Capítulo 44
E l poder de Jerry se consumió en el lugar menos apropiado: la cima de una montaña. Por un lado, era el lugar perfecto para esconderse y que los mercenarios no las persiguieran, pero por otro…
—¿Cómo coño vamos a bajar de aquí? —preguntó Ionwen asomándose al borde del precipicio—. Tengo tanto frío que los pezones me van a atravesar la camisa.
La alquimista se sujetaba los pechos con ambas manos y no paraba de dar saltos a la pata coja con un bailecito hipnótico.
—Relájate, anda. —Noma desmontó del Velador justo en el momento en que este se desvanecía haciendo un corte de mangas con las patas delanteras—. Al menos estamos a salvo de esas Sirenas de la caca.
Banon se tumbó al amparo de una formación rocosa, que era lo único que cortaba las corrientes de viento helado. No llegaba a ser una cueva, pero cubría lo justo para que pudieran refugiarse. Encima de la roca se enredaban unas raíces hasta desembocar en un árbol tan antiguo como la propia roca.
—No me digáis que no vamos a encender un fuego, ¿no?
Es imposible que nadie nos vea desde aquí.
—Ion estornudó, dejando una gotera de moco cayendo por su fosa nasal.
Trató de sorberla con fuerza hasta que se dio por vencida y tuvo que limpiarla con el dorso de la manga—.
Es más, diría que estamos en el punto más alto de todo el puto continente. Gracias, Jerry.
La alquimista enseñó el dedo corazón y lanzó un beso volado al aire.
— Jerry hizo lo que pudo con el sacrificio de sangre que se le ofreció —contestó Remigius.
—¿Que hizo lo que pudo? —preguntó Ion—. Si se pimpló una montaña de cadáveres, solo le faltó pedir una hogaza de pan para rebañar la sangre del suelo.
—Al menos estamos juntas. —dijo Noma.
—¡Preparemos algo rico para celebrarlo! —el grito de Ion provocó los quejidos de la montaña, seguidos de algunas correrías de tierra y piedras—. Ups, perdón.
Consiguieron hierbajos secos y utilizaron las ramas peladas del viejo árbol. Eso sí, Ion le pidió permiso antes de arrancarle unas ramitas pequeñas.
El mundo se veía diferente con el fuego encendido. La alquimista se encargó de poner su sartén multiusos, que todavía tenía algunos restos del último combate.
—¿Alguien ha hablado de comida? —Banon se incorporó con lentitud entre gruñidos y toses.
—¿Cómo estás? —preguntó Noma que trató de ayudarla a incorporarse.
—He tenido días mejores —carraspeó.
—Y tanto que sí. ¿De qué se supone que estás cubierta? —preguntó Ion que había empezado a meter ingredientes aleatorios al fuego—. Parece… ¿mierda?
—Es mierda.
Esto hizo que todas se alejaran lentamente.
—Y, ¿por qué?
—No lo sé, Noma. Tal vez porque tuve que meterme en una zanja de mierda para intentar escapar. Por suerte para mí, a la jefa de las Sirenas le dieron ganas de cagar justo cuando yo pasaba por debajo.
—¿Y te cagó encima? —preguntó la alquimista aterrorizada—. ¿Dejaste que te cagara encima?
—No. Salí corriendo, por eso me pillaron.
—Yo hubiese hecho lo mismo —afirmó Ion—. Prefiero la muerte a dejar que me caguen encima, tía. Hay gente que le ve cierto atractivo sexual a eso, ya sabéis… Una vez un tío quiso probarlo conmigo. ¿Sabéis lo que le dije? Que se fuera a que le cagara en la cara su madre…
—¿Qué tal si hablamos de otras cosas que no sean las deposiciones de nadie? —interrumpió Nisadra.
—¿Cómo… cómo estás? —preguntó la mercenaria por fin.
—Viva, gracias a Noma. Y a ti —añadió en un susurro.
—Hice lo que tenía que hacer. Lo que hubierais hecho cualquiera de vosotras.
—¿Y ahora qué? —preguntó Ion acercándole un plato de comida a Noma—. Primero, bajaremos de la jodida montaña. ¿Y luego?
