Capítulo 43
L as fogatas del campamento llegaban hasta donde alcanzaba la vista. Cuando Banon se puso en pie para analizar la situación, acabó dejándose caer de nuevo. Era imposible que escaparan de allí sin ser vistas.
—¿Cuántos sois? —preguntó en un susurro.
—Demasiados. Ya se lo dije a Ka, no era bueno para el negocio tener que repartir el botín entre tantos, pero ella dice que hay que priorizar el triunfo sobre el premio. Yo sigo pensando que…
—Sí, sí. Más es mejor, lo pillo. ¿Cómo vamos a salir de aquí? Es… imposible.
—No seas negativa, Banon. —Le dio unos golpecitos en el hombro—. Además, tú eres la gran Degolladora de Ormea. Seguro que podrías cargártelos a todos.
¿Estaba loca? Ni en sus mejores años habría podido con tanta gente. Ahora estaba vieja, malherida y cargaba con el maldito sello.
—¿Banon? —preguntó Marnie al ver que se le había quedado congelada la sonrisa en la cara—. ¿Estás bien?
—Sí, es solo que… Bueno, estoy malherida y no puedo luchar con tantos enemigos. Lo mejor sería salir de aquí sin que nos vean.
—Tienes razón. No te preocupes, yo te protegeré —prometió la Sirena llevándose el puño al pecho.
Se acabó, hasta ahí llegaba su intento de fuga.
Darían un par de pasos y las capturarían de nuevo y seguro que encontraban alguna forma divertida de hacerla sufrir.
Se les ocurriría buscar objetos variopintos que meterle por orificios solo de salida…
O tal vez empezarían a cortar dedos o arrancarle un par de uñas.
¡Las uñas, qué asco! Siempre le habían dado grima las uñas, incluso cuando se le rompían un poco más de la cuenta y se ponía el dedo rojo y le dolía hasta rozarse con cualquier cosa…
—¿Quieres parar ya? Estás haciendo que me duela la cabeza.
En la esquina de la caseta, observando el otro lado y con una mano minúscula sobre la empuñadura de una espada, había un pez, con su cola y todo, que se movía como si estuviera nadando.
Además, tenía extremidades humanas, pero tan delgadas como los fideos de la sopa misteriosa que servían en el Tiburón Tuerto.
Se llamaba así porque nadie había sabido jamás los ingredientes.
A un mercenario se le ocurrió comentar que sabía a verduras, a lo que el cocinero respondió con un sonoro: «¡Já! ».
Marnie seguía mirándola con las manos entrelazadas. Desprendía devoción por los poros y no parecía haberse percatado del hombre pez.
—Banon, céntrate. Tenemos que salir de aquí cuanto antes —continuó el pez.
—¿Crees que no lo sé?
—¿Qué? —preguntó Mar —. ¿Estás bien, Banon?
—Sí, sí. Déjame pensar.
No pensaba contarle a la persona que más la admiraba del mundo que se había convertido en una mercenaria jubilada loca y alcohólica.
—Olvídate de pensar, tienes que escucharme —soltó Don Siluro clavándole esos ojos viscosos y penetrantes.
Mierda. Acababa de darle nombre sin querer y solo porque la palabra siluro siempre le había hecho gracia.
Marnie se cayó de culo y comenzó a gatear marcha atrás.
—¿Qué es eso? —gritó.
—¿Quieres bajar la voz, joder? Necesito pensar.
—¿Pensar en qué? ¿En qué cojones es esa cosa asquerosa? —tartamudeó— ¿Y por qué tiene las manos tan pequeñas?
Don Siluro se observó las manos de bebé y no pareció encontrar nada raro en ellas, incluso se ofendió por el comentario.
—Tranquila, es cosa mía. ¿Vale? Tengo poderes. —Fue lo primero que se le ocurrió.
Marnie volvió a su postura natural de adoración. Se arrodilló y entrelazó los dedos en postura suplicante.
—¿Eres una invocadora? ¡Eres increíble!
—Sí, eso es. Soy una invocadora.
Siluro soltó una pedorreta y miró a Banon como diciendo: «¿En serio le vas a soltar esa mierda?
». Pero eso era más sencillo que explicarle que su mente creaba cosas aleatorias que se relacionaban con sus pensamientos más estúpidos.
Pero, ¿por qué estaba Don Siluro allí? Porque estaba pensando en sirenas —por las Sirenas de la Bruma— y su subconsciente le había traicionado pensando en lo gracioso que sería un pez con piernitas y brazos humanos.
Así le funcionaba la cabeza; ojalá se hubiera imaginado un dragón.
—Eres la mejor —susurró Marnie al borde del llanto.
—Uy, sí —soltó Don Siluro que parecía tener el mismo mal carácter que tenían todas sus alucinaciones—. ¿Podemos volver al tema que nos ocupa? Tenéis que salir de aquí.
—¿Se te ocurre algo? —le preguntó Banon.
—Tú eres la mente prodigiosa, por eso estoy aquí. —Se señaló el desproporcionado cuerpo—. Podrías haber pensado en algo más útil.
—Lo siento, ahora mismo estoy bloqueada.
—Dejádmelos a mí —resopló el pez mirando hacia la fogata más cercana—. Voy a montar un buen espectáculo.
Don Siluro entrecerró los ojos y, si hubiera tenido pelo, se hubiera agitado con un viento procedente de ninguna parte. Banon decidió frenar su imaginación antes de que empezara a crecerle la melena.
—Yo tengo una idea mejor —afirmó Marnie—. Conozco el campamento como la palma de mi mano y la mejor forma de escapar es por las letrinas.
—¿Las letrinas? ¿Por qué será que el plan del pez empieza a sonar genial?
