Capítulo 48
L as habían arrastrado hasta la primera choza del bosque, que más bien parecía un establo y nadie descartó que no lo fuera.
—Al menos nos han puesto un par de camastros —dijo Ion, que se lanzó de cabeza al primero que encontró.
—Ya oísteis a Nisadra. Tenemos que portarnos bien.
—Eso no va con nosotras, Banon. Ya lo sabes. —Ion se acomodó con los brazos tras la cabeza y las piernas cruzadas—. Aquí estamos condenadas. ¡SI NI SIQUIERA PUEDO CAGARME EN TODO A GUSTO!
En la puerta del establo se oyó como los guardas se movían incómodos y tosían intentando no oír las blasfemias que provenían del interior.
—Déjalo ya, Ion —soltó Banon sentándose en el colchón de al lado. Algo cobró vida entre la paja. Parecía que le iba a tocar dormir acompañada de alguna alimaña—. Son los únicos que pueden ayudarnos.
—Si no nos matan antes —añadió la sacerdotisa—. Todavía no me creo que no nos hayan colgado después de nuestra entrada triunfal. ¿O debería decir entrada «triunfanal»?
Se rio de su propio chiste. Banon negó con la cabeza, demasiado preocupada como para juegos de palabras.
La cara que había puesto Nisadra antes de que se la llevaran decía: problemas.
Y si esos problemas dependían de cómo se portaran las dos idiotas que las acompañaban, las cosas se iban a poner muy pero que muy feas.
—¿Creéis que Nis estará bien? No parecía muy segura de que ese Fiuf la fuera a recibir. —Ionwen jugueteaba con una rasta mientras hablaba.
—¿Quién es Fiuf? Creo que no se llamaba así…
—Cómo sea, Banon. Me refiero al jefazo de estos comemierdas. —Uno de los guardias carraspeó con fuerza. La alquimista sonrió traviesa—. Podría estar así todo el día.
—Si Nisa consigue hablar con él, seguro que estaremos a salvo.
—Sí, claro. Esa cabrona tiene la capacidad de llevarse a todo el mundo al huerto —dijo Noma—. Eh, ¿creéis que se lo habrá tirado?
Banon sintió como el calor le subía por el cuello a toda prisa para anidar en sus mejillas. ¡No se le había ocurrido! ¿Y si era un antiguo amor? Nisadra era capaz de hacer ese tipo de cosas, de acostarse con la gente para obtener algún beneficio. «Por las tetas de la diosa… », maldijo para sí.
—Tranquila, grandullona. —Noma le dio un codazo sentándose en el siguiente colchón—. Si fue así, que no lo pongo en duda, nos salvará el culo. Míralo de esta manera: fue una inversión a largo plazo.
—Muchas gracias, amiga. Es un gran consuelo —gruñó.
—Creía que no te interesaba. —Ion se sentó de un saltó y la miró fijamente—, que lo vuestro había pasado a los «anales» de la historia.
La alquimista sonrió de medio lado y miró a Noma esperando aprobación. Esta asintió y se dio dos golpecitos en el pecho.
—Yo no he dicho que…
—A lo mejor si os dejarais de tonterías y hablarais las cosas…
—¡No hay nada de qué hablar, Noma!
Banon se levantó de un salto. Seguía sintiendo el calor, pero esta vez se le había pasado a las orejas.
—¿Y por qué te pones así de histérica? Joder, parece que estés loca por ella.
—¡Yo no he dicho eso! ¡No estoy loca por ella! ¡Callaos!
—¿Se puede saber qué son todos estos gritos? ¿No os había pedido que os controlarais?
Nisadra estaba en la puerta, con los brazos en jarra y la melena tan erizada como un león. Era como si todo el rocío del bosque se le hubiera metido en ese pelo perfectamente liso y le hubiese dado una somanta de palos hasta dejarlo para el arrastre.
—¿Qué te ha pasado en la cabeza? —preguntó Ion boquiabierta.
—Es la maldita humedad. Me encrespa el pelo —contestó esforzándose por estirar una maraña indomable.
—Joder. —Noma estaba con la boca tan abierta que si hubiera pasado una mosca podría habérsele metido y salido sin que se inmutara—. Nunca pensé que te vería con esas pintas.
—¿Qué pintas, imbécil?
—Pues… fea.
Fue lo único que alcanzó a decir, pero Banon sabía que esa simple palabra era capaz de provocar una hecatombe. Nisadra jamás toleraría que nadie la llamara fea; podían decir cualquier cosa, incluso de su madre, pero nunca de su perfecta imagen.
La bruja apretó la mandíbula y los ojos se le inyectaron en sangre. Sin embargo, logró relajar la mandíbula y respiró profundamente.
—Voy a obviar ese comentario y a centrarme en asuntos más importantes.
—No estás fea, Nisa —dijo Ion, que la estaba rodeando y no apartaba la mirada del nido de pájaros que tenía en la cabeza—. Quizás podríamos darle un poco de estilo, como al de Noma.
