Capítulo 54
H abía llegado el día. Con las primeras luces del alba, la isla de los mishekalitas comenzó a temblar. Parecía que la tierra tuviera vida propia y se había propuesto despertarlos a todos.
Los monjes se armaron y ocuparon los lugares que habían estudiado el día anterior. Las defensas estaban preparadas y solo quedaba rezar todo lo que sabían. Y por suerte, los mishekalitas conocían muchísimas oraciones.
Las Hijas de la Sierpe sabían cuál era su lugar: la primera línea. Avanzaron con paso firme, con la cabeza bien alta y en fila. Banon armada con sus veinte cuchillos, ya que había cogido uno nuevo de la armería. Era tan grande que todo el mundo tenía claro que era un mandoble; todos menos Banon.
—Creía que solo usabas cuchillos —le había dicho Gwain cuando la vio empuñar el gigantesco mandoble con la hoja de turmalina negra.
—Y esto es un cuchillo.
—Eh, no.
—Te digo yo que sí —insistió, cargándoselo a la espalda—. Para la gente de mi tamaño todo son cuchillos, Eunuco.
Ionwen había sacado brillo a su sartén y llevaba un cinturón cargado de bombas de todos los tamaños, colores y probablemente sabores. Ahora tenía la manía de hacer girar el utensilio de cocina en la mano izquierda como si fuera un arma mortífera. Y en sus manos, lo era.
La sacerdotisa de Phi’Ri llevaba su fiel maza atravesada de lado a lado en los hombros, con los brazos apoyados en ella.
Se había encargado de pintarse la calva con runas y había hecho lo mismo con Ion.
Como Nisadra y Banon no tenían calva había insistido en pintárselas en…
Bueno, en la única calva que estas poseían.
Ninguna de las dos estaba de acuerdo, pero Noma se mostró muy convincente cuando les dijo que eran runas de protección, que se atuvieran a las consecuencias si no las llevaban.
Al final, las dos mercenarias irían a la batalla con la retaguardia protegida.
Nisadra solo necesitaba sus manos. Había cambiado los vestidos negros elegantes por una túnica blanca como la de los mishekalitas, aunque le había hecho algunos apaños.
Llevaba dos aberturas en la falda que dejaba sus piernas marcadas al aire, incluso había roto el cuello para que se viera bien su marca de apóstata.
—¿Estás segura? —preguntó Banon cuando le pidió que le hiciera el corte del cuello.
—Es necesario —asintió con una sonrisa—. Quiero que Drakta vea que no me avergüenzo de lo que soy, que ya no tiene poder sobre mí.
Después de ese acto de valentía, todas se habían escrito la palabra apóstata en el cuello.
—¿Por qué nos miran tan raro? —preguntó Noma en voz baja—. Me están dando grima. ¿Es por algo que hice anoche? Por las tetas de Phi’Ri, dime que no volví a hacer lo de los bailes eróticos.
—Por suerte, no —contestó Banon recordando uno de esos bailes catastróficos—. Es por Nis.
A los monjes solo les faltaba besar el suelo que pisaba. Se iban apartando tan agachados que casi rozaban la frente con el suelo.
—¿Qué hiciste? —preguntó Ion.
—Ahora soy la enviada de Mishekal y me adoran. —Esta se encogió de hombros—. Nada que no me mereciera antes de toda esta parafernalia.
—¿La enviada del búho? No me jodas, ¿en serio? —Noma se partió de risa—. Deben de estar flipando.
—¿Y cuál es tu poder? ¿Es como el de Banon que hace potas mágicas?
—No, Ion. Es algo más elegante que lo de los vómitos.
Sin darse cuenta habían llegado al precipicio, el lugar que conectaba la isla con el resto del mundo. Era por donde debía aparecer el Cónclave.
—¿Cómo van a cruzar hasta aquí? —preguntó Banon—. Nosotras tuvimos que hacer toda esa parafernalia.
—Sí, sí, —contestó Noma muy seria—. Imagino que ellos no harán lo mismo.
—No, seguro que no —dijo Nisadra enfadada—. Son magos, pueden hacer lo que quieran.
—¿Aunque Banon esté aquí? —preguntó Ionwen.
—Que el sello esté cerca solo merma su poder, pero son muchos magos juntos. Seguramente algunos se dejen consumir para ceder su energía a otros. Además —añadió con voz muy seria—, Banon es incapaz de usar el poder del sello.