—No, en serio. —La mujer se aproximó demasiado a Banon—. Yo misma las excavé y sé a dónde van a parar. Si las recorremos desde aquí llegaremos al río y podremos nadar hasta la otra orilla. Así nos perderán el rastro. ¡Es un plan maestro!
Letrinas o muerte. Banon decidió tragarse el poco orgullo que le pudiera quedar y elegir la primera opción.
Avanzaron escondidas tras las casetas de campaña y tuvieron que ocultarse de diferentes mercenarios ociosos y borrachos.
Algunos hablaban de en qué invertirían el dinero por la captura de Banon.
—Yo me voy a comprar un barco —informó uno con la voz empalagosa por el alcohol.
—Yo voy a casarme con Azuceno y comprarle una casa decente.
—¿De qué hablas? Azuceno no se casaría contigo ni por todo el oro del mundo —le gritó una mercenaria con parche de lentejuelas—. Dicen que se enrolló con Marnie la otra noche.
—¿Qué? ¿Con esa meacamas?
Marnie se paró en seco e hinchó los carrillos.
—¡Ni se te ocurra! —susurró Banon al ver cómo se cuadraba.
—¡Me ha llamado «meacamas»! Y eso solo pasó una vez y fue porque…
—¿Te tiraste al tal Azuceno?
—Sí, pero…
—Pues ya está. —La empujó—. Camina.
Y llegaron a las letrinas.
—¡Vamos! —dijo muy animada la aprendiz de mercenaria. Su voz sonaba tan feliz que casi no parecía que fueran a saltar a una zanja llena de mierda.
—Yupi —farfulló don Siluro con desgana mirando el charco marronáceo.
Marnie se lanzó y provocó una onda expansiva que hizo que las heces se desbordaran por los lados.
—¿Os vais a quedar ahí todo el día?
—¿Quién la ha nombrado líder del grupo? —El pescado le dio un codazo a Banon.
—Es la única que ha tenido las pelotas de lanzarse al charco de mierda. —Se encogió de hombros.
Banon cogió aire y trató de deslizarse con cuidado. En el último tramo se desprendió una buena cantidad de tierra y acabó resbalando hasta quedarse sentada en el fondo de la letrina.
—Muy elegante —soltó el pez, que había caído al lado de ella con delicadeza.
La mercenaria se levantó y trató de sacudirse la mierda de encima. Le provocó un escalofrío notar como el líquido se deslizaba dentro de las botas y le empapaba los calcetines. Respiró hondo y guardó la compostura.
Avanzaron pegadas a la pared que lindaba con el campamento, dando pasos laterales.
Trataban de moverse despacio para que el chapoteo de las aguas fecales no alertara a sus captores.
Fue entonces cuando unas posaderas se asomaron por encima de ellas, tan blancas como la luna llena que iluminaba la noche. La propietaria comenzó a silbar.
El desastre era inminente.
—¡Corred! —gritó Don Siluro, desvaneciéndose en el aire.
Banon y Marnie huyeron a toda prisa.
—¿¡Pero qué cojones…!? —gritó la dueña del culo—. ¿Marnie, eres tú?
Una mercenaria gigantesca se subió los pantalones a toda prisa y, a pesar del movimiento rápido, consiguió mantener un enorme puro en la comisura de los labios. Les clavó el único ojo que tenía, el otro estaba surcado por una cicatriz que lo mantenía cerrado y le llegaba hasta el labio superior.
—Hombre, Ka, qué alegría verte —dijo Marnie poniéndose derecha y rascándose la parte de atrás de la cabeza—. No te lo vas a creer, pero…
—Sabía que era una mala idea confiar en ti. Y mira que tu madre me decía: «es buena chica, tiene que madurar y aprender el oficio». —Dejó ir el humo del puro de un soplido—. Te di mi confianza y ¿así es cómo me lo pagas?
Poco a poco fueron apareciendo más y más mercenarios a su alrededor hasta que las rodearon.
—No es culpa suya —contestó Banon.
—¿Qué te prometió, eh? ¿Que te aceptarían en las Hijas de la Sierpe? Ellas no aceptan a nadie. Es un grupo muy exclusivo —dijo con voz burlona.
Recordaba haber visto esa cara en otro sitio. Algo más joven, con los dos ojos y llena de granos y sueños.
—¿Kamomila? —preguntó abriendo la boca de golpe.
—¡Ahora me llamo Ka, Kamomila no existe! —Lanzó el puro con fuerza y Banon tuvo que agacharse para esquivarlo. Este se quedó flotando sobre las aguas fecales.
—¿Qué cojones te ha pasado?
—He madurado y ahora soy mejor mercenaria de lo que tú fuiste jamás —respondió, dando un paso al frente y sacando pecho.
—Joder, ahora lo recuerdo —Banon se echó a reír—.
Estuviste años acosando a Ion y persiguiéndonos a todas partes.
¡Eras un grano en el culo! Tuvimos que sacarte de más de una mazmorra cuando intentabas impresionarnos para que te dejáramos ser una Sierpe.
Maldita sea, nunca creí que volvería a verte.
Ka estaba cambiando de color por momentos, pasando del rojo al violeta. Tenía la mandíbula tan apretada que casi se podía oír cómo le rechinaban los dientes.
—Sacadlas de ahí —ordenó, pero los mercenarios dudaron y miraron en todas las direcciones posibles menos a la zanja—. ¿No me habéis oído? He dicho que las saquéis de la letrina.
—Pero, jefa… Están cubiertas de… ya sabes.
—¿Creéis que no lo veo? ¿Que no me funciona el ojo? He dicho que las saquéis.