Hijas de la Sierpe Capítulo 28
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Capítulo 28

E staban atrapadas. Al otro lado de la puerta había un moco maligno que amenazaba con comerse todo a su paso, aunque parecía respetuoso porque no tiraba la puerta abajo, mientras que frente a ellas lo único que había era una habitación cuadrada, oscura y desolada.

—En mi defensa diré —contestó Ion poniéndose en pie con toda la dignidad que le permitían los dolores de su cuerpo— que no habríamos sobrevivido al ataque de los esqueletos si no fuera por mi astucia.

—En eso tiene razón, Nis —asintió la sacerdotisa—. Al fin y al cabo, le debemos la vida.

—No sé vosotras, pero yo habría preferido morir apuñalada por uno de esos esqueletos que de inanición encerrada en este cuartucho.

—Basta, chicas —les cortó Banon—. Busquemos una salida. Alguien nos indicó este lugar, así que será por algo.

Se respiraba una niebla polvorienta y asfixiante, como si nadie hubiera pisado esa habitación en cientos de años. Además, no había antorchas en las paredes ni ningún tipo de decoración, al contrario que en el pasillo y en el gran salón anterior.

—Puede que sea el escobero del templo —dijo Ionwen, que se había puesto a explorar la pared que le quedaba a la derecha. Noma decidió explorar la pared de enfrente.

La líder de las mercenarias se quedó apoyada en la puerta. Sentía los toquecitos de la masa al otro lado, pero ya no se oía ni un solo traqueteo de los no muertos.

—¡Eh, chicas! Aquí hay algo —gritó Noma.

La alquimista se acercó a su amiga y encendió una pequeña lámpara que sacó del interior de su macuto. Banon se levantó y caminó con torpeza hasta el otro lado. Nisadra se detuvo un segundo, casi la tocó, pero enseguida cambió de postura y la adelantó para llegar al resto del grupo.

—¿Qué es? —preguntó Banon.

—Parece… una estatua —contestó Noma, enfocándole el rostro con la lámpara de Ion.

Era una mole de piedra incrustada en la pared del templo. Tenía rasgos de distintos animales: el rostro era felino sin duda, pero las extremidades eran… de gallina.

—Qué criatura tan extraña. ¿Qué es?

—No tengo ni la más remota idea, Noma —sentenció Banon negando con la cabeza—. Solo sé que es lo más feo que he visto nunca. ¿Habéis visto esas patas?

—Callaos —soltó Nisadra—. No es una estatua. Es un Velador.

—¿Y eso qué es?

—Eso, Banon, es…

—Es un espíritu que se invoca y se encadena a un cuerpo físico.

Normalmente suele ser de piedra, aunque también existen los de barro o metal.

Son invocados por magos muy poderosos y se les asigna una tarea que estarán condenados a cumplir por toda la eternidad, incluso tras la muerte del susodicho mago —recitó Ion con voz muy seria.

—¿Cómo sabes tú eso? —preguntó la bruja, enfadada por la interrupción.

—Lo leí por ahí. —Se encogió de hombros.

—Eso quiere decir que esta cosa está protegiendo algo, ¿no? —preguntó Noma—. ¡Podría ser una salida! ¿Cómo lo despertamos, Ion?

—Ni idea, solo recuerdo ese fragmento. —Frunció el ceño—. ¡Espera! Recuerdo algo más: decía que no se les podía dar de comer después de la medianoche, ni tampoco bañarlos… Bueno, eso solo a los de barro.

—Gracias, Ion. Como siempre, has sido de gran ayuda —dijo Nisadra y le dio unos golpecitos en la cabeza.

Banon empezó a sentirse mareada. Miró hacia abajo y la sangre le caía de nuevo a lo largo de la pierna hasta formar un pequeño charco a sus pies.

—Noma —dijo con un hilo de voz—, ¿podrías…?

La sacerdotisa se llevó las manos al rostro al ver la herida.

—¡Por la diosa! Tenemos que arreglarte esa pierna.

Las vendas estaban cubiertas de sangre oscura y, cuando Noma descubrió la herida, Banon pudo ver que Nisadra trataba de disimular un respingo. Nunca le había gustado ver heridas en las que había músculo o tendones expuestos, así que su expresión no era una buena señal.

—Se ha abierto del todo, maldita sea —refunfuñó la sanadora.

Continuó hablando de la importancia de seguir las indicaciones que se daban cuando uno estaba enfermo o herido, y de lo malagradecidos que eran siempre sus pacientes.

Banon clavó la mirada en el charco de sangre que había dejado delante de la estatua. Frunció el ceño forzando la vista. ¿La sangre se estaba moviendo? Se filtró por las grietas que tenía el suelo, que parecían caminos que llevaban a los pies del Velador.

—Chicas, ¿habéis visto eso? —señaló.

Nisadra se acercó e incluso se agachó a los pies del charco. Este había menguado hasta desaparecer, porque toda la sangre había ido a parar al Velador, que emitía el sonido de sorber con una cañita.

—La gallina se acaba de beber mi sangre —sentenció Banon incorporándose del suelo.

—Eso parece, sí —añadió Ionwen que se había agachado bajo las patas de la estatua.

—Acepto vuestra ofrenda de sangre, humanas.

Una voz cavernosa salió del hocico de la estatua y una luz rojiza iluminó los ojos de piedra. Poco a poco el Velador fue cobrando vida y las patas de pollo se desprendieron del resto de la pared. El animal se irguió y era tan alto como dos o tres Banon.

—Os cederé el paso al templo —continuó la voz—, pero debéis acertar dos acertijos.

