Hijas de la Sierpe Capítulo 53
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Capítulo 53

T ras la fiesta, los mishekalitas habían vuelto reptando a sus madrigueras.

La mayoría iban tan colocados que no sabían ni cuál era su pie izquierdo.

Nisadra los entendía, hasta ella había bebido más de la cuenta y se sentía un poco inestable.

Tan inestable como para creer que era buena idea lanzarse al fuego.

Las Hijas de la Sierpe habían caído rendidas en sus nuevos aposentos.

Después de que Ion había hecho explotar el establo en el que se alojaban, les habían permitido quedarse a dormir en la biblioteca, ya que así tendrían acceso a los documentos en todo momento.

Liulf creía que, de esta manera, Nisadra descubriría cómo salvarles el culo.

Como si fuera a absorber los conocimientos en una especie de estado superior mientras dormía, pensaba la bruja.

Ya estaba todo perdido; el Cónclave se les estaba echando encima y ni ella ni Banon habían descubierto cómo hacer uso del poder del sello.

Banon no paraba de decirle que lo conseguiría, pero el tiempo apremiaba y ya no había cabida para la fe.

El templo de Mishekal estaba hecho un asco.

Había copas vacías y sucias por todos lados, apestaba a efluvios humanos y las llamas se habían debilitado.

Las pinturas de las paredes ya no bailaban ni se respiraba esa atmósfera solemne que había la primera vez que entró.

En la desesperación, hasta los más beatos profanaban los lugares sagrados.

Avanzó despacio, mirando a su alrededor y buscando algún testigo de su locura, pero estaba sola.

Cuando se encontró a pocos pasos de la hoguera, fue como si el fuego la hubiera escuchado. De pronto, las llamas se movieron tan altas como el techo y cambiaron a un color rojo intenso para luego volverse negras.

«¿Cómo es posible?», pensó. Entonces el fuego se movió de nuevo y pareció hacer una reverencia.

La bruja miró tras de sí, buscando a alguien que estuviera manipulando las llamas, pero no había nadie.

Cuando volvió la atención al fuego este recuperó su estado natural y, de repente, se tiñó del azul del mar.

Era precioso e hizo que la bruja sintiera una paz en su interior que nunca había experimentado. La estaba manipulando.

Caminó despacio hasta que estuvo a un palmo. Acercó la mano y lo tocó. Este jugueteó alrededor de sus dedos acariciándola, pero no dolió. Las llamas azules le subieron por el brazo hasta el codo y no sintió nada. Apartó la mano y el fuego se apagó en su cuerpo.

Suspiró. Unos pasos de gigante avanzaban tras ella y, antes de que entraran en el templo, ya sabía de quién se trataba.

—Banon, ¿qué haces aquí? —preguntó justo cuando la giganta atravesó la puerta. Intentaba ser sigilosa, claro; pero no lo conseguía ni un poquito.

Se paró en seco con un pie en el aire en una pose bastante ridícula.

—Quería ver si tenías las pelotas para hacerlo —soltó con una sonrisa.

—¿Fingías estar dormida?

La bruja se giró y el fuego la rodeó. Sintió las llamas como tentáculos cercándola, como si tuvieran miedo de que se marchara.

—Sí, no quería cagarla. —Se sonrojó—. Lo de anoche estuvo… genial.

Nisadra no pudo evitar sonreír como una estúpida.

Todo el mundo estaba colocado hasta las cejas, todos menos Banon, que se mantenía sobria en su promesa por controlar el sello.

Nisa no podía negar que se había puesto más cariñosa de lo esperado después del estúpido juego de Noma y la declaración de amor hacia las Hijas de la Sierpe de Banon, así que acabó en la cama con la mercenaria antes de poder decir: «¿Qué coño estoy haciendo? ».

Había estado bien, era su última noche con vida después de todo. No se arrepentía de nada de lo que había hecho.

