Hijas de la Sierpe Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

La siguiente sala estaba constituida por paredes repletas de espejos que cubrían toda la superficie; no había un solo resquicio de la habitación en el que no te encontraras con tu propia mirada.

Banon sintió un cosquilleo en la nariz que la hizo estornudar siete veces seguidas.

El aire estaba cada vez más viciado y, a medida que avanzaban, levantaban una nube enorme que parecía bruma.

—¿Estás bien? —le preguntó Noma, que le estaba sirviendo de muleta después del cambio de vendaje.

—Sí, tanto polvo me está matando —contestó limpiándose la nariz con el protector de cuero del antebrazo.

—Yo también me siento un poco rara desde que hemos entrado aquí.

Ionwen se rascaba el cuerpo y parecía que la ropa le molestara. Nisadra se llevó la mano a la cabeza y la sacudió como si tuviera un mosquito rondando.

—Oh, mierda —susurró la sacerdotisa, mientras se esforzaba por mantener los ojos abiertos—. Creo que esa gallina nos ha hecho algo. Ion ¿qué le dijiste?

—¿Yo? —La voz de la alquimista había cambiado y se estaba tornando más aguda—. Solo le conté un par de acertijos verdes, nada más.

La bruja se desplomó apoyada en las cuatro extremidades. La espalda se le curvaba en un arco nada cómodo y respiraba con dificultad.

—¿Nisa? ¿Estás bien? —preguntó Banon.

En ese momento, Noma se separó de ella. Daba pasos desacompasados, como si estuviera en la cubierta de un barco durante una tormenta. Banon tuvo que dar una serie de saltitos sobre la pierna derecha para mantener el equilibrio.

—¡Ay, diosa, creo que voy a potar!

El cuerpo de la pequeña alquimista comenzó a crecer de tal manera que superó con creces el tamaño de Banon.

Se inclinó hacia adelante y, cuando parecía que iba a empezar a vomitar, su cuerpo convulsionó y se le desencajó la mandíbula hasta convertirse en un hocico lobuno del que sobresalían colmillos cubiertos de sangre.

—¿Ion…? —susurró Banon.

—¿Qué pasa?

La voz era de ultratumba, tan potente y profunda como un rugido. La alquimista se llevó las manos —más bien las garras— al hocico y se miró horrorizada.

—¿QUÉ COÑO ME ESTÁ PASANDO?

El cuerpo se le cubrió de un espeso pelo negro y la espalda se le encorvó como si no pudiera mantener el peso de unos brazos tan grandes y largos.

Le brotaron también unos cuernos que se retorcían y enrollaban entre sí.

Se había transformado en una criatura que podía ser el resultado de que un mono se hubiera tirado a un lobo medio demonio.

—¡Soy Parth’Ariak! —dijo al ver su propio reflejo.

—¿Quién? —preguntó Banon.

—¡El rey de todos los demonios, el padre de la oscuridad!

Ionwen cerraba los ojos y negaba con la cabeza aterrorizada. Trataba de evitar verse en los espejos sin éxito.

—Ese no es el rey de los demonios, cú —gorjeó Nisadra—. Yo conozco al rey de los demonios y no se parece en nada a eso, cú.

—Sí, es el rey de los demonios de la saga de novelas «El nigromante que me empotró». —La versión demonio de Ionwen frunció el ceño con incertidumbre—. Espera, ¿has dicho «cú»?

Cuando Banon miró hacia donde se suponía que debía estar la bruja se encontró a una paloma de tamaño descomunal que movía el cuello de esa forma que solo las palomas saben hacer. Además, parecía tener las alas en jarra, como solía hacer Nisadra cuando se enfadaba.

—¿Nis, eres tú? —preguntó la mercenaria.

—Claro que soy yo, cú. ¿Qué os pasa, cú?

—Tú… —intentó decir Banon.

—¡Eres una paloma, cú! —gritó Ion con voz demoníaca y señalándola con su enorme brazo peludo—. Quiero decir… ¡Eres una paloma!

—¿Qué, cú? —Nisadra sacudió las alas y se miró horrorizada. Los ojos se le salieron de las órbitas y comenzó a corretear en círculos dejando un rastro de plumas.

