Hijas de la Sierpe Capítulo 31
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Capítulo 31

L os preparativos del ritual resultaron ser un coñazo. Banon solo tuvo que sentarse en una esquina de la habitación de los espejos a ver cómo Noma y Nisadra pintaban símbolos por todas partes, incluida su piel y la de Ion.

—¿Para qué sirven? —preguntó la mercenaria mientras Noma le hacía uno en la frente.

—En tu caso, para nada —sonrió—. Le estoy suplicando a Phi’Ri que cuide de ti y te dé fuerzas para la lucha.

—¿Y funciona?

—No creo, pero tus enemigos no lo saben.

Banon tenía desenvainados sus dos cuchillos gigantes.

Movió el cuello en todas direcciones y dejó que le crujieran las articulaciones mientras daba saltitos.

La poción que Noma le había dado había hecho milagros con ella.

También le había explicado que curarla era complicado, porque no le afectaban los dones mágicos de la diosa, así que tenía que tirar de unas técnicas modernas que llamaba medicina.

No era milagroso y tardaba mucho en hacer efecto, pero funcionaba.

—Estoy preparada. ¿Dónde están esos cabrones?

Ionwen llevaba varios cinturones colgados a modo de bandoleras llenos de botellitas de cristal con líquidos y polvos de a saber qué. Además, iba armada con la misma sartén que había usado para saltear las verduras la noche anterior y para saltear a enemigos en otras ocasiones.

—No nos entretengamos más —soltó Noma—. Tenemos que aprovechar el efecto de los analgésicos de Banon.

—Bien —asintió la bruja—. Levanta el campo protector.

Nisadra se colocó en su lugar, justo en el centro de todas las runas.

Los dibujos apuntaban hacia ella como flechas.

Respiró hondo y dejó el libro en un altar improvisado que habían fabricado con una mesilla de noche.

Tras un asentimiento de esta, Noma empezó a cantar.

Su voz sonó más hermosa que nunca. Era un canto dulce y armónico, como el de un pájaro.

La sacerdotisa se movió en círculos alrededor de Nisadra y una fuerza empezó a crecer.

Era un muro de luz tan grueso que apenas podía oír el canto de la sacerdotisa.

Miró a Nisadra y habría jurado que tenía una expresión triste, como si le doliera dejarla fuera de la protección.

«Seguro que está preocupada por Ion», pensó.

Noma terminó la canción y se sentó con las piernas cruzadas a los pies de su protección mágica. Ella les había explicado que debía mantenerse muy concentrada para que el muro no cayera.

—Comencemos —añadió la voz de Nisadra, que se oía como si estuviera a muchos pies de profundidad.

Ahora eran las palabras de la bruja las que hicieron retumbar los espejos. Esto no era un cántico ni una súplica, era una orden. La bruja hablaba en un idioma gutural sin apenas vocales y parecía estar en la entrada del plano astral, gritando que le abrieran la puerta.

Fuera como fuese, estaba funcionando. Las escrituras de las paredes y del suelo se convirtieron en llamas. De la misma forma, el cuerpo de Nisadra se tornó fuego. La voz se fue diluyendo entre los múltiples sonidos que surgieron de todas partes.

—Mierda… —murmuró la alquimista aferrándose al mango de la sartén.

Cuando el primer demonio salió de uno de los espejos, Banon pensó que no distaba mucho de la apariencia que había tenido Ionwen en esa misma sala. La criatura no vino sola.

Si algo tenían en común era la piel escamosa, aunque de distintos colores. La mayoría tenían cuernos y demasiadas extremidades.

—Empieza la fiesta —dijo Banon. Giró los cuchillos sopesándolos y se lanzó al ataque. Se sentía tan fuerte como nunca.

Arremetió con todo su cuerpo y dejando que los filos rebanaran y cortaran a su paso. Al principio fue fácil, las criaturas no parecían entender muy bien lo que estaba pasando, pero poco a poco empezaron a darse cuenta de que no les habían otorgado una invitación amistosa al mundo humano.

La mercenaria se vio rodeada enseguida. Había muchos cadáveres a sus pies, pero otros muchos demonios continuaban vivitos y coleando.

Uno que tenía tantos cuernos como brazos consiguió parar su arma y golpearle el abdomen en varias ocasiones.

La mujer vomitó gran parte de las gachas del desayuno y se quedó en el suelo tratando de respirar.

—¡Te cubro! —Un olor nauseabundo le abofeteó la cara—. ¡MIRA ESTO, BANON!

La alquimista había cogido una antorcha y la lanzó hacia los demonios que la habían acorralado, y que ahora estaban impregnados de polvo maloliente.

En cuanto la llama entró en contacto con el aire, estos se prendieron como si estuvieran hechos de papel.

Banon recogió los cuchillos del suelo y se alejó de las llamas, que se desvanecieron cuando terminaron de consumir la carne de los demonios.

La lucha continuó y, aunque algunos enemigos consiguieron alcanzar la barrera mágica de Noma, no sirvió de nada.

Banon e Ion aparecían de inmediato para lanzarlos al otro lado.

La sacerdotisa abría el ojo de vez en cuando para ver dónde estaban sus amigas y, cuando lo hacía, la barrera pestañeaba como si el vínculo se estuviera rompiendo.

—¡Estamos bien! —gritaba la líder de las Hijas de la Sierpe de vez en cuando para que esta no se desconcentrara. Su respuesta era una sonrisa.

Cuando ya llevaban bastante tiempo, las heridas de Banon comenzaron a despertar.

El dolor de la pierna fue en aumento y ya no podía correr de un lado para el otro de la barrera para evitar los ataques.

Intentó que no se notara, pero Ion tuvo que cubrirla en varias ocasiones con sus mejunjes inflamables.

—¡BANON NO PUEDE MÁS! VAMOS, NISA, ¡JODER! —gritó la alquimista.

Nisadra arrugó el entrecejo, pero continuó.

—No está funcionando… —susurró Banon al ver la expresión de dolor en la bruja, que sangraba por los ojos—. ¡Nis, tienes que parar!

La bruja negó con la cabeza.

Un demonio se abalanzó sobre Banon y se le enganchó en la espalda. Esta se sacudió hasta que pudo agarrarlo y quitárselo de encima. Lo tiró a sus pies y lo apuñaló dejando caer todo el peso de su cuerpo en el cuchillo. Se quedó apoyada sobre el cadáver del demonio. No podía más.

Cuando lo daba todo por perdido y una oleada de demonios corrían hacia ella, hubo un fogonazo de luz seguido de una explosión que hizo que la mercenaria rodara hasta empotrarse contra los espejos.

Estos empezaron a estallar y Banon se enroscó sobre sí misma para escapar de los cortes.

Cuando la luz cedió, la mercenaria abrió los ojos y se sacudió los cristales de encima.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ion, que estaba en la misma situación que Banon, a pocos pasos.

En medio de las dos estaban Noma y Nisadra. La sacerdotisa estaba sentada en la misma posición y la bruja seguía en pie delante del libro, pero cubierta de sangre y sudor.

—Te cargaste mi barrera, Nis. ¿Cómo lo has…?

—D-da igual. Tuve que hacerlo.

Nisadra intentó moverse y el cuerpo le falló. Banon fue rápida y corrió hacia ella justo en el momento en que se caía.

—Tienes que descansar —susurró manteniéndola en pie.

—N-no lo he conseguido. Tengo que…

Banon cargó con ella olvidándose del dolor de su pierna y la llevó hasta la sala del sello.