Nisadra estaba nerviosa. Banon veía cómo se movía cambiando el peso del cuerpo de un lado a otro. Tenía razón, ella no había conseguido hacer ningún avance con sus habilidades, pero confiaba en que llegado el momento surgiera el milagro.
En la distancia, comenzó a dibujarse una sombra que avanzaba con paso firme en la otra orilla. Banon tenía buena vista y pudo ver cómo estas se iban multiplicando cada vez más.
—Ya están aquí —alcanzó a decir mientras empujaba el miedo hacia el fondo de la garganta.
Siempre le pasaba lo mismo: antes de una buena pelea se le revolvía el estómago y tenía que combatir contra el enemigo y contra la bilis que le subía por el gaznate. Cosa que no hacía mucho más fácil lo de matar y eso.
Cuando el enemigo llegó al borde del precipicio, Banon pudo ver cómo no era solo un ejército de magos: también distinguió las banderas de varios gremios de mercenarios. El Cónclave se había traído a todo el que tuviera alguna rencilla con las Hijas de la Sierpe… y eran demasiados.
Hicieron un pasillo para que su líder avanzara.
Debía de ser la famosa Drakta de la que Nisadra les había hablado.
Era una versión de ella, pero mucho más fea y poco elegante.
De esas mujeres que creen que más es mejor.
Llevaba un vestido rojo nada apropiado para la batalla cubierto de lentejuelas y piedras preciosas que reflejaban los rayos del sol.
Pensándolo mejor, tal vez fuera una buena arma, porque Banon se estaba quedando ciega solo de mirarla.
Además, tenía puesta una sonrisa de autosuficiencia tan repulsiva que podía verla desde tanta distancia.
Hizo un ademán con la mano, tan simple como un chasquido de dedos, y una plataforma de cristal se formó con el agua que había bajo ellas. La plataforma helada creció y creció hasta que llegó a su altura y se convirtió en una pasarela perfecta para un ejército numeroso.
—Su puta madre —soltó Ion.
—Mucho más elegante que nuestra entrada, sin duda —añadió Noma, capaz de tomarse con humor hasta la peor de las situaciones.
Drakta seguía sonriendo, con los brazos apoyados en las caderas y sin nadie delante que la protegiera. Era una clara muestra de su poder. Eso o una fanfarronada del tamaño de todo el continente.
—¡Banon Drille! —gritó la líder del Cónclave con una voz tan nasal que parecía salir cubierta de mocos—. Exijo tu presencia.
—Ni se te ocurra moverte. —Nisadra le sujetó el brazo con tanta fuerza que perdió la sensibilidad en los dedos.
—Tengo que hacerlo —dijo—. Puede que quiera negociar.
—Ella nunca negocia, Banon. —Nisadra le clavó la mirada—. No la escuches, intentará envenenarte. Es lo único que sabe hacer.
—No le tengo miedo, Nis.
Banon le soltó la mano con suavidad y le dio un beso en los dedos antes de alejarse.
Ella sabía que la negociación no era una opción, que el Cónclave la quería muerta y punto; pero ¿y si había algo más?
¿Y si hubiera algo que ella pudiera hacer?
Se lo debía a Liulf y a su gente. Les debía el intentarlo.
Avanzó por la pasarela. Joder, cómo resbalaba. Pero consiguió mantenerse firme, no sin antes patinar en varias ocasiones lo que provocó algunas carcajadas en las líneas enemigas.
—Puñeteros magos —susurró Banon para sí misma.
—¿Te acompañamos? —preguntó Noma antes de que se alejara demasiado. Banon le respondió sin mirarla, con un gesto de la mano.
La mercenaria quería que les quedara claro que ella tampoco tenía miedo y que, si su líder tenía dos buenos ovarios, ella tenía otros dos del tamaño de unos huevos de dragón.
Consiguió alcanzar la mitad del puente sin contratiempos, aunque casi llegó patinando más que caminando. Drakta se movió también, pero ella lo hizo con la elegancia propia de un cisne. Se deslizó por el hielo suspendida en el aire, sin que el fino tacón de su zapato rojo tocara la plataforma.
—Esto es trampa —bufó Banon cuando estuvieron frente a frente.
—Lo que tú digas —contestó la maga dejándose caer por fin—. Eres Banon Drille.
—La misma. —Se puso firme, intentando parecer todo lo grande que podía.
Drakta la miró de arriba a abajo y la boca se le contrajo en una expresión de asco, como si estuviera mirando una bosta de caballo, pero no pareció demasiado afectada por el sello.
