Capítulo 24
«L e dibujaremos una bonita sonrisa con tu cuchillo».
Esa frase fue el detonante para que se pusiera en marcha.
Concentró toda la energía que pudo en la mano izquierda y comenzó a formar un globo de oscuridad.
Todavía se sentía débil por la tortura, a pesar de que le hubieran curado las heridas.
Había insistido en que la dejaran así, magullada, pues tenía que parecer que había luchado.
Además, estaba Banon. Su presencia era como un cuchillo clavado entre las costillas, uno que lograba que un hilillo de sangre se escapara de su cuerpo mientras le quitaba la respiración.
Lanzó el orbe negro sobre el campamento y este creció tanto que lo cubrió todo. Disfrutó del caos y el terror en los ojos de los mercenarios.
Se adentró en el campamento con paso firme. Examinó la montaña de cuchillos de Banon y cogió uno, el que ella misma le había regalado hacía muchos años. Lo sopesó en la mano y comenzó con la carnicería.
Nisadra pasó por encima de la alquimista y también degolló a la enorme mercenaria, que daba manotazos al aire.
Siguió haciendo su trabajo con parsimonia, contando los segundos para saber cuánto tiempo le quedaba.
Después de apuñalar al último de los Carroñeros, uno con un parche muy elegante con tachuelas de metal, se dio cuenta de que Banon había seguido todos sus movimientos por el campamento.
Sus ojos ahí clavados como dos dardos envenenados que querían vaciarla como si fuese una copa de vino azul de Albaia.
Le devolvió la mirada justo en el momento en que su orbe de oscuridad desapareció. Ionwen se sacudía en el suelo y gritaba maldiciones con los ojos cerrados.
—¿Qué cojones ha sido eso? —preguntó Noma, que parpadeaba sin parar tratando de recuperar la vista.
—Eso, señoras, ha sido un trabajo limpio y efectivo —dijo la bruja lanzando el cuchillo al aire y volviéndolo a coger—. Os saldrá muy caro, acabo de diezmar a todo un gremio. ¿A cuánto estará la cabeza de Carroñero Azul?
—¿Por qué has vuelto, bruja?
—Esperaba un mejor recibimiento por tu parte, Noma.
—Nos abandonaste —contestó—. Rompiste el juramento, y sabes que eso es sagrado.
—Y Banon también y le permitisteis volver.
—Ella tenía sus razones.
—Y yo las mías.
—Dejaros de mierdas, joder. —Ionwen se puso en medio y rompió la batalla de miradas. Tenía un cuchillo en la mano y se dispuso a cortar las cuerdas de sus compañeras—. Se ha cargado a los Carroñeros y nos ha liberado.
—¿Por qué has vuelto? —dijo Banon, mientras se frotaba las quemaduras que le habían hecho las cuerdas una vez liberada.
—Si yo hubiera estado con vosotras, esto no os habría ocurrido. —Señaló el campamento—. Soy inmune a los venenos, ¿recuerdas? Jamás me habría tumbado un poco de flor de Escaeve.
—Uy, sí. Tienes toda la razón —contestó Noma—. A las víboras nunca les ha afectado el veneno.
—Noma, escucha…
La sacerdotisa tomó carrerilla y le propinó un sonoro puñetazo en la boca del estómago. Nisadra se quedó apoyada en el brazo de esta hasta que lo retiró y cayó al suelo de rodillas.
—Ya me siento mucho mejor —afirmó Noma sacudiendo el puño—. Bueno, ¿qué hay para cenar?
Les quedaba una buena tajada de cochinillo a la brasa, que por suerte para Banon había dejado de guiñar el ojo desde el momento que había dado un buen trago a la petaca. El alcohol parecía seguir siendo lo único que mitigaba las alucinaciones, aunque el analgésico de Noma también había ayudado.
Recogió sus cuchillos sucios y mellados, y le resultó bastante complicado no maldecir mientras los enfundaba.
—¿Y dónde se supone que estamos ahora? No sé ni cuántos días hemos pasado medio muertas —soltó Noma mientras lanzaba al fuego los restos de la manzana que se acababa de comer.
—Estamos cerca de Myrenias —contestó Nisadra—. Como derrumbasteis el paso de la Espina os iban a llevar hasta Oradea rodeando la montaña. Era el camino más largo, pero el más seguro.
Ionwen troceaba los restos de cochinillo y los repartía en cuatro platos. Acercó uno a Banon, que seguía peleándose con los cuchillos, y le sonrió. Después le llevó otro a la sacerdotisa y le dedicó una mirada muy seria, bastante poco común en ella.
