Capítulo 42
B anon apenas recordaba cuánto tiempo había pasado ni dónde estaba. Se debatía y luchaba por recuperar el control, pero sus ojos no querían obedecer. Preferían estar cerrados a cal y canto mientras sus oídos no paraban de oír las estúpidas discusiones de las Sirenas de la Bruma.
—¿Qué coño dices? —espetó uno con voz masculina—. Es mejor hacer ayuno que dieta. Lo dicen los druidas, hay que depurar el cuerpo con ayunos intermitentes para eliminar el mal de los alimentos procesados.
—¡Oh, venga! Mírame, yo he perdido mucho más peso que tú haciendo la dieta del cáclum .
—Ya estás otra vez con la mierda de la secta esa en la que te metiste. ¡Seguro que ya le has dado todo tu dinero!
Y así siguieron peleando durante lo que parecía ser una eternidad. Al final, Banon decidió dejarse vencer por el cansancio y recuperar fuerzas. Ya llegaría su oportunidad de escapar.
¿Cómo estaría Nis? ¿Habría conseguido Noma mantenerla con vida? Seguro que sí, no había nadie mejor que ella en eso de salvar vidas. Era tan buena como Banon lo era quitándolas.
«A la mierda, tengo que salir de aquí», pensó, poniendo todo su empeño en abrir los ojos.
Lo primero y único que vio fueron unos ojos gigantes y una nariz desproporcionada tan pegada a su cara que podía sentir el tacto de una frente ajena en la suya.
—¡Eres tú! ¡Eres tú! ¡Eres tú! —chilló con voz cantarina.
La chica despegó la frente de la mercenaria para ponerse a dar saltos—.
No me lo puedo creer, ¡llevo soñando con este momento toda la vida!
La Degolladora de Ormea en persona, por fin.
¡Vivita y coleando! ¡Banon Drille! Todo el mundo decía que habías muerto, pero yo sabía que era imposible.
¿Quién iba a cargarse a Banon, la mejor mercenaria de todos los tiempos? ¡Si hasta tengo tu camiseta!
Se arrancó la chaqueta haciendo saltar los botones y una Banon estirada y desgastada le devolvió la mirada. O eso intentaba, porque el parecido entre el dibujo y ella era bastante cuestionable.
—Genial —susurró Banon—. ¿Podrías respetar un poco mi espacio? Estoy saboreando tu aliento.
La chica era bastante joven y parecía una versión cutre de Banon. Le imitaba el peinado y vestía de negro como ella. Incluso usaba unas botas enormes como las suyas. Y llevaba una réplica muy mala del colgante del dragón de las Hijas de la Sierpe que hizo que Banon se sintiera ofendida.
—Tengo el pijama de las Hijas de la Sierpe, la petaca, la mochila, los guantes, los utensilios de cocina… —Se acercó demasiado, esta vez enseñando el hombro—. ¡También tengo un tatuaje tuyo!
De nuevo, se encontró con el careto deformado de una Banon tatuada. Esta parecía más bien endemoniada o que había comido algo en mal estado.
—No tenía ni idea de que habían sacado tantas cosas… nuestras.
—¿Bromeas? ¡Si hay hasta bragas con tu cara!
Parecía que las Sirenas de la Bruma habían decidido hacer un alto en el camino.
Estaban en una tienda de campaña lo bastante grande como para usarla de almacén y calabozo.
Banon estaba en un cepo de madera gigante que le sujetaba la cabeza y las manos.
Pesaba tanto y ella estaba tan débil que ni siquiera podía mantenerse en pie.
Le dolía el cuello y le escocían las manos cada vez que hacía el más mínimo movimiento.
—¿Dónde estamos?
—En el campamento, lo demás es información confidencial que no estoy autorizada a darte.
—Lo entiendo. —Banon resopló—. Al menos podrías decirme qué día es hoy.
—El catorce de Kastán, queda poco para los festivales de Kuithane. —Se cruzó de brazos orgullosa—. Las Sirenas iremos a montar jaleo. Ya sabes, como solíais hacer vosotras.
