Hijas de la Sierpe Capítulo 39
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Capítulo 39

B anon abrió los ojos al sentir un susurro en el oído.

Apenas se filtraba algo de luz por la entrada de la cueva.

El sol dibujaba un haz en el suelo que parecía la espada de un gigante.

Ionwen seguía acurrucada al lado de la entrada hecha un ovillo.

Estaba tan dormida como el resto. «Menuda guardia que has hecho», pensó la mercenaria con una sonrisa.

Se levantó y se desperezó como un gato. Cada vez le dolían menos las heridas, pero la edad era algo que no se curaba por muy buena que fuera Noma en lo suyo. Se notaba las rodillas hinchadas bajo el pantalón y eso que había dormido toda la noche con las piernas en alto.

Noma dormía bocarriba y roncaba como un ogro de las cavernas con sinusitis.

Además, la camisa de lino se le había enrollado al cuerpo y le dejaba el pecho izquierdo al aire, con un pezón tan erizado que podría haberle sacado un ojo a cualquiera que pasara por allí.

Y justo como contraposición estaba Nisadra, que era perfecta hasta durmiendo.

Lo hacía de lado con las piernas flexionadas en el mismo ángulo que los brazos y las manos acurrucadas en el cuello.

La boca cerrada sin rastros de babas colgando; la cara con una expresión seria, pero sin fruncir el ceño.

Era el único momento en que la bruja parecía una persona normal.

La hoguera se había consumido y solo quedaban los rastros de madera carbonizada y un hilo de humo que bailaba como una serpiente. Banon decidió hacer el desayuno y sorprenderlas.

Buscó yesca y pedernal en la mochila de la alquimista.

Tuvo que rebuscar bastante y acabó sacando las manos cubiertas de algo viscoso.

Se limpió en la propia mochila y encendió el fuego.

Prefirió innovar y dejó de lado la avena y la canela por un día, por lo que escogió un revuelto de huevos de dragón emplumado.

Una especie que lo único que tenía de terrorífico era pertenecer a la familia de los dragones, ya que eran unos animales muy adorables que se parecían más a las gallinas tradicionales que a los reptiles y, además, sus huevos eran mucho más sabrosos, a pesar del color verdoso de su contenido.

Si superabas la fobia a que tu comida parecieran mocos, eran un plato digno de un restaurante de la capital.

—Qué buena pinta tiene eso.

Sentado en el mismo lugar que había ocupado Banon la noche anterior había una especie de centauro, pero no era uno al uso.

Este tenía la mitad de caballo en la parte superior y se parecía sospechosamente a Binn, el caballo que la había acompañado durante el primer tramo de su viaje.

Seguramente era porque Banon había estado pensando en el pobre animal, en qué habría sido de él después de la explosión en la Espina.

Banon resopló.

—Así que has decidido ignorarme —asintió con la enorme cabeza—. Está bien, supongo que es normal.

—Estoy intentando controlarlo —susurró Banon sin mirarlo—. A lo mejor si hago que no existes…

—Eso es negar la evidencia, idiota. No te servirá de nada.

—¿Y por qué ahora tienes medio cuerpo de persona, Binn?

—Y yo qué sé, eso es cosa tuya. Al fin y al cabo, soy una alucinación. ¿No?

—Cierto…¡Eres una alucinación!

—La próxima vez podrías imaginarme con genitales de caballo. —Se miró la entrepierna—. ¿No crees que queda un poco raro?

Banon lo miró ceñuda. Entonces, los genitales fueron encogiéndose hasta que se introdujeron en la cavidad abdominal.

—¿¡Cómo te atreves!? —gritó con voz aguda.

La mercenaria empezó a reírse de forma descontrolada.

—¿Qué está pasando? —Ionwen se había despertado y se frotaba los ojos a la vez que bostezaba—. ¿Y quién es el caballo?

—¿Puedes verlo? —preguntó Banon poniéndose en pie.

—Sí. —Se encogió de hombros—. ¿Tú no?

—Joder, qué escandalosas sois. ¿No puede el sello mataros a todas para que yo pueda dormir un poco más? —masculló Noma incorporándose y ubicando todas sus cosas dentro de la ropa. Se quedó mirando al caballo-hombre que gruñía y cruzaba las patas delanteras con indignación.

Nisadra se levantó sin decir nada, pero se acercó a ellas señalando a Binn.

—A ver, a ver —insistió Banon mirándolas a todas—. ¿Todas podéis verle?

Las demás asintieron.

—No lo entiendo, es cosa del sello. Nunca me había pasado que nadie más pudiera ver mis alucinaciones.

—Te equivocas —dijo Noma que todavía bostezaba—. ¿No te acuerdas cuando potaste aquella cosa con sombrero? Nosotras también la vimos.

