Capítulo 34
—¿Q ué le has hecho esta vez? ¿Es que no podemos dejaros ni un momento solas?
—Lo dices como si fuera culpa mía.
—Porque no sueles ser muy buena en esto de hablar, ¿sabes? —La alquimista la seguía con la mirada mientras Banon cojeaba de un lado y a otro de la habitación.
—Solo le dije que parecía muy interesada en sacarme el sello y que nunca había hecho nada por nadie. ¿Acaso mentí?
—No, no mentiste —sentenció Noma. Se había sentado junto al fuego con las piernas y los brazos cruzados en actitud muy abierta.
—Hombre… —añadió Ionwen, que había tomado asiento al lado de la sacerdotisa—. Para ser justas, eso no es del todo cierto. Nos ha salvado el pellejo y no ha pedido nada a cambio.
—¿Para ser justas, Ion? ¿En serio? —Banon se paró en seco y le clavó la mirada—. Dijo que… insinuó algo así como que… Que yo… Que ella…
Acabó la frase con un gruñido como hacía siempre que no encontraba las palabras. Ion tenía razón, hablar nunca había sido su fuerte, pero esta vez no iba a ceder. Nisadra seguía interesada en el sello y no se iba a bajar del burro.
Noma suspiró y se llevó la mano al entrecejo.
—¿Qué dijo? ¿Que todo el rollo de ser mercenaria era por ti?
—Menuda novedad —añadió Ion poniendo los ojos en blanco.
—¿Qué? ¿Vosotras lo…? —Las señaló.
—A ver, Banon. Hay que ser muy, pero que muy idiota para no darse cuenta —añadió Noma encogiéndose de hombros—. Pero si siempre ha odiado lo que cuesta sacar las manchas de sangre de la ropa.
—Hasta yo me di cuenta y no es que sea muy avispada. ¿Es que nunca te fijaste en cómo te miraba? Si solo faltaba que sonaran violines cada vez que se te acercaba y ponía ojitos. —La alquimista se pegó a Noma y pestañeó como si se le hubiera metido toda la arena del desierto de Lavhel en los ojos.
—Pero si siempre me está gritando y enfadándose conmigo. Es como si le molestara mi existencia —gritó Banon—. Las únicas idiotas aquí sois vosotras.
—Puede ser que lo que le moleste sea que se sienta atraída por ti. ¿No se te había ocurrido?
La mercenaria se dejó caer delante de ellas.
—La verdad es que no.
Habían tenido una relación en el pasado, sí. Pero Banon siempre había pensado que era puramente físico, que Nisadra la había utilizado como un desahogo.
—Por eso le molesta tanto y… —Ionwen se paró en seco—. Y por eso fue la que más sufrió tu marcha y la única que no ha sido capaz de perdonarte.
—Bueno, perdonarla, lo que se dice perdonarla… —añadió la sacerdotisa.
—Tú me entiendes. Nisadra es la única que sigue mosqueada todo el día y venga a sacar el temita de la puñalada trapera y todo eso.
—En eso sí que tienes razón —asintió Noma—. Aunque también creo que nosotras somos más maduras y por eso hemos sido capaces de superarlo.
—Sí, claro. También eso cuenta —sentenció Ion.
—Eh, ¿chicas? —Banon hizo aspavientos con los brazos—. ¿Podemos volver al tema importante?
—Tienes razón, tienes razón. —Noma carraspeó—. Nisa está fatal de la cabeza y debería ir a un chamán para que la ayudara a superar lo tuyo.
—Pero… ¿qué dices? —Banon dejó caer los brazos como si le pesaran el doble—. ¿Crees que está loca por… por sentir algo por mí?
—¡Eh, yo no he dicho eso! Me refiero a lo de no superar los traumas. Todavía está jodida por lo que le hicieron en el Cónclave. Esas cosas no las puede superar una sola, necesita ayuda.