Los festivales de Kuithane eran unas fiestas que se celebraban por todo el continente de Oradea.
Los pueblos daban la bienvenida a las lluvias de la nueva estación y se hacían bailes, las plazas se llenaban de comida y todo el mundo se volvía un poco loco.
Por las noches se montaban orgías en los bosques en las que la gente se ponía máscaras de temática animal y usaban la excusa de que «era una noche mágica y estaban poseídos por los dioses» para tirarse a todo lo que pillaran.
Las Hijas de la Sierpe tenían la tradición de ir pueblo por pueblo comiendo gratis y haciendo algún que otro destrozo. Lo de las orgías solo le interesaba a Ion, así que las demás usaban la excusa de la noche mágica para desahogarse y ajustar cuentas.
—¡Argh! No me puedo creer que estés aquí.
¡Estoy cumpliendo mi sueño! —La muchacha temblaba y no podía quedarse quieta—.
Pero, ¿qué estoy haciendo? Ni siquiera me he presentado.
Soy Marnie, aunque aquí todos me llaman Mar.
Tú puedes llamarme Mar, o como quieras… Puedes llamarme sucesora si quieres, aunque no estás obligada, pero sería genial que me llamaras sucesora.
¿Te lo imaginas? ¡Yo, Marnie, la aprendiz de la Degolladora! Suena genial, ¿verdad?
Marnie siguió hablando sola, inventándose historias de Banon y ella recorriendo el mundo y salvando vidas. Estaba claro que la muchacha se había hecho una imagen muy equivocada de lo que era ser mercenaria.
—¿Sabes? Me uní a las Sirenas para ser como tú— dijo acercándose de nuevo a su cara—. Oí que eran seguidoras tuyas.
—Pues menudas seguidoras.
—¿Qué quieres decir?
—No sé, casi matan a mis amigas y mírame. —Abrió las manos con gesto teatral—. Digamos que no están siendo muy buenas anfitrionas.
—Ya, claro. —La muchacha se sonrojó—. Tienes razón, siento mucho que estés pasando por esto. ¡Ka dice que es una gran oportunidad, que será el trabajo de nuestra vida!
—Siempre lo son —resopló.
—No la culpes, las cosas han cambiado. Cada vez hay menos faena y tenemos que pelearnos con el resto de gremios.
Antes se respetaba cuando aceptabas un trabajo y firmabas un contrato.
Ya no existe nada de eso, todo el mundo hace lo que le sale de ahí.
—Se señaló la entrepierna con mucho énfasis y Banon no pudo evitar pensar en su cara estampada en unas braguitas de encaje rosas.
¿Por qué rosas? Porque era un color muy favorecedor para la ropa interior.
Era la única prenda que permitía que no fuera negra.
—Oye, Mar, ¿crees que podrías echarme un cable? —preguntó con voz melosa—. Este cepo me está matando, creo que se me está haciendo una úlcera en el cuello. ¿Podrías quitármelo un rato?
—¿Crees que soy idiota? —Alzó una ceja—. Quitarte el cepo para que me dejes inconsciente de un puñetazo, ¿no? ¡Ni de coña, amiga! Solo un loco se atrevería a soltarte.
—¿Y si prometo no darte un puñetazo? —Banon miró a su alrededor buscando algo de forma desesperada—. ¿Y si te firmo la camiseta de mi cara?
La muchacha se paró en seco.
—Eso molaría un huevo, pero… —Levantó el dedo índice—. No lo voy a hacer. Me cargaría nuestro plan de jubilación. Porque, como ya he dicho antes, te soltaré del cepo…
—… y te daré un puñetazo —la interrumpió la mercenaria.
—Exacto. He de decir que me encantaría recibir uno de esos derechazos, pero tengo facturas que pagar y no puedo jugarme la paga de este mes.
—Eres una buena mercenaria, Marnie. Las Sirenas tienen suerte de contar contigo, ya no queda gente tan fiel al código.
—¿De verdad? —Se dejó caer a los pies de Banon y se acurrucó a su lado—. ¿Podrías contarme batallitas de las Hijas de la Sierpe? ¿Es cierto que habéis vuelto?
