Capítulo 30
—¡B uenos días!
Ionwen estaba removiendo el caldero y olía a gachas de avena. Ya no llevaba la venda del antebrazo, la herida tenía buen aspecto a pesar de que la cubría una buena costra.
Banon no pudo evitar soltar un gruñido al apoyar la pierna y hacer el esfuerzo de ponerse en pie. Al menos esta vez lo había conseguido, aunque tuvo que ayudarse de la mesa que tenía delante para mantenerse. Resopló con fuerza y consiguió sentarse al lado del fuego.
—¿Dónde están las demás?
—Ni idea. —Ionwen se encogió de hombros—. Pensé que el olor a gachas las haría salir de su escondrijo. Nisadra no ha vuelto desde anoche y Noma salió a buscarla.
—Seguro que están bien —dijo Banon tratando de convencerse a sí misma.
—¿Gachas?
Banon cogió el cuenco que le ofrecía y se llenó la boca con una buena cucharada.
—La clave está en dejarlas reposar y echarle mucha canela —dijo la alquimista—. Nunca es suficiente. ¿Sabes para qué va bien también? Para los explosivos.
—Siempre lo dices y sigo sin entenderlo.
—¿Nunca has hecho una bomba de canela? —soltó sorprendida—. ¿Te acuerdas cuando entramos en la guarida de los Desmembradores? ¿Te acuerdas de que luchaste con su líder?
—¿Que si me acuerdo? Todavía tengo pesadillas con ese gigante.
—Espera, ¿lo que me diste era canela? —preguntó Banon recordando que Ion le había dado un paquetito explosivo para arrojar a la cara de su rival.
—Exacto —asintió sonriendo y dejando la lengua en el hueco de sus paletas—. ¡Pica mucho si te entra en los ojos!
Unas voces provenientes de la otra sala interrumpieron la charla. Eran Nisadra y Noma y discutían. La primera en atravesar la puerta blanca fue la bruja.
—…en ningún momento dije eso.
—En ningún momento dijiste lo contrario, Nisa. Esto es una locura —soltó la sacerdotisa cerrando la puerta tras de sí—. El plan era invocar el espíritu, hacerle cuatro preguntas y mandarlo de vuelta al agujero del que salió.
—No es tan fácil, los espíritus no suelen querer abandonar el plano astral. Hay que sacarlos a la fuerza y eso implica ciertas… complicaciones.
—¿Qué pasa?
Banon se puso en pie y tuvo que sentarse de nuevo por el dolor.
—Nada —contestó la bruja alzando la ceja hacia la sacerdotisa.
—Sí, sí pasa. Esta tía loca quiere abrirle la puerta a todas las cosas chungas que existen y ponerles una alfombra roja.
—Puedo controlarlo, Noma.
—No, nadie puede.
Las dos mujeres se encararon apoyadas en la mesa rectangular. Una en cada lado, como si el mueble fuera lo único que impedía que se saltaran a la yugular.
—Chicas. —Ion se levantó y se puso en el centro muy seria—. ¿Queréis gachas?
—Olvídate de las gachas, Ion. ¿Qué está pasando? —preguntó Banon.
—Para poder invocar a Remigius tengo que abrir un portal al plano astral —explicó Nisadra—. Esto implica que puedan aparecer algunas cosas que no deberían, pero yo las controlaré.
—Por más que adore el caos que pueda generar eso y la diosa sabe que es así, no puedo permitirlo. ¿Y si se te escapa algo? Puedes matarnos a todas.
—No vamos a hacer las cosas a lo loco, Noma. Necesito que tú me ayudes a crear un perímetro seguro y que Ionwen se encargue de darle un empujón a los que intenten perturbar el círculo.
—¿Y yo? —preguntó Banon.
—Tú te mantendrás bien lejos —dijo Nisadra—. Si estás cerca se irá todo al garete.
—Pero Ion sola no podrá mantener a los demonios al margen —dijo Noma dando un golpe en la mesa—. Es una locura.