—¡Basta! —sentenció—. Tenemos cosas más importantes de las que hablar.
—Créeme, ahora mismo esto… —Noma se levantó y la señaló entera, exagerando mucho el arco de las manos cuando trataba de abarcar su cabeza—, es lo más importante que hay en esta habitación. No sé, ¿va a parar ahí? ¿Va a seguir creciendo y devorarnos a todas? ¿Hay vida inteligente ahí dentro?
—Creo que estás tentando demasiado a tu suerte, Noma —dijo Banon conteniendo la risa. Al menos los chistes sobre el pelo sí que habían hecho que se olvidara un poco de todo lo demás.
—Lo sé, lo sé. Es solo que me gustaría que usara su magia para ver si mi maldición sigue siendo tan maravillosa como espero.
—¡A LO MEJOR DICE «HIJA DE UNA PUTA HIENA»! SIEMPRE ME HA GUSTADO ESE INSULTO.
—¡Blasfemia! —gritó uno de los guardas, incapaz de contenerse más.
Nisadra se llevó la mano al entrecejo y se apretó con fuerza.
—¿Qué ocurre, Nis? —Banon se le acercó y fue entonces cuando se fijó en la joya que llevaba en el antebrazo—. ¿Qué es eso?
—Por esto. —Levantó el brazo— es por lo que no te he arrancado alguna extremidad todavía, Noma. Es la bendición de Mishekal, así lo llaman aquí, aunque en realidad es una maldición como la que me echaste tú.
—Había oído hablar de esas joyas. —Noma se le acercó y sujetó el brazo. Banon pensaba que la bruja se lo iba a quitar de un tirón, pero se mantuvo quieta en sus manos—. Creía que el Cónclave las había erradicado.
—Aquí no.
—¿Y qué se supone que hace?
—Inhibe la magia, Ion. Eso hace. En el Cónclave lo llamaban «el castrador de magos», porque es así cómo te sientes. —La bruja negó con la cabeza—. Noma solo había puesto trabas a mi magia, pero esta seguía estando viva en mí y podía usarla si quería. Ahora la han dormido mientras lleve esto puesto.
—Prohibieron su uso porque era peligroso —continuó la sacerdotisa que seguía dándole vueltas al brazo de su amiga—. Decían que las emociones también se veían alteradas y que incluso cambiaban el carácter.
—¡Por eso estás suave como el culito de un bebé! —dijo Ion, que ahora daba saltitos frente a Nisadra.
—¿Y no es peligroso?
—Es la única opción que tenemos, Banon. No nos habrían dejado quedarnos de no habérmelo puesto. He ganado algo de tiempo.
—¿Y qué te ha dicho el tal Fiuf ese? —preguntó Noma, que la había soltado por fin y vuelto al camastro.
El resto tomó asiento también, incluso Nisadra. Se sentó con dificultad, todavía dolorida.
—Nos dejan quedarnos hasta mañana y luego decidirán.
—¿Saben lo del sello? —preguntó Banon nerviosa.
—Saben que lo tenemos —asintió—. Lo sintieron desde que llegamos, pero no saben dónde está. Y, por ahora, seguirá siendo así.
—Creía que esta gente eran seguidores de Remigius, que no querían el sello de Asgio.
—Lo único que tienen ahora en común con nuestro amigo fantasma es que están en contra del uso de la magia, pero el sello no les interesa.
Liulf es un buen hombre y haría lo que fuera por proteger a los suyos, incluso entregarlo al Cónclave.
—Nisadra suspiró—. ¿No os habéis dado cuenta?
Este lugar antes era un campamento y ya está.
Ahora se ha convertido en un pueblo, en una comunidad.
Y él es su protector, no arriesgaría la vida de su gente por nosotras.
Y tampoco me fío del resto de sacerdotes.
Aunque Liulf nos apoyara, eso no implica que lo hagan todos.
Así que tenemos que ser precavidas y no hablar de «cierto tema».
—¿De lo de tu pelo y la humedad? —preguntó Ion llevándose la mano a la boca.
—No.
—¿De que Banon fue una hija de perra y nos traicionó?
—Eso tampoco, Ion. Por favor. —Negó con la cabeza—, ¿puede alguien encargarse de ella? Me duele demasiado la cabeza para aguantar esto.
Noma dio un salto hasta el camastro de la alquimista y le susurró algo al oído que nadie más pudo oír. Cuando terminó, la alquimista guiñó un ojo.
—Genial. ¿Podemos irnos a dormir ya?
Nisadra cayó como un peso muerto en el colchón de paja y, bocarriba, se quedó dormida al instante.
Banon no podía quitarle el ojo de encima.
No solo por lo de la pelambrera descomunal, sino por el cambio de actitud.
Apenas llevaba un rato con ese brazalete puesto y ya parecía una mujer totalmente distinta.
La magia no solo era un sentido más para quien la poseía, sino que era parte de la persona en sí.
De sus gestos, sus sentimientos, su personalidad.
La magia era Nisadra.