Capítulo 47
E staba aterrada. Dejar a aquellas tres sin supervisión era demasiado arriesgado.
Se imaginaba que, cuando volviera, estarían sobre una hoguera, colgadas de los dedos gordos de los pies.
Y eso que Mishekal no era partidario de los sacrificios humanos ni de ningún tipo, pero seguro que con ellas tres haría una excepción.
El hombre de la lanza llamativa la acompañó todo el camino.
Los Mishekalitas habían crecido mucho en los últimos años.
Cuando Nisadra estuvo allí la última vez no eran más que un par de chabolas de madera.
Ahora se habían convertido en una gran comunidad, con casas que trepaban por el tronco de los árboles.
Árboles tan antiguos como la misma tierra que pisaban y cuyas raíces eran tan gruesas que dibujaban pasillos de madera.
Los jardines seguían existiendo, pero esta vez eran huertos enormes, con tantas hierbas medicinales que algunas incluso escapaban a su conocimiento. Todo era diferente.
Fue una época muy oscura. Después de que Banon encontrara el sello, su efecto se hizo más patente.
La fuerza de Nisadra fue menguando con el tiempo y buscó cualquier forma de mantenerse como cuando era joven.
Experimentó con tantos tipos de magia y pactó con tantos demonios que su salud expiró tan rápido como la llama de una vela.
Cuando se dio cuenta de que la enfermedad avanzaba a un ritmo que no podía controlar, acudió a los mishekalitas.
Apenas consiguió llegar y perdió el conocimiento en medio del bosque. Cuando volvió en sí se encontró con el rostro de Liulf, que la esperaba con un brebaje.
—Sé por qué has venido —le dijo—. La respuesta es no, no hay cura para tu dolencia más allá de abandonar el camino del arte. Como hemos hecho nosotros.
Estos sacerdotes se habían centrado en el poder de la sabiduría, la naturaleza y el combate. Eran expertos en el uso de bastones y lanzas. Habían estudiado los antiguos textos de Mishekal sobre el uso de las hierbas medicinales y dejaron atrás la magia.
Nisadra les había increpado diciendo que no podían llamarse magos en uno de sus múltiples ataques de ira y la respuesta de Liulf fue que siempre lo serían, pero que ahora no eran esclavos del arte.
—La comunidad se ha hecho tan grande que hemos tenido que construir nuevos hogares —interrumpió el de la lanza—. ¿Pensáis quedaros mucho tiempo?
—No creo.
En el centro de la isla había un edificio circular con paredes blancas decoradas con temática religiosa.
Había muchas representaciones del dios búho y de otras muchas deidades.
A Nisadra le resultó curioso, normalmente todas las religiones tienden a negar la existencia de las demás.
Sin embargo, Mishekal parecía respetar a sus colegas de panteón.
—Te anunciaré —dijo el guerrero con una reverencia—. ¿Quieres que lo haga de alguna manera?
Le cabreaba lo educados y correctos que eran los sacerdotes, llevaban los protocolos sociales a niveles insospechados.
Empezó a oír la voz de Noma en su cabeza: «Aprovecha la oportunidad», le susurraba en su oído izquierdo.
«Que te anuncie como: “Nisadra, la puta reina de todos los magos”. Suena bien, eh».
«No», Ionwen apareció en su oído derecho. «Dile que te anuncie como: “Nisadra, la que viene a prenderle fuego a toda la puñetera isla”».
«¿No se supone que una de las dos tiene que ser mi buena conciencia?»
«¿Estás de coña? Tú nunca has tenido de eso», soltó Noma entre carcajadas. Incluso cuando era producto de su imaginación era insoportable.
—¿Cómo has dicho?
Si el búho hubiera podido gesticular tendría la ceja muy alzada. Bien es verdad que los búhos tampoco tenían cejas.
—Olvídalo. —Negó con la cabeza—. Di que Nisadra está aquí.
El hombre se dio la vuelta y atravesó la puerta. Para ello, tuvo que agacharse y separar unas cortinas violetas. Ella oía las voces en el interior, aunque no podía distinguir las palabras. De pronto se hizo el silencio.
Respiró hondo cuando la cortina se agitó.
—Podéis pasar, pero…
Sacó un elegante brazalete y se lo mostró en la palma de la mano.
Ella ya lo conocía de la última vez que estuvo allí.
Se trataba de una joya bendecida por Mishekal.
Tenía la capacidad de anular el arte y era obligatorio llevarlo.
De hecho, le había extrañado que no se lo hubiesen puesto nada más llegar.
Lo cogió y le tembló el pulso. Era una estupidez, ya estaba maldita por Noma, ¿qué más daba otro condicionante? La diferencia es que este sí que la anularía como maga, no solo le haría insultar de formas insospechadas. Por eso estaba allí: temblando como un cachorro abandonado bajo la lluvia.
Volvió a coger aire y se lo colocó alrededor del brazo. A pesar de la ropa, el metal le mordió la piel como si fuera una serpiente venenosa. Dolía, pero no era un dolor normal. Era como si de pronto no supieras qué hacer para que tu corazón siguiera latiendo, como si todo se descompasara.