—¿Y qué quieres? No funcionará si está Banon.
—Y sin Banon nos comerán los demonios. ¿Te acuerdas de lo que pasó con los esqueletos de la otra sala? ¿Estás segura de dejar nuestra seguridad en manos de Ion? —La miró—. No te ofendas.
—Yo tampoco me fiaría de mí. —Se cruzó de brazos como si nada.
Nisadra se volvió hacia Noma. Suspiró.
—Tiene que haber alguna forma de que el sello no nos afecte.
—¿Y si la drogamos? Todavía me quedan dardos —dijo Ionwen sacando la cerbatana de su mochila.
—No, no. Ya he tenido suficientes drogas para toda una vida, gracias.
—Además, drogada no nos sirve de nada —sentenció Noma—. Tiene que poder pelear, pero que el sello no esté presente.
—¿Y una lavativa? Tengo que tener alguna por aquí… —Ion siguió rebuscando en la mochila.
—¡Ni se os ocurra!
Banon se levantó a toda prisa dejando caer las gachas y olvidándose de nuevo de la pierna herida. Su reacción defensiva fue buscar una pared que le protegiera la retaguardia.
—Vamos, Banon, estamos buscando opciones. Tienes que mostrarte más colaboradora —insistió Ion sacando un instrumento digno de tortura y en el que cabía una cantidad excesiva de líquido para meter por el recto de nadie.
Al ver la reacción de la mercenaria, Nisadra no pudo contener la risa, aunque enseguida se corrigió y recuperó su cara seria de siempre o, como decía Ionwen, su cara de estar oliendo meado.
—La culpa es tuya, Banon —dijo por fin la bruja—. Si hubieras aprendido a controlar el poder del sello no tendríamos que estar recurriendo a métodos tan rudimentarios.
—Lo he intentado, ¿vale? Pero no tengo ni idea de cómo hacerlo.
—No podemos hacerlo sin Banon —repitió Noma negando con la cabeza—. ¿Y si creo un círculo de protección, pero a la inversa?
—¿Qué quieres decir?
—En vez de meter a Banon dentro, meternos a todas las demás e incluso a los demonios.
—Noma se acercó a la bruja y aprovechó el polvo de la mesa para hacerle un dibujo—.
Ponemos runas aquí, aquí y aquí. Banon que se coloque en este punto e Ion solo se encargue de sacar a las criaturas que consigan entrar en el círculo en el que estamos nosotras.
—Si el sello está aislado… —dijo Nisadra.
—…no nos afectará —continuó Noma.
Las dos asintieron y miraron a la líder de las Hijas de la Sierpe.
—No he entendido nada. —Se encogió de hombros.
—Estarás sola —dijo la sacerdotisa con preocupación—. Todas estaremos a salvo menos tú. Tú tendrás que luchar…
—No lo estará —añadió la alquimista—. Dejadme fuera a mí también.
—Es demasiado peligroso, Ion.
—¿Y no será más peligroso si no tiene ayuda? —La alquimista se cuadró—. No pienso dejarla sola, está herida. Nosotras os protegeremos desde fuera.
—También podríamos esperar un poco a que se recupere de las heridas —dijo Noma.
—No tenemos tanto tiempo, tiene que ser ya. Quién sabe cuántos mercenarios o magos se encuentran en estos momentos cerca del templo. —La bruja negó con la cabeza.
—¿No puedes darme algo para que aguante?
Las cuatro mujeres rodeaban ahora la mesa por cada uno de sus lados. Noma y Nisadra, y Banon e Ion. Frente a frente.
—Podría —afirmó la sacerdotisa—, pero eso te haría forzar más de la cuenta y puede que acabes peor de lo que empezaste.
—Da igual, lo necesitamos. Puedo con ello. —Apretó el puño.
—Bueno. —Noma dio un golpe en la mesa de nuevo—. ¡Qué empiece la fiesta!