—Para mí también estuvo bien —contestó jugueteando con el pelo. Nunca había sido capaz de reconocer ese tipo de cosas. El sexo con ella siempre estaba genial para los demás, pero para ella se trataba de un simple divertimento. Aquella noche había sido diferente. Las cosas con Banon siempre lo eran.

—¿Vas a hacerlo?

La mercenaria caminó y se puso a su lado.

Se notaba que todavía se sentía incómoda hablando de eso.

Se rascaba la nuca y se miraba las manos como si entre ellas tuviera la cosa más interesante del mundo.

A Nisa le gustaba verla así: inocente y juguetona como la niña gigante que era.

Era una de las cosas que la había enamorado de ella.

«¿Enamorado? ¿Qué me está pasando?», se preguntó en cuanto el hilo de pensamientos apareció por su cabeza. Decidió no luchar contra ellos. Sí, estaba enamorada de esa estúpida mercenaria loca que era capaz de comerse el objeto más peligroso jamás creado. Y no pensaba negárselo a sí misma nunca más.

—Tengo miedo —confesó agachando la cabeza—. Hay algo que me dice que lo haga, pero ¿qué podría pasar? Este dios me odia. A lo mejor me está llamando para vengarse de mí.

—A lo mejor no. —Banon la cogió de la mano—. Eso es lo que tú piensas, pero te está invitando a entrar.

—¿Y si no salgo?

Banon miró hacia el fuego y arrugó la nariz.

—Ni de coña dejaré que ese cabrón se quede contigo. Te iré a buscar.

Ambas se rieron. Banon no le soltó la mano y le dio un beso suave en los labios y otro en la frente.

—Ahora en serio —habló en un susurro cerca de sus labios—. No voy a soltarte, ¡como si tengo que entrar ahí contigo y partirle la boca a ese Mishenoséqué ! No te perderé de nuevo. —Miró hacia el techo y gritó—: ¡Me oyes, búho de mierda! ¡No te quedarás con mi chica!

—Basta, deja de hacer la idiota. —Nisa la empujó y se rio.

—Entonces, ¿estás lista?

La bruja asintió. Tener a Banon allí era como si se fuera a lanzar al vacío, pero estuviera atada a una roca. Una muy grande y fuerte y que no pensaba moverse a ningún lado. Ahora era su roca en el abismo.

—Lo voy a hacer —dijo en alto para que quedara constancia y no poder echarse atrás.

Caminó hacia el fuego sin soltar la mano de Banon.

Conforme avanzaba, el fuego se volvió tan oscuro como su pelo.

Lo hacía a propósito, como si supiera que Nisadra se sentía más cómoda en la oscuridad que en la luz.

La mano de Banon se mantenía firme mientras ella pasaba las piernas por encima del muro de piedra que protegía la llama de Mishekal.

El suelo en sus pies era de tierra, una tierra roja como la arcilla y tan fría como la arena del mar.

Fue una sensación extraña: sentía mucho calor en el resto del cuerpo, pero los pies se le estaban helando.

—Puedes soltarme —le dijo a Banon que mantenía el brazo estirado todo lo que podía.

—¿Segura?

—Sí —asintió y sonrió—. Puedo hacerlo.

Banon la miraba con desconfianza. La melena pelirroja brillaba al ritmo del crepitar de las llamas.

Banon también estaba besada por el fuego como ella, aunque de una forma distinta.

Nisadra siempre había sentido que vivía en su interior y que estaba descontrolado, que era incapaz de mantenerlo encerrado.

Sin embargo, Banon estaba tocada por él como si la rodeara y protegiera.

Por fin, la mercenaria la soltó. Muy despacio, sintió el tacto de cada una de las rendijas de las huellas de sus dedos.

En cuanto fue libre, se lanzó como si se tirara al mar haciendo lo que solía llamar Ion: «una bola mortal hacia adelante».

Una pirueta estúpida que consistía en saltar y encogerse hasta hacerse eso, una bola. Pero de mortal nada.

