Hijas de la Sierpe Capítulo 55
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Capítulo 55

L os magos del Cónclave avanzaron por la pasarela de hielo en tropel flanqueados por los mercenarios, mientras un grupo se quedaba en la retaguardia y cargaba una oleada de flechas.

Nisadra salió de la trinchera, quedando al descubierto, pero los proyectiles del bando enemigo parecían esquivarla.

Los ojos de la bruja se cubrieron de blanco y las mismas llamas que Banon había visto en el templo de Mishekal brotaron de sus pies.

Estas corrieron por la pasarela y fueron consumiendo el hielo hasta destruirlo.

La pasarela se vino abajo justo en la mitad del trayecto, dejando fuera de juego a gran parte del ejército rival. Drakta luchó contra las llamas de Nisadra, intentando construir de nuevo el puente.

—¡Intentaré contenerlos! —gritó la bruja—. Vosotras mantenedme a salvo.

Banon saltó de la trinchera con el mandoble de turmalina en ristre, seguida de Noma e Ion.

La líder de las Hijas de la Sierpe cargó contra la línea enemiga como había hecho siempre: con el arma y la cabeza por delante.

Por suerte para ellas, la primera línea y la carne de cañón del ejército rival consistía en una panda de mercenarios bastante jóvenes e inexpertos.

Mientras Banon e Ion se encargaban de empujar de vuelta a la pasarela a los mercenarios, Noma corrió a donde estaba Nisadra y trazó un círculo de sal a toda prisa.

—¿Qué haces? —preguntó la bruja con la mandíbula apretada.

—Protegerte, idiota. —Noma siguió dibujando caminos de sal que se concentraban en los pies de Nisadra. Parecía un laberinto en miniatura. Cuando acabó, una luz ambarina caminó por las líneas y se quedó allí prendida, dándole a la bruja un aspecto más temible si cabía.

Noma se unió al combate, lanzándose con el cuerpo y la maza sobre el primer grupo que se le había escapado a sus compañeras. Cayó sobre ellos como un peso muerto y, desde el suelo, se encargó de reventar dos o tres cabezas sin mucho esfuerzo.

—¡QUÍTATE DE EN MEDIO, BANON! —gritó Ionwen, que se había agachado aun estando rodeada de enemigos.

Banon fue hacia donde encontró el camino despejado.

—¡Por ahí no, idiota! —soltó Noma.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que había huido hacia el puente de cristal.

Una barrera de un fuego verde y maloliente le cortó el paso de vuelta a la isla de los magos. Se había quedado sola y estaba rodeada.

Cogió aire y siguió adelante. Tenía a su favor que había un buen precipicio entre ella y Drakta, y esta no le quitaba la vista de encima con una expresión que Ion calificaría como: «cara de estar oliendo a culo», o algo así.

La rodearon con tanta rapidez que apenas se dio cuenta hasta que empezaron a llover los filos.

Consiguió esquivar algunos, pero otros le mordieron la carne sin piedad.

Comenzó a sangrar y a sentirse débil. Era demasiado pronto, la batalla acababa de comenzar y ya estaba herida, pero no se iba a rendir.

Recuperó la cordura y las fuerzas necesarias para luchar.

Gritó y cargó contra el primer tipo que se le puso por delante, lo levantó y lo estampó contra el suelo con un sonoro crujido de huesos y metal.

Se giró llevando por delante el filo negro que, gracias a la potencia de sus brazos, arrasó con más de un mercenario.

Al primero que alcanzó lo partió por la mitad; los otros tres salieron mejor parados, pero con heridas que serían mortales en dos o tres respiraciones más.

Banon fue tumbando guerreros uno a uno, sin detenerse siquiera a pensar.

«Ahora mismo, mi mente es mi enemigo. Solo tengo que empujar hacia adelante».

Y así lo hizo, sujetó el mandoble con una mano por el mango y por la otra por el otro extremo afilado y empujó.

Cargó con todas sus fuerzas hacia el precipicio y lanzó a una buena cantidad de guerreros al vacío.

La mano le sangraba y le ardía como mil demonios, pero daba igual.

Se vio con el rostro de Drakta de frente, todavía más enfadada si es que eso era posible.

—¡Que te jodan! —gritó Banon enseñándole su dedo favorito.

Siguió combatiendo y la líder del Cónclave consiguió que algunos magos llegaran hasta Banon levitando.

Seguro que Drakta pensaba que serían enemigos más duros para alguien como ella, que solo sabía luchar con la espada y la fuerza bruta.

Se equivocaba. Los magos le lanzaban rayos y bolas de fuego, y nada le afectaba.

—Adelante, seguid —dijo Banon abriendo los brazos, mostrándose a pecho descubierto.

La euforia hizo que no se diera cuenta de que, aunque la magia no le hiciera efecto, nadie era inmune a un martillazo en la cara.

Llegó por su izquierda como un rayo y le dio en toda la nariz. Sintió tal dolor que no pudo mantenerse en pie. No veía nada, la sangre y las lágrimas brotaban de su cara como una fuente. El cuchillo gigante se le aflojó de la mano. Estaba sola en medio de la batalla e indefensa. Estaba muerta.

Tosió algo de sangre y reptó para apartarse del enemigo que la había noqueado hasta que se detuvo delante de unos pies descalzos. Levantó la cabeza, dispuesta a mirar a su asesino a los ojos antes de morir.

