Capítulo 37
E l desfiladero del fin del mundo. En el Tiburón Tuerto era conocido como la Quijada del Silbador por un antiguo mercenario.
Remo el Silbador había vivido muchas aventuras y en todas ellas había sufrido algún que otro golpe en la cara, lo que le había llevado a poseer una de las dentaduras más fascinantes del continente.
Se había ganado el mote porque, cuando hablaba, salía un soplo de aire al final de cada palabra debido a los grandes huecos que había entre sus piños.
Pues así era ese puñetero desfiladero. Un camino serpenteante del ancho de un hombre muy delgado y que tenía, por un lado, una hilera de rocas afiladas como cuchillas y, por el otro, el vacío.
—No será todo así. Gran parte del camino es dentro de la montaña… ¡Es como un hormiguero!
—¡Si las hormigas fuesen tan gilipollas como para montar un hormiguero en el fin del mundo! —berreó Noma.
La bruja no la escuchó y comenzó el ascenso. Banon no tuvo que mirar hacia atrás para saber en qué estado se hallaba la pobre Ionwen.
—Tranquila, yo te llevaré.
Se arrodilló a sus pies para poder mirarla a la cara. La alquimista temblaba como un ratoncito asustado.
—No me gusta, Banon. —Negó con la cabeza muy rápido.
—Lo sé, pequeña. —Le acarició las rastas y dejó su mano sobre ellas—. Pero no tienes que pasarlo sola. Yo cargaré contigo.
Banon la cogió y la subió a la espalda. La mujer se aferró con piernas y brazos y enterró la cara en la capucha de la mercenaria.
—Cierra los ojos —ordenó Banon—, te avisaré cuando estemos a salvo.
El viento no dejaba de azotar durante el camino, de tal forma que las voces se perdían en él.
Banon casi no alcanzaba a oír los murmullos de Ionwen y esperaba que no estuviera hablando de nada importante.
Además, tenía que luchar por afianzar bien las botas a cada paso, pues el desfiladero no estaba hecho para una persona de sus proporciones.
Conforme ellas subían, las temperaturas bajaban.
El aire escaseaba y cada respiración era una tortura.
—¡Es por la altura! —había gritado Noma cuando vio la expresión de agotamiento de Banon—. Respira con calma.
Era como decirle a un desollado que se acostumbrase a ir por ahí sin piel mientras el aire le iba azotando el culo. Banon caminaba con un pie delante del otro, como un acróbata en la cuerda floja, mientras varias piedras de la pared trataban de apuñalarla en el ojo.
—¿Quieres que te cuente una historia? —dijo Ion. Tenía la cabeza tan incrustada en el cuello de Banon que casi le hablaba al oído.
—Claro.
—Había una vez —empezó la alquimista con voz solemne.
Apenas se podía apreciar el temblor que había tras ella—, un grupo de mercenarias que eran las mejores del mundo.
Pero un día se separaron y la más pequeña de todas se quedó sola.
Esta mercenaria era guapísima, la más guapa del grupo, y no le costó encontrar gente que quisiera estar con ella —carraspeó—. Me refiero a sexo, tú me entiendes.
—Claro, claro.
—Pero ella se seguía sintiendo sola, porque la mercenaria guapa tenía muchos miedos: los demonios, las alturas, Nisadra… Pero su mayor miedo era la soledad.
Banon se mantuvo en silencio.
—Un día, las mercenarias volvieron a reunirse y la guapa se sintió muy feliz y les perdonó que la hubieran abandonado. Lo hizo porque no quería volver a vivir sin ellas nunca más, porque la vida sin ellas era una mierda.
—¿Y cómo acaba tu historia, Ion? —preguntó Banon.
Sabía que todas habían sufrido a su modo, pero también sabía que la inocencia de Ionwen le había hecho pasarlo peor que nadie.
Durante el tiempo que vivieron juntas, Banon la salvó de múltiples secuestros.
Incluso una vez la raptaron poniéndole un camino de caramelos que acababan en una caja sujeta con un palo.
—Me gustaría darle un buen final. De esos que hacen que todo el mundo llore y se levante en el teatro.
—¿Qué te parece: y fueron felices para siempre?
La alquimista se abrazó con fuerza.
—Y fueron felices… Juntas para siempre.