Capítulo 36
C uando la cálida luz del mediodía les acarició la piel maldijeron a la madre que parió al puñetero sol. Después de unos días encerradas bajo tierra no se tomaron muy bien lo de estar al aire libre.
—No sé si es más doloroso esto o que un limo gigante te gasee la cara —dijo Ionwen cubriéndose los ojos con la mano.
—Que te gasee un limo, definitivamente —contestó Noma, que todavía luchaba por recuperar su melena.
El paisaje exterior no había cambiado nada, al contrario que ellas.
Ahora todo era diferente, pensaba Banon.
Noma llevaba al espíritu de un mago muerto dentro, Nisadra se moría, Ionwen había descubierto lo que parecía ser una criatura devoradora de «cosas» que sufría flatulencias y ella…
Ella estaba más perdida que cuando empezó el viaje.
¿Qué se suponía que debía hacer? Noma le había dicho que actuara normal, como si no supiera nada.
El problema estaba en que en una misma noche había descubierto que Nisadra había sentido algo por ella y que se estaba muriendo por su culpa.
—… y es donde viven los magos renegados —explicó Nisadra. Parecía que llevaba un rato hablando, pero la mercenaria no había conseguido oír nada.
—Banon, ¿estás bien? Tienes mala cara —comentó Ion—. ¡Ay, no! Preparad los dardos, chicas.
—No, no —negó con rapidez—. Estoy bien.
—Estaba diciendo que el Bosque Perdido es un lugar protegido por Mishekal, el dios de los druidas.
—Y yo dije que ese es el dios que tiene cabeza de búho y que es muy gracioso —la interrumpió la alquimista—. Y luego dije que tiene que molar mucho tener cabeza de búho porque mueven el cuello para todos lados y seguro que puede ver un montón de cosas a la vez.
—Sí, bueno. —Nisadra puso los ojos en blanco—. Lo que yo os decía es que en ese bosque vive un grupo de magos renegados y que están bajo la protección del dios. Están en contra del Cónclave, puede que nos ayuden.
—¿Y sabes cómo llegar? —preguntó Noma—. Porque no creo que Remigius esté dispuesto a ayudarnos.
He de decir, señora, que os he ayudado más de lo que creéis y todo lo hago por el aprecio que le debo a la devoradora del sello.
Al menos ha conseguido mantener mi trabajo a salvo durante diez largos años. Lo que tú digas, viejo.
—Sé cómo llegar —contestó la bruja—. Estuve allí un tiempo después de que nos separáramos.
—¿Te uniste a unos druidas? ¿Tú? —preguntó Ion desconcertada—. No te pega nada eso de vivir en el bosque dando saltitos.
—Son magos, Ion, no conejos. Los druidas tienen habilidades muy particulares y recurrí a ellos… —Se detuvo y carraspeó—. Porque necesitaba esconderme del Cónclave.
Banon sabía a qué se refería. Noma había sido devota de Mishekal y las habilidades de curación que esta poseía venían de las enseñanzas del dios. Nisadra habría acudido a ellos buscando una cura.
Al ver que todas se quedaban en silencio, la bruja decidió seguir andando.
—Lo que os he dicho —añadió—. Tomaremos el camino que rodea la montaña.
— Camino, ¡ja! —soltó Remigius moviendo la boca de Noma—. Es más bien un desfiladero mortal donde acabaréis perdiendo la vida. ¿Tienes que ser siempre tan dramático?
—¿A qué se refiere, Nis? No me gustan las alturas. —La alquimista jugueteaba con las manos de forma nerviosa.
—Sí, es un desfiladero, pero lo he recorrido muchas veces. Estaremos bien.
—No te preocupes, Ion. —Banon se le acercó y dejó caer la enorme mano sobre su cabeza rubia—. Yo cuidaré de ti. ¡Te llevaré en brazos si hace falta!
—Todavía estás herida.
—¡Qué va! —Movió la pierna y dio un par de saltos para comprobarlo.
La alquimista le sonrió y asintió.
Nisadra marcaba el paso y ojeaba un mapa que había sacado de su bolso mágico.
Dijo que había recurrido a los renegados después de separarse las Hijas de la Sierpe.
Seguro que se había sentido perdida, después de todo, la única vida que había conocido fue en el Cónclave y con ellas y las dos opciones se habían ido a la mierda por culpa de Banon.
— ¿En qué piensa la devoradora del sello?
Remigius andaba al lado de Banon como si fuera real, y estaba igual que el día que lo conoció.
—¿Eres real u otra de mis alucinaciones? Se supone que estás dentro de Noma.
— Se supone, sí. Pero hay una parte de mí que también habita dentro de ti y ahora que he sido liberado del plano astral parece que puedo hablar contigo —explicó—. O puede que estés alucinando.
Ionwen miró ceñuda hacia Banon que iba en último lugar.
—¡Estoy bien! ¡Que nadie saque la cerbatana! —gritó para que las demás también la oyeran.
— La bruja se está muriendo y eso te está haciendo dudar.
—¿Y qué? —susurró para que las demás no pudieran oírla. Estaba a salvo, Noma y Nisadra habían cogido distancia e Ionwen… Bueno, Ionwen no era un peligro por su agudeza auditiva—. Está enferma por mi culpa.
— Y ya han muerto muchos, Banon. No es culpa tuya. Es mía.
—Pues haz algo, joder. Dime qué puedo hacer yo.
— Destruir el sello, pero ya viste lo que eso provocará.
—¿Quieres decir que o mueren los magos o morimos todos?
— Eso me temo. ¿Crees que yo quería esto? Nunca quise matar a los míos, yo solo quería salvar este mundo. —Señaló la naturaleza que les rodeaba.
—Tiene que haber una manera, no puede ser blanco o negro. —Banon negó con la cabeza.
— Si tu amiga renunciara a la magia podría sobrevivir, igual que el resto.
Pero ellos no quieren ser simples mortales, Banon.
Están tan acostumbrados al poder, a la superioridad, que no quieren ser como el resto.
Yo intenté mostrarles lo que estábamos haciendo.
¿Crees que me escucharon? Me llamaron loco y me encerraron por ello.
Cuando escapé juré que no permitiría que la destrucción del mundo llegara, aunque me costara la vida. Y así ha sido.
Banon solo alcanzaba a ver la espalda de Nisadra. Se le marcaban los huesos de los hombros a través del vestido negro. Parecía un títere de madera, como si unos finos hilos invisibles la mantuvieran en pie.
—Conseguiré que renuncie a ella.
— Ojalá lo consigas, pero yo no pude hacerlo con ninguno de mis mejores amigos.
Remigius se marchó silbando hasta que se desvaneció junto a Noma.