—¿Binn? —preguntó al ver al mitad-caballo-castrado delante de ella y con las pezuñas en jarras.

—Venga ya, Banon. Después de todo lo que hemos pasado juntos, no me digas que no te vas a acordar de nosotros.

La dueña del martillo se quedó paralizada a pocos pasos de la mercenaria.

Miraba al caballo y se frotaba los ojos, intentando que desapareciera sin éxito.

Binn no esperó a que la mujer se decidiera sobre qué era real o qué no, y aprovechó mientras parpadeaba a toda prisa para darle un buen cabezazo en toda la frente.

Banon seguía atónita en el suelo cuando el hombre caballo le tendió la pezuña.

—¿Ya no te acuerdas? —dijo este en tono burlón—. Tú nunca estás sola.

Entonces, lo entendió.

Banon se concentró todo lo que pudo, dentro de lo aturdida que estaba, y pensó en todas las alucinaciones que había tenido en estos diez años, en todos los seres extraños y educados que había visto: Binn, Don Siluro, el Señor Vómito, el demonio que a veces salía de debajo de su cabaña, los monjes nudistas…

Todos ellos aparecieron ante sus ojos preparados para la batalla y la mercenaria se dedicó a darles nombres a todos y cada uno de ellos.

De repente, tenía el ejército más raro jamás visto protegiéndola.

—¿Estás bien? —preguntó el demonio de su cabaña, al que había decidido bautizar como Vivi, porque le recordaba a una tabernera del Tiburón Tuerto que se llamaba Viviane. Tenían la misma papada.

—Puedo seguir, gracias.

Vivi la ayudó a levantarse y le devolvió el arma.

—Deja que te ayude. —Le apretó con fuerza en el tabique nasal y, con un crujido repugnante, se lo colocó en su sitio. Las fosas nasales fluyeron como dos ríos de sangre y mocos—. Así está mejor.

Le dio unos golpecitos en el brazo y se lanzó a morderle la yugular a la primera mercenaria que tenía cerca.

Todas las alucinaciones de Banon resultaron ser caníbales y luchaban con uñas y dientes, incluso los monjes nudistas, que ahora se llamaban: Bob, Cecyl, Anne, Mina y Chiquitito. Este último era el más bajito y la mercenaria empezaba a quedarse sin ideas.

—¡Banon, corre! —Noma se había plantado junto a ella. Las llamas verdes habían menguado y esta las había atravesado de un salto—. ¿Qué coño es todo esto?

—Mi ejército —dijo Banon sonriendo con la boca cubierta de sangre y algún que otro diente astillado.

Noma tiró de ella de vuelta a las trincheras mientras el ejército de criaturas de Banon seguía luchando. El señor Vómito se tragaba a magos enteros y los descuartizaba en su interior. ¡Estaban ganando la batalla!

Fue una celebración algo precipitada, sin embargo, porque justo en ese momento, Drakta consiguió deshacerse del poder de Nisadra y terminó de construir el puente. Una avalancha de enemigos lo recorrió en un pestañeo.

Nisadra se lanzó a la trinchera con la respiración acelerada y la mano sujetándose el abdomen sangrante.

—He hecho todo lo que he podido —dijo en un susurro agotado—. Son demasiados magos a la vez y el sello, no puedo…

—Tranquila —dijo Noma sujetándole la herida—. Lo has hecho genial, ahora nos toca a nosotras.

Ion seguía lanzando pócimas desde la otra trinchera, pero su bolsa estaba cada vez más vacía. Había nubes de colores por todas partes, hombres que se rascaban como locos, otros que vomitaban sin parar y suplicaban por una muerte rápida y algunos que, simplemente, saltaban por los aires en pedazos.

—NO ME QUEDA MUCHO MÁS —gritó la alquimista encogiéndose de hombros.

Entonces fue cuando los Mishekalitas, liderados por Liulf, dieron un paso al frente.

Tenían un aspecto solemne con aquellas túnicas blancas mecidas por el viento y caminando entre tanta destrucción.

Llegaron a las líneas enemigas y comenzaron a dar golpes con sus bastones y sus lanzas.

Hasta Gwain parecía un guerrero honorable mientras ensartaba a gente con su lanza.

—Un momento —pensó Banon y miró a Noma, que estaba curando a Nisadra como podía—. ¿Y Jerry?

—¿Qué?

—¡Podemos invocar al Velador! Seguro que le encantaría comerse a un par de magos de estos.

Noma miró por encima de la trinchera.

—No hay suficientes sacrificios, necesito más.

—Eso déjamelo a mí. —Banon se escupió en las manos y volvió a aferrar el mandoble. Saltó por encima de la trinchera obviando el dolor de las piernas y avanzó de nuevo contra el enemigo.

Se encontró con un grupo que tenía rodeado a Liulf. Cayó sobre ellos con el mandoble sobre su cabeza. Degolló a uno, al otro le arrancó una pierna y al tercero le dio un sonoro cabezazo que sin duda le había dejado una nariz tan bonita como la suya.

—Arriba, líder —dijo mientras le tendía una mano al mishekalita, que permanecía hecho un ovillo en el suelo. La túnica estaba ahora cubierta de sangre y suciedad a partes iguales.

Este le aceptó la mano y se levantó apoyándose en ella.

—¿Cómo vamos? —preguntó el monje colocándose espalda contra espalda con ella.

—Jodidos.

—No te andas con rodeos, ¿eh?