Hijas de la Sierpe Capítulo 29
49%

Capítulo 29

L a sala del sello. El lugar que fue creado para albergar el objeto más poderoso del mundo.

—¿En serio? ¿Esto? —preguntó Ionwen.

—Si parece la típica cueva que un cabrero usaría para esconder a sus animales —añadió Noma esquivando las telarañas que colgaban del techo—. No sé, esperaba algo más espectacular.

—Al menos la puerta tenía oro —continuó la alquimista.

En cuanto atravesaron el umbral, la magia del Velador desapareció y todas habían vuelto a la normalidad.

Banon seguía en la entrada. Trató de recordar el día en que se hizo con el sello y nada tenía que ver con el sitio en el que se encontraba.

Era una cueva al uso con sus paredes talladas en la piedra de forma rudimentaria, como si hubiera sido la naturaleza y no el hombre quien la hubiera creado.

El techo era bajo y sucio, había estanterías de madera viejas llenas de humedad.

Los libros habían sobrevivido a duras penas.

Una mesa enorme ocupaba gran parte de la sala y, sobre ella, matraces y tubos de cristal con más polvo que utilidad.

—No entiendo nada, yo no lo recuerdo así —dijo Banon.

—Cuando tú entraste estaba bajo el efecto de la magia del sello —añadió Nisadra. Tenía un libro en las manos y lo ojeaba con sumo cuidado.

—¿Quieres decir que era una alucinación?

—Eso parece. —Cerró el libro con un gesto dramático, provocando una explosión de polvo—. Debió ocultarse aquí mientras trabajaba en el sello.

—La verdad —dijo Banon— es que si Remigius se me hubiera aparecido en un sitio como este no sé si le habría creído.

—Dicen que era un mago muy poderoso especializado en el ilusionismo. Hacía que todo el mundo viera lo que él quería.

A Banon le había engañado a base de bien.

La sala que ella recordaba estaba llena de oro.

Un piso de mármol blanco bañado por una luz tan brillante que cegaba, con un pedestal en el centro y un cojín de terciopelo violeta y el sello posado en él.

Ahora lo único que había en el centro de la sala era una piedra gigante que sí que había sido pulida por mano humana para que tuviera una superficie plana.

—Debemos prepararnos para el ritual —ordenó Nisadra.

—No —sentenció Noma—. Tenemos que descansar. Míranos, estamos hechas un asco.

—De acuerdo —suspiró—. Descansad esta noche y mañana empezaremos a prepararnos.

—¡Bien! —La alquimista dio un salto—. ¡Yo preparo la cena!

Noma se acercó a la mercenaria y la empujó a una esquina de la cueva. La ayudó a sentarse en el suelo.

—Tienes que descansar —dijo en voz baja—. Has perdido mucha sangre.

—Estoy bien.

—Venga ya, que soy tu sanadora. A mí no me puedes engañar —gruñó—. Tómatelo con calma. Ahora estamos en manos de Nisadra.

—No me tranquilizas. —rio.

—Lo sé, pero no podemos hacer otra cosa. —Miró de reojo a la bruja, que seguía buscando en las estanterías—. Es nuestra única opción.

—¿La crees?

—No, y tú tampoco. —Se encogió de hombros—. Ni siquiera Ionwen la cree, pero siempre ha sido así, ¿no? Nunca confiábamos en ella y, sin embargo, siempre volvía a salvarnos el culo.

—¿Recuerdas la trampa de la hacienda Trible?

—Cómo olvidarlo.

Otro de los muchos trabajos que les había salido mal: tenían que robar unos cuadros de una hacienda para un contrabandista, pero resultó que el sistema de seguridad era más efectivo de lo que parecía.

En resumen, acabaron colgadas del techo y pataleando como lechones en una carnicería.

Nisadra les había advertido de que no cogieran ese trabajo y había insistido en que no participaría, pero, al final, las había seguido y esperado a que metieran la pata para salvar el día.

—Al final acabará salvándonos de nuevo, ya verás.

El olor a verduras y carne la hizo despertar.

Al abrir los ojos, vio a Noma e Ion afanadas removiendo un caldero y hablando de la combinación de especias.

Pero olía y sentía algo más. Ese aroma a flores y oscuridad que siempre rodeaba a Nisadra.

La bruja estaba a su lado, en pie, leyendo un libro de la estantería que había servido de soporte al peso de Banon.

—¿Has descansado? —preguntó sin quitar la vista de su libro.

—Sí.

Banon flexionó la pierna izquierda y trató de levantarse, pero perdió el equilibrio y volvió a caerse en el mismo sitio.

—No deberías hacer esfuerzos —sentenció la bruja—. Esa herida es muy reciente y se te ha abierto en varias ocasiones.

—Ya, pero tenemos que seguir.

—Nos queda una larga espera —resopló—. Tengo que prepararme para el ritual y está claro que tú no estás como para ayudar.

—¿Y tú? —preguntó Banon, ceñuda—. ¿Qué es todo eso de sangrar cuando usas magia? Nunca te había pasado.

La bruja hizo por marcharse.

—¿Y qué te ocurrió en las piernas?

Banon vio como la espalda se le contrajo.

—No vas a dejarlo correr, ¿no?

—No. —Banon se cruzó de brazos—. ¿Qué te está pasando?

—Tú, Banon. Eso me está pasando. —Se giró y la apuñaló con la mirada—. Tú y tu estúpido sello.

—¿Qué tengo que ver yo con todo eso?

La bruja resopló.

—Eso es lo mejor de ti, que siempre vas por ahí pensando que tus acciones no tienen consecuencias.

—Hizo aspavientos y se fue acercando cada vez más—.

Pues tengo una noticia para ti: nos has jodido a base de bien.

Y no hablo de las Hijas de la Sierpe, que también.

Hablo de los magos —continuó—. Hace tiempo que estamos perdiendo poder, que cada vez somos más débiles.

Resulta que la magia está condenada a desaparecer, Banon. Y nos ha costado años entender por qué…

—Nis…

—Cuando por fin lo descubrimos, llegas tú y te cargas nuestra única oportunidad. —Negó con la cabeza y se remangó la falda—. Esto es supervivencia, señora heroína. Esto empezó cuando nos arrebataste el sello.

La bruja se bajó la falda y lanzó el libro contra la mesa, haciendo que rebotara contra los botes de cristal y provocara un sonoro tintineo.

—Necesito aire —dijo antes de marcharse de vuelta a la sala de los espejos.