—¿Lo que le hicieron en el Cónclave?
—Sí, ya sabes. —Ionwen se señaló el cuello y puso una mueca como si la estuvieran estrangulando—. La marca de apóstata. Siempre le ha dado miedo que alguien se la descubriera, decía que la habían marcado como al ganado. Ya sabes que no lleva bien el tema granjas y su pasado campestre.
—Hijos de puta —susurró Noma negando con la cabeza.
—¿Qué creéis que debería hacer?
—Dejarla tranquila —contestó la sacerdotisa—. Ahora está enfadada y va a dirigir toda su ira contra ti.
—Y ya sabemos cómo puede acabar eso —añadió Ionwen mientras un escalofrío le sacudía el cuerpo.
—No podemos seguir dependiendo de ella y mucho menos ahora.
—¿Y mucho menos ahora? —preguntó Ion—. ¿Por qué?
Fue como si la sacerdotisa se hubiera congelado. La expresión de su cara se le quedó tatuada, ni siquiera respiraba.
—¿Noma? ¿Tú también nos estás ocultando algo? —Banon la miró ceñuda.
—¿Yo? —Se movió por fin y lo hizo para mirar en todas direcciones menos a los ojos de sus amigas—. Yo jamás os ocultaría nada.
—Salvo aquella vez que nos encargaron entrar en una cueva a buscar no sé qué tesoro y te olvidaste de contarnos que era la guarida de un dragón —soltó Ion clavándole la mirada.
—Eso no es mentir, es ocultar información. Son cosas diferentes.
—E igual de malas, Noma. ¿Qué nos estás ocultando? No quiero volver a salir con el culo en llamas de ninguna cueva y sospecho que esto va a ser peor.
—Vale, vale —dijo arrastrando las vocales—. Me hizo prometer que no diría nada, joder. Me estáis haciendo faltar a mi palabra y eso también es algo malo.
—Seguro que tu diosa inventada te lo perdona, la mía lo haría.
La sacerdotisa le dio un codazo en el estómago a Ion antes de continuar hablando.
—Nisadra está enferma desde hace tiempo —confesó, y dejó caer los brazos sobre las rodillas como si se hubiera quitado un peso de encima—. Hace días que se encuentra mucho peor y ha tenido que pedirme ayuda. Por eso me lo ha dicho, si no jamás lo sabríamos.
—¿Enferma? ¿Qué le pasa? ¿Es por lo de que la magia está desapareciendo? —dijo Ion.
—Pues sí, algo así. —Cogió aire antes de continuar—: se está muriendo.
—¿Qué? No puede ser. Si…
Y entonces se dio cuenta. La Nisa que había encontrado en la cabaña hacía muchos días no tenía nada que ver con la que había recogido del suelo la noche anterior.
Estaba delgada, la piel era como una capa traslúcida sobre los huesos, la mirada perdida, las manos temblorosas.
Todo le estaba gritando que no le quedaba mucho tiempo, pero ella estaba demasiado ocupada en mirarse el ombligo.
—Creía que era por estar cerca del sello, que se recuperaría cuando…
—Es por el sello —la interrumpió Noma—, pero no se va a recuperar. De hecho, irá a peor. No debería estar usando su poder, eso solo acelerará el proceso.
—Pero, ¿por qué no me lo dijo?
Banon estaba derrotada. Todo era culpa suya.
—¿Habría cambiado algo? —Noma se encogió de hombros—. Tú seguirías teniendo el sello dentro y las dos estaríais sufriendo. Ella quiere salvar su vida, pero no quiere que sea a cambio de la tuya.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde que volvió, cuando nos salvó de los mercenarios. —La sacerdotisa jugueteaba con los dedos—. Me burlé de que hubiera matado a los Carroñeros con un cuchillo y no con algo espectacular.
—He sido una imbécil —gruñó Banon.
—No lo sabías y debes fingir que sigue siendo así —amenazó Noma—. Por favor, si se entera de que os lo he dicho me arrancará la cara o… o algo peor.
