Hijas de la Sierpe Capítulo 27
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Capítulo 27

P or fin llegaron al templo, por llamarlo de alguna manera. Lo que quedaba de él era un montón de rocas derrumbadas sobre lo que en el pasado había sido una puerta de piedra hecha para gigantes. Banon recordó el momento en que la vio por primera vez y cómo se le erizaron todos los pelos del cuerpo.

—¿Y ahora qué? —dijo Noma, que soltó la mochila y se dejó caer.

El camino había sido agotador, dos días con sus correspondientes noches de marcha forzada. Luchando contra el barro y contra la lluvia que les impedía ver el camino, siguiendo a Nisadra, que era la única que parecía saber hacia dónde se dirigían.

Ionwen también se tiró al suelo, mochila incluida.

No pareció importarle el sonido de algunos cristales al romperse.

Banon siempre había pensado que, cualquier día, su amiga mezclaría algo por descuido y acabaría creando la pócima de la vida eterna o algo parecido.

Después de todo, ya les había tocado saltar por los aires en muchas ocasiones.

—Tiene que haber otra entrada —dijo Nisadra inspeccionando la pared—. Era un templo ¿no? Siempre había una puerta trasera para escapar. Banon ¿por dónde saliste tú?

—No lo recuerdo —contestó la mercenaria llevándose la mano a la frente, intentando buscar en las imágenes de su mente.

—¿Podrías apartarte? —le pidió la bruja con brusquedad—. Necesito concentrarme.

Banon se alejó todo lo que pudo.

—Déjala —dijo Ionwen desde el suelo—. Es la reina del drama.

Nisadra se cubrió de una luz azulada que dibujó runas a sus pies.

Habló en una lengua muerta que solo los magos conocían —solían usarla para los conjuros y para insultar a las madres de los no magos— y cerró los ojos.

Las rocas temblaron y los resquicios que quedaban entre ellas se llenaron de la misma luz azul que desprendía la bruja.

Vibraron con fuerza, pero apenas se movieron.

Banon vio como unas gotas de sudor perlaban la frente de Nisadra. Estaba haciendo un gran esfuerzo y no ocurría nada. En otro tiempo, esto habría sido una minucia para alguien tan poderoso como ella. Se levantó y se movió para poder verla mejor, aunque manteniendo la distancia.

—¡Para! —gritó cuando vio que una gota de sangre se deslizaba por la comisura de sus labios.

La mercenaria salió corriendo y se metió en el círculo de runas, anulándolo con un fogonazo de luz. La bruja cayó al suelo como si le hubiera golpeado una maza en las rodillas.

—¿Estás loca? Podrías haberme matado —dijo intentando incorporarse, pero no fue capaz.

—¿Loca yo? —Señaló la sangre que le había llegado hasta la mandíbula—. Te estabas haciendo daño.

—No entiendes nada…

—Entiendo que no tienes por qué hacer esto. Hay otras formas.

—¡Pues adelante! Oh, poderosa Degolladora de Ormea — increpó a modo de burla.

Banon infló los carrillos y se lanzó contra las rocas. Haciendo uso de toda su fuerza bruta y acompañándola de gritos de guerra consiguió mover algunas y encontrar la entrada.

—Listo —sonrió, pero la bruja se había puesto en pie y apretaba los puños con fuerza.

—Enhorabuena. Muy elegante.

Noma encendió varias antorchas y las fue pasando.

Nisadra pasó al lado de Banon con la cabeza tan alta que acabaría provocándole una contractura en el cuello.

La mercenaria escondió las manos detrás de su cuerpo y fingió una reverencia.

Jamás le dejaría ver que estaban despellejadas y cubiertas de sangre ni cómo el vendaje de su pierna se había manchado con el esfuerzo.

—No recuerdo haber visto esto la última vez.

La luz de las antorchas iluminó un pasillo con el techo tan alto que se perdía en la oscuridad. Las paredes estaban decoradas con escenas que parecían cobrar vida en las que aparecían leones alados, humanoides con rasgos reptilianos, criaturas menudas y deformes…

—No lo recuerdas porque no las viste —contestó Nisadra, que acariciaba las imágenes como si quisiera leerlas con los dedos—. Estábamos demasiado ocupadas en no morir.

—¿Estáis seguras de que ya no hay trampas? Yo no me fío una mierda.

Ionwen había entrado en último lugar y se iba refugiando detrás de cada columna. Miraba a ambos lados antes de dar un paso, apoyaba el pie con suavidad sobre la siguiente baldosa y, cuando no pasaba nada, echaba a correr hasta alcanzar la siguiente pared que pudiera protegerla.

