Hijas de la Sierpe Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

—Eso es demasiado peligroso en tu caso. ¿Por qué no imaginas una solución para esto? —le reprochó la bruja, recobrando ese tono prepotente que solía tener cuando no llevaba la joya de Mishekal.

—Auch. —Fingió que le dolía el pecho—, ha vuelto la Nisa de siempre.

La bruja le soltó la mano de un tirón.

—Banon, esto no es una broma.

—¿Crees que no lo sé? Es a mí a la que quieren muerta y enterrada.

—Y a mí. —La bruja clavó la vista en las llamas, le cambió el semblante y desvió la vista.

—¿Qué ha sido eso?

—Nada. —Banon volvió a cogerle la mano con suavidad. Nisadra resopló antes de continuar—: Mishekal me muestra cosas en el fuego. Siento que me llama, como si quisiera que me… que me metiera en él.

La mercenaria miró la gran hoguera central que destacaba sobre las demás no solo por el tamaño, sino también por los colores que desprendía. No consiguió ver nada por más que se esforzaba.

—¿Y si le haces caso? —soltó sin pensar.

—¿Estás loca? Soy la némesis de ese dios.

—¿Te da miedo porque es un búho y es similar a una paloma? —dijo Banon conteniendo una sonrisa—. Cú.

Ella volvió a tirar de la mano y, esta vez, se alejó deslizándose por el asiento de madera.

—Creía que nadie podía contigo, ni siquiera un puto dios —continuó picándola Banon.

—¿Por qué me presionas?

Banon no entendía muy bien por qué, pero los nudistas seniles habían parado de bailar en el momento en que Nisadra había comentado lo de las llamas. Entonces, empezaron a asentir y a hacerle señales a Banon para que entrara en el fuego.

—¿Me creerías si te dijera que creo que es lo que tienes que hacer? No sé por qué, pero lo sé.

Nisadra la miró desde la distancia que había puesto entre las dos.

—Yo nunca te pondría en peligro, Nis —añadió Banon—. No a propósito y lo sabes. Confía en mí.

—¿Qué estáis murmurando, flipadas?

Noma e Ionwen se sentaron en medio de las dos y les pasaron los brazos por encima. Apestaban a sudor y a algo que Banon no sabía identificar, y prefería no indagar en el tema.

—Banon está viendo viejos desnudos —contestó Nisadra a toda prisa. Miró a la mercenaria y le hizo un gesto muy sutil.

—¡NO! ¿EN SERIO? PONLES NOMbrE, YO TAMBIÉN QUIERO VERLOS.

—Por la diosa, Ion. —Noma se soltó de las demás para sacudir la oreja que le quedaba pegada a la alquimista—. Arregla esa cosa antes de que me dejes sorda a mí también.

—PERDÓN —contestó mientras trasteaba con la campanilla de su oreja—. Creo que voy a tener que hacerme otra. Con esa última explosión me he quedado sorda de verdad.

—¿Sois conscientes de que esta puede ser la última noche que pasemos juntas? —reflexionó Banon.

La única respuesta que obtuvo fue el silencio.

Cuando eran jóvenes, pasaban las noches delante de una hoguera como esa.

Bueno, como esa no. Una más sencilla y menos mística, pero fuego, al fin y al cabo.

Banon recordó el tiempo que solían pasar riéndose y buscando formas en las llamas.

Para Ion siempre había alguien echando un polvo, mientras que para Banon siempre eran animales.

Ahora no podía ver nada más allá del fuego. Solo destrucción.

—Siendo nuestra última noche juntas, quizás deberíamos jugar a algo —dijo Noma cortando la tristeza del momento con un cuchillo bien afilado—. ¿Conocéis ese de «Mentiroso a tus mentiras»?

—¿De qué va? —preguntó Nisadra cruzando la pierna y apoyando la mandíbula sobre la mano derecha. Era muy competitiva, incluso en momentos como ese Banon sabía que se estaba poniendo seria.

—Vale. —Noma se levantó y se sentó en el suelo frente a las demás. Ionwen la siguió y quedaron haciendo un círculo—. Cada una tiene un turno y tiene que decir una afirmación bien seria. Puede ser verdad o mentira, pero las demás tienen que adivinarlo.

—¡QUÉ DIVERTIDO!

Noma le dedicó una mirada asesina a Ion que bastó para que esta volviera a ajustar el aparato de su oreja.

—¿Y quién gana? —preguntó enseguida la bruja, que se removió en su asiento para tener mejor visión de todas las mentirosas participantes.

—Gana la que acierte más veces y acumule más puntos.

—Empiezo yo. —Ionwen se quedó de rodillas y levantó el brazo hasta el cielo. Las llamas brillaban en su calva como si se la hubiese encerado.

Nadie protestó.

—Vale, ahí voy —carraspeó—. Cuando nos separamos estuve a punto de unirme a las Sirenas de la Bruma porque me obsesioné con uno de ellos.

—¿Respuestas? —Noma señaló a las demás—. Yo digo que es una verdad como un templo, creo que te has encaprichado de mercenarios de todos los gremios habidos y por haber.

—Estoy con Noma, eso es verdad —soltó Banon.

—Vale, pues yo digo que es mentira —dijo Nisadra clavándole la mirada en los ojos—. Es más, diría que te enamoraste de uno de los Renegados y fue esa banda a la que estuviste a punto de meterte.

—¡Joder, Nis! Qué pasada.