—Espera. —Nisadra se puso delante de ella—. ¿Aceptas la ofrenda de sangre y, aun así, nos pones más pruebas?

—La ofrenda es solo para que os conceda la oportunidad de continuar. La verdadera prueba son los dos acertijos —contestó con voz solemne.

—Espera, espera —interrumpió Ionwen poniéndose delante de ella. Tenía que levantar tanto la vista para dirigirse a su rostro que casi no le daba el cuello—. ¿No deberían ser tres acertijos?

—¿Cómo?

Si el Velador no estuviera hecho de piedra seguro que habría fruncido el ceño y se habría rascado la coronilla.

—Siempre son tres acertijos.

—Ion, ¿qué estás haciendo? —Noma se había acercado a ella y le tiraba de la manga para que le hiciera caso.

—Déjame a mí —susurró la alquimista—. Esto sale mucho en mis novelas.

—¿En las eróticas?

—Fantasía erótica —refunfuñó—. ¡Te lo he dicho un montón de veces!

—¡He dicho que son dos acertijos! —sentenció el Velador—. Ni uno más, ni uno menos.

Banon se puso en pie como pudo y se acercó a las demás.

—¿Y qué pasará si fallamos?

—Eso dependerá de cómo falléis —continuó al ver las caras atónitas de las mujeres—. Si estáis muy erradas, moriréis. Si estáis un poco erradas… Quién sabe.

—No se puede estar poco o muy errado —contestó la bruja—. O te equivocas o aciertas.

—Entonces moriréis en cualquier caso, ¿lo preferís así? —rugió la estatua enfurecida—. Mi juego, mis normas. ¿Entendido?

—Tu juego, tus normas —contestó Banon. Luego se dirigió a sus hermanas susurrando—. ¿Queréis dejar de discutir estupideces con la gallina chupasangre?

Las demás asintieron. A Nisadra hasta se le enrojecieron las orejas.

—Continúa, oh, poderoso Velador del templo —soltó Banon.

—Aquí os va mi primer acertijo —se aclaró la voz—: Soy aquello que te pertenece y, sin embargo, todos me usan más que tú. ¿Qué soy?

—¡Ese es facilísimo! —se rio Ionwen—. Eres mi nombre.

—Espera, Ion. Tenemos que decidir en consenso antes de…

—La respuesta es correcta —afirmó la estatua, enfadada.

—TOMA YA, CHÚPATE ESA —gritó la alquimista dando una patada en el aire.

Noma la sujetó por los hombros.

—Ion, cariño. Ajústate los aparatos.

Esta se llevó una mano a la oreja y enfocó la trompetilla hacia el Velador.

—Venga, estoy preparada. —Se cuadró—. Lanza el siguiente.

—Ahí va mi último acertijo —contestó malhumorado—: Oro parece, plata no es y el que no lo adivine un tonto es.

Silencio.

—Tiene que ser una trampa, seguro —sentenció la bruja.

El resto se quedó en silencio.

—Ja, sabía que no lo resolveríais.

El Velador se rio a carcajadas, de tal forma que daba la sensación de que el templo se estuviera derrumbando.

—Claro que lo sabemos, idiota —contestó Ion con los brazos en jarras—. Eres un puñetero plátano. ¿En serio estos son los acertijos que sabes? Tienen más años que la tos, tío. Deberías salir más.

No hubo respuesta y los ojos de la estatua se apagaron.

—Te has pasado, Ion. —Noma la sujetaba todavía por los hombros—. A ver si ahora has mosqueado al Velador y no nos va a dejar pasar.

—Ese no era el trato —sentenció Banon dirigiéndose a la estatua, que parecía haberse vuelto a dormir—. Dijiste que si acertábamos los dos acertijos podríamos continuar.

Los ojos se volvieron a iluminar.

—Pero me habéis ofendido. —Se volvieron a apagar.

—Y pedimos disculpas por ello —contestó Nisadra—, pero no es digno de un Velador faltar a su palabra.

De nuevo la luz.

—Pero sigo ofendido. —Se apagó.

—Pero un trato es un trato.

Silencio. Y nada de luz.

—Maldita sea, Ion. ¡Nos has bloqueado las dos salidas! Estarás orgullosa.

—Esperad, voy a intentar arreglarlo. —Se acercó a la estatua—. ¿Qué te parece si te digo un par de acertijos más actualizados y tú nos dejas pasar? Así podrás impresionar a los siguientes que intenten entrar en el templo.

—Te escucho —dijo el Velador con un solo ojo iluminado.

Ionwen miró a sus compañeras y asintió. Comenzó a trepar por la estatua hasta que estuvo a la altura de su oreja derecha.

Cuando terminó de susurrar e inició el descenso, la mercenaria juraría que vio a la estatua sonrojarse y esbozar una sonrisa traviesa.

Probablemente fuera cosa de sus alucinaciones.

La pared de al lado se abrió y mostró un camino.

—Podéis continuar.

—Gracias —contestó Banon haciendo una reverencia un poco extraña, pero claro, ¿cómo se despide una de la estatua de una gallina chupasangre?

Atravesaron la pared llenas de ilusión y, aunque el dolor de la pierna iba a peor, Banon no pudo evitar sonreír ante el triunfo.

Si se hubiera atrevido a mirar hacia atrás, hacia el Velador, se habría dado cuenta de que este sonreía de forma muy poco inocente e incluso se había llevado la pata de pollo a la boca para ocultar su sonrisa maligna.

Cosa de las alucinaciones, ahora ya seguro. El Velador continuaba siendo de piedra.