Sin embargo, en la otra orilla, Banon se percató de que algunos magos se desplomaban inconscientes.
«Le están cediendo su poder por voluntad propia, tal y como había predicho Nisadra. Menudos gilipollas», pensó.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó la mercenaria con un guiño al volver la vista a la maga—. Pues ya estoy comprometida, se siente.
—Estoy intentando discernir cómo un ser como tú consiguió el sello de Asgio antes que yo. —Se llevó la mano a la sien—. Y no consigo entenderlo.
—Puede que sea porque tú y los tuyos sois demasiado comemierdas para meteros en los sitios donde nos metemos las personas como yo.
—¡Toma ya, di que sí, hermana! —gritó Noma haciendo aspavientos.
—Tú tienes el sello —continuó obviando los gritos de las Hijas de la Sierpe—, y yo lo quiero. ¿Qué tengo que hacer para que acabemos con esto de una vez?
—Pues os tenéis que largar cagando leches si no queréis que os pateemos el culo. —Banon se cruzó de brazos y dejó caer el peso sobre la pierna derecha. El suelo crujió con el movimiento.
La líder del Cónclave sonrió.
—Me temo que eso no es posible, Banon. Tú tienes el sello encima, lo siento. Solo tendrías que dármelo y salvarías la vida de toda esta gente.
—¿Para qué? ¿Para que podáis matarlos más tarde? —La señaló con el dedo—. Sé de qué va esto, Remigius me lo enseñó. Os vais a cargar a todo el mundo. No tenéis honor.
—La gente muere, Banon. —Se encogió de hombros y resopló—.
Sí, puede que la magia destruya, pero ¿no es ese el ciclo de la vida?
¿Acaso no vamos a morir todos? Si me entregas el sello ahora podrás salvar la vida de tu gente y puede que tengan unos buenos años más.
Puede que ni siquiera lleguéis a ver ese fin del mundo del que hablas.
La mujer hizo un gesto para que se girara, pero Banon se mantuvo firme y frunció el ceño.
—Sé sincera contigo misma, no podéis ganar esta batalla.
Estás condenando a morir a todos. —Negó con la cabeza y, por un momento, Banon vio cómo le cambiaba el gesto y casi parecía gentil—.
¿Estás preparada para cargar con esa responsabilidad?
Eres una buena persona, Banon. Yo lo sé, y esto va a destruirte.
Joder, tenía razón. Iban a morir en esa batalla.
Un montón de imágenes comenzaron a pasarle delante de los ojos: los mishekalitas cubiertos de sangre agonizando, Liulf suplicando a la cabeza de búho justo antes de que alguien lo apuñalara por la espalda, Noma e Ion arrastrándose por el suelo suplicando piedad; y Nisa…
Nisa estaba llorando en medio de todo el caos.
—Podrías evitarlo, Banon —susurró Drakta, que ahora estaba tan pegada a ella que le respiraba en la oreja y le acariciaba el hombro—. Solo tú puedes salvarles.
—¡A TOMAR POR CULO, HIJOS DE PUTA!
Banon volvió al mundo real justo para ver como saltaban por los aires algunos magos de las líneas enemigas. Varios se precipitaron hacia el mar y una nube verdosa y maloliente cubrió la orilla contraria.
Drakta se giró para ver qué estaba pasando y Banon aprovechó que le dio la espalda para darle un empujón hacia el vacío y correr de vuelta. Por desgracia para ella, la maga reaccionó a tiempo y lanzó un hechizo que la hizo volver levitando hasta el puente.
—¡Tú lo has querido, mercenaria! ¡Moriréis todos!
No miró atrás, sino que siguió corriendo como alma que lleva el diablo. Esta vez patinó tanto como la otra, pero no tuvo tiempo ni de tenerlo en cuenta y aprovechó el empuje del resbalón para llegar antes.
Alcanzó por fin la primera trinchera donde se ocultaban las demás.
—¿Qué coño ha sido eso? —preguntó a Ion, que tenía otra bomba preparada en la mano.
—Hiciste una promesa, Banon. ¿Ya no lo recuerdas? —dijo la alquimista señalando el colgante que ahora llevaban todas a la vista—. Le dijiste a Noma que nunca la abandonarías y no pienso dejarte hacerlo, joder.
Banon miró a las demás y sonrió.
—Vamos a reventar un par de cabezas de mago.