Capítulo 52
L os mishekalitas abogaban por la paz, pero tenían un arsenal de armas como para preparar a veinte ejércitos. Cavaron trincheras, cercaron el bosque y reforzaron las defensas del templo de Mishekal, que sería la última fortaleza.
—El lugar al que recurriremos cuando todo esté perdido —le explicó Liulf a Banon con la vista puesta en la enorme cabeza de búho—. Ojalá los dioses no se limitasen a mirar.
Si Noma hubiera estado presente, probablemente hubiese hecho un sonido de pedo y se habría partido de risa en su cara. Banon no era capaz, a pesar de compartir su animadversión por las religiones, y mucho menos cuando veía que un hombre ponía todas sus esperanzas en un trozo de piedra.
—Ojalá —se limitó a contestar, dándole unos golpecitos en el hombro.
Gwain, al tener bastante experiencia liderando —y apuñalando por la espalda— a grupos numerosos de guerreros, se encargó de guiar a los mishekalitas.
Detectó todos los puntos débiles de la isla y cómo podían ser traicionados y, según sus propias palabras, «empujárnosla por detrás».
Ahora que luchaban todos juntos, Gwain había dejado de lado su puritanismo y se había unido a las blasfemias.
Cuando llegó la noche, los ánimos fueron decayendo.
Se juntaba el cansancio con la proximidad del mayor peligro al que se habían enfrentado jamás.
Muchas de esas personas habían huido de una vida dura en busca de un lugar seguro; la mayoría eran apóstatas del Cónclave como Nisadra que habían confiado en Mishekal para que los protegiera.
—Eso les pasa por depositar toda su confianza en un dios en lugar de hacerse fuertes y luchar. Nadie va a venir a salvarles —soltó Nisadra en voz alta para que los que estaban a su alrededor la escucharan. Estos agacharon la cabeza y pasaron de largo.
Liulf organizó una cena especial en el templo.
Hasta entonces había sido un lugar sagrado destinado a las reuniones importantes y a la oración, pero esa noche se convirtió en toda una sala de baile.
Algunos monjes sacaron instrumentos de cuerda que Banon nunca había oído, pero que sonaban como si pertenecieran al paraíso.
Cantaban en una lengua desconocida, incluso metían algún que otro graznido de pájaro que quedaba perfecto con el sonido de los instrumentos.
—Es la voz del bosque. —Gwain se acercó a Banon con una jarra de lo que parecía una bebida espirituosa. Despedía un olor dulce y potente—. Cuando llevas mucho tiempo aquí es como si se te metiera en la cabeza y la entendieras de la noche a la mañana.
—¿Tú sabes hablar como esos pajarracos? —preguntó Banon, que cogió la copa y fingió que bebía.
En un momento de despiste, cuando el mishekalita pegaba un trago profundo a su copa, lanzó el contenido a una hoguera que tenía detrás.
No contó con que la cantidad de alcohol fuera tal, pero hizo que la llama ascendiera considerablemente.
Por suerte para ella, todo el mundo estaba demasiado puesto como para darse cuenta y los pocos que prestaron atención pensaron que era una señal de los dioses y siguieron bailando a su alrededor.
—Los entiendo, pero evito hablarlo. Es un poco ridículo, ya me entiendes. —Banon asintió y fingió beber del vaso vacío—. Oye, Banon, quería pedirte perdón por aquello… Ya sabes, lo del dragón y eso.
Esta se echó a reír.
—Si esperas que me olvide de que casi me come un dragón por tu culpa, estás bien jodido.
—Venga ya, lo mismo mañana nos matan a todos. ¿Ni así me vas a perdonar?
—Da gracias a que te permito beber a mi lado y no te meto esta bota por el culo. Eso es lo único que vas a obtener de mí, Eunuco. —Le hizo señas para que se marchara.
El exmercenario se largó, no sin antes dedicarle un bonito gesto con el dedo al que Banon contestó con un beso.
El templo estaba precioso. Era algo místico si creías en esas polladas, pensó Banon.
Había hogueras con fuegos de colores, producto de algún tipo de encantamiento.
Los dibujos de las paredes parecían estar vivos y bailar al son de la música, los olores se te metían en la nariz y te golpeaban el paladar con el puño cerrado.
Y había algo más, algo que se respiraba y te invitaba a dejarte llevar, a arrancarte la ropa, ponerte flores en el pelo y dar saltos por la habitación.
Banon se sacudió ese pensamiento de la cabeza en cuanto pudo.
No quería empezar a tener alucinaciones de este tipo.
—Demasiado tarde —susurró una voz cantarina en su oído.
La imagen que vio casi hizo que metiera la cabeza en el vaso y aspirara los efluvios del alcohol.
Varios señores de edad considerable y que se parecían de forma sospechosa a los mishekalitas bailaban desnudos alrededor de la hoguera más grande, la que llamaban la llama de Mishekal. También llevaban flores en el pelo ralo y, como había sucedido con el caballo, no tenían genitales.
—Tal vez deberías pensar en cosas más bonitas de ahora en adelante.
Nisadra se acercaba tratando de andar con elegancia.
