Hijas de la Sierpe Capítulo 51
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Capítulo 51

B anon bajó las escaleras de la biblioteca de un salto.

Las articulaciones le crujieron como si estuvieran hechas de pan, pero no había tiempo para quejarse.

Recorrieron el bosque a tal velocidad que no se dejaron guiar por las raíces tan altas como muros, sino que la mercenaria las arrolló como si fuera un búfalo de Albaia.

Donde se supone que había estado la cabaña solo había un agujero gigante.

—¡Noma! ¡Ion! —llamó Nisadra corriendo y rebuscando entre los escombros.

Todavía llovían restos de madera y trozos de…

—Joder, qué asco —dijo la mercenaria cuando se sacudió un brazo tan destrozado que parecía un amasijo de carne lista para el caldero.

Nisadra apartaba una montaña de escombros cuando se le abalanzaron dos enemigos.

Banon se llevó la mano a la espalda buscando sus fieles cuchillos, pero no había nada. Se había olvidado de que las habían desarmado. No le quedó otro remedio que defenderse con lo que tenía a mano. Cogió el miembro cortado que se había quitado de encima y corrió a proteger a Nisadra.

Paró los golpes de los bastones del enemigo mientras protegía a la bruja con su cuerpo.

Esta levantó la vista y Banon le respondió con una sonrisa dolorida.

Se giró y abofeteó a uno de los monjes con la mano cercenada.

El sonido de la cachetada hizo que los dos retrocedieran tratando de entender lo que acababa de pasar.

Seis monjes más surgieron de la nada y parecían tan sorprendidos como los dos atacantes de los que se había librado Banon. Esta meneó el brazo, amenazadora, lanzando trozos de carne y sangre por todas partes.

—¿Estás bien, Nis? —preguntó manteniendo la mirada en el enemigo y el arma apoyada en la axila—. Yo me encargo de esto, busca a las demás.

Miró a sus rivales, armados con bastones labrados y túnicas corroídas por el fuego.

Estos se lanzaron al ataque. Banon paraba los golpes con su nueva arma como si ya fuera toda una experta.

La intensidad del momento que había vivido con Nisadra aún le corría por las venas y se sentía más viva que nunca.

Uno de los magos consiguió golpearle la rodilla, que crujió, a lo que ella respondió con un cabezazo que produjo un chasquido todavía más contundente.

Esta vez no pudo evitar el dolor y se movió renqueando, intentando evitar cargar el peso en la rodilla herida.

Los golpes llegaron de todas partes. Se sintió como un muñeco de entrenamiento. Perdió la fuerza de la mano derecha cuando recibió un impacto en el codo que hizo que le temblaran hasta los dedos.

Se vino abajo. Las piernas no aguantaban su propio peso.

Un mishekalita se le colgó de la espalda y trató de estrangularla con el bastón.

Luchó por respirar, pero el aire se le atragantaba en el gaznate y volvía a salir de golpe por la boca.

Dio un codazo a su rival y continuó golpeando con las fuerzas que le quedaban hasta que se le nubló la vista.

—¡Chupaxilas!

El aire volvió a entrarle en los pulmones y aprovechó para darse un atracón.

Cayó al suelo derrotada mientras la visión volvía poco a poco. Estaba cubierta de sangre y cosas pegajosas. El mago que la estaba estrangulando no aparecía por ninguna parte y solo quedaban charcos donde antes había personas.

—¿Qué coño…? —dijo quedándose sentada en medio de la destrucción. Se rascó los ojos. No era capaz de distinguir si se trataba de una alucinación o de la realidad.

—¡Banon!

Noma corría hacia ella con la ropa cubierta de hollín. Y completamente calva. Detrás de ella había una mujer menuda a la que también le faltaba el pelo.

—¿Qué os ha pasado?

—Resulta que estos cabrones han decidido traicionarnos. Joder, Banon, estás hecha una mierda —soltó Noma al ponerse a su lado y explorarle todo el cuerpo—. ¿Quién te crees que soy? ¿Un puñetero mishekalita? No puedo estar arreglándote todo el día.

—¿Y a qué vienen esos pelos? —La mercenaria le señaló la cabeza—. ¿Es una nueva moda?

—SE ME FUE UN POCO DE LAS MANOS.

