Hijas de la Sierpe Capítulo 25
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Capítulo 25

—¿Q ue te lo tragaste? —preguntó Noma con los ojos como platos—. ¿Cómo coño te tragaste un objeto de metal?

—¿Estás loca? Ni siquiera a mí se me hubiera pasado por la cabeza —añadió Ionwen.

—Pues lo hice. ¿Contentas? —refunfuñó Banon poniéndose en pie con dificultad—. No puedo entregárselo a nadie porque me lo comí. Fin de la historia.

—Espera, espera, espera. —Ion se llevó una mano a la sien—. ¿Y no lo has cagado?

—No.

—Algo no cuadra en todo esto —continuó la alquimista—. ¿Y has ido al baño con regularidad?

—Sí…

—¿Y sigues algún tipo de dieta especial?

—Como bastante fibra… ¡Pero eso no viene al caso! —dijo Banon—. ¿No lo entendéis? No se trata de que me quiera hacer la heroína. Se trata de que yo soy el jodido sello. ¡La he cagado!

—No, ese es el problema —dijo Ion—, que no lo has hecho.

—Por la diosa, Banon. —La sacerdotisa negó con la cabeza—. Nunca pensé…

—¿Qué? —la interrumpió Nisadra—. ¿Que Banon fuera capaz de hacer una estupidez?

—Bueno, en eso tienes razón. Si alguien podía hacerlo, era ella.

—Gracias, compañeras. —La mercenaria hizo una reverencia muy torpe y caminó hacia el bosque—. Es un placer hablar con vosotras.

Se dio la vuelta y se introdujo en la espesura.

—Tres, dos, uno… —contó Nisadra.

La cuenta atrás finalizó con un gruñido y alguna que otra palabra malsonante.

—¿Qué vamos a hacer? No podemos dejarla sola en esto.

Ionwen se había sentado, cabizbaja, en el primer tocón que encontró. Pateaba el barro a sus pies.

—Nadie va a dejarla sola, pero no tenemos ningún plan —le contestó Noma.

—No deberíamos quedarnos aquí —dijo Ion—. Los Carroñeros nos llevaban al Cónclave, ¿no? Si pasa mucho tiempo puede que sospechen que algo no va bien y vengan en su busca.

Nisadra se había mantenido todo el tiempo en silencio. Miraba hacia el lugar desde donde todavía podían oírse las maldiciones de Banon, pero no se movía.

—Hay que volver al templo —decidió por fin.

—¿Qué? —Noma la zarandeó—. ¿Quieres que te arree otra vez?

—Casi te mata, ¿recuerdas? —añadió Ion poniéndose en pie.

—Sí, lo recuerdo. Pero es el único sitio donde podemos obtener respuestas. Podría intentar invocar el espíritu de Remigius y preguntarle cómo le sacamos el sello a Banon. Además, ya no tiene protecciones mágicas.

—¿Cómo puedes estar segura? ¿Y si vuelve a pasarte lo mismo?

—¿Desde cuándo te preocupas tanto por mí? —preguntó con una sonrisa—. Además, es lo único que tenemos si queremos salvar a Banon.

—¿Y eso es lo que tú quieres? —soltó la sacerdotisa, recalcando el tú.

—Por supuesto.

—Eso espero, por el bien de todas nosotras y de ti.

—¿Por qué me tratas así? —Se le encaró—. Banon también se marchó y no recuerdo que fueras tan cabrona con ella.

—Chicas, dejadlo ya.

Ionwen se puso entre las dos una vez más. La alquimista trató de apoyar ambas manos en el pecho de sus amigas, pero dada su altura apenas llegaba a sus abdómenes.

—Porque Banon es idiota y sé que solo se haría daño a sí misma, pero tú… Tú eres diferente. —Le clavó un dedo en el pecho pasando por encima de Ion literalmente—. Ni la diosa es capaz de ver a través de ti.

La bruja abrió la boca para replicar, pero se quedó en silencio. Un silencio que fue interrumpido por un gas saliendo a hurtadillas por un orificio maloliente.

—Maldita flor de Escaeve, ¡os lo dije! —gritó Ionwen mientras se le enrojecían las orejas—. Estos gases nos van a acabar matando.

—Lo has hecho adrede —dijo Noma haciendo aspavientos con las manos para apartar el olor—. Se ha notado un huevo que querías cargarte la tensión del momento.

—¿Yo? Jamás me atrevería a hacer algo tan irrespetuoso.

Las botas negras estaban cubiertas de barro hasta la espinilla. Siguió chapoteando todo el camino. No sabía hacia dónde se dirigía, solo que necesitaba alejarse de las demás.

