Capítulo 38
A rrastró los dedos por la roca hasta que sintió que esta desaparecía. Se paró en la entrada y observó el interior. Era una cueva profunda rodeada de estalactitas y estalagmitas. De las paredes emanaba un apestoso olor a humedad y a algo indeterminado.
—¡Hay una cueva! —gritó Nisadra a pleno pulmón, haciendo aspavientos con un brazo mientras se sujetaba a un saliente rocoso con el otro.
Supo que la habían oído cuando la sacerdotisa levantó la cabeza y sonrió. Ella, como la propia cueva, también tenía dos prominentes estalactitas que le salían de la nariz.
Nisadra decidió ponerse a prueba e invocar un fuego.
Sacó un par de troncos de madera de su bolso mágico, siempre solía llevar algunos ya que no le suponían ningún peso, y se dispuso a invocar las llamas.
Era su especialidad. Cuando trabajaba con fuego sentía que este vivía en alguna parte de su cuerpo y que tenía que luchar para que no saliera cuando no debía.
Era tan natural como respirar, aunque en los últimos días todo se había complicado.
«Te mueres, Nisadra», repetía Drakta en su cabeza cada vez que tenía la oportunidad. Maldita sea, estaba intentando solucionarlo.
Se concentró en dejar salir las llamas. Tuvo que buscar muchísimo en su interior, tanto que pensó que su fuego había desaparecido.
Cuando estaba a punto de rendirse, este apareció como una candela pequeña que lloriqueaba en lo más profundo de su ser.
No sintió piedad, al contrario, le ordenó que saliera de su escondite.
Una leve chispa voló de la palma de la mano izquierda para posarse sobre la madera y, contra todo pronóstico, encendió la hoguera.
A la bruja le temblaron las piernas y le faltó el aire. Vomitó algo de saliva seguida de unos coágulos de sangre.
—Mierda —susurró al ver la mancha que había dejado.
Sacó un pequeño espejo para limpiarse el rostro y se dio cuenta de que uno de sus ojos había sufrido un derrame. No había rastro de blanco y lo único que quedaba sano era el iris amarillo y la pupila rasgada. Justo en ese momento entró Noma seguida de Banon.
—¡POR FIN! —gritó Ion al bajarse. Estaba tan agarrotada por el frío que todavía mantenía la postura de estar enganchada a Banon.
—No sé de qué te quejas, si te han traído cual reina de la Quijada —soltó la sacerdotisa, que se estaba sacudiendo el frío del cuerpo—. Algunas hemos tenido que usar nuestros propios pies.
Continuaron discutiendo, pero Banon sí que le clavó la vista a la bruja.
—Gracias por encargarte del fuego, Nis. Estamos congeladas.
La mercenaria avanzó hacia la hoguera y estiró las manos para calentarlas en el fuego, no sin antes mirar de reojo la mancha de sangre. Y, sin embargo, no dijo nada. Las demás hicieron lo mismo y se colocaron alrededor de la hoguera, preparando los bártulos para pasar la noche.
«Aquí está pasando algo», pensó Nisadra.
Unos días antes le habrían echado una bronca enorme por excederse en la magia sin necesidad, Noma la habría llevado aparte para zarandearla y decirle que si estaba dispuesta a restarse vida por una puta hoguera de mierda.
Así, con ese lenguaje tan propio de ella.
Se unió a la hoguera y le echó un cable a Ionwen para hacer la cena.
Incluso se acercó más de lo que solía hacer para ver si le decía algo de su nuevo color de ojos, pero esta la evitaba de forma muy poco sutil.
Al ver que con la alquimista el plan había fallado, decidió probar suerte con Banon.
Ella era tan transparente como la ropa interior que solía usar Ionwen, así que era el método más sencillo.
Se sentó a su lado y se dispusieron a cenar en silencio.
Nisadra se encargó de que el ojo del derrame fuera el que quedara del lado de la mercenaria.
—Menudo paseito, eh —suspiró Banon para sacarle conversación. Se mantenía con la mirada clavada en el bol de comida que consistía en algo similar a las gachas, pero sabía a garbanzos. Ion conseguía que todo lo que cocinaba parecieran gachas menos las gachas, que eran una montaña de canela.
—Sí, ha sido duro. Gracias por cargar con Ion, sabía que esta montaña iba a ser su némesis.
—No se merecen —contestó con una sonrisa. La miró y enseguida volvió la vista a la comida—. Era lo menos que podía hacer, soy la más fuerte.
Noma levantó la cabeza. Se había calado tanto el abrigo que únicamente se le veían los ojos.
—Tampoco te flipes, Banon. Podríamos echar un pulso aquí y ahora y te rompería el brazo.
—Claro, pero para eso tendrías que sacar las manos de dentro del abrigo.
—Entonces lo dejaremos para otra ocasión.
Todas se rieron y, cuando la cueva fue devorada por el silencio, se llenaron la boca de comida para no tener que romper la incomodidad del momento.
—Oye, Nis… —dijo Banon.
«Por fin se ha decidido», pensó la bruja victoriosa.
—Quería pedirte perdón por… por todo en realidad. —Suspiró y clavó la vista en las llamas—. Sé que me porté mal con todas, pero especialmente contigo. Estabas herida y te abandoné. Me aseguré de que Remigius te curara antes de marcharme, pero no tengo excusa.