Banon sabía, por cómo se movía, que el dolor que debía de sentir era tan intenso como una patada en las tetas.
Sin embargo, ella fingía que todo iba bien.
Contoneaba las caderas como siempre y llevaba la copa de vino con toda la dignidad del mundo.
Lo que estropeaba la imagen era que tenía el traje de cuello alto quemado, rasgado y cubierto de hollín.
Solo una mujer como ella era capaz de verse perfecta en unas condiciones tan catastróficas, pensó la mercenaria al verla perfilada por las llamas del dios búho.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó dejándose caer en un banco de madera y apoyando la espalda dolorida en la fría piedra de la montaña.
—Solo hay que verte la cara. —La bruja se sentó a su lado despacio y contuvo una mueca de dolor—. ¿Qué es esta vez?
—¿Seguro que quieres saberlo? Preferiría que una de las dos durmiera esta noche.
—Créeme, seguro que he visto cosas peores.
Banon le sonrió.
—Imagínate a estos monjes siesos desnudos, cubiertos de floripondios y bailando alrededor del fuego. —Se echó a reír—. Apostaría a que pocos demonios del otro plano pueden compararse con eso.
Nisadra contrajo el rostro y, por un momento, parecía que fuera a explotar.
Entonces, empezó a reírse a carcajada limpia.
Lo hizo como una niña a la que le cuentan su primer chiste de «toc, toc, ¿quién es?
». Se carcajeó tanto que perdió el control de la copa y se la desparramó sobre el vestido, lo que hizo que continuara riéndose y llevándose una mano a la boca, ocultando ese diente juguetón que se le salía de la hilera perfecta que formaban el resto.
—Me había olvidado de esto —dijo la mercenaria.
—¿De qué?
—Del sonido de tu risa y del hoyuelo que se te hace en la mejilla derecha cuando te ríes.
Ambas se miraron y, por un momento, a Banon le pareció que Nisadra se sonrojaba.
—Tienes una imaginación complicada, Banon —soltó limpiándose las lágrimas y recomponiéndose.
—No es mi culpa, es cosa de todo este ambiente tan… —Gesticuló con las manos haciendo eses—. Tan liberal o lo que sea.
—A ellas parece gustarle.
Nisadra le indicó con la barbilla que mirara al frente.
Dos cabezas calvas danzaban alrededor del fuego con movimientos tan extraños como ellas mismas.
Se contraían, saltaban… Parecía que les estaba dando una embolia más que una coreografía.
Seguían llevando la ropa quemada y se habían pintado el cuerpo con lo que los mishekalitas usaban en las paredes.
Se inspiraron en formas fálicas y palabras malsonantes: Ionwen llevaba escrito en la frente «chupaxilas» y Noma «soplapingas», ambas en honor a su amiga Nisadra.
—Ellas están hechas para estas cosas. —Ionwen miró a Banon, la saludó con efusividad y le hizo gestos para que se uniera al baile—. Como les pase algo, yo…
—No pienses en eso ahora, no es el momento.
Nisadra le cogió la mano y apretó con fuerza. Banon sintió cómo todos los poros de su piel reaccionaban al contacto, de nuevo recuperando esa sensación de haber encontrado algo que llevaba desaparecido toda su vida. Como si hubiera perdido la sensibilidad de la piel y ahora empezara a recuperarla.
Por otro lado, ella notaba que para la bruja el contacto no era tan agradable. El sello seguía estando en su interior y trataba de despojar a Nisadra del poco poder que le pudiera quedar con dos maldiciones encima.
—Aprenderé a controlarlo, Nis —soltó al notar que ella se ponía tensa—. No sé cómo, pero lo haré.
—Lo sé. —Le sonrió de nuevo, pero manteniendo la mandíbula apretada. No era la misma sonrisa relajada de antes—. Eh, parece que has aprendido a controlar las alucinaciones.
—Sí, bueno. Eso díselo a los nudistas seniles.
—Pero, ¿podrías hacer que todos los viéramos?
—Sí, solo tengo que ponerles un nombre. Es como darles vida, hacerlos reales.
—Entonces, tiene que haber una forma de que puedas hacer algo similar con el poder del sello en sí, con su capacidad de controlar la magia a tu alrededor.
Nisadra continuaba con la mano de Banon apretada entre sus dedos.
Jugueteaba con el pulgar y le acariciaba los nudillos a tientas, como probando su capacidad de estar cerca del sello.
Parecía estar tocando las teclas de un piano y, de haber estado a solas, Banon habría sonado como un instrumento muy desafinado.
Sin embargo, ella lo hacía de forma mecánica porque su mente estaba muy lejos de allí.
De la misma forma que la bruja había sabido que Banon estaba teniendo una visión aberrante, ella sabía que Nisadra estaba haciendo trabajar su cabeza a toda velocidad.
Seguro que, en cualquier momento, empezaban a aparecer símbolos matemáticos extraños alrededor de ella, pensó la mercenaria tratando de buscar la parte cómica.
—¿De qué te ríes? —preguntó esta que había vuelto al mundo real.
—De nada, solo imaginaba tonterías.