Capítulo 23
—¡B anon, Banon! Despierta, pedazo de burra.
Abrió los ojos y trató de moverse, pero no pudo. Estaba atada con cuerdas tan apretadas que le cortaban la piel. ¡Estaba amarrada a un árbol!
—¿Qué coño…?
—Menos mal, pensaba que te habías muerto.
Miró a la derecha y se encontró a Noma e Ion sujetas al árbol contiguo.
—No me lo puedo creer. ¿Otra vez?
Banon recordó la primera vez que vio a sus dos hermanas.
Resultaba curioso que hubiera sido en esa misma situación: amarradas a un árbol y en paños menores como castigo por haber traicionado a su gremio de mercenarios.
Habían pasado más de veinte años y parecía que la tendencia entre el colectivo seguía siendo la misma.
—Esos malditos Carroñeros Azules —añadió Ion sacudiéndose—. Encima han usado flor de Escaeve. ¿Sabes los gases que nos van a dar?
—¿Gases, Ion? ¿En serio estás preocupada por los gases? —Noma le dio un codazo—. ¿Cómo cojones vamos a salir de esta?
Banon se removió, pero lo único que consiguió fue hacerse más daño.
No sabía cuánto tiempo había pasado, ni dónde estaban.
Seguían rodeadas de zona boscosa, lo cual no revelaba demasiado.
El continente de Oradea era tan verde como un paraíso terrenal y los árboles crecían fuertes y frondosos durante los días de Kastán.
El campamento no decía mucho más. El grupo de mercenarios era bastante numeroso, todos ellos con parche… Algunos incluso llevaban uno en cada ojo con un agujerito en el centro para poder ver. Banon se preguntaba cómo demonios habían apuntado y les habían acertado con los dardos envenenados.
Un cochinillo daba vueltas en el fuego. Un palo lo atravesaba de lado a lado, pero eso no parecía molestarle mientras le guiñaba un ojo a Banon.
—Oh, no…—susurró y cerró los ojos con fuerza.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Las alucinaciones. Están volviendo.
—¡Ya sé! —soltó Ion—. ¿Y si vomitas otra cosa de esas y le dices que nos libere?
—Por las bragas de Phi’Ri. —Noma sacudió la cabeza—. ¿Por qué siempre que acabo atada a un árbol tiene que ser contigo?
Banon trató de evitarlo, pero se le dibujó una gran sonrisa.
—No podría tener mejor compañía que la vuestra para estar atada a un árbol.
—¡Callaos!
Un mercenario con doble parche —uno azul y otro negro— les lanzó una piedra. El tiro falló por bastante distancia. Los Carroñeros siguieron con su charla. Se sentaron alrededor del fuego y devoraron el cochinillo como si fueran lo que su propio nombre indicaba: carroñeros.
—Cuando acabemos el encargo —dijo una sin parche, que se ve que no estaba al día de la moda actual—, pienso gastarme todo el dinero en alcohol.
—Pues yo voy a dejar esta vida de mierda y dedicarme a lo que de verdad me apasiona —contestó otra devorando un trozo de muslo de un bocado—: la cría de peces laváticos.
—¿De qué coño vas, Lani? —dijo otro—. ¿Peces laváticos? Pero si no hay animal más aburrido que ese.
—No tienes ni idea. —Le apuntó con un hueso de muslo—. Los peces laváticos tienen muchas utilidades. ¡Puedes hacer lámparas con ellos! ¿Acaso no sabes que brillan en la oscuridad? Voy a invertir mi parte en un gran negocio, ya veréis.
—Joder, si salgo de esta y no me matan los gases, pienso invertir en lámparas de peces laváticos —asintió Ion muy concentrada.
—La verdad es que me encantaría abrirte el melón y ver cómo coño funciona esa cabecita tuya. Serías una gran discípula del caos, Ion.
—Lo siento, Noma. Mi fe está con la Tejedora. —Cerró los ojos con solemnidad—. Solo me siento cómoda si blasfemo sobre ella.
—A ver —susurró Banon—, ¿vamos a quedarnos aquí sin hacer nada?
—¿Se te ocurre algo? —Noma se encogió de hombros todo lo que le permitieron las cuerdas.
Banon inspeccionó la zona. Los mercenarios habían acampado a distancia de ellas para que no tuvieran acceso a ningún objeto que les pudiera ayudar en la huida.
Divisó sus mochilas y sus armas: la maza de Noma, las cosas aleatorias de Ion y una montaña de cuchillos tirados a un lado.
Seguro que los habían dejado caer como si nada y les habrían fastidiado las puntas.
¡Con el tiempo que le llevaba a Banon mantenerlos a pleno rendimiento!
Estaba buscando algo que le sirviera cuando un montón de peces laváticos decidieron flotar a su alrededor. Eran unas vistas muy bonitas, con sus colores luminiscentes brillando en la noche. Lani tenía razón, serían estupendos como lámparas.
—¡Céntrate, Banon! —se dijo a sí misma.
Los peces desaparecieron y por fin pudo darse cuenta de que Ionwen se estaba rascando la cabeza y colocándose las rastas doradas.
—¿Ion? —susurró Banon—. ¿Tienes una mano por fuera de las cuerdas?
—Ah, sí. Es que me picaba.
La sacerdotisa la miró con la boca abierta.
—¿Puedes soltarte de las cuerdas?
—Bueno, no lo he intentado. —Se encogió de hombros.
—¿Y podrías hacernos el favor de intentarlo? —continuó Banon conteniendo las ganas de arrancarle la cabeza y hablando entre dientes.
Esta asintió con tranquilidad. Sacó ambos brazos de las ataduras y se movió como una serpiente encantada hasta que consiguió deslizar el cuerpo fuera de ellas.
—¡Tachán! —dijo dando un saltito con las manos abiertas.
—Déjate de tachán y sácanos de aquí, idiota —susurró Noma, que por cómo se movía parecía estar gritando para sus adentros.
La alquimista se agazapó y después se abalanzó sobre el primer cúmulo de hierbajos que encontró.
Continuó reptando como si fuera la hija de una sierpe real hasta lograr acercarse a la montaña de cuchillos de Banon.
Consiguió hacerse con uno y ya volvía cuando una de las piernas se le enganchó en algo.
Ese algo era una mercenaria de la altura de una casa de dos plantas que había encontrado muy divertido observar la escena hasta ese momento.
—Tenemos a una pequeña escapista —murmuró con una sonrisa desdentada. Los huecos entre sus dientes hacían juego con la cuenca vacía de su ojo derecho que, casualmente, no llevaba parche.
—Vaya, vaya —rio Lani—. Tendremos que darle un buen castigo. Los del Cónclave no dijeron nada de las demás, solo que mantuviéramos con vida a la Degolladora.
—Muy cierto —contestó Desdentada—. ¿Y si jugamos un rato con esta?
Ionwen se revolvía y no paraba de dar patadas con la pierna que tenía libre. Lanzó el cuchillo que había cogido hacia Banon, pero esta no pudo alcanzarlo. Trató de llegar con los pies, pero un mercenario lo recogió de inmediato.
—Le dibujaremos una bonita sonrisa con tu cuchillo —dijo.
De pronto, una bola de negrura invadió el campamento.