Resultó que la mujer menuda no era otra que Ionwen, que también estaba cubierta de ceniza y tan calva como un bebé.

—MEZCLÉ ALGUNAS DE LAS ESENCIAS QUE ME DIERON Y NO HA FUNCIONADO MUY BIEN… O HA FUNCIONADO DEMASIADO BIEN SI LES PREGUNTAS A LOS MUERTOS —gritó la alquimista, que trataba de ajustar el mecanismo de su oreja—. ¿ME HAS DICHO ALGO? JODER, NO OIGO NADA.

—¿Dónde está Nisa? —preguntó Banon obviando los gritos de Ion.

—Aquí.

La bruja reptaba por el suelo. Consiguió llegar a las demás con la ayuda de la alquimista, que cargó con ella como pudo.

—¿Qué has hecho?

—Tuve que usar la magia —contestó. Tosió como lo haría un fumador en sus últimos días y escupió una buena cantidad de sangre coagulada. Aunque también podrían ser restos de sus pulmones, quién sabe.

—Qué asco —dijo Noma arrugando la nariz—. Se supone que estás maldita y llevas lo de Mishekal.

—Te olvidas de quién soy. Una maldición y un dios estúpido no pueden pararme. —Sonrió y dejó ver una dentadura perfecta, pero cubierta de sangre.

—Nisa, no puedes estar jugándotela de esta manera, joder.

—Lo sé, Banon, pero era esto o que murieras. —Se encogió de hombros—. Prioricé.

Una risa burlona y agónica interrumpió la conversación. Uno de los mishekalitas seguía vivo, aunque en realidad era medio mishekalita. Nisadra había hecho que le explotara la mitad inferior del cuerpo.

—¿Y TÚ DE QUÉ TE RÍES?

—No entendéis nada, no sois dignas de este lugar —dijo entre estertores—. Mishekal os maldice, impuras.

—Uy, qué miedo. —Noma le escupió—. No es la primera vez que me maldice un dios.

—Liberaremos la magia, y si no lo logramos nosotros lo hará el Cónclave. —Miró al cielo, del que todavía caían restos de ceniza—. Los magos recuperaremos el poder del pasado y seremos libres.

Intentó reírse y comenzó a salirle sangre a chorretones de la boca. Noma se encogió de nuevo, asqueada.

—¿Y tú eres sanadora? —preguntó Nisadra.

—¿Y qué? Eso no significa que me tenga que encantar la sangre regurgitada. Son babas con sangre, ¿sabes?

La sacerdotisa de Phi’Ri se sacudió de repelús.

—Tú lo entiendes —dijo el mago señalando a Nisa—. Tú eres como nosotros. Tú también necesitas la magia, necesitas el poder, sentir que estás por encima de ellas…

El mishekalita siguió hablando sobre los dones de la magia. La bruja se levantó con lentitud y caminó cojeando y sujetándose el costado. Se arrodilló frente al moribundo y lo miró a los ojos. Le arrebató la daga que llevaba en el cinturón y lo degolló.

—No soy como tú —contestó. Miró a Banon antes de continuar—: Ya no.

—¡TOMA YA, ESA ES MI NISA! —gritó Ionwen riéndose.

Banon no pudo evitar sonreír al ver a la alquimista dando saltos de alegría con la ropa carbonizada y la cabeza cubierta de pelusa. Noma, sin embargo, tenía la mirada perdida y la mandíbula apretada.

— Ya vienen… El Cónclave está en camino —dijo Remigius.

—Estamos jodidas… —fue lo único que alcanzó a murmurar Banon.

A sus espaldas, el resto de mishekalitas, liderados por Liulf y Gwain, observaban el caos.

—¡Me cago en la puta que os parió! ¿Qué ha pasado aquí? —atinó a decir el líder. Su túnica blanca y su melena inmaculada contrastaban en exceso con la ropa negra de hollín y las cabezas calvas de parte de las Hijas de la Sierpe.

Al oír las palabras de su líder, el resto de sacerdotes repitieron la señal de Mishekal a tal velocidad que parecía que se les iban a enrollar los brazos. Algunos incluso se desmayaron.

