Capítulo 46
U na vez en las faldas de la montaña, la alquimista besó el suelo con tanta pasión que hizo sentir incómodas al resto.
Se dirigieron al norte, donde debía estar el famoso bosque del que les había hablado Nisadra. Esta se mostraba reservada y cabizbaja, y Banon supuso que se debía a ese momento tan raro que habían tenido, cuando hablaron de su granja.
La bruja nunca había querido formar parte de esa vida, una tranquila y alejada de todas las locuras del ser humano.
A Banon le habría encantado compartir eso con las Hijas de la Sierpe, pero sabía que no estaban hechas para eso.
A Noma le iba el rollo espiritual; a Ionwen le encantaba el bullicio y las tabernas en las que la barra estaba tan pegajosa que despegar la jarra te daba derecho a gobernar algún país, y luego estaba Nisadra. ¿Qué quería ella?
— Tiene que ser aquí —dijo Remigius—. Lo presiento.
Habían llegado a la costa norte de Oradea.
Era un lugar extraño donde se respiraba el salitre del mar mezclado con otra cosa que Banon no sabía describir.
La maleza se detenía trazando una línea recta, como si algo le impidiera crecer más allá, algo invisible y poderoso que sentía en todos los poros de la piel.
Además, estaban en un acantilado y, sin embargo, no había viento.
De pronto, notó una patada en el centro del pecho, y después otra y otra, como el ritmo de un tambor. Cayó al suelo y los oídos se le taponaron como si estuviera en el fondo del mar.
—Hemos llegado —atinó a susurrar con el poco aire que le quedaba en los pulmones—. El sello no quiere que estemos aquí.
—Puede que sienta la energía de los magos —contestó Nisadra, que miraba hacia el borde del mundo, donde desaparecía la tierra.
—Se supone que se escondían en este bosque, ¿no? —dijo Ionwen, que se había agachado junto a Banon y la rodeaba con sus brazos menudos.
—Recuerdo estar en un bosque. Incluso había casas en los árboles. No sé qué ha podido ocurrir —contestó la bruja llevándose los dedos a la sien.
—Están aquí, el sello los siente y yo también —añadió Banon poniéndose en pie. Fingió sujetarse a Ionwen para que se sintiera útil.
—Espera, ¡ya lo tengo!
La sacerdotisa se puso en pie y comenzó a desnudarse.
—¿QUÉ COÑO HACES? —gritó Ionwen.
—Creía que ya habías regulado lo de tu oído —le soltó Noma que tiraba con fuerza de los calcetines para sacárselos—. Es una prueba, ¿no lo entendéis?
—¿Y en qué consiste? ¿En ver quién tiene las tetas más grandes? —Se burló Banon.
—No, nada de eso. Debéis atravesar la barrera siendo puras —afirmó la voz de Remigius—. Es parte del ritual.
Banon seguía teniendo cierta desconfianza. Noma siempre se había sentido muy cómoda con su cuerpo, para ella no era ningún problema, pero para ella era otro cantar. Estar desnuda implicaba estar desarmada, y eso era algo inconcebible.
—¡Listo! —Ionwen se desnudó tan rápido que apenas tuvieron tiempo de verlo—. Daos prisa que hace un frío de cagarse.
Noma ya estaba como la diosa la había traído a este mundo, tenía los brazos en jarras y miraba ceñuda a Banon y a Nisadra. Estas estaban tan rojas como la rosa que Ionwen tenía tatuada en el culo.
—No tenemos todo el día, chicas. Moved esas preciosas nalgas y quitaos la ropa. Ya —sentenció Noma—. No me obliguéis a hacerlo por la fuerza.
Con esta amenaza, las dos mercenarias comenzaron a moverse como alma que lleva un demonio cornudo. Una vez en pelotas, a Banon le faltaban manos para taparse sus partes pudendas.
—Si quieres te dejo una de las mías —se burló Ionwen, que le puso una mano a la altura de la entrepierna.
—¡Apártate! —La empujó, aunque para eso tuvo que soltarse un pecho.
—Eh, ¡ese tatuaje es nuevo! —Noma señalaba la espalda de Nisadra.
—¿Nos centramos, por favor? —contestó la bruja, que también luchaba por mantener la dignidad.
Banon intentaba no mirarla, pero ahora tenía mucha curiosidad por ese tatuaje…
y otras cosas. Las piernas de la bruja seguían siendo un cúmulo de marcas y cicatrices.
Sin embargo, el resto del cuerpo se mantenía intacto hasta llegar a la espalda y al cuello.
Nisadra notó la mirada de sus amigas en esa parte de ella y se la cubrió con rapidez con la larga melena oscura.