—Seguiremos con la búsqueda de los magos renegados, ¿no? —contestó Noma pasándole el plato de comida a Banon—. ¿Tienes idea de dónde pueden estar, Nisa?
—Se esconden en el templo de Mishekal. Cuando recurrí a ellos estaba cerca de unos bosques al norte del continente. Siempre fue un refugio para los adeptos de este dios, porque estaba protegido por una especie de magia que solo los elegidos podían ver.
—¿Y qué significa eso?
—Que solo podremos encontrarlo si el dios nos considera dignas.
—Ahora comed y luego tomaros esto —ordenó Noma.
La sacerdotisa sacó un par de botellas de su mochila y se las pasó a Banon y a Nisadra. No sin antes revisar qué era cada una. Las dos víctimas las miraron con desconfianza.
—¿Qué? ¿Ahora no os vais a fiar? Disculpad, pensaba que había sido yo la que os había mantenido con vida hasta ahora a pesar de no paráis de ponérmelo puñeteramente difícil.
—¿Salud? —dijo Banon acercando el botecito hacia la bruja.
—Salud —contestó esta con desgana.
Entrechocaron el cristal y se lo tomaron de un trago. Acto seguido cayeron en un extraño sopor que les impedía mover el cuerpo, pero sí eran conscientes de lo que pasaba a su alrededor.
—Joder —murmuró Ion—, sí que es efectiva esta mierda. ¿No puedes darme un poquito a mí?
—Calla y ayúdame a curar a estas idiotas.
Banon vio a Noma colocarse a su lado con unas vendas limpias. Luego sintió el dedo de Ion metiéndosele por la nariz.
—Je, je, je. ¿Crees que si sigo buscando encontraré oro?
—Prueba.
Por suerte, perdió el conocimiento antes de que iniciara una búsqueda más profunda.
Banon consiguió abrir los ojos en el momento exacto para ver como una aguja entraba y salía de su cuerpo.
—Qué asco —dijo apartando la vista—. ¿Cómo puedes dedicarte a estas cosas?
—Alguien tendrá que hacerlo. —Noma se encogió de hombros—. Además, en este grupo hay demasiadas heridas por persona. Si no fuera tan buena sanadora habríais muerto unas…
—Doscientas treinta y siete veces —la interrumpió—. Eso solo contando las mías.
Noma sonrió y siguió suturando.
Banon decidió centrarse en la cara de concentración de su amiga. Fruncía el ceño cada vez que trabajaba en una herida, como si le doliera a ella misma.
—Gracias —dijo conteniendo un espasmo.
—¿Por?
—Por lo que hiciste por Nis. Debió de ser… duro.
Nisadra seguía tumbada junto al fuego, hecha un ovillo. Su expresión era relajada, pero de vez en cuando se contraía de dolor hasta que recuperaba la serenidad. La habían ensartado como a una brocheta, y eso tenía que doler y mucho.
—Que te hayamos ido a rescatar ha sido cosa suya —continuó Noma.
—¿Qué quieres decir?
—No te muevas —dijo la sacerdotisa empujándola contra el suelo cuando Banon trató de levantarse en un acto reflejo—. Ionwen y yo no estábamos… en nuestro mejor momento. Fue Nisadra la que nos dio fuerzas para pensar en un plan. Decía que tú habrías hecho cualquier cosa por nosotras.
Banon se limitó a sonreír. En el fondo, Nisadra la conocía más que nadie y sabía que daría lo que fuera por cualquiera de sus hermanas.
—Todavía no entiendo que nos abandonaras.
Ahora no dolía la aguja que le atravesaba la piel, dolía el centro del pecho como si un caballo invisible le hubiera dado una coz con las dos patas traseras. Había sido una estúpida al pensar que todo estaba olvidado.
—Después de que nos dejaras —continuó la sacerdotisa.
Arrastraba una gasa impregnada en un producto con un olor desagradable que escocía en las fosas nasales—, ninguna quiso seguir con las Hijas de la Sierpe.