—Pues que parece que tus monjes santurrones son unos traidores de mierda —soltó Noma, que había vuelto en sí—, y gracias a ellos ahora el Cónclave viene a por todos nosotros. Sí, sí: vosotros incluidos. ¡Gracias, oh, poderoso Mishekal por jodernos bien jodidas!

—No puede ser. No las creas, Liulf. Son impuras —contestó Gwain enfadado—. ¿Y dónde están los traidores?

—Ahí, ahí y un poco por allí.

Las cuatro señalaron los distintos charcos grumosos del suelo a la vez y en el mismo orden.

—¿Qué les habéis hecho? —Gwain se acercó al único enemigo que había quedado en estado sólido, al que Nisadra había degollado en última instancia—. Esto es producto de la brujería. ¿Quién ha sido?

—Ha sido Nisa —dijo Ionwen orgullosa—. Y los ha llamado chupaxilas.

—Gracias, Ion. No era necesaria tanta información —dijo la bruja negando con la cabeza.

—Imposible. —Liulf se acercó a ella—. ¿Te has quitado el brazalete?

—Aquí está. —Enseñó el brazo y la joya brilló entre tanta suciedad—. Te olvidas de que ya no soy la misma que conociste hace diez años. Esta porquería no es suficiente para pararme.

—Puede que Mishekal esté de vuestra parte, después de todo —dijo el líder más para sí que para los demás—. ¿Habéis dicho que el Cónclave está en camino?

—Sí, tus hombres trabajaban para ellos —le contestó Nisadra.

—Y yo que creía que podíamos cambiar. —Negó con la cabeza.

—Y podemos.

La mercenaria se levantó del suelo como pudo, le dolían hasta las pestañas.

Seguro que ahora la mayoría de su piel era de color morado o verde.

Además, las rodillas la estaban matando.

Aun así, consiguió mantener el equilibrio y ponerse delante del líder de los mishekalitas.

Era la primera vez que lo veía, pero parecía un buen hombre.

Estaba dolido por la traición y preocupado por lo que le esperaba a su gente.

Lo que sentiría un buen líder en un momento como ese.

—Podemos unirnos para luchar contra el Cónclave —dijo mirándole a los ojos—. Es culpa nuestra. Hemos traído al enemigo a vuestras puertas, pero ya no podemos hacer otra cosa que enfrentarnos a ellos.

Gwain volvió junto a su jefe y le habló al oído.

—Señor, no podemos… —continuó susurrando algo que nadie más pudo escuchar.

Liulf alzó la mano y este se detuvo.

—¿Cuánto tardarán en venir? —preguntó.

—Quién sabe —contestó Noma—. No tenemos ni idea de cuándo les han avisado. Puede que un día, dos como mucho.

—Demasiado poco para prepararnos. —El mishekalita negó con la cabeza.

Parecía que se le viniera el mundo encima. Sus hombros se desplomaron, se rascaba la barbilla, nervioso, y se le perdía la mirada en los rostros de las vidas que estaban en juego.

Nisadra se levantó de golpe y se dirigió a él.

—Podemos hacer algo, esta es la señal que esperábamos —hablaba bajo, de forma que solo el mago y los que estaban muy cerca podían oírla—. ¿No me decías que querías cambiar las cosas, acabar con el Cónclave? Tenemos el sello y puede que sea la oportunidad que llevas esperando toda tu vida.

—Pero no sabemos cómo usarlo, Nisadra. Hay demasiado riesgo… —Negaba con la cabeza—. Además, ningún mago puede ponerse el sello y utilizarlo contra otro.

—Nadie tiene que ponerse el sello —interrumpió Banon—, porque yo soy el sello.

Esto sí que lo dijo en alto. Ya era tarde para ponerse con remilgos y todos estaban en el mismo barco.

—¿Cómo es posible?

—Es una larga historia —dijo Nisadra.

—Me lo comí. Fin de la historia —soltó Banon poniendo los brazos en jarras.

—Básicamente —rio Noma—. Junta a una mercenaria con medio cerebro y a un objeto de tamaño considerable que hay que esconder en una misma habitación y: ¡tachán! Esto es lo que ocurre.

Tras un largo silencio, muchos cuchicheos y alguna que otra risa ahogada, el líder de los mishekalitas habló.

—De acuerdo, os ayudaremos.