Capítulo 40
B anon entró en un estado de duermevela.
Era como si su mente fuera incapaz de descansar, pero su cuerpo estaba tan muerto que ya no servía para nada.
Los últimos acontecimientos la mantenían alerta.
Ahora que sabía que tenía poder sobre sus alucinaciones sentía que estaba un paso más cerca de poder ayudar a Nisadra.
— Eres muy optimista, Banon —dijo Remigius, que se había sentado sobre el cuerpo dormido de la bruja. Debía de parecerle divertido. Esta vez sí que tenía una apariencia más… ¿viva? Banon pensó que sería una buena forma de diferenciarlos.
—¿Y si hay una posibilidad? ¿No merece la pena intentarlo? —susurró la mercenaria. Remigius se quedó en silencio, pensativo.
— Es curioso. Nunca imaginé que alguien como tú pudiera ser capaz de controlar un poder tan grande. Claro que tampoco imaginé que alguien fuera tan idiota como para comérselo.
—¿Alguien como yo?
— Hay que ver lo sensibles que sois todas. Me refería a alguien tan ajeno a la magia, alguien que no ha sido bendecido con el arte. Aunque… Quizás eso sea lo importante. Eres el contenedor perfecto: grande, espacioso y sin mucho cerebro. Quizá sí…
El mago se levantó y siguió murmurando mientras caminaba por los alrededores. Banon decidió ignorarlo. Empezaba a acostumbrarse a sus comentarios desagradables.
Remigius desapareció entre los árboles y estos se removieron a su paso.
¿Cómo era posible? El mago era tan incorpóreo como los fantasmas salidos de las historias de Ionwen.
La mercenaria se movió lentamente en el saco con los ojos entrecerrados y llevó los dedos a las empuñaduras de los cuchillos que tenía estratégicamente colocados para que no le molestaran al dormir.
Se giró en el suelo y le dio la espalda a la zona sospechosa para poder hacer señas a Ion sin que la vieran.
La alquimista jugueteaba con dos ramas como si estuviera tocando el tambor y hacía sonidos con la boca que lo ponían todo perdido de saliva.
Banon chistó, pero la alquimista seguía con su desgarrador solo de percusión.
La miró, le sonrió y continuó a lo suyo. Decidió darla por perdida.
Fue entonces cuando se fijó en Noma, que tenía los ojos abiertos y no pestañeaba.
Había llevado la mano a una daga que también la acompañaba por las noches.
La sacerdotisa asintió con ligereza. «Estoy lista», decía.
La mercenaria le guiñó el ojo izquierdo para indicarle la dirección en la que estaban escondidos los atacantes.
No hizo falta una cuenta atrás ni una señal.
En un movimiento perfectamente ensayado, ambas mujeres se levantaron de golpe y lanzaron dos armas hacia la oscuridad del bosque.
Supieron que habían dado en el blanco cuando escucharon gritos y dos cuerpos que se desplomaban.
La bruja se puso en pie de un salto y desenvainó una espada bastarda que sacó de su bolso mágico. De los árboles comenzaron a salir enemigos como si hubieran echado agua en un hormiguero. Eran más de veinte.
Banon desenvainó los cuchillos y Noma cogió la maza.
Cinco mercenarios se lanzaron sobre Banon.
Aprovechó el impulso de dos de ellos, los esquivó y les dio un ligero empujón que los mandó de vuelta al bosque.
Detuvo el impacto de la espada del tercero con su arma derecha y le dio un buen golpe en la cara con la empuñadura de la izquierda.
Cuando el cuarto atacó, apenas le dio tiempo de cubrirse y recibió el golpe de una maza en las costillas con toda la entereza que pudo.
Luego le escupió un poco de sangre a la cara y lo ensartó con el cuchillo.
Tuvo que apartarlo de la hoja a patadas y lanzarle el cuerpo al quinto atacante, que cayó bajo el peso de su compañero.
No tuvo tiempo de recuperarse cuando ya se le estaba enganchando otro mercenario a la espalda. Por alguna razón, se le subió encima para intentar inmovilizarla.
—¡Llave de la muerte instantánea! —bramó el atacante.
A Banon le recordó a cuando jugaba con Ionwen. Tenía un poco más de fuerza que ella, pero el resultado estaba siendo el mismo. La mercenaria lo cogió por el brazo minúsculo que trataba de estrangularla y lo lanzó contra el suelo con tanta fuerza que el hombre se quedó inmóvil.
