Hijas de la Sierpe Capítulo 49
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Capítulo 49

I onwen hablaba en sueños y Noma parecía contestarle con gruñidos. Consiguieron hacerla reír al recordar cómo eran las noches de acampada con las Hijas de la Sierpe. Nunca sabías qué podía pasar.

—¡LOS MURLOGS VIENEN A POR NOSOTRAS! —gritó la alquimista, levantándose de golpe del camastro.

—¡CORRED, INSENSATAS! —le contestó Noma haciendo el mismo gesto.

Ambas se miraron y volvieron a quedarse dormidas.

—Hay que joderse… —resopló Banon que todavía luchaba porque no se le saliera el corazón. Además, pensó, ¿qué cojones era un murlog?

Miró a un lado y encontró el camastro vacío de Nisadra.

Se levantó y echó un vistazo a través de la puerta. Todavía era noche cerrada, la más hermosa que había visto en su vida. El cielo estaba completamente negro y las estrellas parecían brillar más que nunca. Era como si este cielo no hubiese sido jodido por la humanidad.

A ambos lados de la puerta, los dos guardias que se suponía que las estaban vigilando dormían y resoplaban como caballos.

No tenía ni idea de a dónde ir, pero se dejó llevar por la energía del lugar. Las raíces eran caminos y Banon decidió seguirles el rollo.

El lugar tenía una belleza difícil de describir. Era naturaleza primigenia: árboles de tamaño descomunal con huecos que hacían las veces de ventanas, flores que nacían por todas partes que tenían tantos aromas que se mezclaban en la nariz. ¿Eran rosas, madreselva…?

También había luz. Provenía del mismo suelo que pisaba, la hierba se iluminaba con cada paso con una luz verdosa que sin duda era producto de la magia.

Seguía caminando, observando todo a su alrededor.

Había demasiados estímulos: demasiado que ver, demasiado que oler, demasiado que oír.

E incluso demasiado que tocar, pensó al ver una flor extraña que se cerraba al contacto de sus dedos.

Había búhos posados en las ramas y otros sobrevolando la isla a tal altura que se perdían a la vista.

Su canto era constante, como una conversación de viejas chismosas.

Banon se preguntaba si esto era así todo el tiempo y cómo hacían los sacerdotes para lidiar con los dolores de cabeza que debía provocar tanto cántico.

En lo alto de la montaña recibió la mirada enfadada del dios Mishekal.

Empezaba a darle un poco de repelús, así que decidió atravesar la primera puerta que encontró. Estaba al pie de un árbol, se veía una luz tenue que salía por debajo y no estaba cerrada con llave, así que cruzó el umbral y cerró tras de sí.

Resultó ser un edificio bastante grande.

Banon miró hacia arriba y paró de contar plantas cuando llegó a la número veinte.

Una escalera de caracol eterna trepaba por el interior del tronco hasta el cielo y cada una de las plantas estaba iluminada por lámparas que utilizaban la misma luz verdosa que había visto en el exterior.

La primera planta estaba llena de libros y pergaminos.

Las paredes eran estanterías labradas en la madera y el material de lectura luchaba por salir a coger aire entre todos sus compañeros de estante.

¡Incluso había algunos pergaminos tirados por el suelo haciendo las veces de alfombra!

«Nisadra se volvería loca en un sitio como este», pensó.

Subió a la siguiente planta con la esperanza de que hubiera menos desorden, pero se encontró con el mismo desastre, con la diferencia de que en esta parte había algunas mesas largas en el centro.

—Banon en una librería. Y yo que creía que lo había visto todo en esta vida cuando conocí a Bizcocho.

Nisadra estaba en la última de las mesas, la mayor de todas, con un despliegue de papeles delante de ella: libros abiertos, pergaminos desenrollados, y plumas y garabatos por todas partes.

Estaba tan despeinada como la última vez que la había visto y esta vez, encima, tenía manchas de tinta en los dedos y en el rostro, como si se hubiese quedado dormida sobre sus escritos.

