Capítulo 55 #2
Continuaron la lucha juntos. Banon hacía de escudo cuando veía que algún proyectil mágico que se dirigía contra ellos y Liulf aprovechaba siempre que podía para usar su lanza.
El campo de batalla estaba cubierto de cadáveres de ambos bandos.
Había tantas túnicas blancas como rojas y doradas del Cónclave.
Había mercenarios tirados hasta donde alcanzaba la vista, y el puente de cristal se había teñido hasta convertirse en un puente rubí.
Hermoso según se mirara. ¿Cómo no podía ser suficiente sangre para el Velador?
, pensaba Banon desesperada. ¿Qué más había que hacer para que Jerry las ayudara?
La criatura pareció oír sus súplicas, porque surgió de la sangre de la tierra como si hubiera sido la propia Banon quien lo hubiera invocado. Pero no fue así: Noma estaba en una esquina, con las manos manchadas de sangre y moviendo los labios.
El Velador pasó junto a Banon masticando una cota de malla.
—Juro que te encontraré y te volveré a matar, Remigius. —murmuró Jerry entre dentelladas.
—¿Qué cojones es eso? —gritó Liulf con los ojos bien abiertos.
—Eh, sin blasfemar, mishekalita. —Se rio Banon—. Es amigo nuestro. No te preocupes.
El Velador se colocó a los pies de la pasarela y se tragó todo lo que pudo y más.
Banon respiró aliviada y pensó que estaban a salvo por fin. Volvió junto a las demás y Liulf fue en busca de los suyos para aprovechar y reordenar sus filas.
—¿Cómo estás? —dijo al llegar junto a Nisadra que respiraba acelerada.
—He estado mejor, pero puedo seguir.
—Se le ha abierto la herida por… ¿cuarta vez?
Por las tetas de la diosa, con vosotras no se puede trabajar.
—Noma se rascaba la cabeza calva como solía hacer cuando tenía su melena enmarañada.
Estaba cubierta de sangre—. No doy para más.
Y esos mishekalitas parecen unos inútiles.
¿No eran los mejores sanadores del mundo?
—No están acostumbrados a tener que curar con tanta premura —añadió Nisa.
—Me importa una mierda, yo sola no puedo curaros a todos.
—Céntrate en Nisa —dijo Banon sujetándole el hombro—. La necesitamos.
Ionwen apareció saltando por encima de la trinchera y le cayó a Banon sobre la boca del estómago. Estaba cubierta de hollín de arriba a abajo y ella sí que no tenía ni cejas ni pestañas.
—Uf —resopló—. Está peliaguda la cosa. ¿Lo pilláis? Porque a mí no me queda ni un pelo.
—Sí, sí. Muy graciosa. ¿Estás bien?
Banon la exploró buscando heridas, pero solo encontró magulladuras sin importancia. Y, a pesar del hollín, no tenía ni una sola quemadura.
—Estoy bien, mamá. —Le sonrió. Sus paletas separadas resaltaron más que nunca—. Pero me he quedado pelada de material. Ahora me tocará liarme a sartenazos.
—Mierda, chicas. —Noma señaló por encima de la trinchera—. Se nos acabó el descanso.
Jerry estaba siendo contenido por una especie de cadenas doradas mágicas que brotaban de las manos de los magos. El Velador parecía estar sufriendo muchísimo, porque estas se le clavaban en la piel de piedra y le dejaban un rastro de quemaduras.
—No… —susurró Banon cuando vio que los ojos del ser se cubrían de lágrimas—. Haz que se marche, Noma.
—Banon, nos está dando algo de tiempo. No podemos…
—¡Haz que se marche!
La sacerdotisa no se atrevió a desobedecer y recitó el cántico para que el Velador volviera a su hogar. Este se desvaneció en una nube de polvo brillante. Antes de que se marchara, Banon pudo leer en sus labios un: «Gracias, pero no volváis a contar conmigo». Al que respondió con un asentimiento.
—Se acabó —soltó la mercenaria poniéndose en pie.
Salió de la trinchera de nuevo, cogió un escudo que encontró tirado en el suelo y empuñó el mandoble de turmalina. Pensó que estaba sola, pero justo detrás iban las Hijas de la Sierpe y el ejército de alucinaciones. Siempre al frente; ese era su destino.
Por fin Drakta pisó la isla de los magos. Al contrario que Banon, ella iba la última. Rodeada de su ejército protector, usando a sus propios amigos y hermanos como barrera y combustible para que el sello no le afectara lo más mínimo.
Liulf y los suyos cargaron primero, se colaron por el lado derecho de la avanzadilla de las Hijas de la Sierpe.
—¡Por Mishekal! —gritaron al unísono.
Fue como si Banon hubiera visto el futuro, sabía que eso no iba a salir bien. Oyó la risa de Drakta y, a continuación, una luz cegadora.
Se tuvieron que detener para ocultar el rostro y colocarse a contraluz. Esta no solo cegaba, sino que quemaba la piel como mil soles.
—¡A cubierto! —alcanzó a gritar Nisadra, pero ya era demasiado tarde.
Los monjes que iban en primera línea se consumieron de tal manera que solo quedaron sus esqueletos en la misma postura que tuvieron en su último instante de vida. El resto habían salido despedidos y sus cuerpos estaban tan quemados que pocos conseguirían sobrevivir.
Nisadra y Noma lograron crear un campo de protección a tiempo, pero no fue lo suficientemente grande como para salvarlos a todos.
Cuando Banon recuperó la vista, el bosque había sido consumido y solo quedaban los troncos ennegrecidos de los árboles.
La hierba había sucumbido y la tierra estaba tan muerta como los cadáveres que albergaba.
Solo restaba un resquicio de verdor a sus pies.
Unas briznas de hierba que el sello había conseguido proteger con su simple presencia.
A pesar de la protección, la onda expansiva del ataque había hecho que las Hijas de la Sierpe salieran despedidas y ahora estaban desperdigadas en medio de la destrucción.
Los magos y los mercenarios enemigos aprovecharon el desconcierto para atacar y se limitaron a apuñalar los cuerpos malheridos y confusos que luchaban por recuperar el equilibrio.
Banon encontró a Nisadra. Estaba organizando a los pocos supervivientes que podían moverse y trataba de protegerlos con las energías que le quedaban.
Podía leerle los labios y sabía que estaba llamando a las Hijas de la Sierpe, pero ninguna respondía.
Ella quería hacerlo, y lo intentó sin éxito.
Trató de ponerse en pie, pero las piernas no le respondían.
Luchó contra el dolor para erguirse, aunque lo único que consiguió fue volver a caer de rodillas y perder la visión una vez más.
Entonces, sintió el frío acero atravesarle el abdomen. Miró hacia abajo, y una lanza blanca de los mishekalitas le cruzaba el cuerpo, pero no era un monje el que estaba al otro lado. Era un mercenario, uno tan joven que parecía un niño jugando a la guerra.
Se llevó las manos a la herida, incrédula. Cuando levantó la vista, ya no estaba el muchacho sino Drakta, que la miraba con la máxima expresión de felicidad. Paseaba los dedos con elegancia por encima de la lanza.
—Te lo advertí —susurró—. Podías haberte ahorrado tanto sufrimiento…
Con un movimiento casi imperceptible enterró aún más la lanza en su estómago con una fuerza tan descomunal que hizo que Banon quedara clavada en la tierra. Su cuerpo descansó sobre la lanza, perdiendo la poca vida que le quedaba.
—Tanto dolor —continuó apartándose para que la mercenaria pudiera ver a qué se refería.