—Algo así. —Banon sonrió—. Pero ya se acabó.
—¿Por qué?
—Bueno, Marnie, no sé si te has dado cuenta, pero vamos camino de mi ejecución.
—¿¡Qué!? ¡No puede ser! Nadie me dijo nada de eso —gritó.
—Baja la voz, muchacha, que nos va a oír todo el campamento.
—¡Pues que me oigan! ¿Cómo es posible que vayan a ejecutarte? ¿Qué has hecho? Pero si el Cónclave de Magos es bueno, ¿no?
—Depende de cómo se mire. —Banon trató de encogerse de hombros dentro del cepo—. En realidad, no existen ni los buenos ni los malos. Todos somos los malos en la historia de alguien.
—Pero, ¿qué has hecho para cabrear a esa gente?
—Digamos que tengo algo que ellos quieren y no se lo quiero dar.
—¿Por qué?
—Esa es una buena pregunta. No se lo doy porque no quiero. Al principio creía que era porque no podía dárselo, por aquello de… —Se quedó en silencio—. Total, que no se lo quiero dar y punto.
—Y van a matarte porque no les das eso que tienes que ellos quieren y no se lo das porque no quieres, aunque vayan a matarte.
—Lo has resumido muy bien, Marnie —contestó asintiendo.
—No lo entiendo. ¿De verdad merece la pena?
—Digamos que no quiero vivir en un mundo donde los magos tengan ese algo que yo tengo y no les quiero dar. Y por eso no me importa que me maten.
No se había dado cuenta de que había llegado a esa conclusión hasta que lo soltó en voz alta. Bueno, lo había soltado más o menos. Lo importante era que ella se entendía.
Le dolía saber que Nisadra se moría por culpa del sello, al igual que otros magos, pero sin la existencia de este sería el mundo entero el que se moriría.
Los magos solo tenían que sacrificar su poder y convertirse en personas normales, como ella y como Marnie, para continuar viviendo en el mundo que Banon quería crear.
¡Ella lo veía tan sencillo! Pero sabía que para Nisadra no lo era.
Entonces lo entendió. Era como perder la vista para siempre después de haber apreciado el mundo durante toda una vida.
Era como renunciar al olor de la comida caliente, a la luz de un amanecer, a la suavidad de una piel desnuda, al rasgueo de un arpa recién afinada…
Era como perder todos los sentidos habiendo podido disfrutar del mundo hasta ese día con una sensibilidad que solo tú alcanzabas a entender.
—¿Sabes qué? No me gusta esa cara que has puesto. —Marnie se arrastró hasta ella y le sujetó el mentón con la mano—. Dioses, parece que se te haya vaciado el cáclum de golpe.
—¿En serio? ¿Otra vez esa mierda?
—¡Te voy a ayudar! —contestó, ignorándola—. No entiendo todo ese rollo del algo que tienes y no sé qué, pero sí que entiendo cuando alguien está bien jodido. Voy a soltarte el cepo, pero…
Banon apoyó la pierna derecha para ponerse en pie, pero le fallaron las fuerzas y se quedó en el mismo sitio, solo que ahora parecía estar pidiéndole matrimonio a la Sirena de la Bruma.
—Pero —dijo recalcando la palabra—: quiero ser una Hija de la Sierpe.
—¿Qué? No, no puedo.
—Entonces te quedas en el cepo. No se hable más.
—No, espera. —Se arrastró tras Marnie que había hecho ademán de marcharse—. No puedo aceptarte así, sin más. ¡Hay unas normas! ¡Tú conoces el código!
La mujer se detuvo y apoyó los puños en las caderas antes de girarse.
—Exacto, conozco el código —carraspeó—. Pero dejaré que seas tú quien lo explique para asegurarme de que tú lo conoces.
—Tú sabes —dijo de forma muy lenta— que toda banda de mercenarias tiene un código. Y que ese código es sagrado.
Marnie asintió.
