Hijas de la Sierpe Capítulo 32
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Capítulo 32

T emía abrir los ojos y enfrentarse a la realidad: había usado todo su poder y había fracasado. Se imaginaba a sus compañeras con la mirada clavada en ella, con los rostros ceñudos, juzgándola.

En el Cónclave había familias de magos que se consideraban parte de una especie de «élite» y luego estaban los de nueva aparición, los de sangre débil, que eran los primeros magos en sus familias, como Nisadra. Quizás todo esto había pasado por eso, porque en el fondo ellos tenían razón.

Cuando recuperó el conocimiento, lo primero que sintió fue la presencia de Banon. Allí estaba, un pozo profundo que parecía querer arrastrarla, pero ella se aferraba al borde del precipicio con las puntas de los dedos.

—¿Cómo te sientes? —dijo Noma cuando abrió por fin los ojos.

La imagen que tenía ante ella nada tenía que ver con lo que esperaba. La sacerdotisa le estaba colocando un paño húmedo en la frente mientras Ion la miraba con preocupación.

—Nos has asustado —añadió esta última.

—Estoy bien —respondió incorporándose poco a poco.

—Eso dices, pero no paras de sangrar por…

Le señaló el rostro. Nisadra se llevó la mano a los cachetes y se restregó el rastro de sangre seca que tenía.

—Me suele pasar.

—Pues no debería, ¿sabes? La gente normal no llora sangre.

—Es por abusar de la magia, Ion. Me recuperaré.

La alquimista se sentó a su lado y le ofreció algo.

—Ten —sonrió—. Es chocolate, dicen que lo cura todo.

Nisadra cogió la onza y se la llevó a la boca. Estaba amarga, pero le supo al mejor chocolate que había comido en su vida.

—Gracias —murmuró con la boca llena.

La bruja miró a su izquierda y vio a Banon espatarrada a su lado. Tenía la boca abierta y le caía la baba por la comisura.

—No se ha separado de ti —continuó Noma al ver hacia dónde miraba—. Ha luchado por no dormirse todo lo que ha podido, pero ya sabes cómo es.

—¿Una vaga?

—Siempre ha sido la última en despertarse y la primera en quedarse tiesa. ¡Y cómo ronca la muy condenada! —soltó Ion riéndose.

—Es cosa del sello —dijo Nisadra cambiando de tema y clavando la mirada en Noma—. La magia se está agotando.

La sacerdotisa se mantuvo en silencio. Estaba segura de que ella también lo sentía.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ion.

No era fácil de explicar. ¿Cómo le dices a alguien que nunca ha experimentado el don qué se siente cuando te lo arrancan de cuajo de la piel? Entonces, se dio cuenta de algo en lo que la alquimista sí que podía entenderla.

—¿Recuerdas cómo era la vida cuando podías oír? —Nisadra señaló el aparato que sobresale de su oído—. Imagino que eso ayuda, pero...

Ionwen se cruzó de brazos y miró hacia el techo lleno de telarañas.

—Pero no es lo mismo. Es como cuando hay mucho ruido en una habitación y quieres escuchar una discusión en la distancia: puedes hacerlo, pero tienes que concentrarte.

—Así nos sentimos los magos por culpa del sello de Asgio. El don es una forma de sentir y de vivir y sin él estamos ciegos, sordos y obligados a guardar silencio cuando sentimos que las palabras brotan en nuestra garganta —suspiró—. Podemos hacer magia, pero conlleva un gran sacrificio.

—¿Y por qué a Noma no le afecta como a ti? —preguntó Ion.

—Lo mío es distinto. Yo soy sensible al don, pero no tengo habilidades para usarlo. En mi caso, todo pasa por una oración. Es la diosa la que hace la magia.

—¿Y los magos no tenéis un dios al que pedirle que os haga el favor?

Nisadra tuvo que sonreír. La inocencia de Ionwen nunca dejaba de sorprenderla.

Los magos eran lo más parecido a dioses en la tierra, por eso no se permitían creer en una entidad superior.

Luego estaban los demonios, que si uno tenía la suficiente maña en el arte podía aprovecharse de ellos y de su poder esclavizándolos.

Así había sobrevivido ella al paso del tiempo, pero hasta donde sabía Nisadra los humanos solo tenían un alma y ella se la había prometido a demasiados compradores.

—Digamos que he intentado hacer algo parecido y no ha salido muy bien. —La bruja desvió la vista hacia la poca piel de las piernas que había quedado al aire mostrando parte de sus marcas.

—Siento lo de… ya sabes. —La alquimista desvió la vista de la marca.

La bruja negó con la cabeza quitándole importancia.

—¿Y no hay nada que podamos hacer? —preguntó Ionwen.

—Destruir el sello, y está claro que esa no es una opción.

La bruja se levantó a trompicones y salió de la habitación mientras escuchaba las protestas de sus compañeras. Sabía que refunfuñarían —sobre todo Noma—, pero que respetarían su espacio; siempre lo hacían.

La sala de los espejos ya no tenía razón para llamarse así. La explosión había arrasado con todo y solo quedaban los mismos muros de piedra que en el resto del templo. El lugar que había ocupado Nisadra para realizar el ritual era ahora una mancha negra enorme.

Se acercó y se dejó caer. Se abrazó las rodillas y metió la cabeza entre ellas intentando plegarse sobre sí misma y desaparecer. Quería llorar, pero ni eso era capaz de hacer. Ya solo le salían esas odiosas lágrimas de sangre, como si se hubiese secado como una fruta podrida.

¿En eso se había convertido la poderosa Nisadra? Ya no había elegancia ni superioridad en ella. Solo debilidad y lástima. Lástima era lo que había visto en los ojos de sus amigas, incluso en Banon cuando la miró a través de la barrera.

— ¿Qué ocurre, Nisadra? —susurró una voz en su mente.

—Necesito tiempo. Es más complicado de lo que crees.

— No es complicado. Solo tienes que matar a todo aquel que se interponga entre el sello de Asgio y tú. ¿Lo entiendes?

No le contestó.

— Empiezas a dudar —afirmó la líder del Cónclave—. Es tu vida la que está en juego y tu regreso al Cónclave como la salvadora. ¿No entiendes lo que eso significa, Nisadra? Serás la maga más importante de la historia.

Se giró sobre sí misma y se ovilló en el suelo de nuevo.

—¿Crees que no lo sé? Lárgate, no me gusta que entres en mi cabeza sin mi permiso.

— Pues cumple tu parte del trato.

Nisadra se concentró y consiguió expulsarla, dejando las últimas palabras perforándole la mente. Sabía lo que tenía que hacer, pero esperaba poder llevarlo a cabo sin hacerle daño a sus amigas. Sin embargo, parecía estar condenada a tener que decidir entre la vida de Banon y la suya propia.