Hijas de la Sierpe Capítulo 33
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Capítulo 33

P asaron algunos días en el templo. Banon llegó a perder la cuenta, ya que se movía entre periodos de lucidez y de sueño.

En una ocasión, abrió los ojos y se encontró en su propia granja.

Eso la hizo sentir en paz hasta que empezaron a aparecer mercenarios de todos los gremios conocidos y a servirse copas como si estuvieran en su casa.

Cuando fue a levantarse para mandarlos a todos a tomar por culo, Noma la abrazó y la llevó de nuevo al catre.

En otra ocasión vio a Ionwen poniéndole florecitas en el pelo con una sonrisa en la cara.

—¿Qué haces? —le había preguntado con una voz pastosa y extraña.

—Entretenerme —contestó—. ¿Me dejarías hacerte unas trenzas?

—Ni se te… —Y volvió a quedarse dormida.

Abrió los ojos y esta vez era Nisadra quien estaba a los pies de su lecho, sentada en una postura impropia de ella, con las piernas abiertas y los codos apoyados en los muslos. Parecía pensativa y no le quitaba la vista de encima.

—Pensé que te morías —susurró Banon entre dientes.

—Por un momento yo también —contestó.

—Tengo que estar flipando de nuevo, la Nisadra que conozco jamás diría eso —se rio.

—La Nisadra que conocías desapareció hace mucho tiempo —respondió la bruja, agachando la cabeza. La larga melena negra le cubrió el rostro.

—Esta me gusta más —soltó Banon antes de acurrucarse en la capa—. Es más humana.

Parecía que esta vez era la definitiva, ya que por fin pudo abrir los ojos y mantenerlos así tras pestañear varias veces.

Intentó levantarse del camastro que le habían hecho en el suelo, aunque más bien parecía que habían amontonado mantas en la misma esquina en la que se había desplomado.

Se limpió la saliva que le corría por la mandíbula y decidió salir de allí.

La herida del muslo estaba recién curada, Noma se había dedicado a ello en cuerpo y alma, y el vendaje era bastante más elaborado. Le sujetaba el muslo con varias cintas que le limitaban la movilidad de la cadera y la rodilla y hacía que le doliera muchísimo menos.

Cuando comenzó a caminar sintió que la cabeza le pesaba. Se llevó las manos al pelo y se percató de que tenía la espesa melena pelirroja trenzada hasta el infinito y con adornos florales.

—¡La madre que…! —gruñó tirándose del pelo. Estaba duro como una piedra. Se resignó y se caló la capa hasta los ojos con dificultad, ya que el nuevo peinado abultaba bastante más.

No había ni rastro de las Hijas de la Sierpe, salvo por las gachas de avena que todavía humeaban en el caldero. Banon se sirvió un cuenco y se sentó junto a las brasas.

—Han ido a curiosear por el templo —dijo una voz procedente de la oscuridad—. Les he dicho que no era prudente, pero Noma me ha enseñado un dedo y ha dicho que su diosa se lo ha ordenado.

Nisadra estaba sentada en una esquina, rodeada de un cementerio de libros. Todos abiertos de cualquier manera y con páginas arrancadas.

—Creía que tenías más respeto por la literatura —dijo Banon con la boca llena.

—Y yo creía que te había enseñado algo de educación —señaló.

La mercenaria tragó y se limpió la boca, avergonzada—.

No siento ningún aprecio por estos libros, porque eran de Remigius.

La mayoría son diarios de su investigación.

—Cogió el ejemplar que tenía en la mano, le arrancó una página e hizo una bola que lanzó a las brasas.

—¿Nada interesante?

—Solo los desvaríos de un loco.

Banon sirvió otro plato de gachas y se lo acercó a la bruja.

—No tengo hambre.

—Cuando cargué contigo me di cuenta de lo mucho que has adelgazado —soltó Banon sin dejar de ofrecerle el cuenco—. Es el especial de Ion: gachas con toda la canela de Oradea.

Nisadra aceptó el ofrecimiento y se metió una cucharada en la boca.

—¿Has dormido algo? —Banon se sentó en el único hueco que encontró entre los libros.