Ion asintió.

—No entiendo nada —dijo la bruja con los ojos como platos.

—Creo que lo estoy consiguiendo. Puedo manejarlo. —Banon estaba sonriendo de oreja a oreja—. Le he hecho desaparecer el pito.

—¿Tu nuevo poder es el de castrar a la gente? —preguntó la alquimista.

—No, idiota. Puedo modificar las alucinaciones. Mirad.

Banon volvió a concentrarse en Binn.

—Ay, no… —dijo este casi temblando.

Esta vez hizo que las extremidades del caballo se fueran transformando poco a poco en las de una gallina. Ahora se parecía bastante al Velador del templo.

—¿Veis? —dijo Banon—. Lo siento, Binn. No se me ocurría otra cosa.

—Muy original. Sí, señora —contestó este con ironía.

Nisadra se acercó muy despacio, levantó la mano y la posó sobre la cabeza de caballo. Parecía estar buscando algo, analizaba en profundidad cada cosa. Le tocó las orejas, el hocico, le miró las pupilas, le cogió una pata y la sopesó entre las manos.

—Sí, parece tan real como nosotras mismas —sentenció—. ¿Puedes imaginar algo y esto se vuelve real?

—No lo sé. Creo que lo único que puedo hacer es lo que mi cabeza ya ha creado de forma inconsciente, pero nunca habían podido verlo los demás.

—Me has dado nombre. Si nos das nombre nos volvemos reales —soltó Binn poniendo los ojos en blanco—. ¡Ni siquiera sé por qué te ayudo!

El caballo intentó resoplar mientras cruzaba los brazos, pero sonó a un relincho normal y corriente. Banon recordó que cuando había visto aparecer a su pota con sombrero inconscientemente lo había bautizado como señor Vómito. ¿Era eso un nombre?

—¿Y podrías hacerlo desaparecer?

—Puedo probar.

De nuevo cerró los ojos e intentó concentrarse. No sabía cómo hacerlo, hasta ahora solo había visualizado cómo de gracioso estaría Binn sin pene y con patas de pollo. Así que se limitó a lo mismo, imaginó al caballo desapareciendo de su vista.

—¡Genial, Banon! —Ionwen se puso a aplaudir.

La mercenaria abrió los ojos justo en el momento perfecto.

—Por todos los caballos del mundo, no vuelvas a pensar en mí… —pidió Binn mientras desaparecía. Su voz se quedó suspendida en el aire.

Parecía que sus alucinaciones tenían que ver con los pensamientos inconscientes que tenía, pero…

Siempre habían sido cosas muy grotescas, como demonios y bestias terroríficas.

¿Sería porque había vivido aterrada con los efectos del sello sobre ella?

También es verdad que todos eran muy educados y nunca le hacían daño.

«¿Qué coño me pasa en la cabeza?», pensó.

La única vez que había visto algo normal había sido en el Tiburón Tuerto con Wilbur el Noble, que era uno de sus ídolos.

¿Se habría vuelto real después de aquella conversación?

¿Alguien más lo habría visto? Ella no le había dado nombre, se lo había dado él solito. ¿También funcionaría así?

—Este sería un gran momento para que nuestro amigo Remigius hiciera acto de presencia —dijo Nisa mirando ceñuda a Noma.

—Esperad. —La sacerdotisa se mordió la lengua—. Vamos, idiota, ¡sal!

Mientras Noma se revolvía y luchaba por sacarse el espíritu del cuerpo, Banon decidió concentrarse y probar suerte una vez más.

Pensó en Remigius. Cerró los ojos para visualizarlo con más claridad.

Ahí estaba, viejo y demacrado. ¿Solía estar tan encorvado o eso se lo había añadido ella?

¿Tenía una barba tan larga? ¿Cuántos años tendría?

Joder, tenía que ser viejísimo. Si casi parecía una momia.

—¿Banon? Creo que deberías ver esto —dijo Nisadra.

Cuando la mercenaria abrió los ojos se encontró con una versión del mago mucho más cerca de la tumba de lo que recordaba. ¡Hasta estaba embalsamado! Tenía los ojos blanquecinos, las uñas largas y sucias y le faltaban casi todos los dientes.

—¿Qué se supone que es eso? —preguntó Noma con cara de asco.

—Remigius —dijo Banon.

—¿Qué? ¿Esa cosa asquerosa es lo que tengo dentro? —Noma contuvo una arcada.

—¿En serio, Banon? Eso no se parece en nada al traidor —sentenció Nisadra cruzándose de brazos—. ¿Así de observadora eres? No quiero ni imaginarme cómo nos recordabas a nosotras.