—Bueno, vamos a empezar.
Noma se adelantó.
—Tenéis que arrodillaros.
Ella hizo lo propio y con un gesto les indicó que se pusieran a su lado.
Una vez que todas estuvieron de rodillas, la sacerdotisa les cogió de las manos y respiró hondo.
El frío cortaba contra la piel desnuda y, bajo ellas, se oía el entrechocar de las olas.
Incluso les alcazaba alguna gota salada de lo embravecido que estaba el mar.
Banon abrió un ojo al ver que no pasaba nada.
—Algo falla —dijo Noma—. Creo que estamos al revés.
Se dieron la vuelta y pusieron el culo hacia el acantilado. No era más fácil, ahora sentían como las corrientes de aire se les metían hasta el alma.
—¿Queda mucho? —soltó la alquimista—. Creo que se me están congelando hasta los hijos que no he parido.
—Ya casi está, manteneos concentradas.
—Noma, recuérdame que te mate luego —sentenció Banon.
—Lo apuntaré en la agenda de tareas pendientes.
Fue entonces cuando lo sintieron. La tierra bajo sus pies empezó a temblar y el mar se agitó con tanta fuerza que perdieron el equilibrio.
Se soltaron las manos para no caerse de narices contra el suelo.
A sus espaldas, unas rocas gigantescas surgieron del mar y formaron un puente hacia lo desconocido.
Un grupo de hombres armados con lanzas y báculos apuntaron hacia sus generosas posaderas.
—¡OS LO DIJE! BÚHOS —gritaba Ionwen que miraba con la cabeza metida por debajo de su propio cuerpo.
Banon decidió mirar. Los hombres no solo iban armados, sino que tenían la peculiaridad de vestir unas enormes cabezas de búhos. Las plumas largas les caían por los hombros, a algunos incluso le cubrían el pecho.
—Pero, ¿qué significa esto? —dijo el que parecía el líder de los hombres búho.
Noma se cayó al suelo y comenzó a reírse a carcajada limpia.
—Lo siento, chicas. Tenía que hacerlo —dijo con la respiración entrecortada—. Tendríais que veros las caras. ¡Ha merecido tanto la pena!
—No me puedo creer que nos hicieras esto —dijo Nisadra negando con la cabeza.
Avanzaban por el puente de piedra encadenadas de pies y manos. Después de darles tiempo para que se vistieran, los magos les pusieron las cadenas y dijeron que serían sus prisioneras y que debían presentarse ante su adalid.
—Ya os lo he dicho —contestó por fin la sacerdotisa, que seguía riéndose—: era un sacrificio digno de la diosa del caos. Tenía que hacerlo, llevaba demasiado tiempo sin honrarla.
—Querrás decir a tu genio malvado —argumentó Banon.
—Podéis verlo como queráis. Al final, habéis hecho un calvo en su honor.
—Oye, y ¿vosotros podéis hacer eso de girar el cuello para todos lados? —le preguntaba Ionwen al mago que iba a su izquierda—. Tiene que ser una pasada, seguro que nunca os hacen una emboscada.
—¡Silencio! —gritó quien lideraba la marcha. Llevaba una lanza dorada con una cadena negra que acababa en un adorno con forma de rosa. «Este es alguien importante, seguro que esa arma tiene nombre», pensó Banon para sí. Luego se encargaría de averiguarlo. Y de robarle la lanza, claro.
Al otro lado les esperaba una isla rodeada de acantilados; parecía que la única forma de acceder a ella era a través del puente mágico que acababan de cruzar. Una hilera de magos armados y tan grandes como la propia Banon hacían guardia al otro lado.
—¿Quién osa irrumpir en las tierras de Mishekal?
—Mi nombre es Nisadra. —La bruja se adelantó arrastrando a las demás con ella. Esto hizo que Noma perdiera el equilibrio—. Soy poseedora del don y solicito audiencia con Liulf.
El guerrero búho se rio. El sonido que salía de su pico era extraño, una mezcla entre risa y gruñido.
—¿Acaso crees que vamos a dejar que te reúnas con nuestro líder después de… eso? —Las señaló como si fueran un despojo de basura.
—Eso, como vos lo llamáis, ha sido una estupidez. Y creedme, me encargaré de que mi compañera pague por ello. —Miró a la sacerdotisa, que seguía en el suelo—. Tengo permiso para estar aquí, no es mi primera vez.
—Si no es vuestra primera vez —soltó una voz aguda desde detrás de la barrera—, os sabréis las palabras que os abrirán las puertas del templo.
—Así es, hermano mishekalita.
Nisadra se concentró y carraspeó. Luego soltó unos sonidos que se parecían a los cánticos de un pájaro.