— Eso es cierto, me hizo prometer que curaría a la bruja-golfa… ¿Mejor? —dijo Remigius con la boca de Noma—. No está mal, pero sigue intentándolo.
—La cuestión es —continuó Banon mirando a la sacerdotisa con ira, aunque esta iba dirigida al mago que llevaba dentro— que yo no había pensado en cómo te sentías tú, ni en lo que habías hecho durante todo este tiempo por nosotras. Así que, lo siento.
Nisadra se levantó de golpe.
—LO SABÍA —gritó señalando a Noma.
—Nisadra, estás gritando de nuevo —le contestó la sacerdotisa—. Últimamente lo haces mucho, deberías revisarte ese oído.
—Serás… ¡Te has ido de la lengua! —Las miró una tras otra—. Os habéis estado comportando de forma extraña desde que salimos del templo. ¡Habéis sido demasiado amables y me habéis insultado menos de lo normal!
—Eso es porque estamos reflexionando sobre ello, Nisa. Estamos madurando.
—Cállate, Ion. Si ni siquiera me habéis dicho nada del ojo. —Se lo tocó de forma asquerosa, lo que provocó que las demás se contrajeran—. ¿Y qué me decís de la mancha de sangre coagulada que hay ahí? ¿Tampoco la habéis visto?
—Ah, pues no me había dado cuenta —contestó Banon.
—Sois… ¡Dejadlo ya! Os he pillado.
—¡Vale, tienes razón! —Banon se levantó—. Noma nos lo contó, pero no te enfades con ella. Tuvo que hacerlo. Y, además, ¿por qué no nos lo has dicho? Ahora todo es distinto.
—¿Por qué? ¿Porque ahora sabes que me estás matando?
—Sí, pero…
—¿Me habrías pedido disculpas si no supieras que me estoy muriendo? —preguntó mirándola con ese ojo ensangrentado que parecía de otro mundo.
Banon se quedó en silencio de nuevo y ya no le quedaba comida que meterse en la boca para ganar tiempo.
—¿Lo ves? Yo no quería esto. —Señaló a las caras tristes de sus amigas—. Yo no quería vuestra lástima, quería a las mercenarias de siempre, a las guerreras. Ahora solo sois… solo sois unas imbéciles complacientes.
—¿Y qué quieres que hagamos, que no estemos tristes sabiendo que te vas a morir? —preguntó Ion, que había empezado a sollozar.
Nisadra se sentó de nuevo. No quería que le afectara, no podía permitírselo.
Banon se le acercó y le puso la mano en el hombro, no sin antes dudar mucho. La muy idiota creía que la estaba consolando cuando en realidad le estaba provocando un dolor indescriptible.
—Nis, queremos ayudarte —dijo—. Yo la primera, aunque sé que esto es culpa mía.
—No —reconoció Nisadra por fin—. Es culpa de Remigius, tú solo eres un peón más en su maldito juego.
— Es técnicamente cierto, aunque espero que algún día entiendas que el sello de Asgio es necesario. Conlleva la muerte de aquellos que se niegan a abandonar el arte, como tú.
—Hazlo callar, Noma. Esta conversación es privada —soltó la bruja.
—Créeme, ojalá pudiera. —Se llevó las manos a la boca y se metió el puño dentro.
—Pero tiene razón, ¿no? —preguntó Banon—. Si dejaras de usar la magia no morirías. ¿Cierto?
—No lo sé, puede que el daño ya esté hecho y no haya vuelta atrás —suspiró—. Puede que los magos renegados sepan algo. Ellos custodian el conocimiento de muchas generaciones de investigadores.
Sí, puede que si no usara la magia pudiera vivir unos años más, pero…
Era como si le dijeran a una persona que no puede usar su brazo izquierdo, o que debe vivir eternamente con un parche en el ojo aun sabiendo que debajo hay una visión perfecta que le haría la vida más fácil.
¿Cómo sería vivir negando una parte de ella tan importante como su magia, sus llamas… ?
—Encontraré una manera de controlar el sello, ya verás.
Banon le sonrió y, por un momento, Nis la creyó.
Ella siempre había tenido ese poder, de inculcar en los demás una fuerza y unas esperanzas inexistentes cuando todo a su alrededor se venía abajo.
Esa era la causa que la había empujado a seguirla siempre, porque creía en ella y en todo lo que se propusiese.
«Maldita sea, ya estoy cayendo otra vez», pensó cuando le mantuvo la mirada y, de forma inconsciente, le devolvió la sonrisa.
— ¿Y fi fefamos esfa confefasión fafa fuanfo esfemos en unf fifio fefor? —dijo Noma con el puño todavía en la boca.
—Sí, será lo mejor —le contestó Banon, que parecía que la había entendido. O no.
—Tenéis razón —añadió Nisadra—. Yo haré la primera guardia, descansad las demás.
—No, no. —Banon la sujetó para que se mantuviera sentada—. Yo me encargo, tú debes descansar.
—Venga ya, idiotas. Yo he venido enganchada a Banon como si fuera una ladilla. —Ion se levantó de un salto—. Yo haré la primera guardia.
La alquimista se sentó al lado de la puerta, se acurrucó en su capa y se mantuvo a la espera.