Hijas de la Sierpe Capítulo 50
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Capítulo 50

E l tiempo en el templo de Mishekal pasaba a una velocidad muy diferente.

Al menos eso le parecía a Banon. Se tumbaba en su camastro, cerraba los ojos y, en lo que parecía un pestañeo, ya había salido el sol.

Incluso llegó a pensar que las estaban drogando con la comida, porque dormían como bebés.

Además, las heridas tanto de Banon como de Nisadra se curaron en menos de dos días y apenas dejaron cicatriz.

—Los poderes curativos de Mishekal siempre han sido los mejores —explicó Noma cuando vio que Banon se miraba las cicatrices casi invisibles.

Cada vez que Noma salía por la puerta, Banon se echaba a temblar.

Allá a donde fuera, dejaba un reguero de sacerdotes desmayados o que hacían el signo de la purificación de Mishekal a una velocidad descontrolada.

La sacerdotisa de Phi’Ri era todo lo contrario a lo que representaba su dios y ella no podía gozar más dejándoselo claro.

Ionwen era otro cantar. La alquimista disfrutaba de las flores volviendo cada día con una corona nueva sobre su cabeza. Había decidido dejar el lenguaje vulgar para cuando estaba con las Hijas de la Sierpe y, mientras tanto, aprovecharse de los conocimientos de los mishekalitas.

—Tienen una flor aromática que se llama Infernus vribidis que huele fatal —les contó tras el primer día de exploración—. He cogido unas pocas y pienso hacer unas bombas fétidas.

Nisadra se encerró en la biblioteca. Apenas hablaba con las demás y, cuando lo hacía, ni siquiera parecía ella. Estaba agotada y Banon sabía que se debía a ese maldito brazalete. Era un collar de castigo.

Había intentado acompañarla a la biblioteca más de una vez después de la charla que habían tenido, pero Nisadra le cerraba la puerta en la cara.

—No está bien —dijo Noma—. Esa joya de Mishekal la está dejando lela perdida. ¡Tienes que hacer algo!

—Ya lo he intentado, pero no me deja. Joder, ¿crees que no lo veo?

Banon se marchó y habría dado un portazo si les hubiesen permitido el lujo de ponerles una puerta en la cabaña, pero eso era demasiado para unas «impuras».

—Cabrones… —murmuró.

—Deberías cuidar tu lenguaje, mercenaria.

Era el de la lanza que las había recibido el primer día. Banon no lo había vuelto a ver desde entonces.

—Tú no pareces un mago —dijo entrecerrando los ojos—. Eres un guerrero, como yo.

—Jamás me compares contigo. Mi cuerpo y mi espíritu son nobles, no como el tuyo.

—¿Qué sabrás tú de mí? No tienes ni puta idea de lo que he vivido.

Banon se dio media vuelta y quiso seguir de largo.

—Yo también fui mercenario —dijo en voz alta. Se retiró la máscara de búho y mostró el rostro—. Mi nombre es Gwain, aunque no es así como se me conocía entre los tuyos.

—¡Me cago en la…! ¡Eres G el Eunuco! ¿Qué coño haces aquí?

El Eunuco había sido un mercenario de renombre, el líder de los Renegados. Habían hecho cagarse encima a medio mundo solo con oír su nombre. Solía llevar un cuerno de guerra que sonaba antes de entrar en acción.

—Bueno, digamos que morí. —Bajó la mirada—. Los mishekalitas me encontraron y me salvaron en todos los sentidos. Encontré mi lugar, Banon.

—Y una mierda, G. Aprovechaste la ocasión para largarte. ¿Sabes a cuánta gente habías cabreado? Yo te lo diré: a todos los putos mercenarios de Oradea. Nos la jugaste, pero bien.

Los Renegados habían pedido ayuda al resto de mercenarios para intentar robar el tesoro de un dragón.

Era algo que no se había hecho nunca y pintaba a un trabajo que haría que todos pudieran retirarse del mundillo.

Gwain tenía mucha labia y, además, era un guerrero formidable.

Todo el mundo decidió apoyarle en su cruzada.

Fue algo épico: todas las bandas del continente unidas por una causa.

Una no muy noble, pero una causa al fin y al cabo.

Marcharon hacia el nido del dragón y, cuando todos estaban dentro y listos para atacar, Gwain se encargó de que nadie pudiera escapar de la maldita cueva y se largó.

Resultó que había hecho un trato con los de Cónclave para librar Oradea de la «lacra» que eran los mercenarios a cambio del perdón de todos sus crímenes.

El problema fue que el negocio no le salió bien.

Cuando los mercenarios hablaron con el dragón y le explicaron lo que había pasado, este resultó ser muy comprensivo y se unió al sentimiento de odio hacia el Eunuco, así que les ayudó a salir y se ofreció a devorar a Gwain, aunque mercenario a la parrilla no fuera su plato favorito.

G desapareció y algunos testigos dijeron que se había caído por un barranco y se había quedado para el arrastre. De hecho, afirmaron que habían podido reconocer el cadáver por la falta de testículos.