—¡No matéis a la gigante! ¡La necesitamos viva! —ordenó uno de los enemigos.
Ionwen luchaba en el mismo sitio donde había montado la guardia.
De repente se vio tan rodeada como Banon y esta pensó en lanzarse en su ayuda cuando la alquimista sacó una botella de su bolsillo, se la bebió y empezó a lanzar llamas por la boca como si fuera un dragón.
Consiguió quemar a más de seis mercenarios que habían creído que sería la más sencilla de abatir.
Noma combatía con la misma fuerza de siempre. Su maza volaba con la celeridad de un halcón. Lo mismo estaba reventando un cráneo en el suelo, que partía costillas en el aire.
—¡No me jodas! —gritó la sacerdotisa—. Son putas Sirenas.
Las Sirenas de la Bruma eran un grupo de mercenarias que se había iniciado no hacía mucho.
Cuando las Hijas de la Sierpe eran las más populares, estas eran sus seguidoras y las admiraban muchísimo.
Banon recordó más de una vez tener que esconderse porque iban detrás de ella con papel y pluma y trataban de apuntar todo lo que la mercenaria hacía.
Nisadra era la que peor llevaba el combate. Sabía utilizar una espada —Banon se había encargado de eso en los años que estuvieron juntas—, pero hacía mucho que no tenía que defenderse de esa manera. Sin embargo, mantenía un buen ritmo y tenía bastantes cuerpos a sus pies.
Los rivales parecía que se multiplicaran.
Banon conseguía abatir a dos y se le aparecían otros tres delante.
Empezaba a estar cansada, le dolía el costado y lo de escupirles sangre a la cara había pasado de ser divertido a preocupante.
Ion también estaba herida. Respiraba con dificultad y se había ido moviendo hasta ponerse espalda contra espalda con Noma.
Esta tampoco tenía buen aspecto, le habían propinado un buen mazazo en la cara y le sangraba la ceja derecha.
—Son demasiados —soltó Nisadra buscando un camino para unirse a sus compañeras.
Banon hizo lo propio y consiguieron luchar juntas en círculo.
—Me cago en sus muertos, estamos en un buen lío —dijo esta sacudiendo las manos. Tenía los dedos adormecidos de tanto impacto.
—No hay salida, estamos rodeadas. ¿No tienes más pociones de esas de fuego, Ion?
—Solo me quedan de burbujitas, Noma. Lo siento, pero alguien se comió todos los huevos de dragón emplumado, que es mi ingrediente estrella. —Miró enfurruñada a Banon.
—Eh, que yo no tenía ni idea.
Los ataques continuaron y las mercenarias consiguieron mantenerlos a raya.
Una rival de considerable envergadura se lanzó sobre Nisadra, que se llevó una puñalada en el abdomen.
Banon corrió hacia ella, pero no llegó a tiempo.
La mercenaria gritó de ira y, con un movimiento de dos de sus cuchillos, le cortó la cabeza a la rival.
Nis se tambaleó y dejó caer la espada. Se llevó la mano izquierda al abdomen y sujetó el cuchillo que tenía clavado. Consiguió mantenerse en pie, pero trastabilló varios pasos hacia atrás. Cuando Banon la miró a los ojos supo lo que iba a pasar.
—Nis, no lo hagas… —suplicó, pero ya era tarde.
—¡SOPLAPINGAS! —gritó a la vez que alzaba ambas manos cubiertas de sangre.
Las llamas salieron de su cuerpo y cubrieron el bosque completo. Las copas de los árboles se prendieron y el suelo ardió. Los mercenarios huyeron en desbandada y se escondieron.
Nisadra cayó al suelo y Banon corrió en su auxilio. Tenía la respiración acelerada y sus labios, siempre rojos como la sangre, estaban tan pálidos como el resto de su piel.
—Nis, Nis. Dime algo.
—¿Qué… qué ha sido eso? —preguntó susurrando—. ¿He dicho… soplapingas?
—Más bien lo has gritado.
—Es cosa de la maldición. —Noma se tiró al suelo a su lado y miró el cuchillo clavado—. Joder, está muy profundo.
—¿Qué podemos hacer?
—Chicas… —dijo Ionwen.
—Ahora no, Ion. —La sacerdotisa ni siquiera la miró—. Tenemos que contener la hemorragia y… No lo sé, puede que haya llegado a partes vitales. No sé si puedo…
—No me jodas, Noma. Tienes que salvarla.