El fuego la rodeó. Era suave y cálido, como el tacto de una piel ajena. La bamboleaba de un lado a otro, pero con delicadeza. Nisadra se sintió como si estuviera siendo acunada por los brazos de una madre. Oía voces en su cabeza y… ¿Eso eran graznidos? Parecía que Mishekal le estaba hablando.

—¡No te entiendo! —gritó, pero no sabía si estaba hablando de verdad o era en su cabeza.

—Hija del don —alcanzó a entender—. Te entrego mi fuerza para que salves a los míos.

—¿Por qué a mí? —preguntó, abriendo los ojos por fin.

Ante ella, había un búho gigante que la mecía entre sus alas blancas. Era tan hermoso como la estatua de mármol que tenían los mishekalitas en la montaña, y también del mismo tamaño. Tal vez esa cabeza de piedra fuera la del propio dios petrificado.

—Me caes bien —soltó el dios, que le hablaba en su mente. El pico del búho no se movía. Los ojos ambarinos estaban clavados en ella y lo único que parecía tener vida eran las pupilas que cambiaban de tamaño.

—¿En serio? Creía que me odiabas. A mí y a mis amigas.

—¿Sabes lo aburrida que es esta isla? Esos monjes no hacen más que rezar y plantar florecillas. Vosotras habéis traído un poco de diversión a mi anodina vida —resopló con indignación—. Si ni siquiera dicen palabras malsonantes, ¡vosotras me habéis enriquecido el vocabulario, chupaxilas!

—Oh.

—Bueno, ¿quieres mi poder o no?

—Sí, sí, claro. Pero…

—Pues calla.

De nuevo el bamboleo de las llamas, pero esta vez no era nada delicado. Nisadra tuvo que contener las náuseas. Un último empujón la sacó de la hoguera y cayó sobre Banon.

—Nis, ¿estás bien?

La mercenaria la acogió en sus brazos. La bruja estaba desnuda, toda su ropa se había consumido en las llamas. Cuando esta se dio cuenta, lo primero que hizo fue tocarse el pelo enmarañado, que seguía estando en su lugar.

—¿Tengo cejas? —le preguntó a Banon agarrándola por el pecho y zarandeándola histérica—. ¿Se me han quemado las cejas?

—¡Que no! Tranquilízate, sigues teniendo cejas, joder. —La miró de arriba a abajo—. Y todo el pelo de tu cuerpo, diría yo.

Nisadra le dio un puñetazo y buscó algo con lo que taparse. Banon le dio una manta que encontró en uno de los bancos cercanos. Olía fatal.

—¿Ha ido todo bien?

—Eso creo, aunque no siento nada. —Se miró las manos y trató de buscar en su interior. La única diferencia era que el brazalete del dios había desaparecido—. No, nada. Mishekal dice que me presta su poder, aunque no creo que sea gran cosa.

Al terminar la frase, la hoguera se hizo tan grande que abarcó toda la habitación.

—¡Me cago en la…! —gritó la mercenaria cuadrándose y buscando sus cuchillos.

Entonces, las llamas se replegaron en una bola gigantesca en el centro de la sala. Una enorme y negra, de fuego mágico. Nisadra sentía que se le erizaban todos los pelos del cuerpo, incluso las cejas que tanto le preocupaba haber perdido.

Nadie la creería, pero ella juraría que oyó como el puñetero búho se reía justo antes de que todas esas llamas se dirigieran hacia el centro de su pecho.

Sintió como si el caballo más gordo del mundo le hubiera dado una coz.

Cayó al suelo cuando las llamas terminaron de metérsele en el cuerpo.

Las piernas se le convirtieron en algo débil y viscoso, como el moco que había creado Ion en el templo del sello.

Su propio cuerpo estaba hecho de una gelatina fofa incapaz de albergar todo el poder que tenía dentro.

—Nisa, Nisa. —Banon la zarandeó—. Dime algo, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado?

—¿Te acuerdas cuando te dije que ese búho no era gran cosa? —le contestó con la mirada perdida en el techo del templo. No pestañeaba y una película blanca le había cubierto el iris—. Lo retiro.