentro de Noma, que le enseñara; a todas las putas visiones que la habían acosado durante años que movieran el culo e hicieran que esa mierda de sello funcionara.

Entonces, el fantasma de Remigius escapó del cuerpo de la sacerdotisa aprovechando el momento de debilidad de esta.

— ¿Es que todo lo tengo que hacer yo? —resopló justo antes de meterse en en Banon.

Entonces, la mercenaria recuperó las fuerzas perdidas y su corazón volvió a bombear sangre.

En su interior, sintió como si una puerta que se había mantenido oculta hasta ese momento se abriera de par en par.

Y ahí estaba el sello: brillante y luminoso, esperando que ella estirara la mano y lo tocara.

Y lo hizo.

Con un grito desgarrador, Banon se convirtió en un fogonazo de luz mucho más brillante que el que había provocado Drakta.

Ella era la prisión de toda la magia y sintió como un apetito voraz que había estado dormido hasta ahora se despertaba de golpe.

Abrió la boca con tanta fuerza que parecía que la mandíbula se le fuera a desencajar y comenzó a atraer el mundo hacia ella.

Absorbió todo lo que el sello deseaba. Empezó con los magos que tenía más cerca. Al principio les desapareció la ropa, luego la piel y luego el polvo que conformaba sus huesos hasta que se convirtieron en nada.

Fue poco a poco haciendo desaparecer a todos los miembros del Cónclave allí presentes. Banon estaba realmente monstruosa con la boca desencajada, el abdomen abierto con la mitad de la lanza todavía clavada y la sangre que corría por sus piernas.

—No puede ser… —Drakta daba pasos hacia atrás sin apartar la mirada de su enemiga. No se dio cuenta y Nisadra se encargó de ponerle una buena zancadilla que la hizo caer al suelo.

Banon la dejó para el final; quería deleitarse con ella como si fuera esa onza de chocolate que dejas para el postre y que llevas esperando desde que empezaste con el primer plato.

Se acercó dando unos pasos tan aterradores como sonoros.

Su boca seguía desencajada y los ojos rojos como la sangre.

Por fin se puso a su altura: —Yo soy el sello de Asgio, hija de perra.

Y la devoró. Fue mucho más despacio que con el resto; de haber podido, se habría chupeteado los dedos. Los pocos que quedaban conscientes no apartaron la vista, por muy grotesco que fuera el momento.

Una vez terminado el festín, Banon volvió a ser la misma. Su mandíbula volvió a su sitio. Miró a su alrededor, los mishekalitas que quedaban en pie tenían unas caras dignas de ver. Se les podía posar una mosca en la lengua y seguirían con la boca abierta.

—¿Qué? —soltó Banon.

De pronto, sintió una energía mágica que luchaba por liberarse a toda prisa.

Banon se encogió, estaba aterrada. ¿Qué era esa sensación?

¿Sería el poder del Cónclave volviendo a la vida?

Del interior de Banon salió el eructo más estruendoso y duradero que ningún hombre había oído y sentido en sus pestañas jamás.

La mercenaria se dio unos golpecitos en el pecho y resopló justo antes de perder la conciencia.