Banon tenía la mano haciendo presión alrededor del cuchillo. El cuerpo de Nisadra descansaba sobre sus piernas y empezaba a notar el calor de la sangre empapándole la ropa.
—No me lo puedo creer —susurró Nisa con un hilo de voz—. Tanta tontería y ¿voy a morir así?
—No vas a morir, Nis. No lo voy a permitir. —Banon negó con la cabeza y sollozaba—. Tenemos muchas cosas por hacer, tenemos que usar el sello y… y tengo que enseñarte mi granja.
—¿Tu granja? —La bruja la miró con los ojos humedecidos. Las pupilas estaban dilatadas y, por una vez, parecían tan redondas como las de un humano cualquiera—. ¿Quieres llevarme a tu granja?
—¿Te imaginas? —Banon sorbió los mocos—. Tú, viviendo en una granja rodeada de tierra, de animales y olor a mierda.
Nisadra sonrió.
—No estaría mal…
—Siento molestar, amigas, pero necesito una ayudita aquí —dijo Ionwen de nuevo.
Noma estaba limpiando la herida de Nisadra, pero decidió levantar la vista.
—¿Banon? —la llamó, señalando algo detrás de ellas.
Ionwen estaba de rodillas en el suelo con una espada al cuello y varios mercenarios a ambos lados. Las llamas se habían apagado y un gran número de Sirenas de la Bruma impedían cualquier posibilidad de huida.
—Soltad las armas si queréis que vuestra compañera salga de esta —dijo la que tenía el arma apuntando a la alquimista.
—Espera —dijo Banon—. Me queréis a mí. ¿verdad? No les hagáis daño a las demás.
—No estás en posición de negociar, Banon —señaló la que parecía la líder.
—Por favor, si las dejas a ellas os acompañaré y no opondré resistencia.
—Banon, no —susurró Noma. Esta le hizo señas con la mano para que se tranquilizara.
—Mi amiga está malherida. —Banon se levantó lentamente, dejando el cuerpo de Nisadra en el suelo y se acercó a la jefa con las manos en alto—. No nos seguirán, tendremos mucha ventaja. Deja que se queden aquí, por favor.
—¿Y qué me impide darte una paliza aquí y ahora y matar a tus amigas? Al final tendré las dos cosas.
—Sí, pero en algún momento recuperaré la conciencia y no podrás matarme hasta que me lleves al Cónclave —añadió Banon sonriendo—. Y te aseguro que me escaparé. No sé si os suena haber oído hablar de la Degolladora de Ormea y sus… leyendas.
—Yo oí que se comió a dos de una banda simplemente porque la retaron a hacerlo —dijo uno en voz baja.
—Dicen que echa fuego por los ojos y que te puede envenenar con sus gases —añadió otro.
—¡Basta! —gritó la líder.
—Oye, Ka —habló la que sujetaba a Ion y que parecía la segunda al mando—. Tiene razón, si la llevamos por voluntad propia nos ahorraremos problemas. Nos queda mucho camino para llegar… Y mira cómo has dejado a esa. —Señaló a Nisadra que se debatía entre la vida y la muerte—. No nos seguirán.
La tal Ka no le quitó la vista de encima a Banon.
—Dicen que eres una mujer de palabra, que tienes honor.
—Es lo poco que me queda —añadió Banon, que seguía con las manos en alto.
—Arrodíllate.
Obedeció y se dejó caer con una mueca de dolor sobre sus perjudicadas rodillas.
—Encadenadla y dejad a las demás —sentenció Ka.
La mujer se le acercó mientras sus subordinados la encadenaban para susurrarle al oído: —Nos dijeron que no podíamos matarte, pero sí que podemos entretenernos un buen rato. —Le dio un puñetazo con tanta fuerza que la mandíbula hizo efecto búmeran.
Noma trató de interponerse, pero la lanzaron hacia donde estaba Nisadra.
—No nos seguiréis —ordenó Ka, que también había lanzado a Ion como si fuera un saco de patatas—. Si sabéis lo que os conviene respetaréis la palabra de vuestra amiga.
La miraba de Noma le suplicaba a Banon que le dijera que corriera detrás de ella, que la salvara, pero la líder de las Hijas de la Sierpe se limitó a negar con la cabeza. «Salva a Nis, por favor», le suplicaba. Era lo único que importaba.