—Ahora lo importante es encontrar una solución para Banon. —Se giró hacia la bruja—. El sello le está afectando, Nis. Ve cosas rarísimas, las potas tienen vida propia y si no está borracha es capaz de matarnos a todas.
—Lo que Ion quiere decir es que Banon no está bien —continuó Noma al ver la cara de estupefacción de la bruja—.
Ser la protectora del sello durante tanto tiempo le ha afectado.
Se ha visto obligada a beber porque, si no lo hace, no para de tener alucinaciones.
Además, la cosa ha ido a peor y ha empezado a perder el control de su cuerpo.
—¿Qué haces aquí, Nisadra? —preguntó una vez más Banon, sentándose frente a ella—: y no me vengas con chorradas. Di la verdad.
—Después de lo que hablamos —dijo la bruja sin quitar la vista del fuego—, empecé a sentirme culpable. Yo sabía que esto era demasiado para vosotras y también que si no venía acabaríais muertas.
—Venga ya, ¿esperas que me crea eso después de todo lo que me dijiste en Nion?
—Lo hago por Noma y por Ion —contestó la bruja levantándose de golpe—. Lo que te pase a ti me importa una mierda.
—Pues ahora estamos huyendo del Cónclave de Magos de Oradea, ¿qué te parece? —Ionwen se echó a reír escupiendo parte de la carne.
—No pareces sorprendida. —Banon se cruzó de brazos—. ¿Qué pasó en Nion, Nisadra?
La bruja se quedó en silencio. Miró el plato que le había preparado la alquimista, pero no se llevó nada a la boca.
—Aparecieron magos a las afueras de la ciudad.
Yo me estaba preparando para mi viaje a Myrenias, pero entonces les oí decir tu nombre.
—Levantó la vista hacia la líder de las mercenarias—.
Sabían que estabas en la ciudad. Un espía volvió y les informó de que ya os habíais marchado.
—Negó con la cabeza—. Pensé que se largarían, pero entonces uno de ellos dijo que redujeran Nion a cenizas.
—No… —susurró Ion.
—Intenté luchar contra ellos —continuó—, pero la ciudad cayó. Eran demasiados, incluso para mí. El último que quedó vivo me dijo que el Cónclave estaba detrás de vosotras, que lo de los mercenarios no era más que una avanzadilla.
La bruja miró a Banon.
—Saben que tienes el sello y están dispuestos a todo con tal de recuperarlo. —Se acercó más y continuó en un susurro—: Esta batalla es imposible que la ganemos. Van a matarnos a todas, a ti incluida. No tenemos otra opción que entregarles el sello de Asgio.
—Eso es lo que querrías tú, ¿verdad?
Banon se levantó con tanta fuerza que tiró el plato de comida.
—No, Banon. Tú no lo entiendes…
—Sí lo entiendo —asintió—. Entiendo que esto es lo que has querido desde el principio, que el sello vuelva a los magos y se salgan con la suya.
La mercenaria retrocedió algunos pasos con dificultad.
Le dolía el pecho, pero esta vez no era el efecto de la magia del sello.
Esta vez era su corazón sufriendo, atormentado y aterrorizado por lo que estaba a punto de ocurrir.
¿Es que Nis pensaba que ella no era consciente de lo que pasaba?
¿Que había metido a sus mejores amigas, las únicas personas que había querido en su vida, en la peor de las situaciones?
Todas estaban condenadas a muerte desde el momento en que se cruzaron con el maldito sello de Asgio.
—Banon, no tienes buena cara —soltó Noma que caminaba hacia ella—. Tienes que tranquilizarte.
—¡Yo no quería esto! ¿Vale? —alcanzó a decir a voz en grito—. Yo no quería meteros en esto. ¡Lo intenté todo para salvaros!
—Lo sabemos, Banon. Tranquila. —Ionwen también se había levantado y se le acercaba despacio—. No te preocupes, encontraremos una solución.
—Podemos entregarles el sello y olvidarnos del tema —añadió Nisa—. No les debes nada, Banon. Has hecho todo lo que has podido.
—No puedo —sollozó Banon. La pierna herida cedió y cayó al suelo.
—Sí puedes, Banon. —Noma consiguió acercarse y pasarle un brazo por el hombro.
Las mercenarias habían formado un corro alrededor de una Banon derrotada que sollozaba como un bebé.
—No, porque…
—¿QUÉ? —preguntó Ionwen ajustándose la campana del oído.
—¡PORQUE ME LO TRAGUÉ! ¿VALE? —gritó mirando hacia el cielo—. ME TRAGUÉ EL PUÑETERO SELLO DE LOS COJONES.