¿Por qué desvelaste que te comiste el sello? ¿Por qué les dijiste la mayor estupidez que has hecho en tu vida? La idiota de Banon, la imbécil que se había comido el objeto mágico más poderoso que existía en toda Oradea.

Por más que intentara fingir que lo que había hecho tenía sentido, sabía que no era así. Todavía recordaba la cara del tal Remigius III cuando se metió el sello en la boca y se lo tragó, sintiendo cómo le bajaba por el gaznate.

Banon se llevó la mano al pecho y se dejó caer en el barro.

Sacó la petaca que había robado en el campamento.

Era muy bonita: de plata y con unos peces laváticos grabados.

Estaba cansada de beber, cansada de anestesiar sus propios sentidos para poder vivir.

¿Era esta la vida que le esperaba? ¿Volvería a perder el control y a hacerle daño de verdad a sus hermanas?

Tenía que controlarlo.

Lanzó la petaca y esta cayó en un charco, tiñendo el agua sucia con un sinfín de colores.

El campamento había cambiado. Los cuerpos estaban desvalijados y las pertenencias de las Hijas de la Sierpe recogidas. Noma, Ion y Nisadra estaban cubriendo la hoguera con tierra para apagar el fuego.

—Nos largamos, Banon. ¿Estás lista? —preguntó Noma apoyando la enorme masa en el hombro.

—¿A dónde vamos?

—Al templo donde encontraste el sello —contestó Nisadra, que se le acercó y le entregó el cuchillo número siete, el de nácar—. Está a unos cuantos días de aquí, si descansamos lo justo creo que estaremos allí en tres lunas como mucho.

—¿Por qué quieres volver? Casi te mata.

—Pero ya no están las protecciones, ¿recuerdas? Tú misma te las cargaste.

—Sí, pero…

—Nisadra cree que puede hacer salir de nuevo al espíritu de ese mago loco —dijo Noma, acercándose y golpeándole la barriga con su propia mochila—. Es el único que puede tener las respuestas.

—¿Estáis seguras?

—¿Qué otra cosa podemos hacer? —Ionwen le respondió con un puñetazo—. Una de mis mejores amigas es tan gilipollas que se comió algo que no debía. Ahora nos toca arreglarlo entre todas.

—No tenéis por qué hacerlo.

—¿Cómo que no? —continuó la alquimista—. Esto es como cuando yo me pasé comiendo alitas de dragón negro en la taberna del Perro Casposo.

Nisadra se rio.

—A ver, ¿qué tiene que ver esto con que tú te pasaras con el picante?

—Pues que Banon estuvo toda la noche sujetándome las rastas en la letrina, eso tiene que ver. —La cogió de la mano—. Si ella pudo aguantar una noche de potas, yo puedo ayudarla a cagar ese sello.

—Sois… —La mercenaria negó con la cabeza—. Sois increíbles. Pero antes de partir me gustaría deciros algo.

—¡Ay, no! —Noma se llevó la mano a la frente—. No te irás a poner sentimental ahora ¿no? Mira que no me he traído los pañuelos bordados de damisela en apuros.

—No es eso, pedazo de burra —bufó Banon—. Quería que supierais que no voy a beber más. Sé que es muy arriesgado, pero quiero intentarlo. No quiero volver a perder el control.

Miró a Ionwen y al vendaje sucio que tenía en el antebrazo.

—No volverá a pasar —dijo la alquimista asintiendo.

—No, no podemos dejar las cosas al azar. Si vamos a viajar juntas, debéis conocer los peligros que conlleva y saber cómo solucionarlos.

—¿Qué insinúas?

—Quiero que busquéis una manera de bloquearme si pierdo el control y que estéis siempre preparadas. Da igual lo que sea, no me importa, pero quiero estar segura de que no os haré daño.

—Se me ocurre una idea —añadió la alquimista mientras jugueteaba con uno de los dardos emplumados de los Carroñeros Azules—. Cada una tendrá una cerbatana y un dardo preparado. Si vemos que Banon se comporta de forma extraña, disparamos.

—¿Y cómo sabremos que está siendo poseída por el sello? —preguntó Noma—. No es que sea un dechado de cordura.

—Las visiones creo que puedo controlarlas. Suelen ser cosas muy descabelladas, así que me daré cuenta. Lo único que no sé es cómo saber que voy a perder el control…

—¡LOS OJOS! —gritó Ion—. Es fácil saberlo mirándote a los ojos.

—Pues espero que nos dé tiempo —añadió Nisadra—. Banon no es fácil de tumbar cuando se propone matar a alguien.

—Parece que tenemos un plan —sentenció Noma—: vamos camino al templo del sello de Asgio donde casi morimos todas y, si Banon se pone tonta, la envenenamos. ¡Triunfaremos seguro!