Capítulo 41
—¡B anon!
Nisadra se levantó de golpe y un dolor indescriptible la hizo caer de nuevo.
¿Qué había ocurrido? Solo podía recordar la hoja atravesándola.
Se palpó el abdomen en busca de respuestas en lo que recuperaba la visión.
Estaba cubierto de vendas con un tacto helado, una sensación que no era normal.
«Magia de druidas», pensó enseguida. Esto hizo que reaccionara: si Noma había podido usar sus habilidades es que Banon no estaba cerca.
Se incorporó con lentitud y buscó con la mirada aún borrosa a su alrededor.
—Se la llevaron —refunfuñó Noma.
Sus dos amigas estaban sentadas en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda haciendo una curva perfecta y dejando que la humedad del barro penetrara a través de la ropa.
—Se la llevaron y no pudimos hacer nada —continuó la sacerdotisa.
—No nos lo permitió. —Ionwen lloraba e hipaba de forma desconsolada—. Le he fallado. Si no me hubieran cogido…
—Si no te hubieran capturado lo hubiesen hecho conmigo, Ion. —Nisadra se incorporó con mucho cuidado esta vez—. Si la culpa es de alguien es mía.
—Tenemos que dejar de buscar culpables, chicas. Ha pasado y ya no podemos hacer nada.
—Vaya… —Nisadra resopló—. Y yo que creía que estaba en una banda de mercenarias y resulta que sois un grupo de plañideras. Increíble, si Banon estuviera aquí os partiría la cara.
—Y tú qué sugieres, ¿eh? —gruñó la sacerdotisa—. No sé si te has dado cuenta, pero estás viva de milagro. No, de milagro no. ¡Gracias a mí!
Se llevaban a Banon al Cónclave, iban a entregarla a Drakta como estaba previsto. ¿Por qué no lo dejaba estar? ¿Por qué quería recuperarla? ¿Era porque quería ser ella la que la entregara o porque, en el fondo, confiaba en sacarle el sello y recuperarlo todo?
Rescatar el sello de Asgio y a su amiga. ¿Acaso era eso posible?
—Lo sé, y por eso no pienso dejar que el sacrificio de Banon haya sido en vano. —La bruja consiguió ponerse en pie—. Voy a ir a buscarla.
A Ionwen se le iluminaron los ojos y se levantó de un salto.
—¡Y yo!
—Chicas, ¿no lo entendéis? Nos llevan un día de distancia, aunque fuéramos corriendo no las alcanzaremos.
—Tiene que haber alguna forma de poder salvarla. Sabes que ella no se rendiría jamás y tú siempre eres la de las grandes ideas.
—Es cierto, Noma —afirmó Ion—. Banon haría lo que fuera por sacarnos a nosotras de cualquier embolado. ¿O es que ya te olvidaste de cuando te salvó de aquellos sacerdotes raros que intentaron entregarte en sacrificio?
La sacerdotisa se había metido en un lío jugando a las cartas en una taberna. Acabó esposada en una cama y siendo ofrecida a no sé qué dios de no sé dónde. Por suerte, Banon no se rindió y la buscó durante toda la noche hasta que dio con ella y dio una soberana paliza a sus captores.
—Vale, puede que podamos hacer algo. —Miró a Nisa—. Siempre que confíes en mí.
La bruja, que seguía sujetándose el costado y se mantenía en pie a duras penas, asintió.
—Estoy en tus manos.
—¡GUAU! —gritó Ionwen—. Esto no ha pasado nunca y mira que se lo has pedido mil veces. No solo se ha dejado maldecir, sino que ahora es toda tuya.
—Si no estuviéramos tan jodidas, te juro que te besaría. —Se rio Noma.
—Cállate y haz algo. Por cierto… ¿Qué fue lo que me pasó cuando quemé a esos imbéciles?
«Soplapingas, ¿en qué momento salió de mi boca?», recordó la bruja. Fue como si algo poseyera sus cuerdas vocales y tuvieran vida propia.
—Ah, ¿eso? —Noma se rio de forma aviesa—. Es por la maldición: cada vez que uses la magia, la diosa usará tus labios para decir lo que quiera. Y, te aviso, es bastante malhablada.
—Lo sabía, sabía que buscarías cualquier cosa para hacerme parecer tan vulgar como tú.
¿Debería preocuparme por algo más? —Contener su magia no era tarea sencilla, pero una parte de Nisadra estaba aterrorizada con el simple hecho de no poder controlar su cuerpo durante el uso de esta.
¿Qué se le ocurriría a Phi’Ri? ¿Se dedicaría solo a insultar o la pondría a hacer algún tipo de baile ridículo mientras invocaba una bola de fuego?
—No creo. La diosa solo quiere reírse de ti, pero quién sabe: según vosotras adoro a un djinn malvado. —Se encogió de hombros—. ¡Lo que sí que debería preocuparte es que ahora estás en mis manos!
Sabía que se iba a arrepentir de este momento durante toda su vida. Aunque, siendo realistas, no parecía que fuera a ser durante tanto tiempo. Estaba dispuesta a hacer ese sacrificio por recuperar a Banon. «Maldita sea, ¿yo he pensado eso?», se dijo a sí misma.
—¿Y ahora qué? ¿Cuál es el plan? —preguntó Ion dando saltos y puñetazos al aire—. ¿Alcanzamos a esos soplapingas, como diría Nisa, les damos una paliza y salvamos a Banon?
