Capítulo 43 #2
—Espera, espera, Kamomila. —Banon recalcó el nombre y puso los brazos bien en alto—. Os haremos un favor y saldremos nosotras.
La mercenaria trepó por la pared y salió arrastrándose y dejando un buen rastro marrón. Todos los mercenarios dieron varios pasos atrás.
—¿Contentos? —preguntó con una sonrisilla al verles la cara de asco.
—Lo estaré cuando te cuelguen los del Cónclave —contestó Ka.
—Si es que lo consiguen algún día.
—No sé si te has dado cuenta, Banon, pero estás de mierda hasta el cuello… literalmente —le dio la risa y miró a sus mercenarios, obligándolos a reírse también.
—Y, sin embargo, aquí sigo. Dándote por culo.
—Porque eres peor que el herpes de Aniveos.
Por fin, la líder de las Sirenas de la Bruma se movió. Banon se cuadró esperando un derechazo en la mandíbula, hasta cerró los ojos. Cuando los abrió, lo único que encontró fue un cuchillo a sus pies.
—Como dicta el código de los mercenarios, tengo que retarte a un duelo para recuperar mi honor —dijo, aflojando la presión de la mandíbula—. Ambas somos líderes de gremio y debemos zanjar este asunto como debe ser.
El círculo de mercenarios se convirtió en una fiesta. Todo el mundo parecía muy animado; incluso Marnie se había olvidado de que estaban intentando escapar de ese maldito campamento y empezó a dar palmas.
El código era muy claro: si dos líderes de bandas tenían una disputa, fuera la que fuera, debían resolverlo con un duelo a cuchillo.
Debían ir sin armaduras y el rival elegía el cuchillo de su enemigo.
Algo muy estúpido, según Banon, porque eso de elegir el cuchillo del otro ya había dado muchos problemas en el pasado.
Hubo una época en que se usaba cualquier cosa: un carboncillo, una cuchara, una pluma…
Por eso tuvieron que establecer la definición de cuchillo en el código.
Una vez, Banon tuvo que enfrentarse al líder de los Caballeros Oscuros con un clavo.
Ganó el combate, pero porque ella le eligió como arma a su rival una berenjena.
Se agachó y recogió el arma.
—Puto código —refunfuñó al ver el cuchillo de untar mantequilla que le había dejado caer Ka.
—Estaré animándote. —Marnie le dio unas palmaditas en el hombro y se apartó para formar parte del público del duelo. Otra tradición estúpida: nadie podía intervenir y debían formar un círculo alrededor para que ninguno de los contendientes escapara.
—Genial —susurró Banon casi sin mover la boca.
—Elige mi arma, Banon, y acabemos con esto.
Ka comenzó a quitarse las piezas de la enorme armadura que llevaba.
Era la insignia de las Sirenas: una armadura azul como el mar, forjada con finas escamas de metal.
Era una pieza muy elaborada y de una belleza descomunal.
Banon se preguntaba de dónde sacarían el dinero para pagar algo así.
Merecía la pena ser una de ellas solo por llevarla, aunque quedaría mejor en negro.
Banon tuvo que elegir el arma de su rival entre los mejores cuchillos que había visto —sin ser los suyos, claro—; al final escogió uno que tenía pinta de estar muy afilado, pero la hoja era relativamente corta.
—¡Qué comience el duelo! —gritó la que hacía las veces de mediadora. Banon observó el cuchillo de untar que Ka había escogido para ella.
Ambas mercenarias se movían de un lado a otro del círculo sin quitarse la vista de encima. La Sirena movía de vez en cuando la hoja con rapidez, haciendo aspavientos en el aire. Dio un paso adelante fingiendo un ataque directo, lo que hizo que Banon retrocediera.
—¿Tienes miedo? —bufó—. Y eso que decían que eras la mejor en los duelos. ¡No eres más que una vieja…!
Fue como si la última palabra de Ka desatara toda la ira que llevaba conteniendo desde que habían herido a Nisadra.
La furia tomó el control de su cuerpo e hizo que lanzara el pesado cuchillo directo a la boca abierta de su rival.
Este golpeó varios dientes a su paso para luego incrustarse en la garganta de la mujer con fuerza, produciendo un sonido de rotura y succión tan extraño que todo el público dio un respingo.
Entonces, la líder de las Sirenas de la Bruma cayó como un árbol recién talado.
El círculo se quedó en silencio —salvo por los gorgoteos que salían de la garganta de Ka—, algunas Sirenas se llevaron las manos al rostro, horrorizadas.
Por muy mercenarios que fueran, era bastante impactante ver a tu jefa boqueando como un pez fuera del agua con su propia sangre.
Marnie, sin embargo, sonreía extasiada por el subidón de adrenalina.
—Guay —murmuró, asintiendo sin pestañear.
Era su oportunidad, tenía que largarse aprovechando la confusión.
Buscó desesperada a su alrededor, pero el círculo le impedía ver más allá hasta que decidió levantar la vista a la desesperada, como si la diosa loca de Noma o la de Ion pudiera aparecer y salvarla.
También pensó en usar el poder del sello, pero estaba tan bloqueada que era incapaz de imaginar nada.
Fue entonces cuando, contra todo pronóstico, apareció su escapatoria: Ionwen colgaba bocabajo del lomo de…
—¿Jerry? —preguntó Banon—. ¿Estoy colocada otra vez?
—No, amiga mía —contestó Noma, que llevaba las riendas del Velador como si fuera un pony y lo hacía descender—. Este es nuestro nuevo carruaje. Ahora tenemos clase. La clase que os da contar conmigo a vuestro lado, señoras.
—¿Acaso pensabas que te íbamos a dejar tirada? Las Hijas de la Sierpe nunca abandonan a una hermana.
Nisadra se asomó desde detrás de Noma. Estaba aferrada a ella y lucía un inquietante vendaje en el abdomen manchado de sangre seca. Su cara estaba demacrada y con un color pálido poco esperanzador, pero le dedicó la sonrisa más bonita que Banon había visto en su vida.