Capítulo 26
—¿Q ue da mucho? Creo que voy a echar los higadillos —dijo Noma, que corría sujetándose el costado. La lluvia hacía que la camisa blanca se le pegara a la piel y que el pelo rubio siempre enmarañado pasara a ser una espesa cortina amarilla.
Nisadra se había convertido en la líder del grupo. La lluvia no la tocaba, ni siquiera el barro del suelo era lo suficientemente valiente como para ensuciarle los zapatos. Nadie querría desatar su furia. Menos Banon, claro.
—¿Quién te ha nombrado jefa, eh?
La bruja había vuelto y todas parecían aceptarla como si tal cosa. Entendía que era una situación desesperada y que, a fin de cuentas, habían hecho lo mismo con ella, pero Nisadra no era trigo limpio y no pensaba dejarlo pasar.
El ataque a los Carroñeros le había hecho sospechar que algo raro pasaba. Nisadra había usado un hechizo que había dejado ciegos a todos los que estaban en el campamento, menos a ella.
—Quizás sea la líder porque soy la única que tiene un plan —contestó haciéndose oír por encima de la lluvia—. ¿O es que tú tienes alguno, señora Me-como-cosas-que-no-debo?
Banon apretó los labios y se mordió la lengua.
¿Sería posible que ella fuera inmune a la magia por culpa del sello?
Tenía lógica. Por eso no se había quedado ciega y por eso Nisadra la evitaba.
Durante el viaje, cada vez que estaban cerca, la bruja se terminaba alejando.
Pensaba que era por el pasado que tenían juntas, pero ella era demasiado insensible para eso.
Dio unos pasos para comprobarlo y esta retrocedió de nuevo.
—¿Qué te pasa, Nis? —preguntó con retintín—. ¿Me tienes miedo?
—¿Miedo, yo? —se carcajeó, pero siguió poniendo tierra de por medio—. Por favor. No sé si te has olido últimamente, pero tu compañía no resulta nada agradable.
Banon volvió a moverse todo lo rápido que le permitía el cansancio para acercarse a la bruja.
La sujetó con fuerza y le pasó un brazo sobre los hombros, mientras con el otro la sujetaba por el abdomen.
Nisadra se revolvió y maldijo en voz alta en todos los idiomas que conocía.
Las piernas de la bruja se aflojaron y cayó al suelo con la respiración acelerada. Banon la soltó.
—¡Lo sabía! Me estás evitando porque el sello te afecta.
—¿Y qué? —gritó la bruja—. Sí, me afecta. Estar cerca de ti es como si me arrancaras la piel a tiras. ¿Contenta? ¿Te gusta sentirte poderosa, imbécil?
Nisa se había manchado de barro por primera vez en todo el viaje. La lluvia había traspasado sus barreras y el pelo se le estaba empapando. Verla así, indefensa, dejó a Banon más afectada de lo que pensaba.
—Estoy intentando solucionar tu cagada, así que agradecería que me dejaras en paz.
La bruja se levantó y sacudió el barro de la falda negra. Le dedicó una mirada asesina y siguió caminando.
—Vaya —dijo Noma, colocándose junto a Banon y apoyándose en ella—, te has lucido.
—Yo no sabía…
—¿Que le afectaba tanto? —hablaba entre respiraciones entrecortadas—. Desde que apareciste ambas lo notamos. No sabíamos lo que era, pero eras como un grano en el culo.
—¿En serio?
—Nah, estoy exagerando. —Le dio un golpecito—. Yo solo sentía que había algo raro, como si el aire se moviera diferente cerca de ti. Nisadra está más en comunión con las artes, supongo que le afectará de otra manera.
—¿Debería pedirle disculpas?
—Puedes intentarlo. —Se encogió de hombros—. Pero seamos sinceras: ¿recuerdas que esa mujer haya perdonado a alguien alguna vez?
La alquimista apareció saltando desde lo alto de un árbol con las rastas doradas cubiertas de hojas y gotas de rocío.
—¡A mí! —dijo Ion—. Me perdonó cuando le quemé el pelo por accidente.
—¿Por accidente? Estabais discutiendo y le lanzaste una bomba a la cara. —Banon se rio.
—¿Y te perdonó? Si esa noche te envenenó la sopa y estuviste con diarrea dos días —añadió Noma.
—Bueno, eso son minucias. —Se cruzó de brazos—. Al final quedamos en paz, ¿no?