El guerrero mantuvo la cortina para ella hasta que tuvo la fuerza para continuar.
La sala estaba iluminada por un fuego central excavado en la misma tierra y contenido por un círculo de roca y metal.
No eran unas llamas corrientes, cambiaban de color conforme se movían.
La luz hacía que las pinturas de las paredes cobraran vida, y por un momento le pareció que se movían.
Había sacerdotes con cabezas de búho empuñando lanzas y dando caza a demonios y criaturas terroríficas.
—La última vez que estuviste aquí no contábamos con el templo de la llama sagrada.
Un sacerdote, este sin cabeza de búho, avanzó hacia ella.
Llevaba una corona con forma de astas de ciervo en madera blanca, una túnica a juego con adornos que fingían ser plumas de ave y una cabellera larga que en otro tiempo fue lustrosa y dorada.
Ahora se enmarañaba en la corona como finísimos hilos de plata.
—Has envejecido mucho en estos años, Liulf.
—Y tú, sin embargo, estás exactamente igual. —Sonrió—. ¿Por qué no me sorprende?
El líder de los mishekalitas se acercó a ella y la abrazó. Nisadra se mantuvo firme e incómoda, como si la hubieran empalado con una escoba.
—¿Te apetece una copa? —dijo el hombre cuando la soltó, por fin.
—Me gustaría volver cuanto antes con mis amigas.
—¿Amigas? ¿Tú? —Dejó escapar un bufido.
Nisadra decidió obviar la acusación y centrarse en lo importante.
—Necesitamos tu ayuda.
—Gwain me ha contado que sois un grupo pintoresco y que ha sentido algo extraño en vosotras, al igual que yo. —Se sirvió una copa de vino e hizo un gesto de brindar hacia ella—. No pretenderás que os de protección sin explicarme nada, ¿verdad?
—¿Ni siquiera por los viejos tiempos?
—Por favor, Nisadra. —Sonrió—. ¿Llamas viejos tiempos a cuando tú te dedicabas a insultarme cada vez que trataba de ayudarte?
—Sé que no fui la mejor de las invitadas, pero ahora es importante. El Cónclave viene a por nosotras.
Liulf no pareció sorprenderse.
—Y tú has decidido traerlos hasta mi puerta.
—No sabíamos a quién recurrir. —Nisadra agachó la cabeza y se sintió ridícula. Nunca había sido de las que pedían ayuda.
—Por fin has encontrado el sello, ¿verdad? —Se terminó la copa de un sorbo y la lanzó al fuego. Este la consumió en un pestañeo y se tornó de color violeta—. Mishekal me lo mostró en una visión. Todavía no he conseguido descifrarla por completo, pero aparecías tú y el sello de Asgio. Y aquí estás.
—Es cierto, hemos encontrado el sello y lo estamos protegiendo del Cónclave de Magos.
El sacerdote comenzó a carcajearse.
—¿Has terminado? —preguntó Nisa cruzándose de brazos—. Si no vas a ayudarme me gustaría largarme lo antes posible. Aquí huele a caca de pájaro.
—Perdona, perdona —dijo limpiándose una lagrimilla—. ¿Pretendes que me crea que ahora eres la protectora del sello cuando llevas toda tu vida intentando destruirlo?
—He traído el sello hasta aquí sano y salvo, ¿no?
El líder de los mishekalitas se quedó en silencio, cerró los ojos y se acercó al fuego.
Este se movió como si cobrara vida e intentara consumir al sacerdote.
Bailó delante de él y crepitó con fuerza hasta que adquirió un tono azulado.
Nisadra se concentró y miró en el interior de las llamas.
No sabría decir qué fue lo que vio, pero sí lo que sintió: miedo.
Un miedo aterrador, como cuando era una niña en el Cónclave y oía los murmullos al otro lado de la puerta de su habitación.
—¿Nisadra?
Apartó la mirada del fuego, que había vuelto a la normalidad. Liulf estaba a su lado, con una mano en su hombro.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella aún con la respiración agitada.
—Es la llama sagrada de Mishekal. A través del fuego, nuestro dios nos muestra lo que desea. —Le clavó la mirada—. ¿Qué has visto?
—N-no lo sé. —Se limpió la frente y un sudor frío le empapó la mano.
—Has cambiado mucho, Nisadra. En otro tiempo fuiste incapaz de escuchar. Y, sin embargo, Mishekal hoy te ha considerado digna de la visión.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que, por ahora, voy a confiar. —Le dio unos golpecitos en el hombro—; pero Mishekal no apartará la mirada de ti.
Nunca había sentido respeto hacia ese estúpido búho, pero las palabras de Liulf hicieron que se le erizara la piel.
—Descansad esta noche —dijo desapareciendo tras una cortina ubicada al fondo de la sala—. Mañana hablaremos.
El guerrero —Gwain, según había dicho Liulf— apareció en la entrada y le hizo señas para que le acompañara. Se dirigió a la salida, pero no fue capaz de darle la espalda al fuego. No mientras veía en él a un búho que parecía reírse.