Las tres se quedaron en silencio hasta que habló Banon: —Encontraré la manera de salvarla. Me sacaré el sello o lo que sea, pero no la dejaré morir.
—¡YO TAMPOCO! —gritó Ion poniéndose en pie de un salto.
—Ion. —Noma le señaló la oreja—. No lo entendéis, las cosas no…
—Me da igual. —Banon negó con la cabeza—. Voy a encontrar la manera.
—Venga, Noma —añadió Ion, que ya se había ajustado el aparato de su oreja—, no seas cagona. Tiene que haber algo que podamos hacer.
—Bueno, hay algo que no hemos probado —dijo llevándose un dedo a los labios pensativa—. No hemos pedido ayuda a los dioses.
—Ah, no —dijo Ion—. La Tejedora nunca se metería en la vida de nadie, ella tiene un plan para nosotras en el que no debemos interferir.
—Por eso la mejor es Phi’Ri. Ella sí que interfiere, pero solo puedes recurrir a ella en tres ocasiones durante toda tu vida.
—Espera, eso me suena. —La alquimista se cruzó de brazos ceñuda—. ¿Tu diosa es un genio?
—¡Claro que no! —Noma empezaba a ponerse roja por momentos—. Es una regla dentro de nuestra religión.
—Dentro de la secta —aclaró Banon.
La sacerdotisa se puso en pie con la expresión más seria que la mercenaria le había visto nunca y salió de la habitación seguida de sus compañeras.
—¿Sabes que los genios son malvados? —Ionwen seguía hablando mientras trataba de darle alcance—. En los libros siempre la acaban liando y además hay una lámpara…
—¡Basta! —ordenó Noma parándose en seco en medio de la sala de los espejos—. Apartaos, necesito espacio.
—Noma, no es que no me fie de ti ni de recurrir a un genio malvado, pero esto es una malísima idea —dijo Banon, pero decidió tomar distancia. No creía en los genios ni en las diosas, pero sí en las sacerdotisas con mala leche armadas con mazas.
De pronto todo lo del templo de Phi’Ri cobró cierto sentido: las estatuas que más se parecían a demonios que a diosas salvadoras, los sacrificios humanos, las pociones de pis y el cáclum …
—¿Crees que Noma ya ha recurrido a esto antes?
—susurró la alquimista en el tono de voz más bajo que tenía en su registro—.
Yo habría gastado mis tres deseos a la primera.
Habría pedido unas tetas más grandes, una casa en la playa y una sartén mágica donde no se me pegara la comida. ¿Te lo imaginas?
—¿A ti con tetas más grandes? Te irías de narices contra el suelo.
—No, me refiero a lo de la sartén. ¡Menuda fantasía!
Por suerte para Banon, no tuvo que continuar esa conversación porque lo que sucedió a continuación la dejó sin palabras.
Noma inició una danza hipnótica que nada tenía que ver con lo que Banon esperaba que se hiciera para rezar; era bastante sensual, de hecho, y a la vez cantaba con una voz celestial.
Hasta sintió cómo se le ponían los pelos de punta.
Una luz procedente de ninguna parte iluminó a la sacerdotisa. Esta detuvo su danza y, mientras bajaba los brazos a ambos lados del cuerpo, la luz se centró en su rostro.
—La madre que la parió —susurró la alquimista—. Está preciosa.
Y tenía razón. La luz hacía que la piel oscura de Noma brillara como si estuviera decorada con pequeños cristales iridiscentes y su melena encrespada estaba ahora mecida por un viento. Un viento que le afectaba solo a ella, y que hacía que incluso las ropas se bambolearan con suavidad.
—Que la bendición del caos os guíe —dijo una voz proveniente de Noma, pero que no se parecía en nada a la suya.
Dicho esto, la mujer cayó al suelo como un trapo desmadejado.