—Ya no hay sello. ¿Para qué mantenerlas?

—No lo sé, Nis. —Sacudió la cabeza—. Este sitio me pone los pelos de punta.

Continuaron avanzando hasta que el pasillo se transformó en un gran salón.

Estaba vacío salvo por las largas columnas de piedra que mantenían el peso de un techo inexistente.

Tras poner el primer pie dentro del salón, una hilera de antorchas se prendió al unísono.

Dibujaron un camino en línea recta que terminaba en una puerta de madera.

—Alguien quiere que vayamos por allí —sentenció Noma señalando el final del pasillo.

—Ya, claro. Y nosotras le vamos a hacer caso.

—No lo sé, Banon. No todo el mundo tiene malas intenciones.

Un olor nauseabundo reptó por la sala y se le metió en las fosas nasales. Banon tuvo que contener una arcada con toda la fuerza de voluntad que tenía.

—¡Eh, chicas! Banon está haciendo cosas raras. —Ionwen la señaló mientras se llevaba la otra mano a la cerbatana que tenía cargada.

—Estoy bien, de verdad —dijo esta—. ¿No oléis eso?

Nisadra y Noma sujetaron también la cerbatana y la miraron alzando la ceja a la vez.

—Que estoy bien, joder. —Banon levantó las manos, incluso enfundó el cuchillo y dejó caer la antorcha—. No hay nada peligroso, ¿veis?

—Yo no me fiaría —afirmó la sacerdotisa—. La última vez que potaste salió una cosa muy rara de ti. ¿Quién nos asegura que no vayas a vomitar un dragón o que te vaya a salir del culo un demonio de fuego?

—Esperad, de verdad. Puedo controlarlo. —Tragó de forma sonora—. ¿Veis? Estoy bien.

Volvieron a guardar las cerbatanas y Banon pudo respirar tranquila.

—Espera —dijo la alquimista olisqueando el aire—. Ahora que lo dices, yo también huelo algo. Es como si… como si algo se estuviera pudriendo.

Crac, crac, crac…

Banon miró hacia la oscuridad que rodeaba el gran salón. El traqueteo provenía de todas partes, era como entrechocar varios trozos de madera o metal y sonaba cada vez más cerca.

Las mercenarias hicieron un círculo y se mantuvieron espalda contra espalda; las antorchas a sus pies iluminaban el espacio que ocupaban entre las columnas. El camino a la puerta seguía alumbrado y parecía llamarlas a gritos.

—Que el caos nos abrace y la diosa Phi’Ri nos acoja en su seno… —rezó Noma en voz casi inaudible. El salmo continuó en un murmullo.

Crac, crac, crac,…

El traqueteo aumentó y bajo las antorchas comenzaron a dibujarse siluetas con armaduras desgastadas.

—¡Por las tetas de la Tejedora! ¿Qué cojones es eso? —gritó Ion asiendo con fuerza su sartén abollada.

El primer rostro de sus enemigos se dejó ver.

O, más bien, la ausencia de rostro. La armadura rota y oxidada colgaba de huesos y carne carcomidos.

Las cuencas de los ojos estaban iluminadas por una luz verdosa que le daba un aspecto todavía más repugnante a los trozos de piel que se desprendían de los pómulos.

La mandíbula pendía de una esquina moviéndose hacia un lado y hacia el otro con cada paso.

El ejército de no muertos avanzaba rodeando a las Hijas de la Sierpe en una danza lenta y estridente.

—¡Oh, venga ya! Entro en un templo abandonado y aparecen esqueletos con armadura. ¿Podría ser más original? Casi prefiero las potas con modales.

Banon sacudió la cabeza y enfundó el arma.

—Banon, ¿q-qué haces? —preguntó Noma al ver que se cruzaba de brazos.

—Qué miedo. Oh, no, me atacan los esqueletos más genéricos de la historia.

—Esto no es una visión, Banon —soltó Nisadra.

—Sí, ya. Claro —asintió—. Parece que las alucinaciones son cada vez más poderosas. No pienso caer en esta. ¡Queréis meterme otro dardo por el culo! Pues ¿sabéis qué? No pienso caer. No, señoras.

La mercenaria se plantó en el centro del círculo con los brazos cruzados como un pasmarote.

—¡No me puedo creer que seas tan idiota! —gritó la bruja.

—¡Pedazo de burra! —continuó la sacerdotisa.

Los esqueletos se abalanzaron sobre ellas cargando con hachas, espadas y mazas oxidadas.