—¿No deberías estar descansando? —preguntó Banon mientras se acercaba.

—El descanso es para los inútiles. —Negó con la cabeza—. No puedo desperdiciar el tiempo. Quién sabe cuánto tardarán en echarnos.

Volvió a centrarse en los papeles que tenía delante. Con la mano derecha pasaba páginas a toda velocidad, mientras que con la izquierda dibujaba formas incomprensibles. Los ojos recorrían los pergaminos a tal velocidad que Banon empezó a marearse.

—Oye, Nisa… —Banon jugaba con las manos trenzando los dedos entre sí.

—Al grano.

—Quería darte las gracias —soltó todo lo rápido que pudo.

Nisadra se quedó petrificada. La pluma se le cayó de la mano y emborronó toda la página que estaba dibujando.

—Quería darte las gracias por todo esto —repitió, y señaló a la librería—. Por no decir nada de mí a los mishekalitas. Por buscar ayuda y soluciones a mi problema… digestivo.

La bruja no contestó, se limitó a desviar la mirada y tratar de borrar el manchón de tinta dispersándolo todavía más por la página. Sus manos estaban negras y la tinta había penetrado bajo las uñas.

—No quiero que digas nada —continuó Banon. Se acercó en silencio y se sentó en el asiento opuesto—. Sé que no me he fiado de ti últimamente… Bueno, en realidad no me he fiado de ti nunca en lo que concierne al sello, pero ahora siento que me he equivocado.

La página de runas se había transformado en un manchón gigante de negro y gris, y Nisadra no paraba de frotar con nerviosismo.

—Y también lo siento por eso, por desconfiar de ti. No es una justificación, pero el sello me ha cambiado y cada día estoy más cerca de quedarme tarumba. Las alucinaciones no paran de aparecer y, por mucho que intento no hacerles caso, se vuelven bastante tocahuevos .

La última que había tenido había sido un hombre búho a la inversa que los mishekalitas: con la cabeza y el torso humano y las piernas de pájaro, y que se parecía demasiado al hijo de perra de Reen.

Intentó ignorarlo, pero el sujeto resultó bastante persistente a la par que educado y exigía que le indicaran cómo llegar al séptimo cielo.

Banon pensó que estaba de coña y le vaciló.

Después de aguantar un par de bromas obscenas por parte de la mercenaria este le explicó que se trataba de una taberna muy famosa para búhos.

—No merezco tus disculpas —habló por fin—. Nunca he sido alguien en quien se pueda confiar.

—No digas eso. —Banon se levantó de golpe y a punto estuvo de llevarse la mesa por delante. Volvió a sentarse muy despacio—. Has sido una buena compañera y amiga, siempre has estado ahí para ayudarnos. ¿Quién nos salvó de los Carroñeros Azules cuando estábamos jodidas?

—Cualquiera lo habría hecho.

—Cualquiera que se preocupe por sus amigas, Nis. No tienes por qué seguir fingiendo que no te importamos. Yo… —Desvió la mirada a los puños apretados que mantenía sobre los muslos—. Te he echado de menos. Todos estos años.

—Banon, no es un buen momento…

—Nunca es un buen momento, Nisa, y cada día estamos más cerca de que todo se vaya a la mierda.

Ambas se miraron. Banon sentía que no había una vida para ella con el sello y la persecución del Cónclave.

En el fondo sabía que su destino era desaparecer, de una forma o de otra.

Si moría, el sello se iría para siempre, los magos gobernarían el mundo y lo destruirían; si continuaba con vida, estaba condenada a huir eternamente.

¿Qué clase de existencia era esa? Una de mierda que no merecía la pena, pero estaba condenada a ella y no pensaba arrastrar a nadie más. ¿Y Nisadra? ¿Qué sería de ella si se negaba a dejar de usar la magia? Tarde o temprano se consumiría y desaparecería.

—Vete, Banon —soltó con esa nueva voz que la caracterizaba desde que se había puesto el brazalete.

Una voz carente de vida.