Ionwen lo intentó, pero estábamos demasiado afectadas.
Nisadra desapareció. Simplemente se esfumó: puf. —Hizo un gesto con las manos.
Banon negó con la cabeza. Sintió un nudo en la garganta al ver como los ojos de Noma se emborronaban.
—Yo me hice la dura y fingí que no me importaba.
Que no me importaba que te hubieras marchado y que Nisa hubiera desaparecido —su voz sonaba cada vez más afectada—.
Cuidé de Ion hasta que encontró un lugar donde estar a salvo y feliz.
Luego seguimos en contacto por carta y, de vez en cuando la visitaba, hasta que ya no pude hacerlo…
Se limpió la nariz con el dorso de la mano.
Dejó su tediosa labor para sentarse a los pies de Banon.
Se abrazó las rodillas y continuó: —Aguanté todo lo que pude por ella.
—Señaló a la alquimista que dormía a pierna suelta bocabajo—, pero yo también necesitaba ahogar mis penas.
A vosotras os hizo mucha gracia mi secta, como la llama Nisa, pero ellas me salvaron.
Banon se incorporó con dificultad para poder sentarse a su lado.
—No fue fácil olvidarte, ni olvidar todo esto —se rio de forma forzada mientras contenía las lágrimas—. No eres fácil de olvidar, Banon.
—Lo siento…
—Todos los días amanecía tirada en algún callejón, magullada y sucia.
Sin recordar nada de lo que había pasado el día anterior.
Y así empezaba un nuevo día para Noma, quien había sido una de las mercenarias más cotizadas del mercado.
—Negó con la cabeza—. ¿Y sabes lo peor? Que fue Nis quien me encontró en una de mis mayores colocadas.
Me metió en la habitación de una posada, me dio un baño y me abofeteó hasta que tuve las fuerzas suficientes para detenerla.
Me dijo que estaba avergonzándola, a ella y al recuerdo de las Hijas de la Sierpe. ¡Imagínatela!
—Típico de Nis.
—Pero ella vino. —Por fin clavó la mirada vidriosa en Banon—. Vino cuando más la necesité. Me obligó a dejar esa mierda y volver a ser yo. Me dijo que no valía la pena joderme la vida por una basura como tú. Fue entonces cuando encontré a Phi’Ri y mi misión en la vida.
—Nisadra tenía razón, Noma. Sé que no sirve de nada, pero no hay día que no me arrepienta de no haber confiado en vosotras.
—Ya, pero a mí la historia de la buena samaritana ya no me sirve, Banon.
—¿Y qué quieres de mí?
Noma le cogió la mano derecha y la aferró entre las suyas manchadas de sangre. Le apretó el puño con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.
—Necesito una promesa —confesó—. Prométeme que no vas a volver a hacer el gilipollas.
Banon se echó a reír, pero Noma estaba cada vez más seria.
—Prométeme que no vas a volver a abandonarnos, que no vas a tomar ninguna decisión sin contar con tus hermanas. Prométeme que no vas a volver a dejarme sola.
—Si pudiera firmarlo con sangre lo haría sin dudarlo.
Noma sacó una cuchilla pequeña del bolso y se la ofreció. Parecía tan afilada como cualquiera de las armas de Banon.
—No tengo todo el día —dijo—. No hace falta que sea algo profundo, ya sabes. De todas formas, no me importaría suturar otra herida más.
—Eres una sádica, ¿lo sabías?
—Y tú una hija de perra que nos dejó tiradas. ¿Estás segura de que quieres jugar a esto?
—Tú ganas. —Cogió aire—. No hacía estas cosas desde que era una adolescente.
Se hizo un corte en la yema del dedo índice y se apretó hasta que este estuvo cubierto de sangre. Se trazó una línea roja debajo de los ojos, de lado a lado de la cara pasando por encima del puente de la nariz e hizo lo mismo en el rostro de su compañera.
—Juro sobre mi sangre que no faltaré a mi palabra…
—…y no volveré a hacer el gilipollas…
—…y no volveré a hacer el gilipollas —dijo con retintín— ni a separarme de mis hermanas.
—Así sea.