—Y, como bien sabes, para entrar en una banda hay unas normas. Entiendo que, como fan número uno de las Hijas de la Sierpe, sabrás que no todo el mundo puede entrar en el gremio.
—Por supuesto.
—Y sabes que para entrar el requisito indispensable es… —De nuevo miró alrededor buscando algo que la sacara del apuro. Clavó la vista en el colgante falso de Marnie— ¡La prueba del dragón!
—¿Qué? Digo sí, claro. La prueba del dragón.
—Imagino que sabrás de dónde proviene el nombre de nuestra banda.
—Sin duda de la prueba del dragón.
La realidad era que el nombre venía de que Ionwen había comprado esos colgantes horrorosos en un mercado de falsificaciones y se había empeñado en convertirlos en un símbolo.
La alquimista había elegido Hijas del Dragón como nombre del grupo, pero al final se habían decantado por la palabra Sierpe porque, según Noma, sonaba más exótica.
También intentó que se llamaran las Hijas de la Víbora, pero decía que esa era solo Nisadra y de hija nada, que era la madre primigenia de todas las víboras.
Todo eso acabó con Noma colgando de un árbol y con cada una de ellas luciendo el dichoso colgante.
—De la prueba del dragón. Así que lo único que te puedo ofrecer a cambio de mi libertad es la oportunidad de hacer la prueba. ¿Qué me dices?
—¡Acepto!
La muchacha sacó una llave oxidada del bolsillo y se dispuso a soltar a Banon.
—Pero espera. —Se detuvo—. Primero dime en qué consiste la prueba.
—¿No lo sabes? —Banon intentaba no mirarla a los ojos y que su cara la delatara como la peor mentirosa de la historia. En estos momentos echaba especialmente de menos a Ion—. Creía que eras mi mayor fan.
—¡Claro que lo sé! Pero quería confirmarlo. Tengo que…
—Tienes que traerme la sangre de un dragón —soltó Banon como un escupitajo—. Sí, eso es. Tienes que matar a un dragón y traerme su sangre para luego beberla en un ritual supersecreto.
—Pero… Yo creía que los dragones estaban protegidos. ¿No hay una ley?
—Claro, por eso es un ritual supersecreto que nadie debe saber —continuó Banon horrorizada de las tonterías que estaba diciendo—. No es fácil ser una Hija de la Sierpe, ¿entiendes?
—Yo creía que adorabas a los animales…
—Y así es, pero no a los dragones.
¿Cómo se le había ocurrido esa mierda? ¡Estaba invitando a una joven a matar a un dragón!
Ella jamás haría algo así, eran unas criaturas preciosas y algunas hablaban y tenían muchísimo sentido del humor.
Las sierpes solían contar chistes buenísimos, aunque a veces se emocionaban y se volvían un poco macabros.
¡Pero no merecían morir por ello, todos tenemos derecho a un poco de humor negro de vez en cuando!
Además, era imposible que Marnie, tan pequeña y flacucha, pudiera matar a un dragón.
A lo mejor se las ingeniaba para pedirle un poco de sangre con amabilidad.
—¡Acepto el reto!
—¿Qué?
—Que sí, que pasaré la prueba. Ahora déjame que te quite esto.
Banon estaba tan preocupada por la posibilidad de ser la responsable de un draconicidio que ni siquiera se dio cuenta de que ya era libre.
—Ven, te ayudaré a largarte de aquí sin que se enteren.
Sin el peso del cepo, la mercenaria pudo ponerse por fin en pie. Le dolían las muñecas y el cuello y tenía la piel en carne viva.
—¿Sabes dónde están mis cosas?
—Aquí mismo. —Señaló el otro lado—. Les dije que las dejaran cerca para echarles un vistazo. No te ofendas.
¿Cómo no iba a ofenderse? Sobre todo cuando se imaginó a Marnie registrando hasta las cosas más íntimas que llevaba en la mochila.
Estaba todo, incluso sus cuchillos. Volvió a ponérselos, todos y cada uno en su lugar correspondiente. Esto le llevó un buen rato, que fue bastante incómodo gracias a la atenta mirada de Mar durante todo el proceso.