—Joder —masculló Noma boquiabierta—. ¿Qué cojones ha sido eso?
Los hombres búho repitieron los sonidos a coro, y fue tan estridente que Banon y las demás tuvieron que taparse los oídos. Todas salvo Nisadra, que parecía disfrutar del cántico como si fuera la canción del bardo de moda.
—Nos honras con tu canto, hermana mishekalita.
El hombre de la voz aguda salió de detrás de la barrera de magos que, por fin, quedó abierta. Tras ella se veían jardines eternos tan verdes y radiantes que cegaban.
—Lo fui hace mucho tiempo —afirmó Nisadra—, cuando más perdida estuve.
—A veces es difícil encontrar el camino de la luz y para eso está nuestro dios.
El hombre señaló hacia el otro lado de la isla.
En la zona más alta, más allá de los jardines, se veía la estatua blanca gigantesca de un búho que parecía tener los ojos clavados en el puente.
Unos ojos inmensos y algo bizcos. ¿Era Mishekal bizco o sería una licencia que se habría tomado el artista?
Banon decidió que se lo preguntaría a alguno de los sacerdotes cuando tuviera confianza.
—Sed bienvenidas, amigas. —Se dirigió al resto del grupo—. Y perdonad nuestros modales, pero tenéis que admitir que vuestra entrada ha sido… peculiar.
—Perdonadnos vosotros, hermano —dijo Nisadra haciendo una reverencia—. Ha sido una soberana falta de respeto por nuestra parte.
—¡Era una broma, joder! Seguro que Mishekal se ha reído —dijo Noma señalándolo.
Nadie respondió.
—En fin —continuó el sacerdote—. Te llevaremos junto a Liulf. Mientras, tus amigas pueden descansar.
Este hizo una seña a los soldados para que les soltasen las cadenas y por fin pudieron caminar con normalidad.
Los mishekalitas iban con el torso desnudo, todos salvo el de la voz aguda, que parecía tener un cargo más alto.
Este llevaba una capa blanca larga a juego con su cetro.
Además, su cabeza de búho era diferente.
Banon no sabía explicarlo, pero tenía un aire más solemne.
Puede que fuera por unas plumas muy monas que le sobresalían de la coronilla como si fuera un tocado.
—Por favor —susurró la bruja—, dejadme hablar a mí. Descansad y no entabléis conversación con nadie. Esta gente es muy sensible y pueden tomarse cualquier cosa como una ofensa a su dios.
—Nada de calvos, entendido. —Noma se llevó la mano a la sien, como si estuviera en la guardia de Oradea.
—También va por ti, Ionwen. Deja de preguntarles cosas raras.
—Me gustaría saber si comen gusanitos con esos picos tan graciosos.
—¡He dicho que no!
—Vale, vale —contestó la alquimista haciendo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera. Volvió a abrirse la cremallera—: ¿Y a ti, te puedo preguntar algo?
—Pero solo una —respondió.
—¿Qué significaban esos graznidos raros que has hecho?
—Es un cántico antiguo —contestó Nisadra—. Algunos dicen que era la lengua que hablaba el propio Mishekal.
—Pero ¿qué significa? —preguntó Noma.
—No lo sé…
—Eso es mentira —dijo Banon al ver la mueca que hacía siempre la bruja cuando mentía. Se le arrugaba la nariz como si fuera un gato enfadado.
—Venga ya, sí lo sabes. —Ionwen le dio un codazo.
—No es importante.
—Solo hay una forma de sacárselo. —Banon se acercó a ella con los dedos índice y corazón armados para hacerle cosquillas en las axilas: su punto débil.
Los Mishekalitas las miraban extrañados. Habían seguido avanzando por los jardines, pero todavía no confiaban en ellas y las mantenían rodeadas con los puños bien apretados en los mangos de sus lanzas.
—¡A por ella! —gritó Noma.
La sacerdotisa e Ionwen la sujetaron y Banon atacó sin piedad a su punto flaco.
Nisadra se retorcía como un pescado fuera del agua y sufría y se reía a la vez.
La líder de las Hijas de la Sierpe se había olvidado por completo de la herida de su amiga y probablemente estos movimientos no fueran buenos para su recuperación, pero cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde.
—¡Me rindo, me rindo! —dijo entre respiraciones forzadas—. Significa… Significa algo así como: Los magos son los amos del universo.
—Estás de coña. —Noma empezó a reírse—. ¡Estos hijos de perra no tienen abuela!
—¡Silencio! ¡Basta de blasfemias!
—Te dije que no abrieras la boca, Noma —dijo Nisadra recolocándose el vestido y la larga melena negra—. Por todos los demonios, vamos a acabar en la horca.