Noma se había puesto en pie, caminaba de un lado a otro y se rascaba la cabeza con nerviosismo. Era su manera de pensar, siempre lo hacía.
—Puedo atiborrar a Nisadra de drogas para que aguante, pero estaría dormida la mayor parte del tiempo. Tampoco nos serviría para mantenerla con vida… Ha perdido mucha sangre, lo cual es bastante peligroso, ¡ni siquiera sé cómo se mantiene en pie, joder!
No podían seguir el hilo de sus pensamientos, así que decidieron dejarla sola, monologando. Nisadra se volvió a sentar en el suelo con mucha dificultad. Respiró hondo y cerró los ojos, dejándose acunar por el parloteo de fondo de Noma.
—¿Cómo lo llevas?
Sintió la caricia de una mano minúscula posándose sobre su frente. Al abrir los ojos, vio a la pequeña alquimista a un suspiro de su cara.
—Tienes mala cara y hueles a muerte —le soltó olisqueando el aire.
—Gracias, Ion, eres muy amable.
—Me gusta ese olor. —Le sonrió—. Me hace sentir en casa.
—Yo también os he echado de menos —dijo cerrando los ojos para que no pudiera ver cómo se le cuajaban.
—Es triste que tengas que estar medio muerta para que abras ese corazón putrefacto tuyo.
—Tú siempre tan sincera.
La alquimista le dio un beso suave en los labios.
—Llegaremos a tiempo, no te preocupes —añadió y apoyó la cabeza en el hueco de su cuello.
Nisadra se limitó a dejar caer la cabeza sobre la de su amiga. El pelo le olía a flores silvestres y a tierra. Para Nisadra también olía a hogar.
—¡Lo tengo! —gritó Noma—. ¿Podrás hacerlo? ¿Tú has visto la cantidad de sangre que hay aquí? Será muy sencillo. ¡Claro que puedo hacerlo!
Nisadra se levantó de golpe con tanta fuerza que hizo que Ionwen se cayera a un lado. Se tomó un tiempo para recuperar la vista y el equilibrio.
—En realidad ha sido cosa de Remigius. No voy a ponerme todos los galones. Ni más faltaba. En esta ocasión me toca a mí.
—No me acostumbro a que ese señor hable a través de ti —dijo Ion, sacudiéndose la tierra del culo—. ¿Cuál es el plan?
—Remigius invocará al Velador y este nos llevará hasta Banon —dijo Noma apretando el puño en señal de victoria.
—¿Puede invocarlo estando dentro de tu cuerpo? No sé, Noma… —Nisadra negó con la cabeza—. Me parece demasiado…
—Dice que sí —asintió—. La magia que me une a Jerry está más allá de la muerte. Los Veladores están condenados a cumplir su palabra aunque su amo haya fallecido.
—¿Pero puedes invocarlo siendo un fantasma? Además, ahora mismo ni siquiera los vivos podemos hacer un uso normal de la magia por culpa de tu sello. Estamos muy debilitados. ¿Y cómo vas a usar tú tanto poder si ni siquiera tienes un cuerpo?
— Me subestimas, bruja del demonio. —Noma cerró los ojos y adquirió una postura solemne con un brazo a la espalda y la mano derecha en el pecho—.
Jerry y yo estamos unidos y una palabra mía bastará para que acuda en mi ayuda.
Además, tenemos aquí una buena cantidad de sangre muy apetitosa que ayudará a que la invocación no suponga un problema.
—¿No se supone que el Velador…?
— Jerry —le interrumpió Remigius con un mohín—. Os va a ayudar, deberías hablarle con respeto.
—De acuerdo —carraspeó—. ¿No se supone que Jerry debe quedarse en el templo para protegerlo, que esa fue la última orden que le diste y la que está condenado a cumplir eternamente?
—Exacto —contestó esta vez Noma—, pero en los contratos que uno firma, sobre todo en los que firma con sangre, siempre se debe leer la letra pequeña.
En este caso, Jerry aceptó quedarse en el templo para proteger el sello de Asgio —recalcó las últimas palabras—.
Si el sello ya no está en el templo está obligado a seguirlo allá donde vaya.
—¿O sea que Jerry tiene que cuidar de Banon para el resto de su vida? —consultó Ion con una sonrisa cargada de ilusión—. ¡Banon tiene mascota!
— No, no, no. Jerry me pertenece a mí.
—¡Basta! Estamos perdiendo mucho tiempo —sentenció Nisadra y se dirigió a Noma—. Hazlo de una vez: invoca a Jerry y vamos a buscar a Banon.
Noma —o Remigius— adoptó una pose extraña.
Se acuclilló en el suelo a los pies de los múltiples cadáveres y posó las manos en el charco de sangre más profundo que había.
Después susurró unas palabras, de las cuales solo alcanzaron a comprender el nombre del Velador.
Cuando se quedó en silencio, se formó un torbellino en el centro del charco y la sangre comenzó a ser succionada por la tierra con el mismo sonido de sorber que habían oído en el interior del templo.
En un pestañeo, la majestuosa figura de Jerry estaba devorando los cuerpos de las Sirenas de la Bruma.
Se oía el crujir de los huesos y los cartílagos, el chapoteo de la sangre y algún que otro eructo que hizo que se les movieran hasta las pestañas.
Una vez terminado el banquete, el Velador se chupó las garras de pollo y posó la mirada en Ionwen. Esta le saludaba agitando la mano con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ay, no, vosotras otra vez no!