Nisadra invocó algo con murmullos que le cubrió las manos del mismo fuego verdoso que parecía salir de los ojos de los no muertos.

Golpeó el suelo con su mano izquierda y una energía impulsó a sus rivales a una distancia considerable, pero estos no tardaron en recomponerse y volver a la carga.

—Malditos sean —dijo la bruja limpiándose la sangre que le caía por el lagrimal —. No puedo contenerlos. Si Banon no estuviera…

—¡Yo me encargo!

La alquimista se adelantó varios pasos y dejó caer una de sus mezclas contra el suelo.

Una nube viscosa de un color sin determinar —uno que podría considerarse «azulanja»— creció hasta hacer de barrera.

Los esqueletos trataban de atravesarla, pero se quedaban pegados y eran absorbidos por la masa, lo que aumentaba su tamaño.

—¡Seguimos teniendo problemas por aquí! —gritó la sacerdotisa.

Noma se enfrentaba con su maza a varios de ellos. Por suerte, y dado a la poca estabilidad de un cuerpo sin músculos, con cada golpe de su arma conseguía lanzarlos contra las columnas.

—¡Banon, joder! —gritó Nisadra mientras la zarandeaba—. ¡Que no es una visión, que esas cosas son reales!

El de la mandíbula péndulo arremetió contra ellas.

La bruja saltó a un lado y trató de empujar a Banon sin éxito.

La espada del no muerto cayó sobre el antebrazo de la mercenaria, que había levantado de forma instintiva para defenderse.

El filo del arma oxidada se le hincó en las protecciones de cuero.

—Eso ha dolido —confesó.

Con el brazo libre le soltó un puñetazo que mandó los restos de mandíbula a los pies de Ion, que le dio una patada y los incrustó en el moco que seguía creciendo y devorando esqueletos, y que ahora ocupaba casi toda la habitación.

—Eh, ¿Ion…? —preguntó Nisadra al percatarse. Estaba tirada en el suelo y dando patadas a todo lo que se le acercaba—. Esa cosa, ¿hasta cuánto puede aumentar su tamaño?

—¡BUENA PREGUNTA! —gritó con la respiración entrecortada. Estaba dando sartenazos a todo lo que se le ponía por delante—. ES LA PRIMERA VEZ QUE LO USO. ESTÁ EN FASE EXPERIMENTAL.

—¿Experimental? —Noma seguía reventando huesos—. ¿Y por qué lo has usado?

—PUES PORQUE HAY QUE EXPERIMENTAR, IDIOTA.

Banon corrió abriéndose camino hasta la bruja y la ayudó a ponerse en pie. Esta se sacudió para que la soltara.

—Tenemos que salir de aquí antes de que eso nos devore a nosotras también.

La puerta de madera seguía siendo visible al fondo del camino de antorchas, pero no por mucho tiempo. Tuvieron que rodear la masa viscosa hasta el borde del salón. No solo había ido devorando a los esqueletos que encontraba, sino que también había absorbido las columnas y las antorchas.

—¿Y si no hay salida? —preguntó Noma abatiendo a un no muerto que trataba de detener su avance.

—No tenemos otra opción. ¡No os paréis!

Siguieron corriendo, saltando para esquivar los esqueletos que reptaban por el suelo, empujando hacia el moco gigante a los que se les ponían en el camino y maldiciendo a toda la estirpe de Ionwen.

La alquimista fue la primera en alcanzar la puerta.

Trató de abrirla, pero los goznes estaban oxidados y no se movían.

Noma llegó tras ella y, con un gruñido suyo y de la puerta, la abrió.

Entraron en tropel y cerraron tras ellas.

Banon se sujetaba la pierna izquierda. El vendaje estaba cubierto de sangre.

—Maldita sea… —susurró.

—Te… dije… que… no… hicieras esfuerzos —dijo Noma, soltando todo el aire en las últimas palabras.

—Eso díselo a Ion. Por cierto ¿qué era esa mierda?

—Ni idea —contestó esta. Se había dejado caer al lado de Banon y se abrazaba a su sartén—. Pero ¿a qué ha molado un huevo?

La mercenaria iba a echarle una buena bronca, pero la verdad es que sí que había molado, así que se limitó a dejarle caer la mano en la cabeza y zarandearle las rastas.

—Sí, sí. Ha sido genial —soltó Nisadra. Era la única que se había puesto en pie. Las miraba ceñuda con los brazos en jarra—. ¿A alguna se le ha ocurrido cómo demonios vamos a salir de aquí?