—¿Qué más da? —replicó la bruja hastiada—. No necesito descansar, necesito respuestas.

—Te forzaste demasiado, no tienes que castigarte tanto. Además, tú decías que era de vital importancia dormir bien para mantener el rostro sin arrugas.

Nisadra bufó de nuevo.

—Tú no lo entiendes.

—¿Y si me lo explicas? —Se encogió de hombros.

—Estaba allí, Banon. —dijo inclinándose hacia adelante.

Cuando le dio la luz, la mercenaria pudo ver los profundos círculos violáceos que tenía bajo los ojos—.

El muy cabrón estaba allí, le dije que necesitábamos su ayuda y ¿sabes lo que hizo?

Se largó silbando una cancioncita estúpida.

Estamos estancadas, Banon. No hay respuesta.

—Ya la encontraremos. Estoy mejorando, ya no tengo alucinaciones —afirmó obviando al demonio patilargo que bailaba detrás de una de las estanterías con movimientos lentos y sensuales—. Casi.

—Pero el sello sigue estando dentro de ti y no parece existir una forma de sacarlo.

—¿Y por qué te importa tanto sacármelo?

—Oh, venga, Banon. No empieces. —Negó con la cabeza.

—No. ¿Por qué quieres sacármelo?

—¿Porque te está afectando? ¿Porque estás cada día más chiflada?

La bruja se levantó y se dirigió a la mesa dándole la espalda.

—Lo estoy controlando.

Banon también se puso en pie y la siguió con la mirada.

—¿Ah, sí? —Se giró—. ¿Como cuando apuñalaste a Ion? ¿Ahí también lo estabas controlando?

—Eso no es justo. No ha vuelto a pasar.

—Claro —contestó riéndose—, porque estamos preparadas para dejarte fuera de combate en cualquier momento.

—Hay algo más. —La señaló—. ¿Cuándo te has preocupado por alguien que no fueras tú misma? Nos estás ocultando algo.

La bruja lanzó el cuenco de gachas sobre la mesa y este se llevó por delante varios matraces de cristal que cayeron al suelo seguidos de una nube de polvo.

—¿En serio, Banon? ¿Tú te atreves a decirme eso? —gritó—. ¿A mí, que dejé mi vida en el Cónclave por ti, por seguirte en esta estúpida locura de las Hijas de la Sierpe?

—Ah, no. No voy a dejar que me culpes de eso.

—Se le acercó tanto que quedaron a un palmo de tocarse la punta de la nariz—.

Fuiste tú la que se quiso largar, la que me pidió que la sacara de allí.

Fuiste tú la que me usó durante años para conseguir sus estúpidos juguetitos de magos.

Banon, ayúdame a conseguir no sé qué grimorio maldito.

Banon, tráeme no sé qué cetro del interior de ese volcán…

Nisadra se le encaró y casi parecía tan grande como ella.

—No entendiste nada. —Negó con la cabeza—. Te seguí hasta el mismo infierno. ¿Recuerdas lo que me decía siempre Noma? Que yo no estaba hecha para la vida de mercenaria. Y tenía razón, porque la única razón por la que seguía haciendo vuestras locuras era por estar…. Por estar…

—¿Por estar qué, Nisadra? ¡No me jodas y di la verdad por una vez en tu vida!

—Por estar contigo, pedazo de imbécil. ¡Todo era por ti! —La empujó con todas las fuerzas que le quedaban y consiguió hacerla retroceder un par de pasos—. ¿Y tú qué hiciste? Abandonarme porque un loco te pidió que salvaras el mundo. ¡Me traicionaste por un maldito desconocido!

Los ojos de Banon se abrieron de par en par.

—Ni se te ocurra volver a pedirme explicaciones de nada, Banon, porque no te las mereces. No te mereces nada de mí. ¡Nada!

La bruja corrió hacia la puerta, donde se encontró de frente con Noma e Ionwen.

—¿Qué pasa? —preguntó la sacerdotisa parándola en seco.

Nisadra las apartó de un empujón y cerró tras de sí con un sonoro portazo.