—Bueno, vale. Lo reconozco —dijo, guardándose la lanza—, fue lo mejor que me podía haber pasado.

Preparé lo de mi muerte: cogí a un tipo, lo castré y lo lancé por el barranco, pero la suerte no estaba de mi parte.

Cuando estaba en el barco camino al nuevo mundo, me caí por la borda.

Supongo que el gran dios me tenía esto reservado.

El mishekalita miró hacia la gran estatua e hizo la señal sagrada con las manos. Esta consistía en hacer parecer las manos a unas alas y aletear hacia arriba.

—¿Te quieres callar? No sé ni como no te he reventado esa boca de capullo que tienes.

—Porque no puedes, estamos en lugar sagrado y no te conviene hacer enfadar a los sacerdotes —respondió Gwain sonriendo.

—Eres un…

—Ese lenguaje, Banon. Que no se diga que las Hijas de las Sierpe son unas impuras.

—¿Sabes qué? —Le devolvió la sonrisa—. En Oradea hay un dragón esperándote, yo de ti no me reiría mucho o te arrastraré conmigo de vuelta.

Siguió de largo y dejó al antiguo mercenario maldiciendo en voz muy baja para que su dios no pudiera oírle. ¡Cuánto daría Banon por ver a ese idiota chamuscado!

Decidió llegar hasta la biblioteca; esta vez no pensaba dejar que una puerta cerrada la detuviese. Entró y subió las escaleras, llenando de barro cada uno de los peldaños. Llegó a la segunda planta con su lengua envenenada preparada para disparar, pero se paró en seco.

Nisadra estaba dormida sobre un libro abierto.

Este era tan grande como el torso de la pobre mujer y hacía muy bien las veces de almohada.

Seguía despeinada y ahora tenía algunas plumas de búho en la cabeza.

Además, las manchas de tinta habían ido en aumento y las nuevas se habían unido a las viejas.

Banon la miró y sintió verdadera lástima al ver su rostro agotado y envejecido. Era como si en los últimos días hubieran pasado por ella los diez años que había conseguido detener. Debía ser el efecto de la joya, que estaba anulando todos los conjuros que Nisadra llevaba encima.

Por la raja del vestido se veía la palidez de sus piernas, ahora impregnadas de varices.

Estas se unían a las marcas de los sellos que se había hecho a sí misma.

Banon podía ver a la Nisadra real, no a la que ella había construido con magia.

Y sintió una pena atroz, porque sabía lo que todo esto significaba para ella.

Había luchado toda su vida por ser más que los demás, por ser más poderosa, más joven, más bella y más grande que el resto. Y ahora se estaba consumiendo como todos los demás. Nisadra no consentía ni entendía el fracaso, y ahora ella misma era el más grande de todos.

—Lo del sigilo nunca ha sido lo tuyo —dijo la bruja sin abrir los ojos—. Llevo oyendo los pasos de esas horribles botas desde que te levantaste del camastro.

—Me alegra que el brazalete no te haya quitado el humor.

—Creía haberte dicho que no tenía tiempo para esto —dijo levantando la cabeza y sacudiéndose la maraña de pelo.

—Estabas durmiendo, supongo que estás en tu descanso.

Banon se acercó a la mesa y se apoyó.

—No debería haberme dormido —confesó en un susurró.

—Todo el mundo necesita echar una cabezada.

La mercenaria cogió el libro que estaba usando y tiró de él mientras la bruja luchaba por evitarlo. Lo lanzó bien lejos, al otro lado de la mesa.

—Banon, tengo que seguir. Creo que estoy cerca…

De nuevo, Banon tiró del pergamino en el que la bruja estaba trabajando. Esta vez no lo alejó de ella, sino que se quedó mirándolo.

—¿Extraer el poder? Nisadra, ¿qué significa esto? —La ira le hizo aferrarse al papel con tanta fuerza que lo rompió.

—Espera, tú no lo entiendes.

—¿Qué no entiendo? ¿Que mientras yo te pedía disculpas por no confiar en ti, tú intentabas sacarme el puñetero sello?

La mercenaria comenzó a caminar de un lado a otro. Todavía tenía los restos de pergamino en los puños y no podía soltarlos. Tenía miedo de que, al tener las manos libres, no pudiera contenerse y acabara haciéndole daño.

—¿Cómo he podido ser tan idiota? ¿Cómo he podido llegar a confiar en ti? —Tenía la mandíbula tan apretada que le dolía la cabeza.

—Banon, hay más cosas en juego.

La bruja no se atrevía a mirarla.

—¿Crees que no lo sé? Aunque tú solo pareces pensar en salvar tu precioso culo —gritó—. ¡Que le den al mundo, que le den a las Hijas de la Sierpe! ¡Que le den a Banon Drille! ¿Sabes qué? Por un momento llegué a pensar que te importaba.

—¿Cómo te atreves a decirme eso cuando fuiste tú la primera que me abandonó? —la acusó, poniéndose en pie con los puños apretados a ambos lados del cuerpo, como un reflejo de la propia Banon—. Para empezar, no estaríamos aquí si me hubieses dicho la verdad desde el principio.