—¡No me jodas! ¿De quién? —preguntó la sacerdotisa dándole un puñetazo tan fuerte que la hizo caerse para el otro lado.

—De Kayo El Melenas —dijo sonrojándose—, pero me dio calabazas.

—Menudo idiota. Siempre estaba más preocupado de no despeinarse que de salvar su propio culo —afirmó Banon negando con la cabeza.

—Venga, venga. —Nisadra se frotó las manos—, que os voy ganando. ¿A quién le toca?

—Sigo yo —contestó Noma—. Venga, ahí va: Remigius se debilitó tanto la última vez que invocamos a Jerry que ahora soy yo la que tiene preso su espíritu, pero he seguido usando su voz porque así consigo que me hagáis caso.

—No me jodas… ¿Se puede poseer a un espíritu que ya te poseyó a ti? —Banon se quedó boquiabierta—. Eso tiene que ser mentira.

—Imposible, lo habríamos notado. ¡Mentira! —Ion la apuñaló con el dedo índice en el hombro.

—¿Tú qué dices, bruja loca?

Nisadra la miró con la ceja alzada.

—¡Maldita sea, Noma! Es verdad, nos la has estado colando.

La sacerdotisa se carcajeó como una gallina clueca revolcándose en el suelo. Algunos de los mishekalitas dejaron de bailar para mirar a la mujer, que parecía estar sufriendo un ataque.

—Tendríais que veros las caras, joder. ¡Ha merecido la pena la espera, me cago en todo!

—Se limpió las lágrimas y los mocos que se le habían escapado—.

Claro que es verdad y sois unas primas que os lo habéis comido con patatas.

Menos mal que he ensayado durante todos estos días mi imitación a la perfección, señoras.

—Eres la mayor hija de perra que conozco —dijo Banon negando con la cabeza y con la mandíbula tan desencajada que era incapaz de cerrar la boca de nuevo—. O sea que ese momento de: «Ya vienen…. El Cónclave está en camino» ¿fuiste tú?

—Pero, ¿a que quedó muy épico? Casi os cagáis encima.

—Juntó las manos en pose solemne—. La diosa Phi’Ri os da las gracias por todos estos grandes momentos, se lo está pasando bomba con vosotras.

Y lo siento, pero el Cónclave sí que viene a por nosotros.

Me lo dijo un monje antes de morir, pero eso no habría quedado tan épico. ¿A que no?

—¿Le arranco la cabeza? —preguntó Banon mirando para Nisadra que, contra todo pronóstico, continuaba a carcajada limpia—. ¿Y tú por qué te ríes?

—Hay que reconocer que ha sido muy bueno. —Se encogió de hombros—. Además, eso implica que esa antigualla es ahora un prisionero de la loca de Noma y que voy ganando en el Mentiroso. ¿Seguimos?

—Sois increíbles.

Banon negaba con la cabeza, pero acabó por reírse junto con las demás.

—Venga, ahora le toca a Nisa. —La señaló Noma.

—Vale —se aclaró la voz y se colocó bien erguida en el banco de madera—.

Como sabéis, me he dedicado a experimentar con todo tipo de magia durante los años que estuvimos separadas.

—Las demás asintieron mirándola embobadas—.

Pues… No todos los experimentos salieron del todo bien y ahora soy medio demonio.

Silencio.

—Eso es verdad —contestó Noma.

—Sí, verdad —asintió Ion.

—Verdad —añadió Banon sin más.

—¿En serio? ¿Ya está? —La bruja cruzó los brazos y frunció el ceño.

—¿Qué esperas? Después de lo de Noma ya todo se queda corto —dijo Banon riéndose—. Además, que tú seas medio demonio no le sorprende a nadie. ¿Es o no?

Las demás asintieron al unísono e hicieron el mismo gesto con la boca.

—Sois lo peor. Punto para todas, es verdad.

Nisadra se dejó caer apoyando la espalda en la pared como una niña enfurruñada.

—Venga, que le toca a Banon —dijo Ion animándolas a seguir—. Venga, venga.

La mercenaria se recolocó en el asiento y pensó en alguna burrada que contar. No tenía grandes secretos salvo todo el rollo del sello y eso ya lo sabían. Luego pensó en contar una mentira o una verdad a medias como había hecho Ionwen, pero no le apetecía. Sabía lo que le apetecía contar.

—Cuando nos separamos hace diez años creí que había hecho lo que tenía que hacer, pero no ha habido un solo día que no me arrepienta de ello —la voz se fue transformando a medida que hablaba y sintió la necesidad de parar y empujar el nudo que le subía por la garganta hacia lo más profundo, pero no podía.

Así que continuó—: la vida sin vosotras es una mierda.

Los ojos de las Hijas de la Sierpe se emborronaron todos por igual. Las comisuras de los labios temblaban y sintieron la necesidad de moverse en la misma dirección, hacia el centro del círculo en un abrazo.

—Verdad —dijo por fin Nisadra y sacó el colgante de la sierpe de ojos rojos que llevaba oculto bajo el cuello de su vestido.

—Verdad —añadió Noma e hizo lo propio con el suyo.

—Verdad —concluyó Ion de la misma manera.

Y la última fue Banon en sacar a la sierpe que todas llevaban oculta desde que se conocieron y que, a pesar de todo lo que habían vivido, a pesar de las traiciones y las dudas, de las heridas y de las cicatrices, ninguna había sido capaz de quitarse.

Verdad.