—¿Por qué eres una paloma? No entiendo nada.

—Es una maldición, cú. El Velador se ha vengado de nosotras, cú —murmuró sin parar de corretear.

—¿Y qué tipo de maldición es esta, cú?

—¡Ion, deja de imitarme, cú!

—No puedo evitarlo, cú.

—¡Basta, cú! —dijo mientras le clavaba la punta del ala en el gigantesco pecho del demonio—. ¡O te juro que…!

—¿Qué vas a hacer, cú? ¿Picotearme?

—¡Ya está bien, cú! —gritó Banon—. Quiero decir… que ya basta.

Una risa malvada tronó dentro de la mismísima piedra. Los espejos vibraron.

—Quienes atraviesen mis dominios —comenzó a hablar el propio templo— se convertirán en aquello que más temen.

Hubo un silencio.

—Vale —dijo por fin Banon cruzándose de brazos—. Lo del demonio de Ion lo puedo entender, pero… ¿Por qué te dan miedo las palomas, Nisadra?

—¿Y a vosotras por qué no os dan miedo, cú? Son asquerosas, son como ratas ¡pero que encima pueden volar, cú! Cuando vas caminando se te meten delante y no tienen miedo de estampársete contra la cara, cú.

—Eso es verdad, a mí una vez se me estrelló una contra la jeta cuando iba huyendo a caballo y fue asqueroso. ¡Me llené de sangre de paloma por todos lados! —dijo Noma con una voz algo más grave de lo habitual.

—¿Noma?

—¿Qué? —Miró a las demás—. Ah, ¿lo decís por esto?

Se señaló el cuerpo. La sacerdotisa había adoptado la forma de Nisadra.

—¿Por qué eres yo, cú?

—A ver, seamos realistas —se rio—. Siempre me has acojonado. No me miréis así. ¿Nunca se os ha pasado por la cabeza que, de poder destruir alguien el mundo, esa sería Nisadra? Pensadlo, en serio.

—Visto así…

La alquimista comenzó a menguar hasta que acabó transformándose primero en ella misma y luego también en la bruja.

—¡Ya está bien, cú!

—Si a mí me hubiera afectado la maldición también me habría convertido en ti —afirmó Banon ocultando una sonrisa—. Bueno, ¿y ahora qué hacemos con esto?

—Espera, espera. Me gusta este juego —dijo Ion-Nisadra dando saltitos. Era impactante ver la imagen de la bruja con la actitud inocente de la alquimista—. Soy Nisadra y siempre tengo cara de estar oliendo meados.

Ionwen intentó imitar los movimientos de la bruja sin mucho éxito.

—¡Ahora yo, ahora yo! —dijo Noma entre risas. Se aclaró la voz e irguió tanto el cuello que parecía que se le iba a desencajar—: Sois patéticas.

Banon no podía parar de reír. Por otro lado, la verdadera Nisadra había cruzado las alas y daba golpecitos en el suelo con la pata.

—Os estáis pasando, chicas. Dejadlo ya —suplicó Banon. No es que las palomas fueran muy expresivas, pero la mercenaria veía cómo le temblaba un ojo.

—¡Mirad esto!

Noma comenzó a dar vueltas sobre sí misma como si fuese una bailarina. La larga falda negra voló con tanta fuerza que dejó al descubierto gran parte de la piel de las piernas.

—¿Qué es eso…?

Banon recordaba las piernas de Nisadra de piel blanca impoluta, pero ya no eran así.

Al ver las de Noma, Ionwen se subió la falda y dejó ver una piel tan castigada que ni siquiera parecía piel.

Estaba cubierta de marcas, de cicatrices de heridas y de dibujos con pinturas extrañas. No había ni un resquicio sin marcar.

—No… —susurró Nisadra. La voz sonaba tan rasgada que no parecía la suya.

—Lo siento, Nis. No sabía… —dijo Noma cuando recuperó el equilibrio.

—No era mi intención…

—Basta —les cortó la bruja—… cú.

La paloma se giró con toda la dignidad que podía tener un ave de esa envergadura y se marchó por la única puerta que había, marcando el ritmo con el cuello.