—Claro, no estaríamos aquí. —Se le encaró—. No estaríamos aquí porque tú me habrías degollado para sacarme el sello de la garganta nada más salir de la cueva.

—¿Por quién me tomas? Yo jamás te haría eso.

—¿Ah, no? ¿Vas a decirme que no se te ha pasado por la cabeza? Vamos, Nisa, no me creas tan estúpida. Sé quién eres, joder.

No hubo respuesta.

—Sé que me habrías matado hace mucho si se te hubiera presentado la ocasión.

—¿Eso crees? —Nisadra se le acercó y la señaló—. Y por qué no te dejé caer cuando bajábamos de la montaña, ¿eh? ¿Crees que no he tenido oportunidades? ¡Claro que las he tenido!

—¿Y por qué no lo has hecho? —le increpó Banon acercándose tanto que se le clavó el dedo índice en el esternón.

—Porque… —titubeó—. Porque no he podido, ¿estás contenta? No he podido matarte por mucho que haya sabido que era el camino fácil, que era lo que tenía que hacer para vivir. ¡NO TE HE PODIDO MATAR!

Ambas respiraban al unísono, agotadas. Nisadra dio unos pasos atrás y se dejó caer de nuevo en el banco. Banon se sentó en el mismo, pero al otro lado, haciendo física la enorme distancia que se abría entre ellas.

—La líder del Cónclave me tiene cogida por las pelotas, Banon —dijo la bruja por fin. A Banon le sorprendió el lenguaje más propio de Noma que de ella—. Ellos tienen poder sobre mí por lo de la marca.

Se rascó el cuello en el lado derecho, donde tenía la palabra «apóstata» marcada con fuego, siempre oculta bajo el largo cuello negro de sus vestidos.

—Drakta me dijo que si le llevaba el sello me la quitaría y me dejaría volver.

—¿Y tú quieres volver?

—No lo sé, pero quería tener esa opción —respondió—. Al menos hace unos días. Ahora no sé lo que quiero.

Banon no le respondió y esperó a que continuara. El pergamino que tenía en las manos se había caído a sus pies y le devolvía la mirada con la palabra «extraer» justo en sus narices.

—¿Cuánto saben? —preguntó, aterrorizada.

—Solo que tienes el sello, nada más.

No quería que Nisadra se diera cuenta, pero respiró aliviada. Si ella no le había dicho que Banon era el sello significaba que quizás…

—Banon, yo no quiero sacarte el sello para mí, al menos ahora no —continuó—. Quiero dárselo al Cónclave y que te dejen en paz. Drakta sabe que la estoy traicionando y me ha dado un plazo de siete días para entregárselo, si no nos matará a todos.

—¿Y pretendes que te crea, Nis?

Banon la miró. Seguía sentada en la misma posición, con la espalda recta de tal modo que en ella parecía natural. La mirada cansada y dura como siempre, aunque le pareció ver algo de lástima en ella por un instante.

—No, no merezco que me creas. —Se deslizó por el banco hasta que estuvo tan cerca que los muslos de ambas se rozaron—. Y no tengo nada más que ofrecerte que mi palabra, pero por favor te pido que confíes en mí.

—Te juro por el puto Mishekal que quiero creerte —contestó—, pero son demasiadas las veces que me has jodido, Nisa. Y sé que yo a ti también y por esa razón no podemos confiar la una en la otra. Nos hemos hecho demasiado daño.

Nisadra se rio.

—Nos merecemos esto, ¿verdad? —Las señaló a ambas—. Estar condenadas a una vida de infelicidad por todo lo que hemos hecho.

—Probablemente.

—El otro día, cuando viniste a verme, no te contesté.

—Miró a Banon y le dedicó la sonrisa más inocente que le había visto hasta la fecha—.

Yo también te eché de menos. Durante los diez años que estuvimos separadas siempre soñé que aparecías por la puerta y me decías que nos marcháramos juntas de nuevo, pero nunca ocurrió…

Al terminar la frase, los ojos se le llenaron de lágrimas. En toda una vida, Banon no recordaba haberla visto llorar nunca, ni siquiera cuando una alquimista loca le prendió fuego a su pelo.

El cuerpo se le movió como si estuviera poseído. Antes de que se diera cuenta, estaba rodeando a la bruja con los brazos y atrayéndola hacia su cuerpo.

—Si supieras cuántas veces estuve a punto de ir a buscarte…—le susurró Banon apoyando la frente contra la de ella—, pero tenía miedo.

—¿De Bizcocho? —le susurró Nisadra sonriendo entre lágrimas.

Esa broma le recordó a la Nisadra de verdad, a la que era capaz de reírse con sus hermanas.

Banon no pudo contenerse y la besó. Posó con fuerza sus labios en los de ella y sintió el cálido aliento que tantas veces había necesitado.

Fue como volver a casa, como recordar que había estado perdida todo este tiempo sin saberlo.

—¡MAMONES DE MIERDA!

Un revuelo se coló por la ventana de la biblioteca. Golpes y gritos. Y, de repente, una explosión.