—¿Puedes hacer que desaparezca? Creo que me está mirando. —Ion se había pegado al brazo izquierdo de Banon y sí que era verdad que la mirada vacía de la momia la seguía.

De nuevo, la mercenaria se concentró y consiguió que se desvaneciera. No parecía difícil de controlar, lo complicado era conseguir que su mente se centrara en una sola cosa y no acabara imaginándose cualquier locura.

—Vas mejorando —dijo la alquimista apretándose contra el hombro de Banon.

—No es suficiente —gruñó la bruja.

—Dame tiempo, joder. Lo estoy intentando.

—¡Eh, chicas, resulta que ha pasado algo más increíble que ese caballo sin pene! —Noma se interpuso entre ambas y señaló el fuego—: ¡Banon nos ha hecho el desayuno!

—Eh, que no es la primera vez que lo hago —insistió la líder de las Hijas de la Sierpe.

—Es verdad —asintió Noma—, nos cocinaste aquella vez que querías que aceptáramos un trabajo suicida.

Se sentaron alrededor del fuego.

—¿El de atravesar el campo de batalla para rescatar al hijo del conde de Rystr? —preguntó Ion—. Menudo idiota.

—Pero, ¿a que os cociné?

Se rieron y siguieron disfrutando del desayuno. Todas agradecieron comer algo diferente a las gachas de canela de todos los días. Todas salvo Ionwen.

—No está mal —había dicho después de pasarle la lengua al cuenco—. Le falta algo, tal vez canela. ¡Y no me gusta que hayas gastado todos los huevos de dragón emplumado! Los necesito para mis experimentos.

Banon pensó que seguro que el experimento doscientos setenta y tres llevaba esos huevos. Eso explicaría una parte de la mezcla de colores que tenía.

—Oye, Nis ¿podemos hablar un momento? —Noma se puso seria de golpe.

—Supongo que sí.

—Sé que te lo he dicho mil veces y has pasado de mí, pero ahora somos un equipo y las decisiones se toman en conjunto —continuó—. Desde que me hablaste de tu enfermedad te dije que debías dejar de usar la magia y no me has hecho caso.

Nisadra miró hacia el suelo y suspiró.

—Noma, créeme que lo intento. Pero es complicado para mí, es como si me faltara algo. Como si no pudiera respirar con normalidad, ¿sabes?

—Por eso —la interrumpió la sacerdotisa—, tengo la solución.

Noma se levantó y rebuscó en sus bártulos hasta que sacó el mismo bote de tinta y la misma pluma que había usado para hacerle las marcas de guerra a Banon. Se acercó a Nisadra y se arrodilló delante de ella.

—Existe una maldición de Phi’Ri que es capaz de impedir el uso de la magia. No es muy poderosa, pero puede que te haga pensártelo antes de recurrir al don.

—¿Qué vas a hacerme? —La bruja se puso tensa.

—Tienes que confiar en la diosa —dijo esta apoyando la mano en sus muslos.

—¿En serio? La última vez que confiamos en tu supuesta diosa acabaste con el espíritu de un viejo loco dentro.

—¿Y no nos ha ayudado a encontrar respuestas?

—Me niego a darle la razón a ese malnacido.

—Venga, Nisa —dijo Ionwen con los ojos haciéndole chiribitas—. Hazlo por nosotras. Fíate de la sacerdotisa poseída y de su diosa, que en realidad es un genio ruin que solo quiere hacer travesuras.

La bruja se revolvió en su sitio y resopló varias veces. Miró a Banon y esta suplicaba con todo su cuerpo, solo le faltaba ponerse de rodillas y besarle los pies.

—De acuerdo, lo haré —afirmó—. Pero como esto tenga alguna consecuencia rara, te juro que…

—¿Qué va a hacerte? ¿Matarte? —preguntó Noma con una sonrisa—. Confía en mí.

La brocha se le deslizó por la piel dejando un círculo negro despuntado por varios brochazos.

No se parecían en nada al que le había hecho a Banon y que todavía llevaba, aunque algo emborronado.

El de la bruja era hostil, parecía un dibujo infantil cargado de ira.

Cuando terminó de trabajar, la frente de Nisadra se iluminó y los trazos desaparecieron.

—Listo —decretó la sacerdotisa—. Ahora estás maldita.

—Yupi —dijo Nisadra con todo el entusiasmo del mundo.

Las demás se rieron, pero todas tenían la misma pregunta en mente: ¿qué le provocaría a la bruja esta maldición del caos?

La última vez que la diosa había hecho de las suyas había sido con Remigius, pero también había hecho que Banon bebiera meado de gato.

Fuera lo que fuese estaba bien si impedía que Nisadra siguiera restándose vida.

Tiempo de estar con las Hijas de la Sierpe… Tiempo de estar con Banon.